Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

18 de febrero de 2015

Detrás de la cortina

Por el ventanal abierto a oriente entró una fría ráfaga de aire; la cortina de seda roja, bordeada con encaje color oro, se agitaba levemente en la puerta de enfrente. Porque sabía que atrás de la pesada cortina había una puerta, aún no me había atrevido a acercarme, pero, ¿qué más podía haber si no? Todo alrededor de aquella cortina de superficie lustrosa despertaba poderosamente mi curiosidad. Era pesada (era la única explicación de que las ráfagas que entraban por la ventana no la hicieran ondular como un gallardete), varias capas de seda deberían formarla, y quién sabía lo que guardaba al otro lado.
Mi tío Jonas me había hablado de ella muy poco, casi nada. La única vez que la mencionó fue esa tarde, poco antes de subir al coche que lo llevaría a un cóctel en la ciudad.
—Te quedas solo porque así lo quieres —me dijo. Y era cierto. Mi tía había salido esa mañana, a visitar a sus padres y no volvería hasta dentro de dos días. Mis primos, dos adultos jóvenes, fueron a la universidad, y se quedarían en la ciudad para divertirse. Para terminar de amolarla, mi tío no tenía ningún sirviente que pudiera servirme de compañía—. Pudiste salir con tus primos, incluso pudiste venir conmigo, pero bueno, prefieres quedarte. Queda la casa a tú completa disposición. Solo hay un sitio que encarecidamente te pido omitas, se trata de mi estudio, y en especial, lo que hay detrás de la cortina de seda roja, ya que si haces lo contrario perecerías indudablemente.
Me eché a reír, pero mi risa salió ronca, después de un segundo se disipó; nada en el rostro de mi tío señalaba que estuviera bromeando.
—Me mantendré lejos de tu estudio —le prometí.
Su rostro se suavizó, me sonrió, me estrechó un hombro, se subió a su coche y se marchó.
Sin embargo, no hay nada que mueva más la curiosidad de una persona que el hecho de que le digan que no puede o no debe hacer tal cosa. Y lamentablemente yo no soy la excepción.
Mientras la tarde transcurría en lentos y pesados minutos, me dediqué a ver televisión, a oír música y a devorar cuánto encontraba en el refrigerador. Pero pronto todo esto empezó a aburrirme. De modo que decidí hacer un pequeño tour por la casa.
Llegué a la casona de mis tíos hace tres días, y ya la había visto casi toda, pero había sitios en los que aún no había penetrado y decidí que mejor oportunidad para hacerlo no tendría. De manera que empecé mi tour en la planta de arriba, incluso entré a la habitación y a los armarios de los señores de la casa. También entré a una pequeña biblioteca que contenía en sus estantes libros de títulos bastante raros, y a una habitación en la que había varias máquinas para ejercitar el cuerpo. Abajo ya no había mucho que ver, aun así, recorrí cada recoveco de la primera planta.
En el ático y en el sótano encontré polvo y cosas viejas. Es increíble que lugares tan dispares sirvan para casi las mismas funciones. Había cajas de juguetes viejos, arcones con objetos de diferente naturaleza y muchos álbumes de viejos retratos que la familia no se había preocupado en guardar en mejor lugar. Sin embargo, había un claro contraste en los dos lugares que me puso en guardia. Mientras que arriba olía a polvo y cosas viejas, abajo olía a humedad y a moho y a algo que me era difícil de definir. Pero no era un olor que se pueda encontrar en todos los sótanos. Era más bien una mezcla a perro mojado y muda de serpiente. No se sorprendan entonces si les digo que salí de allí pitando, antes de que el nauseabundo olor me hiciera echar las tripas.
Tras regresar a la sala del primer piso, decidí que la casa, aunque antigua, no tenía nada digno de ver. Bastante desilusionado me disponía a ver tv cuando recordé el estudio. Allí no había entrado aún. ¿Por qué mi tío me había dicho que omitiera ese sitio? ¿Había algo que no quería que yo viera o era simple privacidad? Tras un debate interior, la promesa de no entrar contra mi curiosidad innata, tomé el manojo de llaves y me dirigí allí.
Cinco minutos más tarde estaba sentado en el piso, la espalda recostada en la puerta del estudio: ninguna de las llaves abría esa puerta. Más esto no hizo más que aumentar mi curiosidad. Como último recurso, antes de hacer lo que sabía que tenía que hacer, salí fuera de la casa e intenté entrar por la ventana, pero ésta también estaba cerrada. No tuve más opción que hacer algo para lo que era muy bueno. Conseguí unos pequeños alambres y manipulé la cerradura de la puerta hasta que la abrí.
El estudio resultó ser una habitación de escasas dimensiones, sólo tenía un escritorio en el que había una máquina de escribir, algunos fajos de papeles y un par de libros. El resto de mobiliario lo componían una estantería con libros y más papeles y dos únicas sillas. Tras el escritorio estaba la cortina de seda roja, inmóvil como una estatua. Sentí un horrible escalofrío recorrer mi cuerpo, en esos momentos aún no sabía por qué.
De alguna forma sentía el aire de la pequeña habitación un tanto viciado y cargado de algo que me encogía el corazón. Antes de que esa extraña opresión se apoderara de mí, corrí a la ventana, y quitando el pasador la abrí de par en par. Una nube descubrió la luna llena y el aire del exterior entró a ráfagas en el estudio. Sentí que el cuarto se liberaba de algo y me sentí más relajado. Cogí una de las sillas y me senté de espaldas a la puerta por la que había entrado. No sabía muy bien qué hacer a continuación.
Un haz de luna entraba por la ventana y le daba a la habitación un aspecto tétrico y la cortina, roja, brillaba seductora. Mi tío había mencionado que no fuera al estudio, menos que viera tras la cortina. Me arrellané en la silla y traté de imaginar qué podía haber al otro lado. No se me ocurría nada que fuera tan espantoso para que significase mi perdición. Quizá mi tío sólo bromeaba.
Evidentemente la cortina daba acceso a una habitación de dimensiones reducidas. Tras un leve ojeo me di cuenta que la pared de la que pendía era de construcción más reciente que el resto de la casa: habían reducido las dimensiones originales de aquella habitación para construir un segundo cuarto. ¿Cuál podría ser el objeto de aquel cubículo?
Sin atreverme a mover la cortina pegué mi oído a la pared, sabiendo que era imposible que adentro hubiera algo capaz de producir sonido alguno. Mientras hacía esto una fuerte ráfaga de viento entró en la habitación y algo frío y suave acarició mi rostro. El brinco que di hubiese sido la envidia de un atleta olímpico, mientras que mi corazón desenfrenado hubiera preocupado a cualquier cardiólogo. Había sido como el roce húmedo de algún tipo de tentáculo, o al menos fue lo que mi mente imaginó en un principio. La cortina oscilaba levemente y comprendí que era ésta la que me había rozado.
Era indudable que mis nervios se estaban crispando. La cortina osciló nuevamente, mitad burla, mitad reto. Sin embargo, tenía miedo de apartarla para ver qué guardaba. Con el transcurrir de los minutos, cada vez estaba más convencido que al otro lado había algo que no debía ver.
Me debatía sobre qué hacer cuando escuché algo. Juro por todos los cielos que provino de detrás de la cortina. Fue un sonido sutil, casi imperceptible, pero su timbre agudo me puso los pelos de punta. No fui capaz de reconocerlo en aquella primera resonancia. Me acerqué cautelosamente a la pared y pegué mi oído a ella, al no percibir nada supuse que todo había sido producto de mis alterados nervios.
Volví a alejarme de la pared y me recosté en el escritorio. Entonces me levanté de un salto, decidido a averiguar qué había tras la cortina. ¿Algo que sería mi perdición? Bah, tonterías.
Me acerqué sin miramientos, antes de que cambiase de opinión, y aparté la cortina de un manotazo; era pesada, como si en su interior hubiera plomo. Quedó a la vista una verja de negro hierro. Y el hedor que se escapó a través de los barrotes me hizo arrugar la nariz y mi estómago sufrió una contracción. Al otro lado sólo había oscuridad.
Prendí la luz del estudio y la habitación dejó de tener un aspecto tan tétrico. Aun así, la luz apenas traspasó la verja; no se distinguía el contorno de objeto alguno en la pequeña habitación. Tras revisar la verja descubrí que ésta estaba cerrada por un pasador bastante grueso y pesado, pero no tenía candado. Sobreponiéndome a un extraño temor que se había apoderado de mí, y haciendo caso omiso del nauseabundo hedor, metí la mano y halé del pasador. La verja se abrió con un leve chirrido.
Era una habitación pequeña, de no más de cinco metros por lado. No obstante, hedía horriblemente y me producía un hormigueo en los omoplatos, como alertándome de que ese no era mi lugar. Con la escasa luz proveniente del estudio de mi tío vi unas paredes lisas, mal repelladas y sin mobiliario alguno. Allí no había nada. ¿Por qué mi tío había dicho que no viera tras la cortina?
No había nada allí, sin embargo, mi insaciable curiosidad me compelió a seguir buscando. Supuse que aquel hedor y aquel extraño temor que me embargaba debían provenir de algo, o alguien. Así que empecé a recorrer la reducida estancia, a lo mejor había algo que la pobre luz no me dejaba ver.
En esto estaba cuando ocurrió algo que me puso los pelos de punta. Otra vez aquel sonido que escuché hace rato, sólo que esta vez fue más fuerte y no me costó asociarlo a un posible emisor: se trataba de un aullido de lobo.
La casa de mi tío estaba ubicada en la campiña, por lo que los aullidos de los lobos quizá no deberían ser motivo de preocupación o asombro. Pero aquel no era un aullido común, tenía una cualidad que hasta ese momento no había oído a un lobo, y mi aterrada mente no pudo más que asociarlo al timbre de una voz humana. Lo peor de todo fue que el aullido no provino del exterior, si no que de debajo de mí.
Fue entonces cuando me fijé en la raída alfombra bajo mis pies. Golpeé con el tacón de la bota y obtuve un sonido hueco. Asombrado, más que asustado, retiré la alfombra y quedó a la vista una trampilla, del mismo metal negro que la verja. Tampoco tenía candado, de modo que la icé, no sin cierto esfuerzo. La vaharada de aire con olor a podredumbre, a perro mojado, a muda de serpiente, al óxido de la sangre y quién sabe cuántas cosas más, que me golpeó de lleno en la nariz, me hizo retroceder asqueado. Después de un minuto, usé la camisa para protegerme la nariz y me acerqué a echar un vistazo. No vi más que negrura.
Si la curiosidad no hubiera vencido a la prudencia, si en lugar de ir por una linterna y un pañuelo hubiera cerrado la trampilla y olvidado el asunto, es seguro que no habría visto lo que vi y podría ir a pasar unos días con mis tíos, como si fuera la cosa más natural del mundo. Pero después de lo que vi no me atrevo a acercarme ni a la casa ni a mis tíos. Ellos me lo han explicado todo, y les creo, y sé que no tienen la culpa, que hacen lo mejor que pueden hacer en una situación como esa, pero mi aversión es tal y mi miedo tan profundo que me mantengo lo más lejos que puedo de ellos.
¿Qué fue lo que vi? Ahora les digo.
Tras ver la negrura que se perdía hacia abajo, fui en busca de una linterna y de un pañuelo que me anudé a la cabeza para proteger mi nariz de aquel nauseabundo hedor. La linterna me reveló unos toscos escalones practicados en la tierra y que llevaban a un angosto pasillo cinco metros más abajo. Haciendo acopio de coraje empecé a bajar.
Al llegar abajo me encontré en un túnel de tierra de no más de dos metros de altura por uno de ancho, me pareció tan reducido que si fuese claustrofóbico hubiese renunciado allí mismo. Pero no lo soy, de modo que, suprimiendo un escalofrío continué hacia delante.
El túnel en cuestión, obra humana sin lugar a dudas, descendía levemente. De modo que después de recorrer un centenar de metros calculé que estaba cinco metros más abajo que al principio. A pesar del pañuelo y lo que le puse para mitigar el hedor, éste se hacía cada vez más fuerte y mi estómago luchaba para no echar las tripas fuera.
Me encontraba de verdad aterrado. Aun no comprendo cómo no di media vuelta y salí corriendo. Quizá todo se deba a mi insaciable curiosidad. Y es que el hedor no era lo único que me atormentaba. También estaban los ruidos. Ruidos que me erizaban los vellos y que cada vez estaban más cerca. De vez en cuando se volvía a producir un aullido, cosa que me hacía parar en seco y reconsiderar si seguir o no. Pero siempre continuaba. Además de los aullidos empecé a percibir algunos gruñidos, y leves golpes, como si alguien golpeara la pared o pisara demasiado fuerte.
Sobreponiéndome al profundo terror que oprimía mi pecho continué, nervioso, apuntando el haz de luz allí donde creía oír algo. Hasta que di con una pesada puerta, de fuerte roble tachonada con hierro. Llegado a ese punto el hedor era casi insoportable y del otro lado oía suaves ruidos, como si algún ser vivo se moviese.
Como realizada por algún dios cruel, la puerta tenía una ventanilla a la altura de mi pecho, de no más de veinte centímetros por lado. Con el corazón palpitando a mil por hora alumbré a través de ella al otro lado. Lo que vi me dejó helado: cuatro seres inhumanos devoraban lo que parecía ser un ciervo. Eran grandes, de casi dos metros, tenían el pelaje negro y las manos y pies con filosas garras negras. Sus cabezas eran de lobo, pero el andar y demás rasgos eran indudablemente humanos. Lo que más horror me provocó fue ver las ropas de mis parientes, rasgadas y rotas. ¡Los de allí dentro eran mis dos tíos y mis dos primos!
Uno de los hombres lobos, creo que mi tío Jonas, por el color de los ojos, volvió la vista y tras verme aulló, fue un aullido lastimero y lamentable. Los demás también se volvieron, aullaron y se abalanzaron sobre la puerta. Para entonces yo ya corría pasillo arriba, para nunca volver a aquella casa de horror.   

14 comentarios:

  1. Muy bueno.Pero ya sabíamos el final antes de terminar de leer.Que no le pasaba nada y que había podido escapar.Me gusta más cuando se desvela más al final de la historia. Pero ha estado impresionante. Saludos.Silvia. Desde España.

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    1. El final no lo sabías, querida Silvia, eso te lo puedo asegurar. Ahora, que el lector sabe de antemano que el protagonista sobreviviría, eso si no te lo puedo discutir. Pero hay cuentos y cuentos, incluso novelas enteras en las que un personaje narra su vida pasada, es solo una forma de contar las historias que le da un aspecto único a las cosas. Hoy relaté la historia así, mañana? Saber, conmigo nunca des nada por sentado. Un abrazo.

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  2. Muy buena historia sigue asi saludos desd México

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  3. wOoooo!!!!!!!!!!!! q eran sus tios??? no entiendo , que su tio no habia salido ???

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    1. No sólo su tío Marilú, todos habían salido, pero no a lo que le dijeron a nuestro amigo, sino a refugiarse en el subterráneo, sabedores de lo que se avecinaba, para no causar mayores males. Como te darás cuenta, ellos sabían de su maldición, y hacían todo lo posible para no dañar ni involucrar a terceras personas.

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  4. Vaya fue bastante bueno me gusto mucho me mantuvo en suspense cada día mejoras mejoras más.
    Alba.

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    1. Bueno, se hace lo que se puede. Solo espero que que esto no sea la cúspide de lo que puedo crear, sino uno de los peldaños bajos de una larga escalera.

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  5. Un relato buenísimo, como todos los tuyos. Estoy encantada de que sigas con el blog.
    Saludos desde España

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    1. Qué halago! Gracias! Y desde luego que continuaré con el blog. Publicaré tan seguido como pueda. Solo hay que entender que yo, como todos, tengo bajones anímicos, y hay días en los que no tengo ánimos de escribir, por eso a veces me atraso. Pero lo que pueda. Saludos.

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  6. Un relato buenísimo, como todos los tuyos. Estoy encantada de que sigas con el blog.
    Saludos desde España

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  7. se supo de antemano que el protagonista sobreviviria a lo que fuera. Lo contó en primera persona. Lo que lo mantuvo en suspenso fue el final..le diste uj giro inesperado .muy bueno!

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  8. se supo de antemano que el protagonista sobreviviria a lo que fuera. Lo contó en primera persona. Lo que lo mantuvo en suspenso fue el final..le diste uj giro inesperado .muy bueno!

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  9. En realidad no tiene nada q ver q el personaje principal contara la historia xq he leído relatos asi y al final el personaje dic algo como " y ahora estoy aqui entre ellos" o " de no ser por mi curiosidad no estaría muerto y mi alma vagando eternamente. etc.

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