Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

13 de enero de 2015

El ayudante del camino


Mi hermano Andrés se fue de casa cuando yo contaba con sólo siete años de edad, hace ya quince años. Desde entonces no lo he vuelto a ver. Sí hablé con él un par de ocasiones por teléfono, donde me enteré que se había casado, tenía dos hijos y hablaba de que el día menos pensado nos visitaría, pero nunca lo hizo. Comprenderán entonces que mis recuerdos sobre él sean más bien vagos.
Tras quince años de ausencia, la última noticia que recibimos sobre él fue que había muerto a manos de asaltantes de camino. Nos conmocionó tanto la noticia que inmediatamente empezamos a hacer preparativos para ir a su velatorio, al otro lado del país. A mí personalmente me empujaba un morboso deseo de ver su rostro otra vez, así que fui de los más entusiastas por realizar aquel viaje.
Quedando aún asuntos por resolver en la casa me ofrecí voluntario para solventarlos, pidiendo encarecidamente a mi madre y demás parientes que tomaran el primer vuelo disponible y que yo los alcanzaría lo antes posible. Mi más ferviente deseo era ver su rostro, de modo que no me preocupó en demasía retrasarme unas cuantas horas.
Resultó que las diligencias pendientes me tomaron poco más de medio día, y tuve que apresurarme para partir a tiempo. Mandé a la servidumbre que preparasen mi equipaje y al mayordomo le pedí que me reservara pasaje en el vuelo próximo.
Aun haciendo todo de forma apresurada, cuando llegué a mi destino eran ya las siete de la noche. Aunque aquel no era mi destino final. Un empleado de una empresa de renta de autos me esperaba con el coche que había de llevarme al pueblo en el que mi hermano había vivido los últimos años, a unas dos horas de la ciudad.
—Aquí está su coche, joven —me dijo en cuanto nos encontramos.
Le agradecí sinceramente y deslicé unos cuantos billetes en su mano cuando me entregó las llaves.
—En el baúl va la caja de herramientas y un neumático…
—Muchas gracias —le corté, tratando de no ser maleducado. Quería llegar cuanto antes junto a mi hermano—. Y perdone, pero tengo algo de prisa.
Lo despedí con un estrechón de manos y puse en marcha el motor. Encendió a la primera. Sonreí aliviado. Me habían dado un buen coche. Lo saqué de donde estaba aparcado y me dirigí a la carretera.
—Tenga cuidado joven, esos caminos son muy… —pero ya aceleraba y me fue imposible oír lo que fuera que quería decirme.
Al enfilar en las iluminabas calles de la ciudad, y pese a encontrarme rodeado de un millar de coches y otros tantos conductores, me sentí muy solo y melancólico. Una especie de congoja se posó en mi alma y de pronto no tenía deseos de estar allí. Pero alejé aquellos sentimientos pensando que se debían al hecho de estar en una ciudad desconocida, rodeado de extraños y conduciendo un auto ajeno a ver el cadáver de mi hermano largo tiempo ausente.
Durante media hora deambulé por la ciudad, confundiéndome a veces de dirección, hasta que alcancé la carretera que debía llevarme a mi destino final. Era una calle asfaltada de dos vías por lado, bastante menos concurrida a medida que me alejaba de la ciudad. Pero aquél tampoco era él último camino. A media hora de la ciudad me desvié a la derecha para tomar una carretera más angosta que, ésta sí, me llevaría hasta mi hermano.
Un millar de estrellas adornaba el cielo y servían como dosel de una hermosa luna llena cuando tomé éste último desvío. La carretera estaba pavimentada, pero tal era su estado que pensé que hacía mucho que no la reparaban. Había baches por doquier, y en algunas partes faltaban decenas de metros de pavimento. Lo que sólo consiguió que fuera más lento de lo que había imaginado y que mi desesperación aumentara.
Si mi estado de ánimo no era el más óptimo, imaginad lo que sentí cuando en uno de los tantos baches de la carretera una de las llantas traseras del auto se ponchó. Un grito de desesperación se escapó de mi garganta y lo primero que hice al bajar del auto fue emprenderla a patadas contra el neumático pinchado. Después de que el disgusto inicial se hubo difuminado me fui al baúl trasero en busca de algo que me salvara. Allí estaban la caja de herramientas y un neumático de repuesto.
—¡Qué prevenidos son estos tipos! —dije en voz alta, más para espantar el silencio de la noche que por la alegría de encontrar la solución a mi problema.
Bajé la llanta al suelo y después me puse a buscar las herramientas en la caja. Un minuto después empecé a maldecir mi suerte y a dar patadas al coche. ¡Estaba todo menos el gato mecánico! ¿Con qué demonios iba a levantar el coche si no era con el gato? Me obligué a tranquilizarme  y me puse a buscar en el resto del auto, aunque mis esperanzas de encontrarlo eran más bien escasas. Cinco minutos después me tiraba de los pelos, frustrado y lleno de rabia.
A punto de subirme al coche y conducirlo en aquel estado estaba, sin importar lo que después tuviera que pagar al arrendador, cuando una sombra apareció de entre los árboles del bosque. Mi primera reacción fue de sorpresa, después vino el miedo. Lo tomé por un maleante y en silencio empecé a rezar que se conformara sólo con mi dinero. En ningún momento se me ocurrió huir.
La sombra se acercó con pasos seguros hasta mi posición y me tendió la mano.
—Buenas noches, joven —me saludó.
Era un hombre de mediana edad, más bien bajito y rechoncho. Su rostro redondo era extremadamente pálido y su cabello negrísimo estaba pulcramente recortado. La palidez de su piel resplandecía con la luz argéntea de la luna. Vestía un traje completamente negro, con corbata y todo, y me pareció que la vestimenta estaba demasiado fuera de lugar. Cruzada al hombro llevaba una bolsa.
—Buenas noches —respondí a su saludo. El contacto con su mano fue tan frío como el hielo y tuve que reprimir un escalofrío.
Debo reconocer que el tipo me produjo cierta inquietud no sólo por su repentina aparición, su pulcro traje negro y su piel pálida y fría, sino también porque aquel rostro se me hacía harto familiar. Aunque por más que forcé la reminiscencia de mi cerebro me fui imposible recordar a quién se parecía. Desde luego deseché tal pensamiento inmediatamente; aquel rostro redondo y pálido no se parecía a ninguno de mis conocidos.
—Algún problema —me preguntó.
—Sí —respondí—. Pinché una llanta y en el auto no viene ningún gato para cambiarla.
—¡Casualidad de casualidades! —Exclamó, alzando las manos a la altura del hombro—. Precisamente llevo uno en esta bolsa —agregó, dando palmaditas a la mochila que colgaba de su hombro.
—¿En serio?
Yo no me lo creía. A lo mejor era una broma. Tendría que tener mucha suerte para que aquel desconocido llevara en su bolsa justo lo que yo necesitaba. Eso hizo que me preguntara otra cuestión: ¿De dónde había salido? Uno no sale de entre el bosque a las nueve de la noche así nomás.
—No es broma —dijo. Abrió su bolsa y efectivamente sacó un pequeño gato mecánico.
No podía creer mi buena fortuna.
—Pero… ¿cómo? —Deben comprender que me encontraba sorprendido.
—Las casualidades se dan bastante a menudo, joven —me dijo.
El pulcro y pálido caballero no solo me prestó su gato mecánico, sino que también se ofreció a ayudarme a cambiar el neumático. Yo acepté sin rechistar ya que no soy muy ducho en esos menesteres.
Metiéndome bajo la camioneta estaba cuando a los alrededores empezaron a aullar los lobos. Se me erizó la piel y un profundó miedo se metió en mi cuerpo. Había oído comentar que esas fieras eran capaces de muchas atrocidades.
—Hay lobos en estos parajes —dije.
—Siempre los ha habido —respondió mi interlocutor—. Aunque no es común que aúllen con tanto fervor.
—Quizá es por la luna llena —bromeé, tratando de aliviar mi miedo y recordando las películas que había visto.
—Puede ser —fue todo lo que dijo el caballero.
Mientras quitaba y ponía el neumático de repuesto los lobos no dejaron de aullar. En algunos momentos los oía más cerca y cambiaban de entonación sus aullidos, como si se comunicasen entre ellos. Me pregunté qué se decían: “¿Ya vieron? Hay dos humanos en la carretera. ¿Qué dicen? ¿Los atacamos?”. “Espera, llamaré al resto”. Lo pensé a broma, pero conforme los aullidos no cesaban, mi inquietud fue aumentando y sólo deseaba salir de ese lugar cuanto antes.
—Por cierto, mi nombre es Germán —dije en un momento dado. Necesitaba distraerme o esos lobos me meterían el miedo hasta los huesos—. Voy al pueblo que está delante, mi hermano murió y voy a su velorio.
—Lo siento mucho —dijo el caballero—. Mi nombre es Andrés…
He de haberme quedado blanco por la impresión porque el caballero, que iba a seguir hablando, se calló un segundo y después preguntó si me encontraba bien. En ese momento dilucidé a quién me recordaba el extraño caballero: a mi hermano, que era velado en esos momentos en el pueblo de delante. Por un momento tuve la estúpida idea de que era el fantasma de mi hermano a quién tenía enfrente y un miedo gélido recorrió mi columna. Pero me reprendí inmediatamente; los fantasmas no estrechan la mano ni ayudan a cambiar neumáticos. Sin embargo, ese pelo negro, su rostro redondo, su edad aparente… ¿Era casualidad o algo más?
—Parece que ha visto usted un fantasma —dijo Andrés—. ¿O es por los lobos? Si es por ellos será mejor que se dé prisa para que pueda marcharse y…
—No es eso —dije—. Solo que mi hermano muerto también se llamaba Andrés y, aunque no lo he visto en quince años, su aspecto me recuerda a él.
—Descuide, no soy un fantasma —señaló—. Y ya le dije que las casualidades son de lo más común.
Asentí. Pero aún no estaba convencido. Seguí en lo mío.
Mientras terminábamos de reparar el coche, y bajo el clamor de los lobos, mi salvador me contó que tenía una cabaña no muy lejos de donde nos encontrábamos y que (una casualidad más) había salido a la oscura carretera a pedir aventón para llegar al pueblo al que yo me dirigía, porque, entre otras cosas, tenía que devolver el gato mecánico a un amigo suyo que se lo había prestado. Al final me convencí de que no era un fantasma, sino que sencillamente se habían dado las condiciones para aquel extraño encuentro.
Guardaba las herramientas en la caja cuando ocurrió algo que me aterró e impresionó mucho. Dos tipos en una motocicleta se detuvieron junto a mi coche. Creí que preguntarían qué ocurría y si necesitaba ayuda, pero en lugar de ello extrajeron de sus pantalones dos armas y apuntaron a mi pecho.
—Quiero todo el dinero que tengas encima, señorito —dijo uno.
Yo temblaba de la cabeza a los pies. Nunca había sido objeto de un asalto, ni que decir que me apuntaran con un arma. Empecé a rascar mis bolsillos, pero en ese momento, Andrés que estaba al otro lado del coche, se acercó a los ladrones y les dijo:
—Ya hicieron suficiente, muchachos. Será mejor que regresen a casa.
No me es posible describir con detalles el cambio de color de la piel de los maleantes, ni las muecas de incredulidad y terror que azotó sus rostros.
—T-t-tú, tú, tú… No es posible.
—Vámonos.
Así como llegaron, así se fueron. Miré asombrado y con renovado temor y curiosidad a mi nuevo amigo. Éste simplemente se encogió de hombros e hizo un mohín con los labios.
—Digamos que los conozco —manifestó.
Asentí agradecido y le pedí que subiéramos al coche para terminar de llegar a nuestro común destino. El tipo no dejaba de sorprenderme. ¿Quién era ese tal Andrés que ante sus palabras los ladrones palidecían y desaparecían de un plumazo?
—Déjeme usted admitir que esta noche he visto muchas casualidades —le dije mientras ponía en marcha el motor del coche.
—¿Ah sí? —Mi nuevo amigo parecía sorprendido.
—Sí —repliqué—. Primero se poncha la llanta de mi auto y aparece usted cargando justo lo que necesito; Además, resulta que se llama Andrés, igual que mi hermano fallecido, y su físico se asemeja mucho a los recuerdos que de él poseo; y, por último, sucede que es la primera vez que me apuntan con un arma y usted ahuyenta a mis captores con unas simples palabras. Hay personas que sufren los mismos percances que sufrí hoy, y nunca han sido auxiliados tan oportunamente como lo he sido esta noche.
El caballero se encogió de hombros e hizo un mohín, como restando importancia a mi elucubración. 
—Sucesos como éste ocurren todo el tiempo en todo el mundo —dijo Andrés—. Lo que pasa con usted es que se encuentra confundido y sorprendido por haber sido objeto de uno de éstos.  
No pude replicar su razonamiento.
Durante el resto del trayecto, mantuvimos una charla bastante amena y sencilla. La luna llena señoreaba en el cielo y esporádicamente aún oíamos el aullido de uno que otro lobo solitario. Pero por lo demás todo fue bien y tranquilo.
Mi acompañante me anunció, una media hora más tarde, que estábamos cerca del pueblo. Debo confesar que un suspiro de alivio escapó de mí. Después de un accidentado y raro viaje estaba a punto de llegar a mi destino, no era para menos. Imaginé que mi familia debería encontrarse bastante preocupada, ya que la última vez que hablamos había sido casi cuatro horas atrás, cuando aún estaba en el aeropuerto.
Tenía las primeras casas del pueblo a la vista cuando Andrés me pidió que me detuviera.
—Hasta aquí llego, yo —me dijo.
Pisé el freno y aparqué a la orilla del camino. Un escalofrío de miedo supersticioso me recorrió cuando me di cuenta que me había detenido junto a un cementerio.
—¿Aquí? —no pude contenerme.
—Sí —fue la escueta respuesta de mi salvador—. ¿Por qué todo te sorprende?
Dejé a un lado mis miedos sin fundamento y en lugar de replicar le agradecí la ayuda que me había prestado y le pedí que me acompañara al velorio de mi hermano.
—Descuide, allí estaré —me dijo mientras abría la puerta para salir.
—¿Conoce o lo vengo a recoger aquí mismo?
—Descuide, allí estaré —repitió.
Aún no convencido me incliné sobre la guantera para buscar mis tarjetas. Me llevó dos segundos encontrarlas y cuando le iba a tender una para que me llamara me encontré con que el caballero ya no estaba. Salí del auto para ver si aún lo alcanzaba a ver, pero no vi más que tumbas y árboles. ¿Tan rápido se había marchado? No lo entendía.
Bueno, ya nada podía hacer. Regresé al interior del auto, y tras perderme no en una ocasión, llegué a la casa que había sido de mi hermano. Como imaginarán allí el ambiente estaba cargado de tristeza y melancolía, aun así, muchas sonrisas se perfilaron en muchos labios cuando me vieron llegar.
Después de los saludos tradicionales con mi familia y la de mi hermano, pedí ver el cuerpo del fallecido. Imaginen mi sorpresa y horror cuando en el ataúd estaba Andrés, el mismo Andrés que me había encontrado en el camino.

2 comentarios:

  1. Vaya así que después de todo tuvo un rato feliz con su hermano, después de no verlo durante tanto tiempo. Esta historia si que e pareció bastante interesante, ya que el chico quería ver a su hermano y lo vio , además lo saló de los ladrones como un buen hermano mayor y lo protegió. Te felicito Manuel, ahora veo que publicas más rápido. Una gran historia y espero la próxima. Un abrazo desde Venezuela .

    Ongie

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    1. Hola. Ongie. Hey mira, hasta hoy entré al blog. Pues sí, la verdad pasó un rato ameno con su hermano, pero imagina el terror que sentirías al enterarte que con quien has charlado largo y tendido es alguien que ya está dentro de un ataúd. Por aquí circula una historia que se le parece, en la que el conductor de un coche de una funeraria transporta un cuerpo, pero que en el trayecto el coche se le estropea y un desconocido lo ayuda, cuando el conductor ya ha entregado el cuerpo pide ver al fallecido, ¿pues que creéis? Pues que el ayudante misterioso no es otro que el mismo tipo del ataúd. Puedo decir que me inspiré en esta leyenda.
      Y respecto a que lo defiende de los ladrones, quizá no es tan obvio como lo esperaba, pero los tipos se asustaron porque son los mismos que asesinaron a Andrés. Yo me mearía en los pantalones si mato a un tipo y después lo veo tan tranquilo ¿no?
      Bueno. gracias por comentar Ongie. Saludos. Y ya subo otro amigo.

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