Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

17 de noviembre de 2014

Un sueño aterrador

El ser que no tenía nombre descendió de la cima de la montaña. Era un descenso abrupto y desigual, el aire era frío y cortante, pero su piel gruesa y sus extremidades terminadas en garras lo facilitaban todo. Allá abajo había una villa, no muy grande, pero que estaba repleta de carne, suculenta carne. ¡Esa noche tenía mucha hambre!
Descendió sobre la ladera sur de la alta montaña y llegó al pie de un pequeño bosquecillo que la luna llena iluminaba majestuosamente. Más adelante había granjas y más allá, el centro del pueblo. Se sumergió en el bosquecillo y corrió veloz. El olor a árboles mohosos, a agujas de pino, a animales muertos inundaba el aire. Mas no vio ningún ser vivo, a excepción de unas cuantas ratas. Todos los demás lo olían a él, y fuera lo que fuera que olieran, los hacía alejarse deprisa. A él no le importaba, esa noche no quería carne de animal. Esa noche quería algo más.
Siguió corriendo sobre el manto de hojas muertas del bosquecillo y llegó hasta una de esas cosas que los humanos llamaban “cercas”. ¿Cómo lo sabía? No tenía ni idea. A veces se sorprendía de todas las cosas humanas que identificaba y nombraba tras solo verlas. Incluso había ocasiones en que consideraba la posibilidad de tener un pasado humano. Lo cual era una tontería. Aunque la idea cobraba fuerza cuando trataba de recordar su pasado. Pero ahora eso no venía al caso.
Se paró en las patas traseras y posó las manos en la cerca. En el interior estaban echadas un montón de vacas. Eran deliciosas esas criaturas, pero lo eran más quienes las pastaban. El ganado debió percibir su efluvio porque todas se pusieron de pie y empezaron a balar y a moverse alocadamente. Un momento después los perros empezaron a ladrar. Adelante se vislumbraba la silueta de una casa, si había humanos allí, no tardarían en salir, alarmados y con un tubo escupe fuego en las manos. Para ese artefacto humano sí que no tenía nombre. Eran peligrosas esas cosas, quemaban allí donde golpeaban y si uno no se andaba con prisas, acababa muerto. Esa era la razón de que no se acercara a menudo a aquellos lugares atestados de gente. Pero esa noche sus deseos eran irresistibles, además de que tenía completa seguridad de que nada podría ir mal.
Los humanos no tardarían en salir. Ya sabía lo que harían. Esa noche los iba a sorprender. Se deslizó al interior de la cerca y se perdió en la noche.

Darío despertó de a poco, como volviendo de un estado de inconsciencia. Lo primero que percibió fue el ladrido de los perros, después la intranquilidad del ganado y los balidos lastimeros. El sueño se esfumó de un plumazo y se puso de pie de un salto. «¡Lobos!», fue lo primero que pensó.
—¡Ana, despierta! —bramó al tiempo que corría por la escopeta.
Su mujer, regordeta y de lacio cabello pelirrojo, igual que el suyo, se levantó con prisas. Que Darío la despertara a mitad de la noche no implicaba buenas nuevas. Encendió la lámpara que siempre estaba cerca del lecho y se vistió con un camisón de forma mecánica.
—¿Qué sucede?
—¡Lobos! —respondió Darío mientras cargaba la escopeta—. Los malditos están atacando las vacas.
—¿Estás seguro?
—¿Quién más sino, mujer? —replicó.
Los malditos lobos bajaban de vez en cuando, y aunque no siempre conseguían darse un banquete con una de sus vacas, casi siempre herían a más de alguna. Pero esa vez no sería así. Hacía una semana había comprado una de esas escopetas, salidas al mercado no hacía mucho y demasiado caras y raras para que un granjero común pudiera permitírselas, pero tras ahorrar durante algún tiempo, Darío había reunido el dinero suficiente para comprarse una. Esta vez las fieras se llevarían una desagradable sorpresa. Nada de arcos, azadas o machetes, ésta vez no. Después de esa noche dudaba que los lobos volvieran.
—No lo sé —dijo su mujer a la vez que sacaba un machete de debajo de la cama—. ¿Escuchas eso? —Era lógico que el dinero no había alcanzado para dos armas de fuego.
—Pues claro que lo oigo, mujer, no estoy sordo.
—¿No te das cuenta? Los perros ladran como asustados y no enrabietados y las vacas están aterradas.
—Serán comida de lobos si no nos movemos, ¿Qué quieres qué hagan? ¿Que bailen y canten?
—¿Y los perros? —inquirió su mujer.
—Unos cobardes.
Su mujer bufó.
Había olvidado lo supersticiosa que era su mujer. Si en esos momentos le preguntaba de qué se trataba entonces, seguro le diría que un monstruo o demonio era quien se movía entre su ganado. Menuda tontería.
 —Mejor haz algo útil y alúmbrame con la lámpara —ordenó Darío.
Ana levantó la lámpara de aceite con la mano izquierda mientras con la otra empuñaba fuertemente el machete. Al alzar la lámpara la luz llegó a todos los rincones de la habitación y Darío se encaminó hacia la puerta. La abrió justo antes de que llamara Sofía, su hija mayor. Con ella estaban Jaime, el de en medio y Vanesa, la menor, con sólo siete años. Los tres eran unos bellos pelirrojos. ¿Qué hacían despiertos y a las puertas de su dormitorio?
—¡Papito tengo miedo! —chilló Vanesa abrazándolo por la cintura.
El rostro de los otros dos denotaba el mismo temor, aunque como ya estaban creciditos temían decirlo de buenas a primeras. ¡Así que era eso!
—No os asustéis niños —les dijo, usando la voz segura de padre—. Afuera sólo andan lobos queriendo comer nuestro ganado. Voy a demostrarles que se metieron con el granjero equivocado.
—No son lobos —el que se atrevió a hablar fue Jaime, su pequeño de doce años, pronto dejaría de ser niño—. Lo que anda allí afuera es cualquier cosa menos un lobo. Lo sentí deslizarse tras mi habitación padre, me asomé a la ventana y vi un animal a cuatro patas pero muy diferente a un lobo.
—Lobo, león o lo que sea, voy a matarlo —sentenció—. Quédense aquí y no salgan por nada del mundo, vuelvo en un instante.
Sus hijos quisieron detenerlo, al parecer los tres creían que lo que rondaba su propiedad era un monstruo, pero en la casa su palabra era ley, así que se quedaron dentro y él salió solo acompañado por su mujer.
El aire fuera era frío, más frío de lo normal en una noche de fines de otoño, una brisa aún más fría barría el suelo de norte a sur y en lo alto señoreaba la luna llena, tapada en aquellos momentos por nubes que la cubrían como una capa de oscuridad. Pero había algo más, algo que no debía estar allí y que inquietaba a Darío. Ese algo era como un olor, como una sensación, como la percepción por los sentidos de algo anormal.
—Este frío no es normal —mencionó su esposa.
—Es media noche —dijo Darío—, por supuesto que es normal.
Aunque a decir verdad, ya no estaba tan seguro.
Al verlo salir por la puerta, los tres perros que poseía se volvieron y corrieron en medio de lúgubres quejidos. Se detuvieron junto a él y su esposa y se arrimaron a ellos en un espectáculo lastimero de miedo y cobardía. Darío soltó una patada y una imprecación al que se acercó a él.
—Vamos a ver el ganado —dijo a su esposa. Ésta alzó un poco más la lámpara, hizo una mueca y lo siguió.
La cerca del ganado empezaba unos cien metros más allá. Al acercarse a ella Darío se percató de que la inquietud del ganado había cesado considerablemente. Aún se removían inquietas, y lanzaban uno que otro balido lastimero, pero por lo demás parecía que lo que fuera que las hubiera alterado tanto ya no se encontraba cerca, al menos no mucho. Así que los lobos se habían marchado, mejor que mejor.
Llevaba alzada el arma, lista para dispararla, pero tras comprobar que no había ninguna figura extraña entre sus reses, se permitió bajarla y exhalar un suspiro de alivio.
El grito provino de la casa.
Los hombros de Darío se tensaron y alzó el arma instintivamente. Miró a su esposa, ella también lo había oído. El más profundo temor se adivinaba en sus ojos. Un segundo grito siguió al primero, y luego otro. Un instante después todo era gritos y alaridos. Para ese entonces, Darío ya corría como alma que lleva el diablo a la casa con su esposa pisándole los talones.
Cuando llegó a la puerta de la casa, los perros aullaban y ladraban frenéticamente mientras rascaban la puerta de la casa. Por fin habían cogido algo de valor y ahora intentaban entrar.
Darío los hizo a un lado sin contemplaciones y abrió la puerta de un empellón. En el interior todo estaba oscuro. No veía más que sombras negras. Sin embargo fue suficiente. El corazón se le encogió. Una de las sombras era más grande y más gruesa que cualquiera de sus hijos. Darío apuntó y disparó. La sombra soltó un aullido y saltó por la ventana.
Su esposa llegó tras él e iluminó la estancia con la lámpara. Darío se sintió desfallecer: la escena que tenía enfrente era lo más horrible y sangriento que había visto en su vida, y los quejidos doloridos; lo más triste que había llegado a sus oídos. Sus tres hijos estaban tirados en el suelo, desgarrados y ensangrentados. El piso era un charco rojo en el que la luz de la antorcha danzaba mortecinamente. A Jaime le faltaba un brazo y tenía la ropa hecha jirones y marcas de zarpas en el resto del cuerpo; se miraba el muñón con ojos desorbitados. Sofía jadeaba entrecortadamente y trataba de forma inútil volver a meterse las tripas en el vientre. Y Vanesa, su pobre Vanesa, a ella le faltaba la mitad de la cara, como si se la hubiesen quitado de una mordida.
Darío cayó de rodillas, impotente, incrédulo ante tan macabro espectáculo. ¿Qué monstruo era capaz de cometer semejante atrocidad? Habían acabado con su vida de un plumazo. Ana gritaba como loca tras él y se puso a maldecir a los perros cuando éstos se acercaron a Sofía y empezaron a morderle los intestinos.
«¡Una pesadilla! ¡Tiene que ser una pesadilla!» sollozó mentalmente. Pero no lo era, estaba seguro de ello.
Escuchó un movimiento a sus espaldas. Los ojos de Sofía se desorbitaron y gritó con su último aliento mientras señalaba hacia las espaldas de Darío. El granjero se revolvió con rapidez y disparó su escopeta justo cuando el monstruo caía sobre él. El disparo acertó al pecho del monstruo, que estalló como una granadilla madura salpicando de sangre y carne a Darío. El monstruo se desplomó y se quedó quieto. Apenas un leve temblor en las extremidades y el movimiento de los ojos denotaban que aún seguía con vida.
Darío se limpió los restos del rostro y suspiró, mezcla de alivio y de terror.
Invitó con un gesto a que Ana iluminara al ser y lo escudriñó. Era una criatura enorme, parte animal, parte humano y parte demonio. Su piel era negra, lisa y gruesa, su cabeza asemejaba la de un lobo pero con ojos rojos y muy humanos, y sus pies y manos terminaban en grandes y negras garras. El monstruo movía los ojos y parecía esforzarse por mover el resto de su cuerpo, pero el disparo había sido certero y la vida se le escapaba.
—Dame el machete —ordenó Darío a Ana—. Voy a terminar con este monstruo.

El ser que no tenía nombre sintió miedo por primera vez en su vida cuando el hombre de cabello pelirrojo tomó el machete que le tendía la mujer. Los fogonazos del tubo escupe fuego le habían dolido y aturdido, pero todo había sido tan rápido que no le habían dejado tiempo para sentir temor. Ahora sí disponía de ese tiempo, y descubrió que el miedo era una sensación horrenda.
El hombre rodeó su largo cuerpo con pasos pequeños y pausados, tenía los ojos anegados en lágrimas y el rostro contraído en un rictus de dolor y rabia. Al parecer el hombre sufría porque sus tres vástagos estaban próximos a morir. El ser que no tenía nombre estaba feliz por ello, había matado a tres dulces criaturas y los habría comido de no ser por el pronto regreso del hombre y su tubo escupe fuego. Se había confiado demasiado, era su culpa.
El hombre llegó a la altura de su cabeza y alzó el machete con gesto amenazador. Con hondo horror el ser que no tenía nombre descubrió que el humano pretendía decapitarlo. No, no, no. Eso no podía ser. Él no podía morir allí. No debía morir allí. Aún tenía muchas vidas que cegar. Intentó mover las piernas una vez más, pero no le respondieron. Hizo lo mismo con los brazos, con idénticos resultados. Se debatió, luchó, intentó huir, pero era imposible. La parte filosa del machete empezó a descender, directo a su garganta.
¡Era su fin! Lo era. No podía escapar. No iba a escapar. El machete siguió descendiendo, y cuando estaba a punto de tocarle la piel del cuello…
El ser que no tenía nombre se levantó. A su alrededor todo estaba oscuro. El miedo le atenazaba las entrañas. Se revolvió en el lecho, temeroso de que el hombre pelirrojo estuviera frente a él sujetando un machete. Pero no estaba. Todo había sido un mal sueño. Se encontraba en su cueva, en lo alto de la montaña. Y en frente, trabados en burdos e improvisados ganchos, pendían cinco cuerpos humanos de pelirrojo cabello. El ser que no tenía nombre suspiró aliviado, había sido solo una pesadilla.

2 comentarios:

  1. me pongoo de pie y me kito el.sombrero valla relato q nos regalas hoy es.buenisimoo me encantoo por el final inesperadoo enserio mis respetos att kary

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    1. Jeje, gracias por tus halagadoras palabras Kary. Me alegra que te haya gustado y, sobre todo, sorprendido, esa era la intención.

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