Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

7 de febrero de 2015

El caso de la familia Rice (culminación)

»Pero no llegué a aplicar presión. Como venida de otro mundo, algo me recordó que matar no era una orden, sino que tenía que ver con algo que había hecho Jasón.
»—¡Jonathan! ¿Estás bien? —Es lo último que recuerdo de esa noche.
—¿Pero ocurrió más? —le pregunté, invitándole a proseguir ya que había hecho una pausa demasiado larga.
—Me temo que sí —me dijo. Su voz estaba cargada de dolor—. Desperté al día siguiente tumbado en la sala, atado de pies y manos, con moretones por todo el cuerpo. Y no sólo eso, mis hijos y esposa también estaban marcados. Mi mujer y Evan tenían moretones en los brazos y uno que otro rasguño. Pero quien peor estaba era mi pequeño Jasón. Según me contó mi esposa poco más tarde, había estado a punto de matarlo.
»Me contó que después de encontrarme inmóvil en la sala la noche anterior, yo la había interrogado acerca de Jasón. La voz, o lo que fuera que me había hablado tenía razón, Jasón había vuelto a matar. Mi esposa dijo que apenas escuché la palabra “matar” corrí escaleras arriba y arrancando de la cama a mi hijo lo empecé a castigar de tal modo que si no intervienen lo mato. Puesto que no me tranquilizaba me ataron y me dejaron en la sala.
»¡Pero ay Thomas! Mi hijo no había hecho algo perverso como lo de Billy, sino que había matado a una comadreja que cayó en la trampa puesta en el gallinero.
En esos momentos mi buen Jonathan se echó a llorar. Y tenía por qué. Contar tan horribles sucesos le había revuelto tan grande cúmulo de emociones que sería imposible tratar de escribirlas. Además, a partir de ese día, Jasón no había vuelto a dirigirle la palabra.
—Lo peor de todo —continuó, cuando los sollozos se hubieron reducido a pequeños hipidos— fue que mi mujer preguntó qué era lo que le estaba ocurriendo a la familia. Ella no sabía qué ocurría, sin embargo, sí sabía quién lo provocaba. No dudó en decírmelo.
»—Tienes que deshacerte de esa horrible estatua —me dijo—. No vez que desde que entró a la casa hemos estado como locos. Hay algo malo en ella. Brenda también lo ha notado. Y tú dices que te habló anoche…
»—¡Calla mujer! —le grité, a la vez que le cruzaba el rostro de una bofetada—. ¡Deja de decir estupideces! Estaba borracho, eso fue todo. Descuida, no volveré a tomar y asunto arreglado.
»Salí de casa hecho una furia. Recuerdo con dolor la mirada de tristeza que mi pequeña Brenda me dirigió tras la rendija de una puerta. Esa tarde ataqué con furia la tierra del campo. Estoy seguro que nunca había visto a alguien tan furioso.
»Jasón pasó tres días en cama. Los fuertes golpes que le había dado en los muslos le dolían sobremanera y le imposibilitaban caminar. Los tres días lo visité unos momentos. Intenté hablar con él, pero me volvía la vista. Le pedí disculpas, pero hacía oídos sordos. Tres veces lo visité, tres veces salí molesto por su absurda actitud.
»Durante esos tres días Enna no dejó de incordiarme con el asunto de la estatua. No perdía ocasión en que nos encontráramos solos para sacar a colación el tema. Al principio no le presté atención, pero poco a poco, con argumentos que me era imposible refutar, fue metiendo en mí el gusano de la duda. Ella tenía razón en muchos puntos: La irascibilidad que había en casa, en especial la que gozaba yo; el extraño comportamiento de nuestros dos varones, el mayor no se la pasaba en casa y cuando llegaba era sólo para hacer malas caras y para plantarse durante algunos minutos frente a la estatua. Jasón había empezado venerando a la estatua, pero en los últimos días se debatía entre la devoción y la aversión. Y lo peor de todo es que aseguraba que hablaba con él. Brenda por su parte se había vuelto casi una niña montés, evitaba en la medida de lo posible el contacto con los miembros de la familia y eludía con horror la sala y en especial a la fea estatuilla. Y todo esto desde que la estatua llegó a casa. El giro de las cosas era demasiado grande como para hacer oídos sordos. Yo dudaba. Mi mujer estaba convencida. Seguro fue por eso que él decidió deshacerse de ella. 
—¿Cómo? —recuerdo haber preguntado, intrigado—. ¿Él se deshizo de ella? 
—No directamente, pero sí a través de algunos de sus esbirros.
—¿Cómo? ¿Quiénes? —A pesar del dolor que mi amigo debía sufrir, yo estaba francamente interesado.
—Imagino que su intención era apoderarse de nosotros, lentamente, ponernos unos contra otros hasta que acabáramos por destruirnos. Pero mi esposa de alguna forma estaba escapando a sus redes, y con su visión de las cosas, estaba consiguiendo que yo las viera igual. Y eso él no podía permitirlo. Y nosotros, el resto, no estábamos lo suficiente dentro de sus redes para llevar a cabo un asesinato. O al menos eso creía. Y él recurrió a los lobos.
—En el pueblo se habló mucho de ello —comenté—. Y en el funeral también.
—Lo sé. La gente supo que una manada de lobos bajó de las montañas y atacó a mi rebaño, y que en nuestro intento por ahuyentarlos hirieron de muerte a mi esposa. Pero no fue así. Los lobos no hirieron a ningún cordero o vaca, sino que fueron directamente a por mí esposa.
—¿Fueron a por ella solos o guiados por alguien?
Jonathan sabía a qué me refería. Su mirada triste y suspicaz me lo confirmó.
—No lo sé a ciencia cierta —dijo—. Pero sí es cierto que mi muchacho estaba cerca cuando todo ocurrió. Así que es lo más probable.
—¿Evan no hizo nada por evitar lo ocurrido?
—No creo. Cuando llegué a la escena Enna era un almacigo de carne y sangre apenas con vida. Evan estaba al otro lado, jadeaba un poco, así que supuse que también acababa de llegar. Ahora no estoy tan seguro. En esos momentos cogí un madero y me abalancé sobre los lobos, no me importaba morir en esos instantes. Pero los lobos, una vez cumplida su misión, se alejaron.
»Después se hizo y ocurrió lo que ocurrió. Usted ya lo sabe.
Efectivamente, fue para esos días que yo había empezado a interesarme por los Rice. Mi granja colinda con la de mi amigo Jonathan. Por cuestiones del azar, mientras yo me movilizaba en la mía, vi en muchas ocasiones al joven Evan. Era un joven muy apuesto y gallardo si les interesa mi opinión. Pero en los últimos días había observado un comportamiento muy extraño en él. Lo veía correr a cuatro patas; olisqueaba huellas y estiércol como un perro; lo vi perseguir una ardilla en una ocasión; y en otra, descubrió que lo observaba y tuvo el desparpajo de gruñirme.  
Lo que en un principio tomé como una especie de juego, rápidamente lo reconsideré como una especie de locura. Concluí que el muchacho estaba perdiendo los estribos y resolví visitar a Jonathan para contarle mi preocupación acerca de su hijo. Aún me debatía sobre el día que lo visitaría y la forma en la que abordaría el tema cuando me enteré de la muerte de su esposa. Como buenos vecinos, tanto mi esposa como yo, nos apersonamos en casa de Jonathan y le ofrecimos nuestra ayuda desinteresada.
Apenas entramos en casa de Jonathan me di cuenta de que algo iba mal en esa casa, no hacía falta ser un gran observador para saberlo. Y lo que era peor, un aura pesada y malsana flotaba como una capa. No era de extrañar entonces que todos en esa familia estuvieran malhumorados, más que tristes. Recuerdo que los tres varones me dirigieron miradas hoscas y desestimaron la ayuda que les ofrecí. Noté también como la mirada de Evan era más taladradora y acusadora que la del resto, como conminándome a que cerrara la boca sobre lo que sabía de él.
No dije nada en esa primera visita. Y aunque no parecían deseosos de mi ayuda, era más que claro que la necesitaban. Nos quedamos, mi esposa y yo, y ayudamos con el funeral en cuánto nos fue posible. No conversé demasiado con Jonathan, tampoco quise presionarlo. Fue ese primer día que conocí a Brenda, tan dulce y tan tierna, tenía cinco añitos y fue la única en toda la casa que se me acercó sin remilgos y llegó hasta ofrecerme un vaso de ponche.
—¡Está frío! —me dijo—. Fue lo último que mamita hizo.
La actitud de la pequeña sorprendió a Jonathan, ya que ésta se había mostrado escurridiza con ellos. No comprendía por qué conmigo sí había llegado. Más tarde supimos que lo hizo por qué no había notado en mí la “mancha” que él había puesto en su padre y hermanos.
Fue ese pequeño gesto de Brenda que predispuso a Jonathan a aceptarme. De pronto se sintió más cómodo con mi presencia y nos permitió ayudarle de mejor talante.
Después de los ritos fúnebres de rigor, la tarde que regresamos del cementerio, Jonathan Rice se dejó caer pesadamente sobre un sillón a la vez que miraba con aire furibundo a la repisa. Sus hijos se dispersaron nomás llegar y mi esposa se había quedado en casa, de manera que estábamos solos. Entonces le hablé del extraño comportamiento que había notado en su hijo Evan.
Recuerdo que masculló:
—De manera que tenía razón. —Fue un susurro apenas audible. Después me echó alegando que necesitaba descansar, que me agradecía mi ayuda y que quizá yo también necesitase un descanso.
—Por lo menos deja que me despida de Brenda —le pedí.
—La niña ya se ha de haber dormido. Vuelve otro día. —Y sin más casi estrella la puerta en mi cara.
Regresé a casa contrariado. Sin acertar a comprender su actitud.
Recuerdo que ese día fui a los lindes de mis tierras, las que colindaban con las de Jonathan. Tenía especial curiosidad por ver si aparecía el joven Evan. Estuve rondando por allí hasta que cayó la noche. La luna se elevó en el cielo y la noche transcurrió con lentitud. Estuve un par de horas más, hasta que el frío y el aullido de una manada de lobos me compelieron a regresar a casa.
Me levanté muy temprano la mañana siguiente. Desayuné muy escuetamente y caminé a la granja de los Rice. Lo primero que vi me heló la sangre y temí lo peor. El corredor de enfrente de la casa estaba salpicado de sangre y a la puerta de la casa Jonathan yacía tirado. Corrí hasta él y aunque tenía rasguños por todo el cuerpo descubrí con alivio que sólo estaba inconsciente. Lo entré a la casa y lo ayudé a restablecerse.
Cuando por fin hubo vuelto en sí lo conminé a que me contara lo que había ocurrido. Mi buen Jonathan lo contó todo de forma atropellada, entre sollozos y espasmos de dolor. De modo que mejor se los contaré de la forma que lo entendí.
La tarde anterior, después de echarme de la casa, se fue a la repisa y tomó la estatua. Había tomado una importante decisión. Había concluido que su esposa siempre tuvo razón, la estatua era algo maligno y debía deshacerse de ella. Cuanto yo le conté sobre la actitud de Evan, supo que los lobos habían asesinado a Enna ayudados por su propio hijo. Pero al contrario que en otras ocasiones, no se enfureció, sino que se dispuso a desaparecer la estatua; sabía que ella era la culpable de todo.
Tomó una piqueta, la estatua, abrió un agujero a un millar de metros de la casa y la enterró. Por algunos instantes se sintió aliviado, y por un instante creyó que todo había terminado.
Esa noche se fue a dormir temprano. Tuvo sueños inquietos y aterradores, hasta que una vocecita lo despertó. Era Brenda quien tiraba de la manga de su camisa y le hablaba para que despertara.
—Papito, papito —le dijo—. Volvió.
Jonathan no entendió en un principio a qué se refería su hija, e incluso tuvo un acceso de rabia en el que estuvo a punto de golpearla. Pero entonces lo comprendió. Salió de un salto de la cama, tomó una linterna y corrió escaleras abajo. Allí estaba la estatua, pero no estaba sola: Jasón, embarrado y sudoroso, la apretaba como haría una madre con su hijo recién nacido.
La rabia embargó a Jonathan. Pero se contuvo y decidió simplemente quitar la estatua a su hijo y mandarlo a la cama. ¡Oh! Pero su hijo estaba cambiado. Lo miró con ojos rojos y le gruñó. Jonathan retrocedió aterrado. Jasón, estatua en mano, empezó a avanzar hacia él con aire amenazante, pero pronto se detuvo, dio media vuelta y salió de la estancia.
Los lobos empezaron a aullar y a gruñir.
Jonathan salió. La luna blanquecina señoreaba en el cielo; abajo, en el patio, había una docena de lobos, y en el centro, Evan, su hijo. Sin embargo, no era el Evan de siempre. Jonathan lo vio, y aun así no lo creía; era un Evan mitad humano, mitad animal. Tenía las orejas puntiagudas y los pies y manos con zarpas como de lobo, pero la boca se asemejaba mucho a la de la estatuilla.
Lobos y Evan se abalanzaron. Jonathan sintió pánico. Corrió de regreso al interior de la casa, cerró la puerta. Los gritos lo hicieron darse cuenta de su error: Jasón aún estaba fuera.
Cogió lo primero que tuvo a la mano, una barra de hierro en este caso, y, armándose de coraje, salió de nuevo. La mitad de las fieras estaban sobre su hijo. Corrió a ayudar, pero el hijo menor, con fuerzas inhumanas se zafó de su presa y corrió hasta perderse en la noche. Los lobos y Evan se centraron en él. Jonathan quiso entrar de nuevo a la casa, pero no lo dejaron. Los lobos y Evan se abalanzaron sobre él. Después no recordaba nada.
Cuando le pregunté sobre Brenda, se mostró sorprendido y se reprendió por no haber pensado en ella. Corrimos a la habitación de la niña, y la hallamos en su cama, durmiendo plácidamente. Tenía un trapo anudado al cuello y cuando lo quitamos descubrimos una fea herida. Como pudo, la niña nos contó lo que ella había presenciado.
Brenda había despertado con los primeros aullidos de los lobos. Y aunque tenía miedo, presentía que la necesitaban y bajó con cautela. Esperó en la sala, temblando de miedo, y cuando vio que los lobos atacaban a su padre, salió para ahuyentarlos. Y cosa sorprendente, lo había conseguido. Nosotros no lo podíamos creer. Le preguntamos cómo lo había conseguido, y ella nos enseñó un rosario.
—Con esto —dijo.
Había recibido la herida que se cubría con un trapo antes de poder sacarlo, pero después los lobos y Evan no pudieron acercársele. También intentó hablar con su hermano, pero éste sólo gruñía y parecía no entenderle. Los lobos se fueron después de un rato, pero Brenda se quedó junto a su padre hasta que se hizo de mañana, entonces entró y se echó a dormir.
Jasón regresó a casa unos minutos después, y su aspecto me revolvió el estómago tanto como el alma. Más que una persona, era jirones de carne. Sangraba profusamente por un centenar de heridas, el brazo derecho le colgaba inerte, arrastraba una pierna y del rostro sólo se le veían los ojos y los dientes. Bajo el brazo izquierdo aún llevaba la estatuilla de él.
—Deshazte de él —habló en un susurro apenas audible y alargó la estatua a su padre.
Jonathan la cogió, me la dio a mí para auxiliar a su hijo, pero éste ya había expirado.
Nunca supimos con exactitud qué fue lo que le ocurrió a Jasón, pero suponemos que Evan y su manada de lobos lo atacaron.
Han pasado quince años desde ese día, y en la granja de los Rice no se ha visto un solo lobo, y de Evan, no quedaron ni rastros. ¿Qué ocurrió? Es algo que aún permanece en el misterio. Quizá Jasón, dominado por él, lo asesinó aquella noche fatal o lo obligó a huir a las montañas del norte. No lo sabemos con exactitud. O quizá haya desaparecido sin más cuando Jonathan y yo abrimos un profundo agujero y enterramos la estatua de él, junto a un rosario, una biblia y una rociada de agua bendita. El agujero se hizo atrás de la casa de Jonathan, para que ningún incauto pueda acceder a semejante objeto del mal.


Fin

5 comentarios:

  1. Muy bueno me gusto mucho! Atte: alba

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  2. WoOOOOO , buenisimo , estuve en ascuas hasta terminarlo de leer , gracias =).Marilu

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  3. Gracias chicas. Me alegra que os haya gustado. Mañana habrá otro. Os espero. Abrazo para ambas.

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  4. El final lo esperaba con ansias. Te quedo perfecto.

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  5. El final lo esperaba con ansias. Te quedo perfecto.

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