Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

26 de enero de 2015

El caso de la familia Rice

Jonathan Rice estaba recostado en una mecedora cuando llegué a su casa. Terry, su enorme pastor alemán ladró cariñosamente al verme y Jonathan se desemperezó para salir a mi encuentro.
—Thomas, mi querido amigo —dijo, estrechándome en un abrazo de oso—. Qué gusto verte por acá.
—Las singulares visitas que recibiste ayer me picaron bastante —le dije después del cálido abrazo—. Y ya sabes que soy un hombre muy curioso.
—Y estoy agradecido de que lo seas —replicó.
Jonathan había cumplido cincuenta años el mes pasado. El escaso cabello que le rodeaba la cabeza era gris, a juego con la barba como pelambre. Tenía la piel curtida por el sol y el viento del campo y se le entreveían más que un par de arrugas. Era cinco años más joven que yo, sin embargo, parecía más viejo. Tenía el aspecto de un viejo que ha sufrido grandes pesares. No obstante, estaba frente a mí, sonriendo como idiota; sonrisa que solo puede brotar del alma.
—Veo que estás muy feliz —señalé—. Por qué no me invitas a un vaso de ese delicioso ponche que prepara tú hija y luego me cuentas la razón de tú alegría.
—Faltaba más. —Me invitó a pasar—. Desde la mañana le dije que preparara una buena jarra porque conociéndote cómo eres no tardarías en aparecer. Aunque no prometo que la bebida tenga la calidad de siempre, ya que mi dulce muchacha anda más en las nubes que en la tierra.
—Lo imagino.
—¿Así que ya lo sabes, viejo bribón?
—Lo intuí. Y me alegro por ambos, te lo digo de corazón. Quien no se alegrará mucho será mi joven sobrino de la ciudad. Me contó muchas veces que estaba prendado de Brenda y que incluso mantenían correspondencia.
—¡Bah! Un par de cartas, eso fue todo. Créeme, no se desmoronará. Unas cuantas noches de borrachera y asunto olvidado.
—Tienes mucha razón.
Entramos a la casa y Brenda me sorprendió echándoseme al cuello a la vez que exclamaba:
—¡Tío!
No es que seamos parientes ni nada por el estilo. Pero durante los últimos quince años he estado tan unido a los Rice que es como si lo fuera, y la muchacha me compensaba llamándome tío y tratándome con igual o más cariño.
—¡Hola princesa! —La saludé—. ¿Hay algo que quieras contarme?
Por toda respuesta me enseñó el dedo anular de su mano izquierda: un hermoso anillo con un diamante lo adornaba.
—¡Así que tenía razón! —dije—. Muchas felicidades, pequeña.
—Gracias, tío.
Brenda era la última de los vástagos de Jonathan. Los otros dos, varones por cierto, habían perecido en el horrible suceso de hacía quince años. La muchacha que tenía enfrente no se parecía en nada a la niñita que conocí por aquel entonces. Todo el horror vívido había quedado atrás, cuando era niña, y según me contó en una ocasión, de eso tenía recuerdos difusos y muy vagos. Por lo cual tanto Jonathan como yo estábamos muy agradecidos. Queríamos mucho a la muchacha y recuerdos de esa etapa sólo hubieran empañado su vida y su felicidad.
Con el paso de los años Brenda se había convertido en una muchacha atractiva. Su pelo del color del fuego enmarcaba un rostro cobrizo con suaves y elegantes bucles. Y aunque una cicatriz bajaba del mentón al cuello, eso no mermaba su belleza ni la hacía menos dulce.
 Pasé una tarde bastante amena con Jonathan y Brenda. Tanto el padre como la hija se mostraron contentos con el compromiso y Jonathan incluso, cosa que me sorprendió, tuvo palabras halagadoras para el joven que había pedido la mano de Brenda. Y todo lo contrario a lo que me había advertido Jonathan, el ponche estuvo más rico que nunca.
Más tarde me confesó, cuando la muchacha nos dejó un rato a solas, que, aunque estaba muy contento, también sentía una especie de tristeza melancólica.

21 de enero de 2015

El pozo del terror


Algunos tienen sueños acerca de monstruos demoníacos; otros sueñan con los universos y seres de allende nuestro sistema solar; otros son perseguidos por fantasiosos mundos de ensueño o locura; o monstruos que aún no se han visto ni en el cine, pero, ¿habíais oído de alguien a quien atormente “un pozo”? ¿No? Pues bien, yo soy perseguido por un pozo.
Pero no es un pozo cualquiera, eso lo puedo asegurar con cada célula de mí ser. Es un pozo de terror, hogar de algún monstruo indescriptible, o quizá portal del inframundo a nuestro querido manto superior. No tengo más que conjeturas sobre su esencia y lo que es, pero de algo sí estoy seguro, y es que está en este mundo para atormentar a las almas solitarias como la mía y para llevarnos a alguna especie de averno.
¡Ay, pobre de mí! Quién podrá salvarme de su persecución tenaz y del tormento a que ha sometido a mi cada vez más débil alma. Ahora estoy aquí, en el desván de la casa, el lugar más alto que pude hallar para esconderme. Consideré por un momento subir al tejado o al enorme roble que hay detrás de la casa, pero agradezco no haberlo hecho, pues temo que hace ratos habría caído a causa de los temblores que azotan mi cuerpo. Tengo miedo, mucho miedo; dudo que exista en el mundo alguien que haya sentido siquiera la mitad del miedo que siente mi desdichada alma en estos momentos en que veo tan cerca mi fin.
Cubro mis rodillas con mis temblorosos brazos y rezo pidiendo misericordia al Creador. Pero, o no me oye o no me hace caso, pues, a través de la única ventana que hay en mi escondite, veo un oscuro agujero en los límites del bosque. El pozo en cuestión tiene medio metro de antepecho, hecho de ladrillos rojos, sucios y llenos de musgo. Cuatro postes de madera se alzan a los lados y sostienen la estructura de un techo de tejas igualmente rojas. El pozo en sí, no aparenta más que algo viejo y olvidado, pero yo que conozco los horrores que guarda sé que es un lugar de horror y pesadilla.
Poco a poco se está acercando a la casa, avanza ora un centímetro, ora medio metro. Sé que viene por mí. No le debe haber gustado que me tuvo entre sus fauces y me haya escapado. Quizá se arrepienta por haber jugado conmigo, porque estoy seguro que era eso lo que hacía, de otra forma no estaría ahora yo aquí.

13 de enero de 2015

El ayudante del camino


Mi hermano Andrés se fue de casa cuando yo contaba con sólo siete años de edad, hace ya quince años. Desde entonces no lo he vuelto a ver. Sí hablé con él un par de ocasiones por teléfono, donde me enteré que se había casado, tenía dos hijos y hablaba de que el día menos pensado nos visitaría, pero nunca lo hizo. Comprenderán entonces que mis recuerdos sobre él sean más bien vagos.
Tras quince años de ausencia, la última noticia que recibimos sobre él fue que había muerto a manos de asaltantes de camino. Nos conmocionó tanto la noticia que inmediatamente empezamos a hacer preparativos para ir a su velatorio, al otro lado del país. A mí personalmente me empujaba un morboso deseo de ver su rostro otra vez, así que fui de los más entusiastas por realizar aquel viaje.
Quedando aún asuntos por resolver en la casa me ofrecí voluntario para solventarlos, pidiendo encarecidamente a mi madre y demás parientes que tomaran el primer vuelo disponible y que yo los alcanzaría lo antes posible. Mi más ferviente deseo era ver su rostro, de modo que no me preocupó en demasía retrasarme unas cuantas horas.
Resultó que las diligencias pendientes me tomaron poco más de medio día, y tuve que apresurarme para partir a tiempo. Mandé a la servidumbre que preparasen mi equipaje y al mayordomo le pedí que me reservara pasaje en el vuelo próximo.
Aun haciendo todo de forma apresurada, cuando llegué a mi destino eran ya las siete de la noche. Aunque aquel no era mi destino final. Un empleado de una empresa de renta de autos me esperaba con el coche que había de llevarme al pueblo en el que mi hermano había vivido los últimos años, a unas dos horas de la ciudad.
—Aquí está su coche, joven —me dijo en cuanto nos encontramos.
Le agradecí sinceramente y deslicé unos cuantos billetes en su mano cuando me entregó las llaves.
—En el baúl va la caja de herramientas y un neumático…
—Muchas gracias —le corté, tratando de no ser maleducado. Quería llegar cuanto antes junto a mi hermano—. Y perdone, pero tengo algo de prisa.
Lo despedí con un estrechón de manos y puse en marcha el motor. Encendió a la primera. Sonreí aliviado. Me habían dado un buen coche. Lo saqué de donde estaba aparcado y me dirigí a la carretera.
—Tenga cuidado joven, esos caminos son muy… —pero ya aceleraba y me fue imposible oír lo que fuera que quería decirme.
Al enfilar en las iluminabas calles de la ciudad, y pese a encontrarme rodeado de un millar de coches y otros tantos conductores, me sentí muy solo y melancólico. Una especie de congoja se posó en mi alma y de pronto no tenía deseos de estar allí. Pero alejé aquellos sentimientos pensando que se debían al hecho de estar en una ciudad desconocida, rodeado de extraños y conduciendo un auto ajeno a ver el cadáver de mi hermano largo tiempo ausente.
Durante media hora deambulé por la ciudad, confundiéndome a veces de dirección, hasta que alcancé la carretera que debía llevarme a mi destino final. Era una calle asfaltada de dos vías por lado, bastante menos concurrida a medida que me alejaba de la ciudad. Pero aquél tampoco era él último camino. A media hora de la ciudad me desvié a la derecha para tomar una carretera más angosta que, ésta sí, me llevaría hasta mi hermano.
Un millar de estrellas adornaba el cielo y servían como dosel de una hermosa luna llena cuando tomé éste último desvío. La carretera estaba pavimentada, pero tal era su estado que pensé que hacía mucho que no la reparaban. Había baches por doquier, y en algunas partes faltaban decenas de metros de pavimento. Lo que sólo consiguió que fuera más lento de lo que había imaginado y que mi desesperación aumentara.

8 de enero de 2015

El hijo de Emily


Era el primer cumpleaños de Julio, el hijo de Emily. Su cabello castaño y espeso, que casi le cubría las orejas lo hacían parecer un poco salvaje y mayor. Caminaba con soltura pese a su corta edad y desde hacía tres meses hablaba de forma clara. Pero sin duda su rasgo más llamativo eran sus ojos grandes, redondos y de pupilas negras, que refulgían como el ónice. Emily recibió ese día muchos halagos por causa de su hijo, aunque también descubrió que muchos miraban con suspicacia al pequeño.
Más tarde, cuando los invitados empezaban a irse, ocurrió lo que Emily tanto había temido: Julio se enfrascó en una pelea con otro niño. Charlaba de forma amena con una vecina cuando oyó los gritos de los infantes; pero no los gritos tradicionales de los pequeños, sino gritos estridentes y cargados de terror. Emily corrió a ver qué ocurría, pero Santiago, su esposo, se le adelantó, de modo que llegó antes a la escena. Cuando Emily se acercó, Santiago abrazaba a Julio y otros adultos atendían a un niño cuya sangre manaba de diversos cortes.
—¡Oh Dios mío! —Barbotó—. ¿Qué ocurrió aquí?
—¡Lo atacó! —chilló fuerte un infante de cuatro años.
—Y se transformó en un monstruo, con uñas y dientes —dijo otro.
El resto de niños no dijo nada durante un buen rato. Fuera lo que fuera que habían visto, los había dejado tan asustados que lo único que podían hacer era llorar y abrazarse a las faldas de sus progenitoras.
—¿Qué pasó aquí, Julio? —demandó Emily con seriedad.
Cualquier otro niño puede que ni siquiera hubiera entendido la pregunta, pero no era ese el caso de Julio, que respondió con calma y con voz extrañamente adulta.
—Me quitó mi rebanada de pastel —dijo Julio.
—Pero ese no es motivo para recurrir a la violencia —reprendió Emily—. Además, había más en la mesa.
—El problema no fue que me haya quitado algo —replicó el chico, sus oscuros ojos prendidos en ella—, el problema fue que después lo tiró.
El niño fue llevado al hospital, donde afortunadamente informaron que solo sufría de algunos rasguños. Santiago pagó la cuenta y Julio fue encerrado en su cuarto de juego sin permiso para salir. Lo más extraño de todo fue que ni el doctor supo decir con qué objeto el infante de un año había herido al otro niño. Julio se negó en redondo a decir ni una sola palabra sobre el asunto y el otro muchacho dijo que había usado dientes y garras, pero por supuesto eso no podía ser. Además, el afectado alegó que él no había robado nada, y Emily casi le creyó al no encontrar más tarde el pastel que según su hijo el otro muchacho había tirado.

Emily desconfiaba de su hijo, y sentía por él una especie de temor que se suponía una madre no debía sentir por su vástago. Pero no era un temor sin fundamento, no, era un temor que aumentaba día con día debido al comportamiento fuera de lo común del pequeño.
Había notado algo extraño en Julio desde las primeras semanas de nacido. Aquel cabello castaño, casi del color del fuego, no era normal en ninguna de las familias de los padres y le hacía recordar una pesadilla que tuvo hace algún tiempo. Tampoco eran del todo normales los ojos grandes y oscuros. Y cuando ese día hirió a un niño que le triplicaba la edad, Emily recordó con sobrecogimiento las varias veces que siendo un bebé Julio le había sangrado los hombros aparentemente sólo con los dedos.
Julio era un niño con tendencias peligrosas, de eso Emily ya se había percatado. Lo peor de todo es que las ponía en práctica. A la edad de diez meses atrapó a un ratón con las manos y le quebró el cuello. Emily lo había visto salir al jardín con el ratón en las manos, después vio como el infante amarraba el roedor al extremo de una cuerda y lo lanzaba a la acera de la calle mientras él cogía la cuerda por el otro extremo. Recordaba haber sonreído ante el ingenio de su hijo. Lo que Julio pretendía era atraer a un gato salvaje que se la pasaba en los contenedores de basura que había al otro lado de la calle. Cuando tras unos diez minutos el gato llegó cerca de Julio, en pos del ratón, el niño lo cogió y le quebró el cuello. Emily ahogó un grito de consternación y terror. Julio dejó gato y ratón en el jardín y regresó al interior de la casa.