Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

10 de diciembre de 2014

Una noche alrededor de una hoguera

—¿Quién va primero? —preguntó José, el hijo del dueño de la casa.
Estábamos acomodados en torno a una hoguera, unos cien metros a espaldas de la casa, cerca de un pequeño manantial. Éramos cuatro amigos, José, Amílcar, Ramón y yo, César. Estábamos en noche de sábado y, por primera vez en muchos meses, en lugar de ir a parrandear a los bares y cantinas, decidimos pasar esa tarde y la noche en el campo, en una finca que pertenecía a la familia de José.
La casa era antigua, de ladrillos, enyesada y techo de tejas. Tenía tres plantas y se inclinaba un par de grados a la izquierda. Esa noche la teníamos para nosotros solos. Pero de qué nos servía si allí no había energía eléctrica, solo un motor mecánico, y la única televisión (que funcionaba con antena y luz solar) se había descompuesto pocas horas antes de nuestro arribo a la mencionada casa. Durante la tarde no extrañamos ni la televisión ni la energía eléctrica, puesto que nos fuimos a bañar al manantial y después jugamos pelota en el patio hasta que las últimas luces del día se esfumaron. Pero durante la noche fue diferente. El motor producía demasiado ruido para ser tan pequeño y las luces emitían una luz amarillenta, que hacía ver todo de forma fantasmagórica. Queríamos ver televisión y oír música, pero era igual que desear un concierto de Bryam Adams en el patio, imposible.
De manera que allí estábamos los cuatro amigos, en torno a una hoguera, lejos de la casa y del ruido del motor que allí llegaba sólo como un leve zumbido.
—¿Y bien? —insistió José.
—Es que… me siento un tanto bochornoso —dijo Ramón, pasándose una mano por la nuca.
Nuestro anfitrión había propuesto que nos sentáramos en torno a una fogata a azar salchichas y malvaviscos y a contar historias de miedo, como alguna vez hicimos cuando niños. Accedimos porque no había mucho de dónde elegir, excepto tal vez, irnos a dormir. Aunque también porque, además de salchichas y malvaviscos, teníamos una buena reserva de cervezas enlatadas.
—Venga, estamos entre amigos —alentó José al tiempo que nos pasaba una lata de cerveza.
—De acuerdo —accedió Ramón. Destapó la cerveza y le dio un buen trago. A continuación, se tragó una salchicha asada, y entonces sí, se puso a contar—: Esta historia me la contó mi abuelo —empezó—, según él es un hecho real que le ocurrió a un conocido hace casi cincuenta años. Pues bien, él me dijo que en cierta ocasión un tipo se mudó a la casa de al lado. El hombre era campesino por necesidad y borracho por devoción. —Más allá de lo que los demás sospechábamos, Ramón era un buen narrador. Y pronto nos encontramos repantigándonos de diferentes maneras para escucharlo mejor—. Lepo le decían en la aldea, era amigo de todos y de ninguno. Era de esos tipos que, si le hablan contesta y si no, pues no. Mi abuelo lo conocía muy poco, se saludaban cuando se encontraban y de vez en cuando se pedían uno que otro pequeño favor, pero sin llegar a intimar demasiado.
»Hasta que en cierta ocasión se encontraron en una cantina. Mi abuelo dice que no recuerda cómo, pero la cosa es que terminaron bebiendo juntos y hablando como si fueran grandes amigos. Cuenta que hacia las dos de la mañana el cantinero los echó porque ya era muy noche y tenía que ir a dormirse.
»—Amigo —le dijo Lepo a mi abuelo cuando se quedaron solos a las puertas de la cantina—, creo que es hora de regresar a casa.
»—Igual pienso yo —repuso mi abuelo.
»De modo que los nuevos amigos, abrazados, se pusieron a caminar de regreso a casa. Pero no habían avanzado ni una manzana cuando Lepo se detuvo, tomó de los hombros a mi abuelo y le hizo una confesión.
»—Sépase don Jeremías —así se llamaba mi abuelo— que yo le vendí mi alma al diablo. No se la vendí por oro ni por mujeres, sino para que me cuide en noches como esta, en las que de tan borracho a veces ya ni sé dónde estoy. Así que no se me vaya a asustar, don Jere, si ve que algo que no es de este mundo me cuida o me lleva mientras regresamos a casa.
»Mi abuelo dice que no se echó a reír simplemente porque estaba muy borracho y porque Lepo había dicho todo eso en tono muy serio. Dicho eso, Lepo se echó a caminar y mi abuelo no tuvo otra opción que pegar una carrerita y ponérsele a la par. No dijeron mayor cosa mientras regresaban, me contó mi abuelo.
»Pero cuando iban a mitad de camino, mi abuelo se percató de que un perrito los seguía. Me dijo que no le prestó atención hasta que de un momento a otro pegó un estirón de varios centímetros.
»Lepo, Lepo, tienes que ver eso —dijo a su amigo.
»Te dije que no te asustaras si veías algo que no era de este mundo —fue la escueta respuesta del aludido.
»Quizá fue la borrachera, pero mi abuelo dejó estar el asunto y continuaron su camino. Más adelante el perro ya no era perro, sino una especie de jabalí. Después fue un lobo, se metió entre las piernas de Lepo y con cada paso que daba crecía un poco más, y más y más… hasta que al fin fue tan grande como un caballo, sólo que no se había convertido en caballo, sino en un enorme toro negro que resoplaba fuego y humo por los ijares. A lomos de este animal iba Lepo, casi dormido de tan borracho que estaba.
»Al final, mi abuelo se quedó en su casa y el enorme y antinatural animal fue a dejar a Lepo a la suya. Me dijo mi abuelo que jamás volvió a tener trato con ese hombre, lo que había ocurrido era sencillamente escalofriante, y él no tenía la menor intención de volver a repetirlo, ya fuera sobrio o borracho.
»Cinco años después, Lepo desapareció sin dejar rastro. Mi abuelo aseguraba que al final ese ser se lo había llevado para saldar tantas noches de guardia. Y eso es todo.
Las últimas palabras de Ramón nos despabilaron como por ensalmo, y, lo que es más, nos descubrimos azorados por el temor reverencial con el que lo habíamos escuchado.
—¿Quién va? —preguntó después, llevándose a la boca ya su tercera lata de cerveza.
—Creo que yo me sé una —dijo Amílcar.
A continuación, nos contó, con intervalos para tragar cerveza y salchichas (ya los malvaviscos dejados a un lado), una historia acerca de un tío.
—Era una hermosa mujer vestida de blanco —empezó— la que mi tío se encontró una noche cuando regresaba a casa tras una buena jarana, o al menos eso fue lo que nos contó. Era medianoche y para regresar a casa necesariamente tenía que pasar al lado de un cementerio. Era un camino que él ya había recorrido infinidad de veces, y todo había ido bien hasta la fecha, de modo que no sospechaba que esa noche todo sería diferente. Pero lo fue.
»Mientras caminaba a un lado del cementerio, la mujer vestida de blanco apareció por el rabillo del ojo. Mi tío se detuvo, desconcertado, y volvió la vista para asegurarse de que lo que miraba era real. Y lo era. Allí estaba, de negros, largos, lacios y lustrosos cabellos. Sus ojos eran dos estanques oscuros y profundos y su cuerpo, bajo un vestido blanco que resplandecía bajo la luz plateada de la luna, se adivinaba de una beldad. Era una criatura de lo más hermosa.
»Mi tío contó que charlaron un rato, ella coqueta y juguetona, él desconfiado al principio y arrojado al final, pero no recuerda lo que hablaron. Lo que sí recordaba eran sus besos con aroma a jazmín, y sus manos frías y suaves. Se metieron en un panteón e hicieron el amor varias veces. Entre tanto jaleo, dijo mi tío, debió quedarse dormido. Ya imaginarán ustedes el susto de muerte que se llevó cuando al despertar encontró sobre él, y rodeándole el cuello en un abrazo, a un esqueleto.
»Nosotros no creímos mucho su historia. La cosa es que, cierta o no, mi tío no pasa por el cementerio ni a punta de pistola.
Y así continuamos el resto de la velada. Contándonos historia tras historia. Cerveza tras cerveza. Conforme el alcohol hacía efecto en nuestros cuerpos y mentes, las historias de miedo nos parecían cada vez menos aterradoras, a tal punto que hasta empezamos a bromear sobre lo que le haríamos a uno de esos engendros si llegara aparecerse alguno por allí. Yo era de los de la opinión que lo moleríamos a palos. Amílcar dijo que lo mejor sería invitarlos a una cerveza para que nos contaran más historias. José y Ramón adujeron que, en caso de ser una mujer, una violada sería suficiente para que dejaran de andar asustando a la gente.
Y nos reímos. Y hasta bailamos. Y seguimos contando historias. Y seguimos bebiendo más alcohol. Y gritamos al son de la noche que no teníamos miedo a nada ni a nadie y retamos al diablo a que nos mandara uno de sus esbirros para que comprobara la veracidad de nuestras palabras. Y…
¡Boom!
El retumbo de algo como un enorme tambor nos paró en seco. Había provenido de la casa. Llegué a pensar que algo había explotado en la casa hasta que una risa diabólica y larga hendió el aire. Nos miramos sorprendidos. Una nube de temor inundaba nuestros ojos.
—¿Qué fue eso? —me atreví a preguntar—. ¿Hay alguien más en la casa, José?
José, olvidado el valor del que hacía alarde hace unos minutos, negó con la cabeza, pálido en extremo.
La risa y el retumbo se apagaron, pero aún persistieron en nuestros oídos como una leve vibración. Cuando todo hubo pasado, Ramón se echó a reír. Al principio lo miramos como si se hubiera vuelto loco, pero al final fuimos contagiados y reímos con él.
—¿Eso es todo lo que tienes, luci? —Gritó a la nada—. ¡Pues no me asustaste!
A no más tardar nos encontrábamos igual que antes, lanzando imprecaciones y desafíos a lucifer y su horda de sirvientes. Nos mofábamos de su pobre intento por intimidarnos y le retamos a que si de verdad existía que nos lo demostrara en esos momentos. Y no lo hacíamos como un alarde vano, sino que de verdad lo sentíamos así. El alcohol nos había vuelto osados y de corazón deseábamos enfrentarnos a una presencia del más allá.
¡Ay, ese fue nuestro error! El señor de la oscuridad no podía pasar por alto una ofensa y una petición así. Cuatro corazones latiendo al unísono, deseando con fervor poner a prueba su coraje contra algo que no fuera de este mundo. Quizá si después de aquel boom y de la risa diabólica nos hubiéramos ido a la cama, nada de lo que después ocurrió hubiera sucedido.
Pero no lo hicimos. Y lucifer nos respondió.
Primero fue una réplica de la risa maligna, sólo que más larga y penetrante. Aún tiemblo al recordarla. Y esta vez no provino de la casa como la ocasión anterior, sino que pareció surgir del manantial que teníamos al lado. Fue este cambio de origen de la risa lo que nos heló el corazón más que la risa misma, y nos convenció de que era la temida respuesta del señor de la oscuridad.
Aún escuchábamos la macabra risa, pasmados, cuando Amílcar con un dedo tembloroso señaló hacia la orilla del manantial.
—¡Mirad! —dijo, la voz más temblorosa aún.
Y lo vimos. Era un ser pesadillesco, grande, grueso, oscuro y cubierto de lodo. Salía del agua a pasos lentos, como un zombi de las pelis. Cuando alzó la vista hacia el grupo, sus ojos rojos nos llenaron de terror y salimos disparados hacia la casa. El ser rugió a nuestras espaldas y con un andar lento y pesado empezó a caminar en pos de nosotros.
Corrimos como posesos hasta la casa, olvidada nuestra borrachera como por arte de magia y nos detuvimos delante de la puerta trasera. Pensábamos entrar a la casa y resguardarnos allí de lo que fuera que nos perseguía, pero algo nos detuvo, algo que vino a contribuir en el sobrecogimiento de nuestros corazones. Empezó como un sonido lento y pausado, como el de un redoblante. Pero luego fue subiendo de volumen y ritmo, y yo tuve la sombría impresión de que quienes los tocaban se nos acercaban en todas direcciones. El sonido siguió acercándose inexorablemente. Nosotros estábamos aterrados y girábamos las cabezas, temerosos de ver aparecer los que repercutían los fantasmales instrumentos. Más no vimos nada. Sin embargo, el ruido subió de volumen de tal forma que nos vimos obligados a taparnos los oídos con las manos. Cuando creíamos que los tímpanos nos reventarían, el sonido cesó de golpe.
Nos miramos entre aturdidos y aliviados. Pero entonces un rugido reemplazó el anterior ruido y vimos acercarse al ser que había salido del manantial. A pesar de su lento y torpe andar había recortado las distancias por habernos retenido aquel sobrenatural retumbo de tambores. Antes de que nos alcanzara, José abrió la puerta trasera de la casa y nos metimos a prisa, con el corazón a mil por hora.
En esos momentos algo tiró los utensilios de la cocina que sonaron con gran estrépito. Lo de valientes se nos pasó muy rápido porque los cuatro dejamos escapar un grito más bien agudo. Y después la risa, esa risa capaz de helar el corazón al más valiente y que no te hace pensar en otra cosa que no sea que has entrado al mismísimo corazón del inframundo, llenó la casa.
—¿Qué hemos hecho? —oí musitar a Amílcar, el rostro lívido y los ojos saltados en el más absoluto terror.
—¡Oh, Dios! ¡Liberamos las fuerzas del mal! —rezó José.
Terminando de hablar estaba cuando la casa entera se tambaleó, como lo haría una silla sobre un camello. El temblor nos desequilibró y caímos, unos al piso y otros recostados en las paredes del pasillo. Y después unas manos nos cogieron, salieron del piso y las paredes e intentaban sujetarnos e inmovilizarnos. Volvimos a gritar y nos debatimos y logramos volver a salir al exterior. En el ímpetu recuerdo haber golpeado con el hombro al ser surgido del manantial, al que desequilibré y envié al suelo, él me lanzó un zarpazo, pero lo esquivé por muy poco.
—El coche —sugirió José—. El coche. Vamos al coche y escapemos de este maldito lugar.
Nadie protestó. Rodeamos la casa, al más puro estilo maratoniano, y llegamos hasta el auto. José sacó las llaves e iba a abrir la puerta, pero se detuvo en el último instante. Y todos nos dimos cuenta del porqué: una mujer, vestida de andrajos, de cabello negro y semejante a un nido de ratas, y de rostro monstruoso, ocupaba el asiento del piloto. Chilló y lanzó la mano hacia fuera, intentando coger a José, pero este hizo un quiebre y esquivó la manaza, flaca, negra y descarnada.
La risa diabólica volvió a hendir el aire. La casa tembló de nuevo. Surgieron manos de todos lados que intentaron cogernos. Creí que me volvería loco. Y aun no entiendo cómo fue que no me desmayé por la impresión. Quizá se debía a que aún conservábamos algo del valor que el alcohol nos había insuflado.
Sabedores de que no podíamos permanecer allí y que el auto estaba descartado, nos echamos a correr. La risa diabólica nos siguió un buen trecho y las manos siguieron surgiendo del suelo e intentaron impedir nuestra huida. Es más, varias veces nos hicieron tropezar, pero nos ayudábamos mutuamente y conseguíamos seguir.
Aún creo que si logramos escapar es solo porque el señor de la oscuridad así lo quiso. Quizá lo único que pretendía era darnos el susto de nuestras vidas. Y lo hizo.
Lo último lo recuerdo de forma borrosa. Sólo sé que corrimos hasta que el cansancio pudo más que nosotros y caímos rendidos, en un estado de seminconsciencia. Cuando despertamos la siguiente mañana, estábamos a una milla del pueblo. Habíamos corrido más de quince kilómetros y no quisimos regresar a la casa, ni volvimos a hablar sobre ello.
Con el tiempo he llegado a creer que quizá todo fue una ilusión propiciada por nuestra borrachera. Pero al recordar esa risa que ni el mejor estudio de Hollywood puede imitar, sé que no fue así. Esa noche deseamos de todo corazón ver algo del más allá y lo vimos. Fue una experiencia horrenda. No he vuelto a pisar la finca de José y tampoco he vuelto a desear algo parecido, ni de broma. Y os aconsejo que tampoco lo hagáis vosotros.

3 comentarios:

  1. wooow magnifico.me.enkanto este relato lo bueno es q lograron escapar y no descabechastes.a ninguno jajaja abrazos para ti att.kary

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  2. Hola Manuel, vaya esta historia si que me puso nervioso, por un momento creí que no lo lograrían. Por eso es que ni en broma juego con lo sobrenatural jajaja, se llevaron un gran susto, muy buena historia que bien que todos lo lograron. Bien, espero la próxima historia y se que estará tan buena como esta. Hasta la próxima historia y como ya te había dicho antes te mando saludos desde Venezuela.

    Ongie

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  3. Gracias a ambos. Y la verdad es que en base a los comentarios anteriores fue que decidí escribir esta historia en la que, como dicen, los protagonistas solo se llevaron un susto. Y vaya susto!. Jaja. un abrazo para ambos.

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