Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

8 de enero de 2015

El hijo de Emily


Era el primer cumpleaños de Julio, el hijo de Emily. Su cabello castaño y espeso, que casi le cubría las orejas lo hacían parecer un poco salvaje y mayor. Caminaba con soltura pese a su corta edad y desde hacía tres meses hablaba de forma clara. Pero sin duda su rasgo más llamativo eran sus ojos grandes, redondos y de pupilas negras, que refulgían como el ónice. Emily recibió ese día muchos halagos por causa de su hijo, aunque también descubrió que muchos miraban con suspicacia al pequeño.
Más tarde, cuando los invitados empezaban a irse, ocurrió lo que Emily tanto había temido: Julio se enfrascó en una pelea con otro niño. Charlaba de forma amena con una vecina cuando oyó los gritos de los infantes; pero no los gritos tradicionales de los pequeños, sino gritos estridentes y cargados de terror. Emily corrió a ver qué ocurría, pero Santiago, su esposo, se le adelantó, de modo que llegó antes a la escena. Cuando Emily se acercó, Santiago abrazaba a Julio y otros adultos atendían a un niño cuya sangre manaba de diversos cortes.
—¡Oh Dios mío! —Barbotó—. ¿Qué ocurrió aquí?
—¡Lo atacó! —chilló fuerte un infante de cuatro años.
—Y se transformó en un monstruo, con uñas y dientes —dijo otro.
El resto de niños no dijo nada durante un buen rato. Fuera lo que fuera que habían visto, los había dejado tan asustados que lo único que podían hacer era llorar y abrazarse a las faldas de sus progenitoras.
—¿Qué pasó aquí, Julio? —demandó Emily con seriedad.
Cualquier otro niño puede que ni siquiera hubiera entendido la pregunta, pero no era ese el caso de Julio, que respondió con calma y con voz extrañamente adulta.
—Me quitó mi rebanada de pastel —dijo Julio.
—Pero ese no es motivo para recurrir a la violencia —reprendió Emily—. Además, había más en la mesa.
—El problema no fue que me haya quitado algo —replicó el chico, sus oscuros ojos prendidos en ella—, el problema fue que después lo tiró.
El niño fue llevado al hospital, donde afortunadamente informaron que solo sufría de algunos rasguños. Santiago pagó la cuenta y Julio fue encerrado en su cuarto de juego sin permiso para salir. Lo más extraño de todo fue que ni el doctor supo decir con qué objeto el infante de un año había herido al otro niño. Julio se negó en redondo a decir ni una sola palabra sobre el asunto y el otro muchacho dijo que había usado dientes y garras, pero por supuesto eso no podía ser. Además, el afectado alegó que él no había robado nada, y Emily casi le creyó al no encontrar más tarde el pastel que según su hijo el otro muchacho había tirado.

Emily desconfiaba de su hijo, y sentía por él una especie de temor que se suponía una madre no debía sentir por su vástago. Pero no era un temor sin fundamento, no, era un temor que aumentaba día con día debido al comportamiento fuera de lo común del pequeño.
Había notado algo extraño en Julio desde las primeras semanas de nacido. Aquel cabello castaño, casi del color del fuego, no era normal en ninguna de las familias de los padres y le hacía recordar una pesadilla que tuvo hace algún tiempo. Tampoco eran del todo normales los ojos grandes y oscuros. Y cuando ese día hirió a un niño que le triplicaba la edad, Emily recordó con sobrecogimiento las varias veces que siendo un bebé Julio le había sangrado los hombros aparentemente sólo con los dedos.
Julio era un niño con tendencias peligrosas, de eso Emily ya se había percatado. Lo peor de todo es que las ponía en práctica. A la edad de diez meses atrapó a un ratón con las manos y le quebró el cuello. Emily lo había visto salir al jardín con el ratón en las manos, después vio como el infante amarraba el roedor al extremo de una cuerda y lo lanzaba a la acera de la calle mientras él cogía la cuerda por el otro extremo. Recordaba haber sonreído ante el ingenio de su hijo. Lo que Julio pretendía era atraer a un gato salvaje que se la pasaba en los contenedores de basura que había al otro lado de la calle. Cuando tras unos diez minutos el gato llegó cerca de Julio, en pos del ratón, el niño lo cogió y le quebró el cuello. Emily ahogó un grito de consternación y terror. Julio dejó gato y ratón en el jardín y regresó al interior de la casa.

También era aficionado a buscar lagartijas en las masetas, los setos y rosales. Pero no las buscaba porque quisiese ver la casa libre de alimañas y bichos, sino porque disfrutaba dando muerte a las pequeñas criaturas.
Y cuando una semana después de su cumpleaños lo descubrió torturando a un perro callejero, Emily sintió inmensos deseos de azotarlo, de llorar y de tirarse de los cabellos.
—¡Julio! —le gritó al descubrirlo tras un seto. El perro lanzaba quedos aullidos, tenía cortes por todo el cuerpo y las cuencas de los ojos vacías—. ¿Qué has hecho?
—Es para lo que fui engendrado, madre —dijo el pequeño—. Un día asolaré al mundo. Sólo practico.
Para ese entonces Emily temblaba de pies a cabeza y había caído al suelo. Y lo único que brotaba de sus labios era: «¡No puede ser! ¡No puede ser cierto!»
El infante terminó su obra con el perro, se puso de pie, se limpió las manos en los pantalones de Emily y después se agachó para hablarle al oído:
—Lo es madre, todo es cierto.

Santiago volvió del trabajo a eso de las siete de la noche y tardó todavía media hora más en dar con su esposa. La encontró tirada en el jardín, tiritando como si estuviera en el polo norte y diciendo incoherencias acerca de un hijo del demonio.
—¡Cariño! ¿Estás bien? ¿Qué ocurre? —Pero Emily parecía ida de la realidad y sólo podía temblar y hablar incongruencias.
Santiago no tuvo otra opción que llevarla al hospital donde, unos días después, recomendaron internarla en un psiquiátrico. Allí se quedaría Emily durante largo tiempo, dejando fuera a un esposo abrumado por lo insólito y repentino del suceso y a un niño sin madre.  
Santiago se encontró de pronto sin esposa y con un niño a su cuidado. Pero puesto que su trabajo era lo más importante para él, contrató a una niñera para que cuidara del pequeño Julio mientras él trabajaba como buey para pagar a la muchacha y las cuentas del hospital donde tenía a su esposa.

La primera niñera renunció a los tres meses. Según las palabras que esparció por todo el vecindario, el niño había intentado matarla mientras dormía una siesta en el sofá.
—Le crecieron los ojos —dijo en una ocasión—, se le pusieron negros y llameantes. De los dedos le salieron garras y los dientes le crecieron de forma espantosa…
Pero como la joven se fugó con un muchacho quince días después, la historia se desestimó y se consideró que esa fue la verdadera razón de su renuncia.
La segunda niñera renunció dos meses después. Ella no alegó ningún intento de asesinato. Pero si comentó por aquí y por allá que el pequeño Julio era en verdad extraño y que algunos de sus actos eran inquietantes en extremo.
—No parece que tenga año y medio —dijo a su madre el día que renunció—, sino siete o más. Cuando prende el televisor pone las noticias en lugar de caricaturas, y parece que se deleita con los informes de muertes, accidentes y asesinatos. También se pone a ojear libros, de esos que no tienen imágenes, y si no supiera que tiene año y medio, creería que los lee.
Cuando renunció la tercera niñera Santiago empezó a desesperarse. Él no pasaba mucho tiempo junto al pequeño, de modo que no sabía a profundidad si el chico presentaba tendencias extrañas. Pero tres niñeras después, ya daban mucho qué pensar. Mientras, su esposa seguía encerrada en el hospital, sin apenas síntomas de mejoría. Santiago tuvo una charla muy seria con el pequeño, hasta ese momento no se había percatado de la madurez y solemnidad de la que hacía gala el chico. Después de aquella charla, ambos acordaron que Julio se quedaría sólo en casa. Al final Santiago terminó completamente convencido de que Julio era capaz de cuidar de sí mismo.
La pobre Emily no fue partidaria de aquella idea. Tres días después de que Julio empezara a quedarse solo, Emily se enteró de la noticia como por arte de magia y empezó a clamar a gritos que quería ver a su esposo. Fue la primera vez desde su reclusión que dijo algo que no estuviera relacionado a un monstruo, hijo del demonio. Los doctores tomaron esto como muestras de mejoría e inmediatamente mandaron a buscar a Santiago.
—¡No! —Gritó en cuánto vio a su esposo, y todos creyeron que se abalanzaría sobre él en un arranque de locura—. ¡No debéis dejarlo solo!
Santiago comprendió que se refería al pequeño.
—Nuestro hijo no es como cualquier otro niño —dijo él, algo más calmado—. Descuida, estará bien. Lo ha estado durante estos tres días.
—No es él quien me preocupa —replicó una histérica Emily—, sino los demás.
—¿Demás?
—Sí. El resto del mundo. Julio no es un niño, es un demonio…
A continuación, empezó a soltar sus habituales sartas de incoherencias, acerca de un hijo del demonio que había venido para asolar al mundo con muerte y odio, y muchas cosas más. Como no paraba y cada vez se ponía más histérica, los doctores tuvieron que aplicarle sedantes y la devolvieron a su habitual habitación.
Santiago se fue del hospital creyendo que todo eran desvaríos de una loca, de tal modo que al llegar a casa ya había dejado a un lado el asunto. Era cierto que Julio era un caso único, pero no era para tanto.

La primera anormalidad en el vecindario ocurrió una semana después de la visita de Santiago a Emily.
Los atacados fueron dos jóvenes que regresaban de una noche de juerga. El resultado fueron varios cortes y mordiscos. Uno no volvería a usar una pierna y el otro perdió oreja y media. Habrían sido muertos de no ser por la oportuna aparición de una patrulla policial.
—Era un ser pequeño —comentó el oficial que efectuó el rescate— que desapareció como un borrón oscuro cuando disparé. No lo vi bien así que no puedo aventurar qué era. Pero si de algo estoy seguro es que no era humano.
Después de recuperar el conocimiento en el hospital, los atacados no pudieron abundar en detalles. Estaban borrachos, dijeron, y no lograban recordar gran cosa, excepto una pequeña forma oscura que los atacaba a la velocidad del rayo. Cuando fueron preguntados sobre el tipo de arma con que fueron atacados dudaron un momento, y tras dirigirse una mirada cómplice, dijeron que no lo recordaban.
El suceso se volvió a repetir una semana después, solo que esta vez los resultados fueron más funestos. El cuerpo fue descubierto por un vecino que siempre se levantaba a las cinco de la mañana para correr unas cuantas manzanas y el grito que emitió tras descubrir el cuerpo fue simplemente aterrador. La víctima era casi irreconocible, le habían destrozado el cuerpo y carecía de lengua y ojos. El suceso conmocionó no sólo al vecindario sino a la ciudad entera. No es que en el vecindario no se cometieran crímenes, sino que pocas veces se había visto tanto odio y crueldad en uno.
Un mes después el suceso casi se había olvidado, o al menos se había hecho a un lado. Hasta que una nueva muerte igual de horrorosa tuvo lugar. Tres horas después de descubierto el segundo cadáver tuvo lugar un nuevo descubrimiento: otra víctima. Entre ambas había una distancia de medio kilómetro, pero las reconocibles marcas los señalaban como presas del mismo depredador. Aquello prendió de nuevo las alarmas en la ciudad y las especulaciones sobre el horror que acechaba en lo más profundo de la noche no se hicieron esperar.
Un psicópata, fue la hipótesis más viable. Un loco que disfrutaba torturando a sus víctimas y que después encontraba un morboso placer en arrancarles lengua y ojos. Pero mentes más abiertas especularon sobre otras posibilidades. Algo del otro mundo, un demonio, se decían entre susurros nerviosos.
En todo caso ninguna sospecha recayó en el pequeño Julio. Nadie se atrevería a pensar que el avispado hijo de Emily podía estar detrás de tan macabros actos. Ni siquiera su padre que encontró una mañana prendas rasgadas y con marcas de sangre en la habitación del pequeño. «Otra de sus travesuras con lagartijas», fue lo que pensó Santiago.
La única que intuía la verdad era su madre. Quien no estaba loca, pero que todo el mundo consideraba loca. Lo que Emily sufría era un ataque del más absoluto terror, pero que cuando intentaba contar la verdad todo lo que salía de sus labios era tomado como los desvaríos de un loco y era sedada y puesta a dormir.

A partir de entonces los macabros asesinatos empezaron a sucederse con inusitada frecuencia. Moría alguien en una noche y otro a la siguiente. Podía haber pausas de días o semanas, pero los muertos se seguían sucediendo. Las autoridades seguían todas las posibles pistas, pero nada los acercaba a la verdad. La ciudad entró en pánico y todo mundo procuraba encerrarse en su casa antes de que oscureciera. Esta medida surtió efectos durante un par de semanas, pero cuando una familia entera apareció muerta una mañana, todo mundo supo que en aquella ciudad ya no se podía estar seguro. No fueron pocos los que hicieron maletas y salieron de la ciudad.
Mientras las muertes se sucedían una tras otra y la ciudad entraba en pánico, Santiago empezó a percatarse que el comportamiento de su pequeño no era el indicado. Ya no encontró prendas manchadas de sangre, pero durante las noches oía a su pequeño hablar solo y a veces parecía que una voz grave le respondía. Lo oía deslizarse de su habitación y en muchas ocasiones oía que las ventanas se abrían y luego un golpe seco, como si saltase fuera de la casa. Lo más extraño de todo es que esas peculiaridades ocurrían las noches de los asesinatos.
Un temor empezó a acosar a Santiago y recordando los desvaríos de su esposa decidió visitarla y escucharla. Pidió permiso para verla, a solas, sin que nadie los molestara. Los doctores se rehusaron en un principio, temiendo que la mujer representara un peligro, pero al final terminaron accediendo.
—¡Tienes que sacarme de aquí! —fue lo primero que dijo en cuanto estuvieron a solas.
—Si dejaras de comportarte como una loca hace tiempo que habrías salido —replicó Santiago.
—Es que tú no entiendes, nadie entiende.
—No, no entiendo. Es por eso que estoy aquí.
—¿Entonces me crees?
—Quiero oír lo que tengas que contar antes de sacar conclusiones.
Emily asintió y le contó a Santiago acerca de la noche en que fue engendrado Julio. Recordaba de forma vaga esa noche, y siempre había creído que se trataba de una pesadilla, pero Julio lo había esclarecido todo aquel día en el jardín. Aquella noche estaba sola porque Santiago se había ido a una capacitación no sabía dónde. Dormía plácidamente cuando un monstruo irrumpió en la habitación. Era un ser enorme, de dos metros de altura, negro y de melena rojiza. Tenía manos y piernas gruesas como troncos y rematadas en garras aún más negras. Su piel desnuda brillaba como aceite y su miembro negro, grueso, enorme, se erguía como un faro. Emily gritó y corrió, pero el ser la cogió, le taponó la boca con una enorme manaza, le rasgó las vestiduras y la violó con furia. Sentía que con cada embestida se le iba la vida. Cuando el monstruo terminó con ella, Emily estaba aletargada, le dolía el vientre, las caderas y su sexo le escocía como si le hubieran pasado brasas al rojo vivo.
—Tendrás un hijo —le dijo el monstro antes de que se desmayase—, mi hijo. Será diferente puesto que es mi hijo y su misión será azotar al mundo con muerte y terror. Como su sangre serás capaz de detenerlo, pero no lo intentes o sufrirás por toda la eternidad. 
Después se había desmayado y a la mañana siguiente, aunque le dolía todo el cuerpo, todo le parecía borroso y creyó que había sido una pesadilla.
Santiago la escuchó sin interrumpirla y al final del relato estaba convencido de que su esposa decía la verdad.
—Por eso tienes que ayudarme a salir de aquí —pidió Emily—. Él lo dijo, soy la única capaz de detenerlo.
—No será sencillo —dijo Santiago—. No puedo raptarte ni nada por el estilo. La única salida que veo es que te comportes como una persona cuerda, deja de hablar sobre este asunto y lo más seguro es que te dejen salir en unas pocas semanas.
—¡Pero el seguirá matando! —protestó Emily.
—Lo mantendré vigilado —prometió Santiago. De pronto le vino a la mente una pregunta—. ¿Y tú cómo sabes que él está asesinando?
—Creo que tenemos una especie de conexión —explicó Emily—. Cuando duermo tengo pesadillas acerca de él, lo peor de todo es que sé que son reales. No sé si es algo que ya hizo, está haciendo o va a hacer, pero sé que son reales.
—Entiendo —asintió Santiago—. Después de todo eres su madre.
—Lo soy —respondió Emily, que percibió un deje de amargura en la voz de su esposo—. Y ahora sé de lo que es capaz, así que ten cuidado.

Los siguientes días fueron de desvelo para Santiago. Trató de mantener una estricta vigilancia sobre el pequeño (teniendo en el cinturón una daga por si era atacado). Cerró las ventanas con candado y se mantuvo cerca de la puerta de la habitación del pequeño. Durante tres noches hizo lo mismo, y durante tres noches Julio no salió de su habitación, y durante tres noches no hubo macabros asesinatos en la ciudad. Lo cual sólo convencía más a Santiago de que Julio era el autor de los crímenes.
Pero una persona no puede vivir sin dormir. De modo que, a la cuarta noche, incapaz de mantener los ojos abiertos, Santiago se durmió en su lugar de guardia. Cuando despertó las luces del alba clareaban el cielo y temió lo peor. Corrió a la habitación de Julio y lo encontró durmiendo. Se permitió un suspiro de alivio hasta que vio sus manos y boca, había rastros de sangre en ellas y al pie de la cama, un enorme ojo humano reposaba como vestigios de la verdad. Santiago fue incapaz de reprimir los temblores y en un arranque de nervios y heroísmo infantil extrajo la daga de su funda y la clavó en el pecho del pequeño. No fluyó sangre y el muchacho ni siquiera se movió, simplemente abrió los ojos y atrapó las manos de Santiago con sus manitas, que inmediatamente se convirtieron en garras negras y filosas.
—¿Crees que puedes dañarme con eso? —dijo el hijo de Emily—. Ja, no sabes lo que haces.
Santiago mudo de terror se zafó de su presa y retrocedió hasta el vano de la puerta. Julio se puso de pie y, con parsimonia, extrajo la daga de su pecho. No fluyó sangre ni líquido alguno. Y sonrió. Fue la sonrisa más aterradora que alguien se pueda imaginar. Santiago supo que era su fin. El pequeño bailoteó la daga en sus manos y después se abalanzó sobre Santiago.
¡Era el momento que había estado esperando!
Santiago se hizo a un lado y tras él apareció Emily. La ballesta en sus manos fue disparada y el virote se clavó en el pecho de Julio cuando aún saltaba. El pequeñajo emitió un quejido y la sangre empezó a manar de su pecho.
—¡Mamá! —dijo—. ¿Por qué? —Su voz era lastimera.
Las lágrimas anegaban los ojos de Emily, que no se atrevió a pronunciar palabra. Había salido esa tarde misma tarde y lo había planeado todo con Santiago. Sabía que para acabar con aquel monstro debían cogerlo por sorpresa. La punta de la flecha que disparó iba untada con agua bendita y al ser disparada por sus manos era doblemente mortal. Pero aun así le dolía. Después de todo era su hijo.
Julio se revolcó en el piso durante un minuto antes de morir.
—¿Se acabó? —dijo Santiago—. Has acabado con el horror de la ciudad.
—Para mí esto sólo empieza —dijo Emily.
Terminando de decir esto estaba cuando en el centro de la habitación se abrió un vórtice. De él salió el ser que la violó hacía más de dos años. Cogió el cadáver del pequeño y se lo echó al hombro, después apresó a Emily con alguna fuerza invisible y la arrastró hasta él. Santiago gritó, e intuyó lo que pasaba, tomó una mano de Emily y tiró de ella tratando de retenerla, pero fue un esfuerzo fútil.
—Déjame —pidió Emily—. Maté a su hijo, ahora tengo que pagar.
Santiago la soltó y Emily fue llevada hasta lo más profundo del inframundo, para ser torturada eternamente por la muerte del hijo de uno de los siete de Satanás.

7 comentarios:

  1. q paja este cuento , porfas publica mas seguido.Marilu

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    1. Honestamente no entiendo tu comentario, paja? Y sobre lo segundo descuida, ya volví de mis vacaciones y escribiré un poco mas seguido.

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  2. Estuvo increíble al menos ya la gente no sufrirá y el pequeño ya fue castigado. Buena historia, estuvo excelente, ¿alguna vez has pensado en ser escritor?. Bueno que gran historia, con un final que nadie se imaginaba. Espero la siguiente historia, cada vez mejoras más y más. Hasta la próxima. Saludos desde Venezuela

    Ongie

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    1. Gracias por tus palabras Ongie. Aunque la verdad no es de mis mejores cuentos, a mi no me terminó de convencer. Pero es lo que salió y como hacía tiempo no actualizaba el blogs decidí subirlo. Y con lo de ser escritor, sí, escribo una novela pero creo que va a para largo. Igual, me alegra que te haya gustado la historia. Saludos desde mi bello rinconcito que es Guatemala.

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  3. Paja es xevere, genial, cool :)

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  4. 😍😱😍😱
    Fascinante!!!
    Me encanto la historia, sera que ya para estas fechas ya publicaste tu novela? Me gustaria leerla!!

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    1. Ni cerca todavía Nayda. Aún estoy en proceso de escritura. Pasará al menos un año para que esté lista. El escollo está en que no me puedo dedicar de lleno a ella. Saludos.

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