Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

23 de diciembre de 2014

Una marcha nocturna


Al principio del viaje éramos siete. Todos trabajábamos para el Ministerio de Educación e íbamos a un pequeño poblado llamado El Amate para hacernos cargo de la nueva escuela de la localidad. El Amate era una aldeíta ubicada lejos de toda civilización y formada por poco más de un centenar de familias. Tras desviarse en un pueblo, cuyo nombre no recuerdo bien, había hasta El Amate medio centenar de kilómetros, todos solitarios y sombríos.
El Ministerio nos proporcionó una camioneta para que, los siete, pudiéramos trasladarnos a nuestro nuevo lugar de trabajo. Fue así como, la mañana antes del día que nos debíamos presentar en la nueva escuela, partimos en el vehículo que nos habían proporcionado. Tras echarlo a suertes fui yo el que salí designado como conductor.
De mis seis acompañantes sólo conocía a dos: a Cristian y a Anita. Los tres habíamos trabajado como profesores en una escuela de poco nombre en la ciudad, y tras haber sido consultados, fuimos designados para participar de aquella nueva tarea. Los otros cuatro eran unos completos extraños para mí; aunque Cristian decía conocer al tipo que se llamaba Alfredo. Los otros tres eran David, Walter y, la nada fea, Emilia.
Sucedió que poco antes de llegar al pueblo en el que debíamos desviarnos para llegar a El Amate, la camioneta ponchó una llanta. De modo que nos vimos forzados a llevar el vehículo a alguien que reparara el neumático. Afortunadamente la llanta aún retuvo el suficiente aire para llegar al taller. Puesto que ya era mediodía dejamos la camioneta en el taller, y tras pedir información a uno de los mecánicos, fuimos en busca de un lugar en el que almorzar.
Almorzamos en grupo, bastante silenciosos. Una hora más tarde regresamos por la camioneta, pero nos encontramos con que aún no habían reparado el neumático. Pues no habiendo más que hacer, a uno de mis compañeros, no recuerdo bien quién, se le ocurrió la grandiosa idea de ir a tomarnos una cerveza en una refrescaría que había a un par de manzanas del taller. Puesto que él se ofreció pagar la primera tanda, los demás nos encogimos de hombros y lo seguimos, incluidas las mujeres.
El punto de todo esto es que, puesto que yo tenía aún algo de dinero de mi última paga, me ofrecí a pagar las siguientes siete. Anita, quién lo iba a decir, siempre dulce y gentil, sacó un billete de esos grandes y pagó una tercera tanda. Y al final nos desenfrenamos un poco. Oímos música, nos conocimos, bailamos y… perdimos la noción del tiempo. Cuando alguien dijo que ya paráramos la mano o no llegaríamos a nuestro destino, todos nos miramos extrañados y un tanto ruborizados. Pero le dimos la razón y fuimos a por la camioneta. Para ese entonces ya el sol era un medio disco de cobre en el horizonte y estábamos bastante pasaditos de copa.
¡La gran idea fue mía! Compelido por mi cautela inherente, propuse al resto que fuéramos a un lugar a cenar y a esperar que la borrachera nos pasara un poco, porque, así como estábamos en aquellos momentos, un accidente de tráfico era lo que nos podíamos encontrar. Los demás estuvieron de acuerdo y fuimos a cenar. Después de todo, los cincuenta kilómetros que había hasta nuestro destino los podíamos recorrer en una o dos horas.
Fuimos a un pequeño restaurante, en el que tras cenar nos quedamos a ver un partido de fútbol que terminó hasta las diez de la noche. Para ese entonces yo ya me sentía más sobrio y así se los dije a mis compañeros. De modo que regresamos a la camioneta y nos pusimos en marcha.
La luna creciente asomaba entre negros nubarrones cuando abandonamos el pueblo, sumiéndonos a veces en una completa negrura y otras en una parca luz fantasmagórica. Un millar de estrellas adornaban la bóveda celeste, aunque en este caso era más bien negra, y enormes y antiguos árboles montaban guardia en el camino como gigantes medio dormidos.

10 de diciembre de 2014

Una noche alrededor de una hoguera

—¿Quién va primero? —preguntó José, el hijo del dueño de la casa.
Estábamos acomodados en torno a una hoguera, unos cien metros a espaldas de la casa, cerca de un pequeño manantial. Éramos cuatro amigos, José, Amílcar, Ramón y yo, César. Estábamos en noche de sábado y, por primera vez en muchos meses, en lugar de ir a parrandear a los bares y cantinas, decidimos pasar esa tarde y la noche en el campo, en una finca que pertenecía a la familia de José.
La casa era antigua, de ladrillos, enyesada y techo de tejas. Tenía tres plantas y se inclinaba un par de grados a la izquierda. Esa noche la teníamos para nosotros solos. Pero de qué nos servía si allí no había energía eléctrica, solo un motor mecánico, y la única televisión (que funcionaba con antena y luz solar) se había descompuesto pocas horas antes de nuestro arribo a la mencionada casa. Durante la tarde no extrañamos ni la televisión ni la energía eléctrica, puesto que nos fuimos a bañar al manantial y después jugamos pelota en el patio hasta que las últimas luces del día se esfumaron. Pero durante la noche fue diferente. El motor producía demasiado ruido para ser tan pequeño y las luces emitían una luz amarillenta, que hacía ver todo de forma fantasmagórica. Queríamos ver televisión y oír música, pero era igual que desear un concierto de Bryam Adams en el patio, imposible.
De manera que allí estábamos los cuatro amigos, en torno a una hoguera, lejos de la casa y del ruido del motor que allí llegaba sólo como un leve zumbido.
—¿Y bien? —insistió José.
—Es que… me siento un tanto bochornoso —dijo Ramón, pasándose una mano por la nuca.
Nuestro anfitrión había propuesto que nos sentáramos en torno a una fogata a azar salchichas y malvaviscos y a contar historias de miedo, como alguna vez hicimos cuando niños. Accedimos porque no había mucho de dónde elegir, excepto tal vez, irnos a dormir. Aunque también porque, además de salchichas y malvaviscos, teníamos una buena reserva de cervezas enlatadas.
—Venga, estamos entre amigos —alentó José al tiempo que nos pasaba una lata de cerveza.
—De acuerdo —accedió Ramón. Destapó la cerveza y le dio un buen trago. A continuación, se tragó una salchicha asada, y entonces sí, se puso a contar—: Esta historia me la contó mi abuelo —empezó—, según él es un hecho real que le ocurrió a un conocido hace casi cincuenta años. Pues bien, él me dijo que en cierta ocasión un tipo se mudó a la casa de al lado. El hombre era campesino por necesidad y borracho por devoción. —Más allá de lo que los demás sospechábamos, Ramón era un buen narrador. Y pronto nos encontramos repantigándonos de diferentes maneras para escucharlo mejor—. Lepo le decían en la aldea, era amigo de todos y de ninguno. Era de esos tipos que, si le hablan contesta y si no, pues no. Mi abuelo lo conocía muy poco, se saludaban cuando se encontraban y de vez en cuando se pedían uno que otro pequeño favor, pero sin llegar a intimar demasiado.
»Hasta que en cierta ocasión se encontraron en una cantina. Mi abuelo dice que no recuerda cómo, pero la cosa es que terminaron bebiendo juntos y hablando como si fueran grandes amigos. Cuenta que hacia las dos de la mañana el cantinero los echó porque ya era muy noche y tenía que ir a dormirse.
»—Amigo —le dijo Lepo a mi abuelo cuando se quedaron solos a las puertas de la cantina—, creo que es hora de regresar a casa.
»—Igual pienso yo —repuso mi abuelo.
»De modo que los nuevos amigos, abrazados, se pusieron a caminar de regreso a casa. Pero no habían avanzado ni una manzana cuando Lepo se detuvo, tomó de los hombros a mi abuelo y le hizo una confesión.
»—Sépase don Jeremías —así se llamaba mi abuelo— que yo le vendí mi alma al diablo. No se la vendí por oro ni por mujeres, sino para que me cuide en noches como esta, en las que de tan borracho a veces ya ni sé dónde estoy. Así que no se me vaya a asustar, don Jere, si ve que algo que no es de este mundo me cuida o me lleva mientras regresamos a casa.
»Mi abuelo dice que no se echó a reír simplemente porque estaba muy borracho y porque Lepo había dicho todo eso en tono muy serio. Dicho eso, Lepo se echó a caminar y mi abuelo no tuvo otra opción que pegar una carrerita y ponérsele a la par. No dijeron mayor cosa mientras regresaban, me contó mi abuelo.
»Pero cuando iban a mitad de camino, mi abuelo se percató de que un perrito los seguía. Me dijo que no le prestó atención hasta que de un momento a otro pegó un estirón de varios centímetros.
»Lepo, Lepo, tienes que ver eso —dijo a su amigo.
»Te dije que no te asustaras si veías algo que no era de este mundo —fue la escueta respuesta del aludido.

4 de diciembre de 2014

La cueva del monstruo

Edward se detuvo bajo la negra sombra de un sauce llorón. Eran las dos de la mañana y la luna menguante, que descendía hacia occidente, levantaba destellos plateados de la sucia agua de la laguna que había enfrente. Se apoyó en la corteza del árbol y escudriñó el rastro. Éste era inconfundible, hasta un ciego podría seguirlo. Apuntó el haz de luz de la lámpara a las huellas y las siguió.
Las huellas eran muy diferentes a cuántas él conocía, no es que conociera muchas, y a la vez tan parecidas. Eran marcas de pies, grandes, palmeados; uno de tres dedos y el otro de cuatro. Edward se preguntaba si su dueño lo había perdido en una de sus aventuras como la de esa noche. Ojalá hubiera perdido la cabeza. Además de los pies, en medio de éstos era posible apreciar un rastro más débil, como un pequeño surco; la cola seguramente.
Siguió las huellas durante al menos otro centenar de metros, cada vez más cerca de la laguna. Sujetaba la escopeta con fuerza, temeroso de que ya no fuera a ser necesaria, mientras el corazón le golpeaba el pecho como un tambor. Y de pronto, las huellas desaparecieron, perdiéndose en la laguna, justo como había temido.
Un grito de angustia brotó de su garganta y cayó de rodillas, llorando, desahuciado. ¡Se la había llevado! ¡Esa maldita cosa se la había llevado! Allí, con las rodillas y los puños en el lodo, sus lágrimas mezclándose con éste, rememoró con dolor, rabia y frustración lo que había ocurrido.
Primero su esposa, ahora su hija. ¿Por qué? Qué había hecho él para merecer tanto dolor. Erika, su esposa, había fallecido hacía tres años presa de una enfermedad que la tuvo en cama durante diez meses, pero la amaba tanto que el dolor era tan fuerte como el primer día. Y ahora Ariane, su dulce Ariane, que había heredado los castaños ojos de Erika, su cabello y sus facciones. Ahora ella, que con sus seis añitos apenas empezaba a ir a la escuela. No, no lo podía soportar. Y ese ser, ¿qué era esa cosa que se la había llevado?
Recordó que tenía un sueño intranquilo cuando el suave arrastrar de pies de la criatura lo despertó. Al principio no lograba ubicar aquel ruido, ni sabía qué lo producía, pero una especie de alarma se prendió en su interior. Recordaba haber saltado de la cama con el corazón acelerado, haberse puesto los pantalones y las botas sin encender la luz y salir corriendo.
Encontró la habitación de Ariane vacía. Enormes huellas de barro embadurnaban el piso y las sábanas estaban revueltas y sucias de tierra y algo que parecía ser musgo. Algo o alguien había entrado en la habitación y se había llevado a su pequeña. Y él no había escuchado los ruidos hasta ese momento. Qué tonto y descuidado.
Siguió las huellas hasta el exterior de la casa y a la luz de la luna vislumbró al secuestrador. Decir que se quedó mudo de sorpresa y espanto, sería quedarse algo lejos de la realidad. El horror que experimentó, sencillamente, es algo imposible de describir con palabras. El ser era alto, quizá más de dos metros, verde oscuro, de gruesas y fuertes patas y una cola que se arrastraba. Su andar era torpe, y su postura encorvada le dio a Edward la extraña certeza de que aquel ser había sido creado para caminar a cuatro patas, y no a dos como lo hacía en aquellos momentos.
Recordaba haber gritado el nombre de su hija después de que el terror inicial lo hubiese abandonado. El ser se volvió y gruñó. Y la vio. El ser acunaba a su pequeña en uno de sus brazos, gruesos como troncos, y con la otra mano le cubría la cara para que sus gritos no sobresalieran. El monstruo volvió a gruñir, le dio la espalda y se echó a correr de un modo bamboleante.
 Su reacción inicial había sido seguirlo. Pero se detuvo tras los primeros pasos. ¿Había visto bien? Pues claro que sí. Lo que significaba que, por el aspecto de esa cosa, no podía perseguirlo así como así, ciego de dolor y sin más armas que sus manos desnudas. De modo que volvió a la casa por la escopeta, munición y una lámpara de mano.
Lamentablemente perdió en ello unos valiosos minutos.