Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

4 de diciembre de 2014

La cueva del monstruo

Edward se detuvo bajo la negra sombra de un sauce llorón. Eran las dos de la mañana y la luna menguante, que descendía hacia occidente, levantaba destellos plateados de la sucia agua de la laguna que había enfrente. Se apoyó en la corteza del árbol y escudriñó el rastro. Éste era inconfundible, hasta un ciego podría seguirlo. Apuntó el haz de luz de la lámpara a las huellas y las siguió.
Las huellas eran muy diferentes a cuántas él conocía, no es que conociera muchas, y a la vez tan parecidas. Eran marcas de pies, grandes, palmeados; uno de tres dedos y el otro de cuatro. Edward se preguntaba si su dueño lo había perdido en una de sus aventuras como la de esa noche. Ojalá hubiera perdido la cabeza. Además de los pies, en medio de éstos era posible apreciar un rastro más débil, como un pequeño surco; la cola seguramente.
Siguió las huellas durante al menos otro centenar de metros, cada vez más cerca de la laguna. Sujetaba la escopeta con fuerza, temeroso de que ya no fuera a ser necesaria, mientras el corazón le golpeaba el pecho como un tambor. Y de pronto, las huellas desaparecieron, perdiéndose en la laguna, justo como había temido.
Un grito de angustia brotó de su garganta y cayó de rodillas, llorando, desahuciado. ¡Se la había llevado! ¡Esa maldita cosa se la había llevado! Allí, con las rodillas y los puños en el lodo, sus lágrimas mezclándose con éste, rememoró con dolor, rabia y frustración lo que había ocurrido.
Primero su esposa, ahora su hija. ¿Por qué? Qué había hecho él para merecer tanto dolor. Erika, su esposa, había fallecido hacía tres años presa de una enfermedad que la tuvo en cama durante diez meses, pero la amaba tanto que el dolor era tan fuerte como el primer día. Y ahora Ariane, su dulce Ariane, que había heredado los castaños ojos de Erika, su cabello y sus facciones. Ahora ella, que con sus seis añitos apenas empezaba a ir a la escuela. No, no lo podía soportar. Y ese ser, ¿qué era esa cosa que se la había llevado?
Recordó que tenía un sueño intranquilo cuando el suave arrastrar de pies de la criatura lo despertó. Al principio no lograba ubicar aquel ruido, ni sabía qué lo producía, pero una especie de alarma se prendió en su interior. Recordaba haber saltado de la cama con el corazón acelerado, haberse puesto los pantalones y las botas sin encender la luz y salir corriendo.
Encontró la habitación de Ariane vacía. Enormes huellas de barro embadurnaban el piso y las sábanas estaban revueltas y sucias de tierra y algo que parecía ser musgo. Algo o alguien había entrado en la habitación y se había llevado a su pequeña. Y él no había escuchado los ruidos hasta ese momento. Qué tonto y descuidado.
Siguió las huellas hasta el exterior de la casa y a la luz de la luna vislumbró al secuestrador. Decir que se quedó mudo de sorpresa y espanto, sería quedarse algo lejos de la realidad. El horror que experimentó, sencillamente, es algo imposible de describir con palabras. El ser era alto, quizá más de dos metros, verde oscuro, de gruesas y fuertes patas y una cola que se arrastraba. Su andar era torpe, y su postura encorvada le dio a Edward la extraña certeza de que aquel ser había sido creado para caminar a cuatro patas, y no a dos como lo hacía en aquellos momentos.
Recordaba haber gritado el nombre de su hija después de que el terror inicial lo hubiese abandonado. El ser se volvió y gruñó. Y la vio. El ser acunaba a su pequeña en uno de sus brazos, gruesos como troncos, y con la otra mano le cubría la cara para que sus gritos no sobresalieran. El monstruo volvió a gruñir, le dio la espalda y se echó a correr de un modo bamboleante.
 Su reacción inicial había sido seguirlo. Pero se detuvo tras los primeros pasos. ¿Había visto bien? Pues claro que sí. Lo que significaba que, por el aspecto de esa cosa, no podía perseguirlo así como así, ciego de dolor y sin más armas que sus manos desnudas. De modo que volvió a la casa por la escopeta, munición y una lámpara de mano.
Lamentablemente perdió en ello unos valiosos minutos.
Por eso estaba allí, de rodillas en el limo de la laguna, perdido el rastro, perdida su pequeña y dulce Ariane… Se puso de pie como con un resorte. No. No se daría por vencido. Aún no. Ariane era lo único que le quedaba, no permitiría que se la arrebatasen. Y así, cegado por el dolor y la ira se puso a circunvalar la laguna. La criatura esa tenía aspecto más de animal de tierra que de agua. Probablemente solo había cruzado la laguna para despistarlo (si es que sabía que era perseguido) o para llegar a su guarida al otro lado de la misma. Rezó para que fuera alguna de las dos.
Continuó buscando, atento a cualquier indicio. La luna se diluía en el horizonte con cada minuto que pasaba, casi tan rápido como las esperanzas de Edward. Pasó bajo grandes sauces y olmos, bordeó charcas y pequeños promontorios y apuntó con su arma cuando vio dos ojos amarillos vigilarlo desde la laguna; por un instante creyó que se trataba del mismo monstruo que había raptado a su hija, pero resultó ser un cocodrilo común y corriente.
Buscó durante más de media hora, cada vez más convencido de que su búsqueda era estéril, pero sin perder las esperanzas por completo. Entonces vio algo que lo hizo recuperar la fe: las huellas salían del agua y se internaban en el bosque.
«Lo sabía —pensó—. El maldito cocodrilo sólo buscaba acortar su camino».
Sin detenerse a pensarlo se puso en pos de las huellas. Esas lo conducirían hasta la guarida del monstruo, y, lo que era más importante, a su hija.
«Quiera Dios que se encuentre bien».    
En el bosque, la escasa luz de la luna, iluminaba parcamente. Proyectaba negras sombras que, dada la naturaleza de la situación, parecían prontas a saltar sobre el pobre Edward. No obstante, éste las ignoró hasta donde le fue posible y se concentró únicamente en las monstruosas huellas que se internaban hasta el corazón del bosque. El ulular de un búho lo sobresaltó a sus espaldas, y un tacuazín, que se escurrió entre sus pies, lo hizo soltar una maldición. El resto del rastreo prosiguió sin mayores inconvenientes.
Una hora más tarde, aterido por el frío de la madrugada, llegó a tres colinas, dispuestas de tal forma que formaban un triángulo. El rastro se internaba entre las tres, y, por la sensación opresiva y sombría que de pronto se palpaba en el ambiente, Edward supo que estaba cerca.
Continuó en pos del rastro, un sudor frío naciéndole en las sienes y el corazón acelerado. Llevaba la escopeta lista para disparar y la firme intención de recuperar a su hija a cualquier costo.
La luna se había escondido en el horizonte, pero la noche no era negra y mil millares de estrellas brillaban en la bóveda del cielo. Lo que creaba una claridad opaca, suficiente para ver la silueta de las tres colinas y la boca negra que se abría en la ladera de una de ellas.
El rastro conducía hacia la cueva. Hacia el interior negro y monstruoso que era la vivienda del monstruo. Edward ató la linterna al cañón de la escopeta para tener mayor libertad de movimiento y, sigiloso como una sombra, se deslizó a su interior.
Antes de meterse de lleno, alumbró las paredes de la cueva y luego hacia adelante. Esperaba encontrar al monstruo, agazapado al fondo, haciendo quién sabe qué cosa con su pequeña, pero lo único que vio fue negrura más allá de donde llegaba el haz de luz de la linterna. La cueva, de unos dos metros de altura por uno de anchura, continuaba colina adentro. Realizó una corta plegaria a Dios y entró con cautela.
El rastro seguía hacia el interior, menos marcado debido a la roca del suelo, pero aún perceptible. Edward lo siguió, temeroso de lo que fuera a encontrar al final, pero decidido a llegar hasta donde tuviera que llegar.
Unos cincuenta metros más adelante, la cueva daba un giro a la izquierda, y tras doblarlo, Edward se dio cuenta con horror que el túnel descendía, no de forma pronunciada sino más bien de forma leve. Hacia dónde llevaba, era algo que no sabía. Pero suponía que lo hacía a algún lugar de horror inimaginable. ¡Dios! Y pensar que su pequeña estaba allí, sola con un monstruo. Pensar en ella lo hacía sentir deseos de echarse a correr en pos del rastro, pero sabía que la precipitación sólo podía conducirlo al desastre, a su muerte, a la muerte de Ariane. No, si quería tener posibilidades de éxito tenía que conducirse con mesura.
Más adelante el túnel daba otro giro, esta vez a la derecha. Y después de otro rato de marcha, un giro más. Siempre en descenso. Edward calculaba que ya debía de encontrarse a más de quince metros de profundidad. Si continuaba así, ¿hasta dónde llegaría?
De pronto reparó en algo que no había visto hasta el momento. Era algo adherido a las paredes, que semejaba parches de musgo. Pero no era musgo. Ninguna capa de musco tenía diez centímetros de espesor ni salteaba las paredes como manchas en una jirafa. Una jirafa verde en todo caso. Edward lo tocó y ahogó un grito cuando el parche de musgo se movió. Durante un instante tuvo la impresión de que lo atacaría, ése y todos los demás parches de liquen, pero no ocurrió nada. Daba la impresión de que la cosa esa había reaccionado al tacto.
«¿Qué demonios es esto?», se preguntó. Estuvo tentado a volver a tocar el parche, pero se reprimió y decidió que eso no le incumbía.
Sin embargo, no pudo hacer caso omiso por completo. A medida que se adentraba en el túnel los parches iban creciendo de tamaño y estaban más juntos, unos incluso se tocaban. Además de esa peculiaridad en las paredes, el olor del lugar empezó a tornarse fétido y nauseabundo, una extraña mezcolanza entre fango, basura y carroña. A partir de ese momento Edward mantuvo una fuerte lucha con su estómago para no vomitar.
Un centenar de metros más adelante, los parches de musgo se convirtieron en un auténtico manto. Tapizaban la pared por alto, por bajo y por los lados. De diez centímetros de espesor había pasado a tener veinte y treinta y… Edward por poco cae de culo cuando, tras alumbrar una de las paredes, vio incrustados en aquella especie de manto un sinfín de fragmentos de huesos. ¿En dónde demonios se había metido? Tras escudriñar los fragmentos con mayor atención se permitió un suspiro medio aliviado, sí es que tras macabra escena puede hacerse algo así, porque las astillas eran sin lugar a dudas de animales, y no de humanos como en un principio había temido. Aunque viéndolo bien, aquí y allá había huesos que parecían las falanges de los dedos de las manos de un hombre, y, un poco más adelante, algo que parecía una mandíbula humana. Se obligó a apartar la vista de esos lugares, pensando que si seguía viéndolos se volvería loco, y resolvió seguir adelante.
Hasta que por fin desembocó en una amplia bóveda, de más de veinte metros de altura por otros tantos de anchura. Y supo sin más que había llegado a la guarida del monstro. El hedor allí era prácticamente insoportable y la capa de esa cosa verde, casi gelatinosa, cubría todo el lugar, y estaba atestada de huesos. Con marcado terror comprobó que no todos los huesos eran viejos, como los del túnel, sino que había muchos que aún conservaban carne y parte de la piel.
Se quedó en la boca de la bóveda, de pie, quieto, escudriñando con la luz de la linterna, el dedo en el gatillo de la escopeta, listo para disparar. Entonces lo vio, y a Ariane. La estampa que se ofrecía a su vista era escalofriante y desoladora. El monstruo estaba sumergido, como fundido, en aquella capa verde. Lo único que se veía de él era el rostro (chato, de grandes fosas nasales, amplia boca que le corría de lado a lado y ojos naranjas), a más de tres metros del suelo en la pared del fondo. Ariane estaba tres metros a su derecha, también sumergida en aquella cosa musgosa. Al igual que el monstruo, la única parte visible de su cuerpo era el rostro, tan alto que Edward dudaba que lo pudiera alcanzar a no ser con una escalera.
Sin pararse a pensar, apuntó con el arma al rostro del monstruo. Los ojos de éste se prendieron en él. Un escalofrío le recorrió la columna. «Éste es tu fin, maldito», pensó. Sumergirse en esa capa putrefacta de musgo y huesos sería su perdición.
Edward disparó.
Pero una fracción de segundo antes, algo golpeó su brazo, haciéndolo errar el blanco por escasos centímetros. No tuvo tiempo de intentar otro disparo. Algo liso se enredó en sus brazos y piernas y lo alzó en vilo. Ese algo le apretó la muñeca con fuerzas y un leve traquido se esparció en la bóveda; Edward gritó de dolor. La escopeta cayó al suelo con un sonido sordo. El haz de luz de la lámpara quedó apuntando al rostro del monstro.
Edward fue llevado, por largos y gelatinosos brazos al lado de su hija. Se debatió con frenesí, mordió y arañó, y cuando logró reventar uno de los brazos, otro tomó su lugar y lo aprisionó con más fuerza. El musgo de la pared se abrió y, pesé a sus esfuerzos, fue metido allí. La pared empezó a cerrarse en torno a él, aprisionándolo, y unas especies de agujas le laceraron el cuerpo.
Las agujas penetraron su carne y Edward fue consciente de que estas le sorbían la vida. Intentó debatirse de nuevo, dar un último esfuerzo, pero fue en vano, estaba inmovilizado. Logró entornar un poco los ojos, para ver una última vez a su hija. Ariane tenía el rostro pálido y los párpados caídos. Aún respiraba, lenta y acompasadamente, como si durmiera. Menos mal que su pequeña había perdido el conocimiento. Edward sintió al dolor enroscársele en el pecho. Había perdido. Lo había perdido todo.
Sintió como las agujas le succionaban la vida. Y lloró y gritó, al comprender que sus huesos pronto adornarían las paredes y los túneles de aquel maldito subterráneo. 

3 comentarios:

  1. Hola soy yo de nuevo, esta historia tuvo un final un poco trágico pero aún así me gustó, espero la próxima historia, saludos desde Venezuela

    Ongie

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    1. Ya lo creo, un final trágico sí. Muchas de mis historias tienen finales asi. Haber que tal la siguiente. También saludos a vos!

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  2. :( pnsé q lograría salvarla... Muy buen relato.

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