Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

22 de diciembre de 2015

Una noche en el bosque (culminación)

No recordaba cuánto había corrido. Pero su corazón desbordado y su agitada respiración atestiguaban que un buen trecho. Aunque quizá fuera solo producto del inmenso terror que atenazaba sus entrañas. No comprendía con claridad lo que ocurría, solo sabía que no era bueno y que estaba aterrado hasta el tuétano. ¡Por todos los cielos! ¿En qué embrollo estaba metido?
Se había detenido bajo la frondosa copa de un ceibo. A su alrededor diez mil árboles lo observaban con hojas susurrantes y vaivenes hipnóticos. Además de eso, el bosque estaba sumido en un silencio hosco. En el cielo, al este, se adivinaba una luz argéntea, suministrada por la luna creciente, demasiado débil para llegar al tapete de hojas muertas que alfombraba el suelo.  
En la distancia se oyó un aullido. Se encogió ante el escalofriante sonido, e instintivamente apretó con fuerza el tubo de hierro del cañón de la escopeta. El aullido venía de muy lejos, creyó. Lo que no dejaba de ser sorprendente. Estaba a escasas decenas de metros de los hombres lobos cuando se había echado a correr, y ahora parecía haberlos dejado atrás. ¿Acaso no era tan mortíferos como creía, ni rápidos, ni fuertes? ¿O es que el miedo lo había hecho correr cuál leopardo? No importaba, lo que sí venía al caso es que de momento se encontraba a salvo.
Se agachó unos momentos, buscando recuperar algo de aliento y aprovechó para poner dos cartuchos nuevos a la escopeta. Cuando hace ratos le disparó al monstruo castaño, aunque había visto sangre no había notado gestos de dolor. Pero quizá sí lo había herido. Quizá los monstruos, que eran mucho más racionales que lo que los cuentos contaban, habían retrasado la persecución para prestar auxilio a su compañero.
Sí, eso debía ser, se convenció.
Lo que calificaba a los hombres lobos como seres pensantes. Lo que significaba que irían por él. Era un pensamiento sobrecogedor este último. De pronto decidió que ya había descansado suficiente. Tratando de ser muy sigiloso, se puso a caminar a pasos rápidos. De buena cuenta que era muy bueno siendo sigiloso, todo cazador debía serlo.
Lo más difícil no era caminar, ni ser sigiloso, lo más difícil era ubicarse. Sí, sabía que la luna salía al este, pero en qué punto del bosque se hallaba, ¿al norte o al sur? En su loca carrera no se había preocupado por la dirección, lo único que quería era salvar el pellejo, salvarse de aquellos horrores.
Si lograra encontrar la laguna. De allí al Jeep, escondido entre la maleza, solo había un par de kilómetros. Pero orientarse en aquel lugar oscuro y lúgubre parecía imposible. Trató de hacer memoria, procurando recordar si había corrido hacia su derecha o hacia la izquierda, o en línea recta. Pero lo único que consiguió recordar fue el miedo, los aullidos que repiqueteaban en su alma, y las formas semihumanas y horrorosas de los tres hombres lobos recortadas en la cima de la colina.
Un aullido hendió la noche a sus espaldas. Cerca, más cerca que el último. «Me están alcanzando». Sin embargo, no dejaba de extrañarle que solo fuera un aullido. «A lo mejor uno se quedó con el compañero herido», aunque no guardaba muchas esperanzas.

16 de diciembre de 2015

Una noche en el bosque

José observó la laguna sólo unos instantes. Esta no le interesaba para nada. Al menos no directamente. Pero esa laguna era la única fuente de agua en leguas a la redonda, de manera que si había presas en los parajes cercanos, era lógico pensar que era allí donde llegaban a abrevar. Y no estaba equivocado.
Era media mañana, el sol calentaba con fuerza, y arrancaba destellos plateados de la parda agua. Y en los márgenes de la laguna, en las orillas lodosas y llenas de fango, no fue difícil encontrar un centenar de huellas de animales del bosque.
José era un avezado cazador. Tenía muchos años de experiencia encima. Así que pudo reconocer con poco estudio la mayoría de las huellas que fue hallando conforme recorría las márgenes de la laguna. Distinguió las huellas de un armadillo, de un tepezcuinte, de un gato salvaje y el de un felino de mayor tamaño, quizá un leopardo. Más tarde encontró huellas de un animal más suculento, las de un ciervo; la marca de un casco divido en dos, con dos pezuñas más atrás eran inconfundibles para él, en especial por su tamaño. Si lograra cazar aquel ciervo haría de esa cacería una muy fructífera.
Se disponía a alejarse de la laguna para buscar un escondite cuando divisó unas huellas humanas.
«Así que no soy el único que ha venido por estos sitios», pensó.
Pero entonces se dio cuenta que las huellas eran de un pie descalzo. «A lo mejor no quería ensuciar sus botas». Sin embargo, sabía que esa línea de pensamiento era una sandez. ¿Quién va a un bosque y procura no mancharse las botas? Tendría que tratarse de un tipo muy raro en todo caso.
Se acercó a las huellas por curiosidad. Y entre más las examinaba menos seguro estaba que se tratara de huellas humanas. A simple vista parecían huellas humanas, pero al mirarlas a detalle se llenó de dudas. La parte del talón era más estrecha, y la de adelante más ancha. Tenía cinco dedos, pero parecían más largos de lo normal, además de que medio centímetro delante de cada dedo había un fino agujero, como si el dueño de aquel pie tuviera garras. «Porque nadie tiene uñas tan largas.»
La examinó un minuto más. Y luego la del otro pie, que era exactamente igual, con la consabida diferencia entre el derecho y el izquierdo por supuesto. Pero solo consiguió generarse más dudas. ¿Existía acaso en el bosque alguna criatura con pies como aquellos?
Se puso de pie y agitó la cabeza, tratando de alejar sus pensamientos de aquella misteriosa huella. No tenía importancia. Lo que le competía eran las huellas del ciervo, buscar un buen sitio donde camuflarse y esperar.

2 de diciembre de 2015

El payaso del cumpleaños

Los cumpleaños son motivo de alegría para la mayoría. Hace muchos años también lo eran para mí. Recuerdo las fiestas que mis padres me preparaban: las piñatas rellenas de dulces y confeti; los pasteles de leche y chocolate, coronados con fresas o duraznos; los juegos que amenizaban para que yo y mis amiguitas nos divirtiéramos; y los regalos, sobre todo recuerdo los regalos. Y encima de todo eso recuerdo mi cumpleaños número once, el último cumpleaños en el que tuve una fiesta de verdad, el último cumpleaños en el que fui feliz. Lo que lo arruinó todo fue un maldito payaso. Hasta ese día en ninguna de mis fiestas había habido payasos.
Se suponía que el payaso era una sorpresa. Y lo fue, vaya si lo fue. Pero no de la manera que mis padres esperaban. En lugar de alegría lo que me causó fue repulsión, y más tarde terror. Desde el momento que se paró en el umbral de la puerta sentí que algo se quebraba en mi interior, mi sonrisa se petrificó y poco a poco se convirtió en un rictus de desagrado. Su cabello rojo, verde y azul me pareció grotesco; su nariz roja y redonda y su boca ancha también roja casi me congelaron el aliento. Y también estaban sus pantalones bombachos, sus zapatos ovalados en la punta y de más de un pie de largo, su chaleco ridículamente corto de color amarillo chillón… Recuerdo que me quedé sin aliento y que instintivamente retrocedí un paso.
El payaso me miró fijamente y sonrió, recuerdo que solté un gritito y retrocedí aún más.
—Feliz cumpleaños, Katherine —me dijo.
Pero yo ya no lo escuchaba, yo corría a abrazarme de las faldas de mi madre. Le supliqué que lo echara, que yo no lo quería allí. Sin embargo, mi madre no lo echó, el resto de las niñas estaban encantadas con el payaso en cuestión, y yo me vi recluida en un rincón, sola, asqueada y aterrada a un tiempo, exiliada de mi propia fiesta. Ese día, antes de la llegada del payaso, fue el último cumpleaños que recuerdo haber sonreído con el corazón.
Pero no es que ese día me haya marcado de por vida. Nada de eso. Descubrí que les tenía fobia a los payasos, nada más. Pero yo era una niña, y los niños se recuperan con facilidad. De manera que a la mañana siguiente del payaso ya casi ni me acordaba, y fui a la escuela, jugué en el recreo y me divertí como siempre. Hasta allí todo normal.
Pero pasó ese año y llegó mi siguiente cumpleaños. Y a medida que el día de mi cumpleaños se acercaba, se fue apoderando de mí una pesadumbre que ni yo misma sabría decir de dónde salió. A falta de un día para esa fecha tan especial me encerré en mi habitación, sin hambre, sin deseos de salir, medio enferma y, siendo fiel a la verdad, medio aterrada de lo que acontecería el día siguiente. De alguna manera había empezado a pensar demasiado en aquél payaso, lo imaginaba y él me sonreía grotescamente, y yo me encogía y lloraba arrebujada en las mantas de mi cama.

26 de noviembre de 2015

El autobús

Danilo se levantó de la banqueta cuando oyó el ruido del motor. El dueño del mismo no tardó en aparecer. Era un autobús rojo, con líneas oblicuas en color negro. Además, era un autobús viejo, pero Danilo no recordaba haberlo visto con anterioridad. De todos modos, eso no importaba. Si iba en esa dirección sólo podía ir a un sitio, el sitio al que él necesitaba ir. Danilo le hizo una señal de parada y esperó, nada tranquilo.
No hacía ni media hora que le habían llamado avisándole que su abuela había enfermado. Y la abuela era alguien muy importante para Danilo, tenía que estar a su lado en aquellos momentos. Aunque para ello tuviese que viajar, aunque ya fuese tarde y se estuviese haciendo de noche, aun así…
El autobús se detuvo a su lado con un ruido de frenos. Danilo vio como el chofer tocaba algún botón y la puerta se abrió. Por alguna razón, ver la puerta abrirse sola hizo que Danilo pensara en cosas aciagas. Del interior salió aire cálido, con olor a cuero viejo y polvo. Danilo subió.
—Buenas tardes —saludó sin mucho entusiasmo.
El chófer, que lucía un ridículo bigote de morsa, le hizo señas con la cabeza, señalando la parte de atrás. Hacia allá fue Danilo, a la vez que el autobús se ponía en marcha de nuevo. En su recorrido saludó un par de veces a los pasajeros junto a los que pasaba, pero al no recibir ni una mirada de reconocimiento, optó mejor por callarse. Todos los pasajeros, mujeres y hombres, parecían taciturnos y melancólicos. Demasiado callados, le pareció a Danilo.
Apenas se puso en marcha el autobús, algún pedazo de metal suelto empezó a producir ruidos monocordes. A nadie parecía importarle, ni molestarle. Todos estaban con las espaldas tiesas, la vista al frente, sin que nada de su alrededor les perturbase. Danilo se sintió incómodo.
Se sentó en el último sillón, al lado de un caballero de corbata y piel pálida.
—Buenas tardes, señor —dijo Danilo, quien le tendió la mano.
El hombre no se movió. Bueno, sí giró la cabeza unos grados para verlo, pero la volvió rápido al frente, con indiferencia y parsimonia. En esa mirada Danilo no vio curiosidad, ni molestia, ni reconocimiento, ni… ni… no, eso ya eran figuraciones suyas.
«¿En dónde me he metido?»
El único que parecía moverse con naturalidad aparté de él era el chófer. «Aunque ni tanto», tuvo que reconocer Danilo. Tampoco le había hablado al entrar, limitándose a señalar con la cabeza. En la menguante luz de la tarde, Danilo lo veía mover las manos sobre el timón de manera mecánica, sin brío ni pereza, la vista el frente, los ojos fijos en la carretera, fijos, sin parpadear… Danilo lo observó un minuto, le dolieron los ojos y no vio al chofer parpadear una sola vez. ¿Cómo era posible?

18 de noviembre de 2015

Muerte en el bar

El local era un lugar sucio, apenas limpio sólo a primeras horas de la mañana cuando el propietario hacía un amago de limpieza, pero en cuanto llegaba el primer parroquiano todo volvía a estar sucio. Era un sitio muy concurrido. Pero nadie que se considerase decente visitaría aquél bar. Era de madera, vieja y astillada, y el piso de tierra apisonada. La madera sólo alcanzaba una altura de metro y medio, completaba el último trecho hasta el techo una malla metálica. Las láminas del techo estaban oxidadas y cuando llovía había que distribuir algunos cubos en el piso para recibir el agua de las goteras. Sin embargo, la gente seguía llegando. Algunos decían que porque era un sitio tranquilo, y la verdad es que las más de las veces sí lo era, pero había ocasiones… Otros decían, que al estar el local a más de una cuadra de la última casa del pueblo, podían emborracharse sin que nadie los señalase, cómo si la gente no supiera ya quiénes eran sin necesidad de señalarlos.
Lo cierto es que el bar, con más aspecto de chiquero que de bar, era visitado por la gente de más baja calaña del pueblo, por los borrachos empedernidos, y por todo aquel que no tuviese en consideración su decencia. Las noches, especialmente de viernes a sábado, eran una barahúnda conformada por gritos, charlas subidas de tono, y muy a menudo, por el ruido de un envase al romperse contra la cabeza de alguno de los parroquianos.
Esa era otra cosa por la que alguien que se preciase no visitaba aquél bar: las peleas. Los pleitos entre borrachos eran cosa de todos los días, las caricias de una puta, el móvil más común. No había semana en que alguien no resultara seriamente herido, y no pasaba un mes sin que alguien muriera. Visitar ese sitio reducía considerablemente la esperanza de vida. Sin embargo, la gente seguía yendo. Cuando alguien moría había alguien que tomaba su lugar. Se rumoreaba que estaba embrujado ¿por qué sino la gente seguiría yendo? Pero si preguntabas a alguno de sus clientes te dirían que iban porque no temían a la muerte.
Pero no hay mal que dure cien años, como bien dice el refrán.
Era otro sábado normal en el sucio bar. Una media luna plateaba colgaba del cielo y un manto de un millar de estrellas la rodeaba. De vez en cuando una nube pasajera la cubría, pero siempre era por escasos minutos. Era una noche hermosa. Pero no en el interior del bar, donde la algarabía alcanzaba su punto álgido.
El pobre Dylan ocupaba una mesa, en el rincón más cercano a la puerta de entrada, sentado en un banco y la espalda apoyada en la vieja pared de madera. El envase de cerveza estaba medio vacío y, cosa extraña, Dylan estaba asqueado, dudaba ser capaz de terminarse el líquido que quedaba. Pero tenía que hacerlo, por algo la había comprado. Dio un trago, que le supo amargo, escupió y dio una chupada a la rodaja de limón que tenía en un platillo de plástico.
En la puerta del fondo vio a Henry salir con Mariela, una puta bajita y con marcas de acné en el rostro; sin duda iban a los cuchitriles de atrás a hacer las cosas por las que las prostitutas se ganan la vida. En la mesa contigua a la de Dylan había tres hombres en estado avanzado de ebriedad, que hablaban de las grandes cosas que planeaban hacer en el futuro, pero que se sabía nunca iban a llevar a cabo. Más allá, un tipo con sombrero y botas de suela, y un arma oculta en el pantalón, pero que se notaba a través de la camisa, charlaba animadamente con una prostituta mientras que por debajo de la mesa le acariciaba las piernas. Pero desde luego no eran los únicos presentes. En el mostrador había cinco tipos, todos conocidos de Dylan, que bebían a la vez que charlaban-discutían con el orondo propietario del local. Otro sujeto marcaba música en la rockola, y por la forma que se sujetaba de ésta, era seguro que estaba hasta los topes de alcohol. En otra mesa, unos jovencitos, ninguno de los cuales pasaría de diecisiete años, inhalaban cocaína. Había dos gay en otra mesa, que charlaban entre sí y que de vez en cuando lanzaban miradas lascivas a alguna de las presencias masculinas; Dylan se percató que miraban demasiado a menudo al rincón en el que se encontraba.
Con todo, era un sábado como cualquiera.

5 de noviembre de 2015

El Terror del Pueblo

La camioneta era nueva. Toda una belleza. Color rojo brillante, aros cromados, más de lo que se merecía aquel patán… Pero ese patán era mi amigo, y de alguna manera lo quería, aunque aún hoy día me pregunto por qué. De modo que yo también consideraba aquella camioneta como mía. Se la había regalado su millonario padre, en parte por haberse graduado sin necesidad de exámenes extraordinarios (aunque para que esto ocurriese hubo dinero de por medio, bien que lo sé yo), y en parte para que acudiese a la boda de su hermana, a celebrarse en una hacienda muy lejos de la ciudad. Yo, como su mejor amigo, también estaba invitado.
—¡Me regala esta belleza y quiere que la desperdicie yendo a la boda de la mocosa! —se quejó por enésima vez camino a la hacienda. La “mocosa” era dos años mayor que él, bonita, y mucho más agradable—. Mira que ganas no me faltan de dar media vuelta y regresar a la ciudad.
—Eso enfadaría a tu padre —señalé.
—Lo sé, lo sé, no tienes que repetírmelo como grabadora.
Mi amigo se llamaba Christian y tenía serios problemas de actitud. Yo era de los pocos que lo soportaban, en parte porque, aunque a regañadientes siempre me proporcionaba ayuda económica, y en parte porque me caracterizo por ser un sujeto pasivo, sus gritos y reprimendas y su constante quejadera siempre las había soportado con estoicismo. Ese día no fue la excepción.
—¿Quién será el idiota que se fijó en la mocosa? —preguntó más tarde.
—Un tal Jerónimo Anisster —le respondí—. Nos lo dijo tú padre ayer.
—¿Ah sí? —se encogió de hombros—. Seguro es un tipo horrible e idiota, ¿por qué más se fijaría en Denia? La mocosa no es ni mucho menos bonita, con esos labios como gusanos y esa nariz achatada... Tiene las piernas cortas y la pechuga demasiado chica…
Durante un buen rato no hizo más que enumerar los defectos de la mocosa. Yo solo asentía de vez en cuando o emitía un gruñido, mostrando mi acuerdo. Si no querías amargarte la vida, con Christian siempre debías estar de acuerdo.
De manera que más tarde, cuando perdió el volante unos instantes y medio salió del camino, con los resultas de que un tocón ponchó una llanta, tuve que mostrarme de acuerdo en que la culpa era de aquel camino pedregoso y no del conductor. Christian bajó del auto despotricando, y dio una patada a la llanta que se había ponchado.
—¡Mierda! —dijo—. Lo qué me faltaba. Muy bonita la camioneta, pero seguro que a mi padre no se le ocurrió verificar si las llantas eran de buena calidad.
—Tenemos la de repuesto —dije yo, conciliador.
—¿Eres idiota? ¿Tengo cara de un grasiento mecánico? Es más, ¿sabes cambiarla?
—Bueno… —me encogí de hombros—, solo es cuestión de levantarla con el gato, desatornillar las tuercas y…
—Y una mierda —me interrumpió—. Seguro lo harías mal y solo conseguirías que nos matemos. Pero mira, ese rótulo pone que a una milla hay un pueblo —era cierto—. Seguro que allí hay algún taller. Venga, vamos, no creo que la arruinemos más.

21 de octubre de 2015

La casa de Emma

El calesín traqueteaba y se deslizaba ora a un lado, ora al otro. Camila, la tranquila yegua castaña que tiraba de él, resoplaba jadeante, hundiendo los cascos en el enlodado camino con leves chop, chop, a la vez que agitaba las crines para deshacerse de parte de la lluvia. Henry iba sentado en el pescante, envuelto en una capa de lana marrón, vieja y hedionda debido a las muchas veces que se había mojado sin llegar a secarse después. El frío le atería hasta los huesos, y el viento cortaba como cristales filosos. Se juró por enésima vez que en cuanto regresara a la ciudad renunciaría a su empleo, sin importar que después tuviera que mendigar para sobrevivir; cualquier cosa era mejor a viajar solo y con aquel maldito clima.
El viento silbaba a su alrededor casi como si tuviera vida, hamaqueaba el calesín y le levantaba las ropas para rasgarle la piel con dientes filosos. Sobre él y Camila la lluvia caía implacable; goterones tan fuertes que habrían mareado a un niño. Todo en derredor brillaba continuamente en una sucesión aterradora de rayos; pero más aterradores eran los truenos que retumbaban como si ocurrieran dentro de los oídos. En un momento un rayo cayó especialmente cerca de ellos y Camila se encabritó. Por un momento a Henry se le fue el frío por temor a que la yegua lo tirara.
—¡Ey! —Gritó, y su voz sonó rasposa y fuera de lugar— ¡Tranquila, querida!
Camila se tranquilizó tras varias palabras suaves y Henry volvió a arrebujarse en su capa, tiritando de frío, maldiciendo aquel maldito clima y el camino angosto y fangoso.
De pronto, tras doblar una curva, vio unas luces. El corazón le palpitó de contento. Luces significaban una casa, y él aún tenía unas monedas en la bolsa como para convencer al propietario que los dejara quedarse, aunque fuera en el corredor.
—Mira Camila, luces, fuego, hogar, calor, comida…
La yegua no necesitó más. Ella también vio las luces y sabía lo que significaban, de modo que apretó el paso. Aunque quizá también fuera por los aullidos de los lobos que de pronto empezaron a oír. Henry sufrió un escalofrío, y este no fue de frío, y habló a Camila para que apresurara el paso.
Llegaron a la casa poco después de un kilómetro. Era una casa grande, de dos plantas, con un corredor pequeño que era azotado por la lluvia.
—Tendremos que convencerlos que nos dejen entrar —dijo a Camila— pues no creo que el corredor nos ofrezca mucho refugio.
La yegua sacudió las crines como respuesta.
Henry bajó del pescante con un leve salto, las piernas le dolieron cuando sus pies chocaron contra el suelo. Soltó un gruñido y caminó a trompicones hacia la puerta. Golpeó la aldaba tres veces y esperó. Como no hubo respuesta volvió a llamar, esta vez con más fuerza. Poco después oyó pasos acercarse y una ventanilla de la puerta se abrió.
—¿Quién? —preguntó una voz femenina, a la vez que un rostro hermoso y pálido se asomaba.
—Un viajero a quien la noche y la tormenta sorprendieron en mal lugar.
—¿Y qué deseas?
La luz que provenía de detrás solo perfilaba el rostro de la mujer, así como a su cabello rizado y rojizo, pero Henry supo que estaba ante la dueña de la casa, una mujer de cuarenta, hermosa todavía.
—Que me cedáis un rincón de vuestra casa para pasar la noche —la mujer torció el gesto—. Tengo dinero para pagaros —se apresuró a añadir Henry.
—No necesitamos vuestro dinero —dijo, con el gesto agrio—. Y tampoco podemos alojaros. Continuad vuestro camino. El pueblo está a menos de tres kilómetros.
—Tres kilómetros con este clima serán como trescientos —dijo Henry, tratando de apelar a la bondad de la mujer—. Por favor, cededme un trozo de vuestro piso por una noche.
—Antes acostumbraba alojar a todo viajero —dijo la mujer—. Hasta que llegó uno que marcó mi vida de forma significativa. Ya no confío en los viajeros. ¿Quién me asegura que no eres un ladrón o algo peor?
—Los ladrones o algo peor no estarían pidiendo permiso para pasar ni ofrecerían dinero a cambio de un trozo de suelo.
La mujer se lo pensó un momento. Henry comprendió que había dado en el clavo.
La mujer iba a decir algo, pero una voz grave y melodiosa se le adelantó.
—El caballero tiene razón, cariño —un hombre alto, delgado y de una palidez excesiva apareció detrás. Henry dio un paso atrás, había algo en ese hombre que lo asustaba; quizá era los ojos, que parecían negros y al instante siguiente refulgían como ascuas ardientes. El hombre abrazó a la mujer por detrás y la besó en la mejilla. La mujer rebulló, nada a gusto—. Es cierto que tiene aspecto andrajoso, pero es solo por las inclemencias del clima. Anda, complace a tú marido y hazlo pasar, tomaré algo caliente con él —deshizo el abrazo y regresó por donde había llegado.
La mujer lo vio alejarse con mirada compungida, soltó un resoplido resignado, y se volvió hacia Henry.
—Habría sido mejor que ni se acercara a esta casa —dijo. Cerró la ventanilla y corrió los cerrojos de la puerta—. Ahora ya es tarde. Pase.

7 de octubre de 2015

La niñera

Era la primera vez que Esteban se quedaba solo en casa. Con diez años de vida a sus espaldas ya era todo un hombrecito, y así lo consideraban sus padres. Esteban estaba de acuerdo. Lo único que tenía que hacer era sentarse a ver televisión y a jugar videojuegos, no abrir si alguien llamaba a la puerta, y acostarse a dormir cuando llegara la hora. Hasta un tarado podía hacer eso, cuánto más él. De modo que despidió a sus padres en la puerta y fue corriendo a la sala a prender la televisión y la consola de videojuegos. De inmediato empezó a matar zombis.
Sus padres eran personas cultas, y más que acomodados, pero si Esteban era lo bastante grande y avispado para cuidar de sí mismo ¿por qué malgastar dinero en una niñera? Sería un desperdicio. Y como personas cultas, que se movían en los círculos de la alta sociedad, no había semana en que no recibieran por lo menos una invitación a alguna cena o fiesta de gala. De manera que Esteban pasaría muchas noches solo, hasta que fuera lo suficiente grande para salir por su cuenta. Pero eso a él lo tenía sin cuidado, más noches solo, más noches de televisión y videojuegos sin que mamá o papá estuviesen incordiándolo.
Mientras, los zombis morían entre el estallido de la metralleta y diferentes gritos de dolor; como siempre. Solo que a veces, muy quedo, algún zombi emitía un ruido que Esteban nunca había oído, parecía un gritito femenino. Hasta ese día en el juego sólo había habido gritos masculinos. Pero los otros eran gritos quedos, esporádicos, nada de qué preocuparse. Sin embargo, a veces eran inquietantes.
Pasaron los minutos, estos se convirtieron en una hora, y Esteban sintió la necesidad de aligerar la vejiga. Puso pausa y caminó con prisas al retrete; el juego estaba demasiado bueno como para no perder más tiempo del necesario.
Una sombra se agitó a sus espaldas.
Esteban se giró asustado. Nada. Solo la cortina de una habitación que se agitaba. Se rascó la cabeza, confuso. Él no se asustaba fácilmente. Fue al retrete y exhaló un suspiro de placer cuando todo lo que estaba conteniendo empezó a salir. Salió de nuevo al pasillo y se encaminó a la cocina. Tirar lo que tenía dentro le dio ganas de volver a llenarlo. La cortina ya no se agitaba.
Hasta que la dejó atrás.
Entonces captó con el rabillo del ojo que algo se movía tras él. Se giró, esta vez más asustado que antes: ¡la cortina se agitaba levemente! El corazón le martilleaba en el pecho e hizo acopio de toda su fuerza de voluntad para no gritar aterrado. Miró a ambos lados del pasillo, tratando de encontrar la habitación por la que se colaba la fuente de aire, porque tenía que tratarse de una ráfaga de aire ¿verdad? Pero todas las puertas estaban cerradas. Se fijó en que la cortina que se agitaba, ahora más despacio, como deteniéndose, era la de la puerta del cuarto de niños. Allí donde antes había estado su cuna, y la de sus hermanos antes que él. Quizá había movido la cortina inconscientemente mientras pasaba junto a ella. Sí, eso debió ser.
No convencido del todo, pero más calmado, fue a la cocina, se preparó un sándwich y regresó a la sala a seguir matando zombis. Pero de vez en cuando, cuando más enzarzado se encontraba con el juego, creía oír un grito femenino. Y en una ocasión creyó ver una sombra pasar por el televisor, una sombra proyectada tras él. Era una sombra imprecisa, pero el cabello desaliñado y los hombros hundidos eran fácilmente reconocibles: ¡Era la silueta de una mujer! Sin embargo, cuando volvió la vista no había nadie.

24 de septiembre de 2015

Hotel de Carretera

Yo no creo en la suerte; a lo sumo en las casualidades. Yo creo que todos tenemos lo que merecemos, o lo que de una u otra manera nos hemos buscado. La buena o mala suerte son para mí conceptos carentes de significado, excusas que la gente fracasada inventa para justificar el éxito ajeno y el fracaso propio. Y cuando se es víctima de alguna calamidad que es imposible hayamos buscado o merezcamos, entonces pienso que son casualidades. De manera que lo que me ocurrió esa noche bien podría calificarlo de casualidad: casualmente el motor de mi coche se averió a mitad de la nada; casualmente había un hotel un poco más adelante; casualmente era un hotel f… No, creo que me estoy adelantando. Ya dije, podría calificar esa noche como una nefasta casualidad, pero por una vez estoy convencido que esa noche tuve mala suerte, o quizá algo más.
El motor del coche empezó a emitir un ruido nada propio de él. Más adelante dejó escapar las primeras volutas de humo. Frené de golpe y me bajé a revisarlo; como solemos hacerlo aquellos que no sabemos de un coche más que su precio, marca y cómo manejarlo. Como era de esperar, no supe qué hacer. Pensé en seguir conduciendo hasta llegar al siguiente poblado, pero tenía miedo de estropearlo definitivamente. No hallaba qué hacer. Y estaba demasiado lejos de casa para pedir ayuda a alguien. En ningún momento se me ocurrió maldecir mi suerte. A todos se nos estropean los coches. A mí me había tocado en mal lugar, nada más.
Pero aún faltaban algunos minutos para las nueve de la noche, y aunque aquélla no era una calle muy transitada incluso de día, supuse que más de alguien tendría que pasar, alguien que quizá pudiera ayudarme. Media hora después seguía parado a media calle, esperando que alguien se dignara pasar. Nadie se dignó ni en la media hora siguiente. Me rasqué la cabeza con desesperación. Miré mi coche, lo sopesé un minuto y decidí continuar, tal vez no era nada grave. De modo que puse en marcha el motor y me puse a conducir. Pero todos deberíamos saber que cuando el motor empieza a soltar volutas de humo es porque algo muy malo le ocurre.
Resistió un kilómetro, entonces murió, con un ruido que fue subiendo de volumen y que luego sucumbió de golpe. Golpeé el timón con la palma abierta, frustrado. Me había dejado en mitad de la nada, en una calle de dos carriles, circundada de prados y pastizales; menos mal que la noche no era negra. Arriba una miríada de estrellas me vigilaba con sus ojos titilantes y le daban a mi entorno un aspecto fantasmal.
«¿Qué voy hacer?», me pregunté. Bajé del coche, pateé un pedrusco y miré a uno y otro extremo de la calle, esperanzado en ver la luz de los faros de algún auto. ¡Sorpresa! Delante había una luz. Corrí al centro de la calle, para que me vieran y esperé, esperé… Me había precipitado. La luz que veía delante no se movía y no parecía estar en la calle, sino a un lado, y no era una luz, ni dos, eran varias. Era una casa, y no quedaba lejos, quizá allí pudieran ayudarme. Me guardé las llaves del coche en el bolsillo y empecé a caminar.

16 de septiembre de 2015

Camino Solitario

El lugar en el que nos hallábamos era un nacimiento de agua muy popular en aquella localidad. Nacía de entre las rocas de un precipicio formando una amplia laguna cristalina que a continuación se convertía en un arroyo de aguas zigzagueantes. Sin duda era un lugar precioso. Yo me divertía bañándome a ratos y bebiendo cerveza con los hermanos de mi novia y algunos amigos de ellos. Mientras, ella compartía tiempo con sus primas y amigas que hacía varios meses no veía. Era un día fresco y agradable, y ambos nos la estábamos pasando bien.
A eso de las tres de la tarde, Julie, mi novia, fue a decirme que debíamos marcharnos. Esa noche cenaríamos con sus padres, y quería ayudarles a preparar una rica cena. Pero yo me lo estaba pasando de lo lindo, y le pregunté si no había forma de quedarnos un rato más. Ella iba a decir que no, pero el hermano mayor de Julie intervino y le prometió que él me llevaría a casa más tarde. De modo que nos pusimos de acuerdo, no sin reticencias por parte de mi novia. Ella se llevó el auto y a unas primas y yo me iría más tarde con su hermano mayor en motocicleta.
—La cena es a las siete —sentenció antes de marcharse.
Mientras, me quedé dándome unos chapuzones más y tomándome otra cerveza. Mi intención no era emborracharme. No quería que los padres de Julie pensaran que era un borracho. Para la cena tendría que estar sobrio. Los que no pensaron en permanecer sobrios fueron mis futuros cuñados, que continuaron tomando hasta terminarse las cervezas que habían llevado, y cuando no hubo más, mandaron a un amigo a traer más al pueblo. Poco después estaban totalmente borrachos, y sin embargo querían seguir tomando. A mí me insistieron varias veces más, pero me negué en rotundo, siempre tocando la media luna que llevaba al cuello colgada de un cordón de lana que Julie me había regalado hacía dos meses.
El punto de todo este preámbulo es que cuando les dije a los hermanos de Julie que debíamos marcharnos, ellos se echaron a reír y me dijeron que de allí no se movían hasta el fin del mundo. Y todos sabemos lo difícil que es disuadir a un borracho. Sopesé otras posibilidades, pedirle a alguien más que me llevara, pero yo era un desconocido allí, y ellos para mí, así que tuve ciertos recelos. De modo que decidí regresar caminando. Eran las cinco de la tarde, la distancia hasta el poblado era de unos ocho kilómetros, podía recorrerla en una hora caminado a buen paso, así que eso me dispuse hacer.
El mayor de mis futuros cuñados, sospechando lo que iba hacer me detuvo. La esperanza destelló en mi interior, pues creí que diría que me iba a llevar, o que me dejaría llevarlo en su motocicleta, mejor dicho. Por nada del mundo me sentaría atrás de un borracho en una moto.
—Si piensas caminar, cuñadito, lo mejor será que tomes el atajo —dijo—. Está un poco más adelante, está descuidado y cubierto de monte, pero reducirás la distancia a casi la mitad.
Soltó una sonora carcajada y volvió a empinarse el envase de cerveza. Sentí la rabia aflorar, y tentado estuve de tirarme sobre su roja cara y rajársela a puñetazos. Pero yo era un desconocido allí, y no sabía que consecuencias podía acarrearme un arrebato de ese tipo. Tened en cuenta que yo me había quedado gracias a mi terquedad y a una oportuna intervención de él; tenía todo el derecho del mundo a sentirme ultrajado, y si encima de todo eso se burlaba… Bueno, por lo menos me comporté de forma civilizada y me marché sin decir palabra.
Ojalá también pudiera decir que no tomé el atajo.

31 de agosto de 2015

Temor a las sombras

Ignacio llamó a la puerta de la casa con la cotidianidad de siempre. Unos momentos después oyó suaves pisadas y la puerta se abrió en seguida tras un ligero clic.
—Buenas tardes, señora —saludó.
—Usted debe ser el electricista —dijo a su vez la señora—. Pero pase.
Abrió un poco más la puerta para que entrara Ignacio.
Una vez dentro de la casa lo primero en lo que Ignacio pensó fue en: ¿Para qué rayos me quiere esta vieja? Camino hacia allí había pensado que quizá tuviera que cambiar unos cables quemados, reponer algunas bombillas, hacer una nueva instalación… En todo caso había esperado encontrar menos luz, pero todo lo contrario, la casa resplandecía con brillante blancura. En el techo había bombillas y en los rincones lámparas, y en las escaleras pequeñas bombillas que la iluminaban como un paseo. A juzgar por la claridad que se desprendía de arriba y de las otras habitaciones, toda la casa estaba excesivamente iluminada.
«¿Cuánto pagará de luz esta vieja?», se encontró preguntándose Ignacio. Aunque por el lujo de la casa, era fácil imaginar que no le suponía ningún esfuerzo.
—Espero no le moleste la luz —dijo la vieja, frotándose las manos con nerviosismo.
La vieja era alta, algo encorvada y de cabello color ceniza, tenía la piel un tanto arrugada, aunque no demasiado. Viéndola bien, quizá no fuera tan vieja como parecía. Puede que incluso fuera más joven que Ignacio. Aunque ser más joven que Ignacio era un logro al alcance de muchos.
—No —dijo Ignacio—, no me molesta. Pero sí me sorprendió.
—Es una manía mía —señaló la vieja, mirando con nerviosismo a los lados—, entre más iluminada la casa, más vida.
—Con razón siento que muero, en casa apenas se alumbra la mesa para comer.
La vieja soltó una risilla.
—Cuando quiere es ocurrente, señor Ignacio.
Ignacio no supo qué responder a eso.
—Pues bien, dígame para qué soy bueno.
—Quiero cambiar unas luces. Algunas brillan menos que cuando nuevas y quiero reponerlas —Ignacio la miró—. Ya le dije, manías mías. Además, le mostraré algunos lugares donde quiero poner unas luces más. Usted me dará un presupuesto y hará el trabajo.
«Bueno —pensó Ignacio, encogiéndose mentalmente de hombros—. Ningún trabajo está exento de rarezas».
—Estoy a sus órdenes señora… —Ignacio dejó la frase en el aire.
—Angelique. Mi nombre es Angelique —dijo la vieja y extendió una débil mano para saludar.
«Tiene un nombre precioso…», pensaba Ignacio cuando recordó algo.
—¿Angelique? ¿Angelique Suarez?
—Viuda de Suarez —replicó la señora, visiblemente incómoda.
—Perdone, olvidaba que su marido había muerto —Y para romper el ambiente incómodo—: Y bien, dónde empiezo a trabajar.

12 de agosto de 2015

El amigo perdido

Algo húmedo le tocaba la mejilla. Enrique sintió la misma humedad bajo las manos y los pies. Poco a poco fue abriendo los ojos, recuperando la conciencia, regresando de un estado de ensueño caótico. No recordaba nada del sueño. Durante un instante intentó recordar algo, pero eso fue antes de que se concentrara en la realidad. Se despabiló de pronto, confuso y aterrado «¿Dónde estoy?» Estaba tendido en una capa húmeda de musgo y hojas muertas, le palpitaba la sien y sentía los músculos gruesos y cansados. A su alrededor, los árboles eran gigantes huesudos que se alzaban amenazadores en la oscuridad de la noche.
«Ahora lo recuerdo».
Andaba de cacería con tres amigos. Habían visto un alce y siguieron sus huellas hasta el interior de aquel bosque húmedo y ominoso. Más tarde, cuando las huellas los hubieron guiado más de dos kilómetros bosque adentro, y se preparaban para regresar, lo vieron. Se habían sonreído en la oscuridad y se separaron para rodear la presa, procurando cortarle cualquier escape. Después soltaron los perros, que se lanzaron como bestias ávidas de sangre en persecución del alce. El animal se echó a correr, e iba hacia donde se encontraba él. Enrique apuntó con la escopeta y disparó. Estaba seguro de haber acertado, pero el alce siguió corriendo, sin muestras de haber sido herido. Él se había echado a correr tras la presa. Sus amigos se burlarían de Enrique durante un mes por dejarlo escapar, y eso él no lo podía permitir.
Había corrido largo trecho, guiándose por los ladridos de los perros que iban delante, tras las ancas de la presa. Recordaba haber tropezado más de una vez, pero estaba imbuido en un estado de excitación extrema que, apenas caía volvía a ponerse de pie. En un momento dado los ladridos frenéticos de los perros se convirtieron en aullidos y chillidos de dolor, y la excitación de Enrique se convirtió en desazón y temor.
El llanto lastimero de los perros lo guio a un pequeño claro dominado por un amate cuya copa semejante a una sombría habría servido para cobijar a cientos de personas, pero no fue el amate lo que lo que había aterrado, por más que la superstición lo tachara de árbol de mal agüero (aunque tras ver aquella escena pensó que la superstición no andaba del todo desencaminada), no, lo que lo aterró fue ver al alce, a la luz de la luna llena, tirado con las vísceras de fuera. Dos perros más yacían no muy lejos de él, y una fiera enorme correteaba a los otros, que, aunque heridos y llorando, aún trataban de plantar cara.
Enrique casi se atraganta de horror: ¡era un lobo!, o al menos lo parecía, porque su tamaño era el de un buey. 
El miedo sacudía el pecho de Enrique, y su corazón revoloteaba como un colibrí alrededor de una flor, pero recordó con orgullo que aún tuvo el coraje suficiente para apuntar con la escopeta y disparar. Ese había sido su error. El temblor de las manos lo había hecho errar el tiro, y la bestia se había fijado en él, con ojos amarillos y naranja. Y Enrique se había echado a correr.

5 de agosto de 2015

Habitantes del Mar

Harry lo empujó con cuidado hasta el balcón de la habitación. El chico estaba callado ese día. Hans no interrumpió sus cavilaciones. Su nieto tenía ya quince años, los había cumplido hace dos lunas, y los motivos de su mutismo a esa edad podían ser cientos. Bien que lo sabía Hans, que hacía mucho tiempo también había tenido quince años.
—Aquí está bien, hijo —dijo Hans, cuya voz era débil—. Anda, ve a ser lo que sea que ocupe tus pensamientos.
—¿Estarás bien, abuelo? —Replicó el muchacho.
—Lo estaré. Puedes tardarte lo que quieras.
—Estaré de vuelta para el almuerzo.
Hans asintió y Harry entró a la biblioteca y de allí salió al pasillo. Sus pasos resonaron fuertes y enérgicos en la piedra del piso. En esa casa cualquier cosa resonaba demasiado fuerte. Era una casa demasiado grande para dos personas. Además de que estaba encajada en la ladera de una montaña, y a veces daba la impresión de que la montaña repetía los ruidos que se producían dentro de esas paredes.
Harry no tardó en aparecer en el camino de roca unida con mortero que descendía hacia el pueblito, una milla abajo, junto al mar. Caminaba rápido, si Hans no lo conociera hubiera dicho que llevaba prisa.
Harry era la única compañía de Hans, quien contaba con nada menos que ochenta y un años de edad, tenía gota y no podía hacer prácticamente nada por iniciativa propia. No sabía siquiera por qué seguía aferrándose a la vida. Bueno, sí lo sabía, era un lector empedernido y un curioso innato. Su biblioteca contaba con más de diez mil volúmenes, una colección personal al alcance de muy pocos. Pasaba los días enteros leyendo, y cada cierto tiempo llegaban más libros. Cuando no estaba leyendo ni quejándose de su viejo y cansado cuerpo, se encontraba en el balcón de la biblioteca, a veces disfrutando de la brisa marina, y otras espiando el cielo y el horizonte con su telescopio, un artilugio que servía para ver a grandes distancias. Su antiguo catalejo había quedado abandonado en el desván.
Esa mañana estaba disfrutando de la brisa marina, sus manos huesudas y apergaminadas se apoyaban sobre la balaustrada. Sus agotados ojos pronto perdieron de vista a su nieto y, movido por la curiosidad, recurrió a su telescopio para seguirle la pista. Tardó en minuto en encontrarlo, y cuando lo halló vio que el muchacho no corría, sino que volaba.
«¡Vaya! Mi nieto con prisa. Quién lo diría», se sorprendió Hans. Pocas veces había visto a Harry con prisa. No tardó en descubrir el motivo de su prisa, y una sonrisa desdentada le recorrió la boca. «Quizá pronto no estemos tan solos en esta vasta casa». Su nieto se encontró con una chica, a la que abrazó y dio un casto beso en la boca. Reconoció a la muchacha como la hija de los Tod. Hacía dos años que Hans no bajaba al pueblo, pero no desconocía a la mayoría de la gente, y a menudo recibía visitas de los hijos de sus viejos amigos y sus familias; Hans era el último de los fundadores del pueblo. «Si no recuerdo mal es una buena chica —pensó—, y los Tod me son muy queridos. Ojalá aún esté aquí cuando sus risas alegren este sitio. Oír el llanto de un bebé creo que es pedir demasiado. Aunque quién sabe…»
En algún momento debió quedarse dormido. Lo despertó el chillido de una gaviota, que aventurera como ninguna, revoloteaba por encima de la casa. Hans trató de despabilarse frotándose los ojos. Últimamente eso de quedarse dormido le pasaba a menudo. «Lo próximo será que me cague encima», pensó con rencor. El restregar de ojos no lo despabiló, lo que lo hizo fue la silueta de un barco acercándose al pueblo.
«¡Es monstruoso!»

29 de julio de 2015

El demonio de media noche

A un cuarto para las doce Natalie se deslizó con sutileza del abrazo de su marido. Adam dormía profundamente, ni siquiera se agitó. A continuación, se bajó de la cama, se metió las pantuflas con suavidad y cubrió su desnudez con una bata de seda roja. Salió de la habitación toda sigilo. Una vez fuera de la habitación empezó a temblar, aterrada. Pero lo amaba, y era su deber protegerlo. Jamás una mujer enamorada había hecho tantos sacrificios como los que hacía ella. De modo que empezó andar hacia arriba.
En la terraza hacía noche fresca. La brisa helada le agitó la bata y la hizo temblar. Pero los temblores del frío no eran nada comparados a los temblores del miedo. Llevaba siete años haciendo aquello, y aún tenía tanto miedo como la primera vez que supo de cómo iba todo.
Mientras él llegaba intentó relajarse un poco tomando asiento en una silla. Pero se puso de pie antes que transcurriera un minuto. Estaba demasiado nerviosa y aterrada como para estar quieta. Sin más empezó a pasear de un lado a otro. La brisa fresca le agitaba los vuelos de la bata y Natalie se abrazaba a sí misma para reprimir el frío.
Sabía que él no tardaría en llegar. Hasta la fecha no se había retrasado una sola vez. Al principio Natalie fantaseaba que él no se presentaba una noche y que a partir de entonces no volvía a verlo. Pero era eso, fantasías de una chica tonta, porque siempre llegaba, siempre era puntual, y ella siempre pagaba el precio; un precio sólo doloroso en el mejor de los casos.
Mientras andaba de un lado a otro, inquieta, recordó la noche fatídica que había conducido a todo aquello. Era joven, tenía dieciocho años, y era hermosa. En la fiesta de graduación había un joven que no debía estar allí; un joven que robaba todos los suspiros de las chicas, y de uno que otro chico también. Pero todos pensaban que era invitado de uno u otro alumno y nadie dijo nada. La representación de adonis la invitó a bailar y luego a unos tragos y Natalie se sintió extasiada. Al término de la velada Natalie le había entregado su primera vez al desconocido. Jamás pensó que llegaría a arrepentirse tanto.
No lo volvió a ver, el apuesto joven parecía haber desaparecido y nadie supo darle razones de él. De modo que irremediablemente terminó relegándolo a su pasado. Más tarde se enamoró de Adam y se casaron. Fue entonces que apareció de nuevo el joven que había tomado su primera vez y sin más anunció que regresaba para tomarla, y que a partir de entonces la visitaría todas las noches de luna llena. Natalie se había reído de él. Pero su risa se transformó en horror cuando frente a ella el joven dejó su disfraz humano y adoptó su forma original: la de un demonio de piel escamosa, alas membranosas y cara similar a la de un reptil. Y su miembro, su miembro era algo monstruoso, feo y grueso, que la desgarró por dentro cuando el demonio la violó. Y desde entonces volvía cada noche de luna llena, y ella tenía que escabullirse de Adam para entregarse al demonio, de lo contrario, él lo mataría y a ella se la llevaría con él.
Jamás supo por qué aquél demonio volvía siempre. Ya no era joven, ni hermosa. Pero volvía. Muchas veces se preguntó qué pecado estaba pagando. Pero sabía que ningún pecado era tan grande para merecer un castigo semejante. Sólo podía soportarlo. Por Adam, por su amor.
El batir de unas alas la hizo ponerse alerta. La piel se le puso de gallina y el corazón empezó a martillearle enloquecedoramente. Aquél sonido lo conocía muy bien; lo oía todas las noches de luna llena a media noche y todas las demás noches en sus pesadillas. Una sombra se perfiló en el cielo y el ser del infierno bajó a la azotea. Desde aquella vez que la violó no había vuelto a disfrazarse de humano, cosa que Natalie había deseado un millón de veces, con la esperanza de que su miembro fuera más pequeño, como la primera vez. Pero el demonio no veía necesidad de disfrazarse o se divertía de lo lindo torturándola.
Natalie no pensó que esa noche fuera a ser diferente, así que para terminar cuanto antes hizo por quitarse la bata.

15 de julio de 2015

El manuscrito de Ronald Rigan

Sé que mi muerte está muy cerca, estoy convencido de ello. Estoy totalmente aterrado, no porque vaya a morir, después de los tormentos que he sufrido durante los últimos meses nada me resultaría más grato que una muerte rápida e indolora. Pero el caso es que no creo que vaya morir y ya. Temo que sufriré mucho. Pero lo que más temo es que mi alma termine en el infierno. No he sido un santo, tampoco un demonio, pero tengo entendido que si no eres persona recta vas directo al averno. E irónicamente no tengo ganas de ponerme a cuentas con Dios, lo que tengo ganas de hacer es poner por escrito lo que me ha traído a este punto; un punto en el que temo de hasta la más leve sombra y escucho el traqueteo de un calesín tras cualquier ruido. Cuando lean esto imagino que ya habré muerto, quizá ustedes puedan comprender la realidad de lo que escribo.
Bueno empezaré.
Son las seis de la tarde, los cortinajes abiertos de la sala me permiten ver el sol poniente. El cielo tiene tintes naranjas, amarillos y rojos; colores que recuerdan al fuego. La calle de adoquines está unos metros delante de las ventanas, parecen tan normales, tan tranquilas, con uno que otro transeúnte taconeando sobre ella. Y pensar que es en esa calle donde empieza todo mi tormento.
Mi nombre es Ronald, Ronald Rigan, y hasta hace poco era una persona muy rica. Mi esposa se llama Ayanne, digo se llama porque, aunque el divorcio está en proceso, aún no ha concluido. Tengo dos pequeños, Erick y James, que viven con su madre, al otro lado de la ciudad. Hasta hacía unos meses vivía con Ayanne, hasta la noche que escuché por primera vez el traqueteo del calesín y el golpeteo de unos cascos sobre los adoquines de la calle.
Recuerdo que era una noche bastante oscura, había luna de apenas tres días, además de que gruesos nubarrones jugaban a velarle el tenue rostro. Me encontraba en mi estudio, respondiendo unos correos importantes, cuando los oí. Me llamó la atención aquél ruido en pleno siglo XXI, de modo que me asomé a la ventana. Pero la ventana de mi estudio da al jardín de al lado y aunque estiré mucho el cuello no miraba nada de la calle, menos en la oscuridad. Entonces bajé a la sala y me asomé a la vía. En el momento que abría la puerta, un viento gélido me golpeó el rostro, pero ya no se oía el ruido que me había hecho bajar. Salí a la calle y traté de mirar u oír algo de nuevo, pero las calles estaban oscuras y silenciosas. Excepto por…
Excepto por una sombra que descendía por el balcón de mi habitación. La rabia reverberó en mi interior y me lancé sobre la sombra con ira. La tomé por sorpresa y la dejé inconsciente antes de que se diera cuenta. La muy libidinosa de mi esposa se asomó a la ventana y, haciéndose la inocente, preguntó qué ocurría.
—¡Que acabo de atrapar a tu amante! —Le grité.

1 de julio de 2015

Un cuento más

—¡Salud! —Dijo Juan, el anfitrión de la noche.
Los tres amigos entrechocaron las botellas de cerveza y dieron un largo trago. Se encontraban en el porche de la casa de Juan, alrededor de una pequeña mesa, repantigados en sillas de respaldo y reposabrazos acolchados. Las cartas del naipe estaban tiradas en la mesa y en el suelo pulido, cuando Carlos las tiró enfadado al no tocar una sola mano.
Se terminaron la cerveza sin decir palabra, en silencio, un silencio incómodo. Juan se ofreció ir al refrigerador a traer más y dejó a sus dos amigos en el porche. Cuando regresó, cervezas en mano, la luz argéntea de las bombillas daba un aspecto fantasmagórico al lugar y sus dos amigos le parecieron espectros venidos del más allá. Reprimió un escalofrío, no así la idea que vino a su mente.
—¡Ya sé qué podemos hacer! —Dijo, repartiendo las cervezas— Podemos contarnos un par de cuentos. Imagino que ambos sabrán más de alguno.
—¿Cuentos? —Se sorprendió Julián— ¿Cuentos de miedo?
—No había pensado en qué tipo de cuentos, pero ¿por qué no?
—No crees que ya estamos bastante creciditos para esas cosas —dijo Carlos.
—Pues a mí me parece una idea excelente —dijo una cuarta voz y Juan alzó la cabeza, sorprendido y alerta. Una sombra se recortaba contra la luz del porche y avanzó hasta entrar en el radio de luz. Era un hombre alto, flaco y desgarbado, de presencia imponerte.
—Por cierto, se nos olvidó decirte que trajeras una cuarta cerveza —comentó con desenfado Carlos—. Él es nuestro nuevo amigo Marsh. Lo conocimos hace dos minutos mientras te masturbabas en el baño imaginando que te follabas a la esposa de Julián.
—¡Ey, ey! —Exclamó Julián—. No te metas con mi esposa. Además ¿quién se masturbaría imaginando que se folla una vaca?
La carcajada fue general. Incluso se les unió Marsh, aunque probablemente éste no sabía lo gorda y aburrida que era la mujer de Julián.
—Vale, solo fui a orinar —dijo Juan. Y no habiendo más que hacer, le tendió la mano a Marsh y le dio la bienvenida a su casa.
—Es usted muy amable —le dijo Marsh—. ¿Y qué decía usted sobre contar unos cuentos?
—Pensaba que por una noche podríamos volver a ser niños, y replicar con un par de buenas historias una de esas noches que antaño tanto nos deleitaban.
—Y yo estaré encantado de escuchar, y de contar cuando sea mi turno.
No se dijo más. Juan fue a por otra cerveza y tomaron asiento alrededor de la mesa.
—Como yo fui el de la idea me parece justo que empiece —dijo Juan.
—Adelante —consintió el resto.
—Bien —dio un largo trago de la botella y se preparó para la historia—. Sucedió hace muchos años —comenzó—. Era el primo de una tía. Nicolás creo que se llamaba. Era alguien muy ambicioso, y también alguien muy pobre. Pero por allí escuchó que existía un método, un hechizo para convertir las hojas de los árboles en dinero. El hechizo era muy sencillo, comerse las entrañas de alguien que lleve enterrado tres días. Repugnante, pero sencillo, y Nicolás creyó que lo podía hacer con facilidad.