Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

8 de noviembre de 2014

Una Llamada a Medianoche (Continuación)

Barry se detuvo en el rellano superior de la escalera. En el barandal de la derecha había colgado un par de ligas, del mismo color rojo que el resto; eso significaba que debía girar hacia la derecha, hacia la habitación de su cuñada. Su miembro le presionó con más fuerza entre los calzones. Dobló a la derecha y avanzó, desalentado por una repentina intuición, un poco más lento y alerta.
A mitad de camino hizo un giro de ciento ochenta grados, espoleado por un repentino aguijonazo de terror. Escudriñó la oscuridad, atento a cualquier movimiento. Nada. Sin embargo, había oído en ruido leve, como suaves pisadas, pequeñas, sin duda alguna imperceptibles en cualquier otro momento, no así en la quietud que reinaba en la casa. ¿Será que lo estaba imaginando? Retomó su dirección inicial y vigiló hacia el otro lado. Nada. Sólo silencio y oscuridad. ¿Qué demonios le pasaba?
«Nada tonto. Sólo estás nervioso. Mejor ve con tu cachonda cuñada que te ha de estar esperando sin ropa». Esa idea lo hizo sentir mejor y logró que los labios se le atirantaran en un amago de sonrisa. «John, querido hermano, estés donde estés, por tú bien no mires para acá hasta dentro de un buen rato».
Restando toda la importancia, que su subconsciente le permitía, a aquel repentino miedo, Barry retomó el camino hacia la habitación de Jenny. Sin embargo no iba tranquilo, tenía la sensación de que algo lo vigilaba y que alguien lo seguía.
Se detuvo frente a la puerta, seguro de que era la habitación correcta. Colgando en el pomo de la manecilla había una tira de preservativos, o “juguetitos de látex”, como él solía llamarles. El interior de la habitación emitía un leve resplandor amarillento. Barry imaginó un enorme lecho perfumado y una docena de velas montando guardia en torno a éste.
Colocó su mano en la manecilla de la puerta, iba a girarla, pero se detuvo, indeciso por un momento. ¿Era correcto lo que iba a hacer? Después de todo, la persona que lo esperaba en el interior era la mujer de su hermano, de John, por muy muerto que éste estuviera. Además, estaba esa sensación de sentirse vigilado y tenía la casi certeza de que si se giraba con suficiente rapidez vería algo anómalo y oscuro plantado frente a él. ¿O es que esa sensación era la culpa? Porque que Barry supiera, era la primera vez que se acostaría con la esposa de alguien. Hasta ese momento sólo había tenido relaciones con mujeres solteras, al menos hasta donde él sabía. Sí, eso debía ser. Todo su miedo y nerviosismo debía ser por la culpa. De pronto tenía ganas de reír. Él preocupado cuando todo era por la maldita culpa. Mañana le preguntaría a uno de sus amigos si así se sentía cada vez que se acostaba con la mujer del jefe. Además ¿no decía la biblia que cuando un hermano fallecía el otro debía tomar a su mujer? ¿Acaso no era lo que él se proponía hacer? ¡Y vaya que la tomaría!
Con resolución giró la manecilla y abrió la puerta. Sí, todo era como se lo había imaginado. Jenny, vestida con una bata de satén traslúcida, estaba recostada en un enorme lecho. La etérea prenda dejaba ver su hermoso cuerpo. No llevaba nada puesto aparte de la bata.  
La cama no estaba pegada a la pared como siempre, sino que estaba en el centro de la estancia, y la rodeaba un círculo formado por trece velas de llamas amarillas.  
Barry cerró la puerta tras de sí y avanzó un paso.
—Ven, no tengas miedo. —La voz de Jenny era suave, seductora. No obstante, había un leve temblor en ella, casi imperceptible. Barry la achacó a los nervios y obedeció.
No hablaron. Jenny lo recibió en sus brazos y con los labios entreabiertos. El primer beso era fuego puro. Sus labios rojos y carnosos temblaban cuando lo besó. Barry pensó que ella estaba tan nerviosa y excitada como él. ¡Esa noche se lo pasaría a lo grande!
Después de un corto intercambio de besos y caricias, Jenny lo ayudó a desvestirse y le puso, con esas manitas preciosas y temblorosas, el “juguetito de látex”. Barry la tumbó de espaldas, le besó los pezones una última vez y la penetró con fuerza. Ambos soltaron un gemido. ¡Era increíble! La embistió con fuerza una y otra vez, sabedor de que no tardaría en correrse. A sus espaldas creyó oír que la puerta se abría, pero hizo caso omiso. Ahora no tenía tiempo para la culpa. Estaba muy ocupado.
La última embestida fue magnífica, celestial. Gritó de placer, extasiado, mientras el semen salía a raudales. Jenny jadeaba, exhausta, y sus ojos brillaban. De pronto algo opacó esos hermosos ojos ¡Una sombra! Barry giró la cabeza hacia atrás. Lo único que vio fue un borrón oscuro acercarse a la velocidad de la luz. Hubo un ramalazo de dolor mientras sus ojos perdían la visión. Apenas fue consciente de caer en el lecho. Entreabrió los ojos en un fútil intento de saber qué ocurría: vio un hombrecillo gris de ojos rojos que lo halaba de las piernas, luego… luego todo se tornó oscuro y se sumió en la inconsciencia.
«¿Qué ocurre?» Fue su último pensamiento.

Cuando abrió los ojos de nuevo aún no veía con claridad, era como si el mundo se le presentase tras un dosel opaco. Sonidos suaves, agudos y susurrantes llegaban a través de sus oídos, pero tampoco los percibía con claridad.
¿Qué había ocurrido? ¿Por qué veía borroso y…? De pronto lo recordó todo: la llamada a medianoche, la voz angustiada de Jenny, Jenny haciéndolo seguir un rastro, Jenny en bata, Jenny besándolo, él haciendo el amor con Jenny, después el golpe. ¡El golpe! ¿Quién lo había golpeado y por qué? ¿Acaso John había visto lo que hacía con su esposa y se había aparecido para cobrar venganza? No. El golpe había sido demasiado sólido, ningún fantasma golpearía con tanta contundencia ¿o sí?
Trató de llevarse una mano al rostro, pero algo se la retuvo. Intentó con la otra, y al no poderla mover tampoco, intentó con los pies. Nada. Estaba sujeto a algo, ¿al piso? Sentía que cuerdas de escaso grosor le rodeaban las muñecas y los tobillos. Estaba atado. El pánico lo asaltó cómo no lo había hecho hasta aquel momento. Una oleada fría que lo hizo temblar y suponer situaciones a cual más horrenda que la anterior.
«¡No! —musitó para sí—. Tienes que calmarte, Barry. Desesperándote no llegarás a nada».
Cerró los ojos, tratando de calmarse y mitigar un dolor sordo que le golpeaba en las sienes, supuso que era allí donde lo habían golpeado.
Primero lo más obvio. Tiró con fuerza de las cuerdas que lo sujetaban, a lo mejor alguna cedía. Pero las cuerdas resistieron, firmes.
—Desperdicias tus energías —esta vez la voz llegó clara a sus oídos.
¡Era la voz de Jenny!
Primero lo desbordó la alegría ¡Jenny estaba allí! Ella le desataría las ataduras y lo ayudaría a salir. Después vino el miedo. ¡Oh por Dios! Si Jenny estaba allí, quienquiera que lo hubiera atacado también había atacado a ella.
Tardó un minuto en comprenderlo todo: ¡Jenny estaba detrás de todo!
Abrió los ojos de golpe, el velo gris a través del cual miraba todo había desaparecido. Estaba en una habitación grande y sombría, atestada de muebles viejos y rotos y artefactos que tenían más polvo que un camino viejo. Un sótano, comprendió. El lugar estaba iluminado por varias velas. Quizá las mismas de la habitación de arriba, eran muy parecidas, aunque no estaba seguro. Él estaba en un suelo de tablas, sus manos y pies atados por cuerdas que, gracias a unas incisiones hechas en la madera, lo mantenían sujeto al piso. Jenny estaba de rodillas junto a él, se había puesto de nuevo la bata traslúcida, pero nada más. Tenía el pelo desaliñado, como un nido de ratas, y en lugar de complacencia y excitación, lo que su rostro dejaba entrever era miedo.
«Está asustada —pensó Barry—. Pero, ¿de qué?»
Entonces vio la cosa diminuta recostada contra un ropero viejo. Tuvo que alzar la cabeza para verlo mejor. En el proceso descubrió que se encontraba desnudo, a excepción de los calzones que le habían metido a la fuerza. Más allá se encontraba el diminuto hombre. Abrió la boca cuando descubrió que no se trataba de ningún hombre pequeño, sino más bien de un niño, Tommy, su sobrinito de cinco años. ¿Desde cuándo Tommy tenía aquel aspecto? El niño presentaba la piel vieja, ajada y agrietada, como si fuera a caérsele de un momento a otro. Sin embargo, sonrió cuando se percató de que era objeto del escrutinio de Barry, una sonrisa maliciosa y que heló el corazón de Barry. Los ojos centellaron, rojos, refulgentes, como brasas al rojo vivo.
—¿Qué demonios sucede aquí? —alcanzó a balbucir—. ¿Qué le pasó a mi sobrino? —agregó, mirando a Jenny—. ¿Y qué piensan hacer conmigo?
—Mandarte al infierno —la voz que le respondió era fría, cortante, paralizadora. Había brotado de la pequeña garganta de Tommy. Mas no era la voz de su sobrino, aquella era una voz… demoníaca.
Barry sintió que una gota de sudor le bajaba por la mejilla. Entonces vio el destello plateado. Un cuchillo. Jenny sostenía un cuchillo en la mano, de éste goteaba sangre. «Mi sangre», comprendió. Lo habían cortado. ¿Pero dónde? ¿Por qué no sentía dolor ni escozor? Con el rabillo del ojo vio algo rojo sobre su pecho, alzó la cabeza. Le habían dibujado un triángulo en él.
—Estaba a punto de hacer el segundo —dijo Jenny—. Mejor hubiera sido que no despertaras.
—Hazlo ya, Jenny —apremió la voz del hombrecito—. Me estoy impacientando.
—Ya voy —dijo ésta.
El cuchillo ensangrentado bajó hasta su pecho y empezó a cortar la piel. Barry gritó. El corte escocía, ¡Por Dios que escocía! Sintió que los músculos se le atirantaron y se debatió contra las cuerdas en un vano intentando por liberarse.
—Basta, alto. ¿Por qué me hacéis esto? ¿Qué queréis de mí?
Gritó, demandó que lo dejaran tranquilo, por último, hasta suplicó y lloró para que lo dejaran en paz, pero tanto Jenny como el hombrecito parecían inmunes a sus suplicas. El cuchillo seguía rasgando la piel. Y es que no era tanto el escozor, sino lo que provocaba tanto pavor en él era el saberse objeto de algo anómalo, oscuro y demoníaco. Era el hecho de saberse sacrificio en algún rito satánico.
Aún así siguió luchando. Se debatió contra las cuerdas y gritó hasta que la garganta se le puso seca; había vecinos en las casas de al lado, a lo mejor si alguien lo oía, quizá…
Algo emitió un leve crujido muy cerca de su oído derecho. Giró la cabeza, esperanzado. En efecto, el traquido había venido de la tabla a la que tenía amarrada la mano derecha, tanto forcejeo había debilitado la tablilla. Respiró hondo, y haciendo un último esfuerzo tiro con furia.
La madera terminó de quebrarse con un sonoro crujido. Jenny dejó de cortar y se volvió, espantada. El puño liberado de Barry le dio de lleno en el rostro, y cayó, debatiéndose con el dolor y la semiinconsciencia. El hombrecito reaccionó sobresaltado, cogió un bate de béisbol que tenía al lado, y corrió a su encuentro. Pero Barry había atrapado el cuchillo de Jenny, cortó la cuerda de la mano izquierda y logró apartarse justo antes de que el bate impactara de nuevo en su cabeza. Porque a Barry no le cabía duda de que ese bate era el que lo había dejado sin conocimiento hacía rato. Después cortó con rapidez las ataduras de sus tobillos y se puso de pie aprisa, evitando con ello otro golpe del bate.
El hombrecito lo miraba entre consternado, furioso y atemorizado. Quienquiera que fuera, era muy seguro que aquello no entraba entre sus planes.
—¿Quién eres? —demandó Barry—. ¿Qué hiciste con mi sobrino?
El hombrecito bufó y le tiró un jarrón viejo que había en unos estantes junto a la pared. Barry lo esquivó no sin dificultad, el jarrón era grande y llevaba mucha fuerza, más de la que era normal en una persona tan pequeña. Se vio en la necesidad de tirarse a un lado para esquivar otro porrazo del bate. Se levantó dando traspiés y se protegió con un viejo taburete, evitando así por poco un tercer golpe.
—¡Mujer, de pie! —chilló el hombrecito, con aquella voz sobrenatural— ¡Ayúdame a reducirlo!
Sin embargo, no obtuvo respuesta. De reojo Barry constató que su cuñada había perdido el conocimiento. ¡Tan fuerte la había golpeado! Bah, qué importaba. Lo merecía la muy zorra. ¡Mira que seducirlo a uno para luego hacerlo objeto de un rito oscuro! Los ojos de Barry se abrieron por el horror y la sorpresa cuando vio en dónde lo habían tenido atado. Con sangre, muy posiblemente su sangre, habían dibujado una amplia estrella de seis puntas y a él lo habían puesto en el centro, rodeado por doce velas, una en cada punta y otra en cada intersección, allí donde se juntaban las líneas para formar la estrella. La vela número trece ardía atrás de donde había estado reposada su cabeza. Descubrió que en su pecho poco faltó para que le tallaran una segunda estrella. ¿Qué demonios habían tenido pensado hacer con él?
El hombrecito le lanzó el bate. Barry se agachó y el garrote pasó zumbando sobre su cabeza para chocar con un armario. El hombrecito, como una araña, empezó a correr por las paredes y el techo y empezó a lanzarle todo lo que hallaba a su paso. Barry volcó una mesa y se parapetó tras ella, girándola a medida que el ser se movía por el sótano. Tenía que salir de allí. Lo que fuera esa cosa él no estaba capacitado para lidiar con ella. Su mejor opción era retirarse.
Aprovechó un cese del fuego y corrió hacia las escaleras. Pero el hombrecito salvó la mitad de la estancia de un anormal salto y se plantó en ellas. Luego embistió a Barry. Ésta vez fue tan rápido que Barry no lo pudo esquivar. Cayeron al suelo y rodaron sobre los sucios tablones mientras luchaban. El hombrecito le golpeó el vientre, le rasgó el pecho e intentó hacerle perder el conocimiento golpeándolo en la cabeza. Barry, sin saber bien qué hacer agitó las manos y las piernas, gritó, golpeó y…
El hombrecito dejó de moverse. Algo cálido empapaba la mano derecha de Barry. Se desembarazó del diminuto cuerpo de su sobrino y vio que lo había apuñalado en el vientre. ¿Lo habría matado? No, el frágil pecho subía y bajaba de forma acompasada. El niño abrió los ojos, eran sus ojos, no los del ser que lo había poseído. Barry sintió un ramalazo de miedo, dolor y culpabilidad.
—¿Por qué me duele el vientre, tío? —preguntó el chiquillo. Era su voz, una voz tierna, débil y dulce.
«¿Qué he hecho?». Nada. La cosa en el cuerpo de su sobrino lo había atacado, él solo se había defendido. No tenía por qué sentirse culpable. Sin embargo era su sobrinito, y él lo había apuñalado.
«Un hospital»
Claro. Debía llevar a su sobrino al hospital.
—¡Estarás bien! —le dijo al niño.
Lo alzó en brazos y subió aprisa las escaleras. Se volvió una única vez para ver a Jenny. La mujer seguía inconsciente. ¿Será que era una bruja o sólo una víctima? Lo averiguaría más tarde, ahora lo importante era su sobrino.
A la carrera subió a la habitación de Jenny, se puso la ropa, se limpió cualquier rastro de pelea y salió pitando al hospital. Allá trasladaron al niño a emergencias y pusieron manos a la obra. Hasta que supo que su sobrino estaba fuera de peligro se permitió un respiro. Fue a la cafetería, se pidió café y pan y se dedicó a meditar todo lo que había sucedido esa rara noche.
La luz del sol matutino penetraba por las ventanas cuando apareció Jenny. Barry casi escupe el café por la impresión. Que desmejorada se veía. Había tenido tiempo para asearse y cambiarse de ropa. Sin embargo tenía ojeras y se le notaba un gran cansancio. ¿No lo iba a atacar allí verdad? Jenny caminó hacia él, arrastrando los pies. Tomó asiento y pidió un café. Después de que le hubieron entregado el café habló:
—Gracias —dijo—. Pregunté por Tommy y me dijeron que se encuentra bien.
¿De verdad era su cuñada o es que a ella también la poseía un demonio?
—Tommy sólo era una víctima en todo este asunto —dijo él—. Tenía que salvarlo.
—Y te doy las gracias de nuevo por ello. Y perdóname por lo que sucedió —de pronto parecía a punto de echarse a llorar—. No tenía opción. Si no hacía lo que me ordenó dijo que mataría a Tommy. Tuve que elegir entre tú y mi hijo. Ya sabes qué decisión tomé.
—¿Qué era? ¿Quién era? —preguntó Barry.
—No lo sé. Un espíritu, un demonio, no me lo dijo. Se aprovechó de que Tommy es un niño débil y tomó posesión de él. Pero lo que de verdad quería era un cuerpo fuerte, adulto, tú cuerpo. Para poseer un cuerpo de esa naturaleza dijo que había que hacer un rito, era lo que íbamos hacer contigo.
—¿Y lo del cuarto? ¿Lo de seducirme?
—Dijo que había que atraparte dentro de un círculo de trece velas y que si lo hacíamos justo después de un orgasmo sería mejor, así tú alma estaría débil y sería más fácil expulsarte de tu cuerpo.
—Entiendo.
La verdad era que no entendía nada. Esa mujer había intentado expulsar su alma de su cuerpo para entregárselo a quién sabe qué cosa, pero aún así no sentía más que lástima.
—¿Entonces te acostaste conmigo sólo porque te obligaron? —¿A qué venía esa pregunta?
Jenny sonrió con amargura.
—A pesar de la situación —su sonrisa se volvió picara— creo que lo disfruté. Si te parece podemos repetir esa parte.
—Pero de nada de velas, ¿eh?
¿Qué demonios le pasaba? Había estado a punto de perder el alma y coqueteaba con la mujer que lo iba a hacer. Era un remedo de idiota. ¿Pero qué le iba a hacer?
—Nada de velas —acordó Jenny.
—De acuerdo. Ahora que estás aquí quizá puedas encargarte de Tommy un rato. Necesito un baño.
—Descuida, lo cuidaré. Ah, ¿por qué está aquí?
—Es sonámbulo, bajó a la cocina y sufrió un accidente con un cuchillo —era lo primero que le había venido a la mente cuando le preguntaron qué había ocurrido.
Jenny asintió.
—Hasta luego.

Horas más tarde, Jenny subió a la habitación donde tenían a Tommy. El niño dormía plácidamente. Un espeso vendaje le rodeaba el vientre. Su respiración era lenta, normal. Jenny sintió deseos de llorar. Su pequeño. Lo adoraba. No iba a permitir que nadie le hiciera daño. Haría lo que fuera para mantenerlo a salvo.
Se acercó con lentitud, se sentó despacio en uno de los bordes de la cama. Le mesó el cabello. Cuán dulce y tierno era. Bajó la cabeza y depositó un cálido beso en su frente.
El niño abrió los ojos; rojos, intensos, malignos. Jenny iba a retroceder, a gritar, pero dos pequeñas y fuertes manos le aprisionaron la garganta.
—¡Fallaste! —acusó la voz—. Haré que tú hijo pague por ello.
—No —logró articular Jenny. El hombrecito la soltó—. No, por favor, no. John, mi cielo, no hagas daño a mi hijo. Es nuestro hijo. ¿Cómo puedes ser tan desalmado?
—Ardo en el infierno Jenny. Mi alma está condenada. Pero quiero salir de allí…
—Lo haremos. Cariño, lo haremos. Lo intentaremos de nuevo, esta vez no fallaré. Pero tendremos que buscar a alguien más, tú hermano no volverá a caer. Estaremos juntos de nuevo, como la familia que somos, te lo prometo.
—De acuerdo —aceptó su fallecido esposo—. Pero date prisa, mi paciencia se agota. Si no me encargaré de que estemos juntos en un lugar más caluroso.
—Lo haré.
En esos momentos entró un joven doctor. Tommy se recostó de nuevo y los ojos rojos desaparecieron. Era un doctor muy apuesto y alto.
—Te gusta tú doctor, hijo —preguntó Jenny, recuperada la compostura.
—Me encanta, mami —respondió la infantil voz del niño.
—¿Qué te parece si lo invitamos a cenar uno de estos días? Después de todo es tú salvador.
—Sí él puede, yo encantado.
—Será un placer —dijo el doctor que de inmediato se percató de lo guapa que era esa mujer.
El hombrecito sonrió.

Fin…

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