Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

26 de noviembre de 2014

El misterio del cráter


La explosión se produjo a la una de la madrugada.
Yo dormía plácidamente, soñando que Arelí Durán me decía que me amaba. Sabía que era un sueño, pero no por eso dejaba de ser algo lindo. El estruendo de la explosión hizo añicos mi ensoñación, haciéndome despertar aterrado y con el corazón a mil por minuto. La tierra tembló, como si fuera a resquebrajarse y se fue apagando paulatinamente. El eco de la explosión perduró en mis oídos unos minutos más.
¡Estaba aturdido! ¿Qué había ocurrido?
Cuando la tierra dejó de vibrar, oí ruidos de pasos en la casa y las luces empezaron a cobrar vida. También me levanté, encendí las luces de mi habitación y me vestí con prisas.
El sismo, sí es que lo era, no había provocado en casa mayor daño que unas bajillas rotas y una tiradera de objetos varios. En la sala se habían caído unos trofeos ganados hace tiempo y una de las bocinas del aparato de sonido se había roto al caer de los estantes.
El resto de la familia, mis padres, mi abuelo y tres hermanos, estaban fuera, conversando nerviosamente con los vecinos. Al parecer, todo el pueblo se había levantado. Y no los culpaba.
—…la casa de los Johnson se vino abajo —comentaba con visible temor el viejo Elías—. Y no fue la única. Al parecer el sismo fue más fuerte en el sur del pueblo. Hay muchos muertos y heridos.
No fueron pocas las mujeres que ahogaron una exclamación a la vez que se tapaban la boca con las manos. Y, a decir verdad, también hubo uno que otro hombre que las imitó, aunque al darse cuenta de lo que hacían rápidamente adoptaron una actitud más serena.
—Debemos ir a socorrer a todas esas personas —dijo mi madre.
—Es lo que les iba a decir —dijo el viejo Elías.
—Llevaré mi camioneta —anunció mi padre—. Habrá que llevar a los heridos a la ciudad.
Las siguientes horas se sucedieron en medio de un frenesí calmo e irreal. En un principio se temía una réplica del sismo, como suele suceder en estos casos, y los vecinos, incluido yo, entrabamos a las casas con temor reverencial. Y aunque no nos sentíamos cómodos penetrando en viviendas medio derruidas, era nuestro deber hacerlo, ya que no eran pocas las personas que atrapadas entre los escombros gemían de dolor o gritaban pidiendo auxilio. Cumplimos con nuestro deber, como buenos vecinos que éramos. Incluso llegué a entrever a la hermosa Arelí ayudando a una niña. ¡Qué hermosa era! Inclusive con el cabello enredado, la ropa sucia de hollín y el rostro tiznado y sudoroso. Descubrió que yo la observaba y me sonrió. Era lo más que obtendría de ella.
El alba nos encontró aún atareados. Los heridos de gravedad hacía horas que habían sido trasladados al hospital de la ciudad en varios camiones, pero aún teníamos con nosotros a muchos otros que no precisaban de un hospital pero que sin embargo no podíamos dejar sin atender. Además de ellos se hallaba el asunto de los cadáveres.
El recuento hasta esas horas era de veintisiete muertes: ancianos, adultos y niños, la catástrofe no había escogido. Y aún había varios desaparecidos, en las partes impenetrables de las construcciones imaginábamos, pero por ellos ya nada podíamos hacer nosotros. La policía, bomberos, equipos de rescatistas y científicos venían en camino. Ellos se encargarían de encontrarlos en cuanto llegaran.
A eso de las nueve de la mañana por fin nos pudimos dar un descanso. Casas de amigos y familiares hacían de albergues para los que habían quedado sin hogar, así como la parroquia y el salón social. Los cadáveres estaban siendo tratados en la morgue del pueblo y se había preparado un sepelio general. La ayuda venida de la ciudad recién había llegado y había relevado a los vecinos en los asuntos aún pendientes.
Con el descanso vino el tiempo para pensar. Y yo me encontré preguntándome qué había ocurrido realmente. Un terremoto, era lo más lógico, pero estaba el asunto de la explosión, una explosión demasiado fuerte para ser natural.
Hallábame en los lindes meridionales del pueblo, observando sobrecogido el desastre que allí había acaecido y cavilando sobre el percance, cuando vi aparecer en lontananza un puntito en una colina. El puntito se desplazó en dirección al pueblo y en poco más diez minutos llegó hasta donde me hallaba yo.
Era Bryan, un muchacho al que conocía de las cascaritas que nos echábamos en el campo. Llegó jadeante, envuelto en sudor y la total consternación.
—Al sur… —dijo, tomando aliento— un agujero… monstruoso… no es normal.
—A ver —le dije—, descansa un minuto, recupera el resuello y después me cuentas con más calma.
Bryan asintió, agradecido. Al cabo de dos minutos, visiblemente más descansado, habló:
—Dos kilómetros al sur hay un enorme cráter —dijo, señaló hacia el sur—. ¿Ves lo oscuro que se ve hacia allá?
Miré. Bryan tenía razón. No sé por qué no había reparado en ello, quizá se debía a todo el trajín en que me había visto envuelto. Pero sí, al sur, algo oscuro y castaño flotaba en el aire, como si emergiera del mismo bosque sobre el cual se alzaba.
—¿Qué es pregunté?
—Polvo. Algo muy raro sucedió allí. Hay un enorme agujero, de al menos trescientos metros de diámetro, y lo que ves en el cielo no es otra cosa que polvo.
—¿Lo que causó ese agujero fue la explosión? —Planteé.
—Es lo que yo pensé. Y el terremoto puede ser resultas de la explosión.
Cavilé un instante. Era muy posible. ¿Pero qué podía haber ocurrido allí capaz de hacer un agujero de semejantes dimensiones?
—¿Vistes lo que provocó el agujero?
—No. Hay mucho polvo, la mitad de los árboles han caído y… además tenía miedo.
—Está bien. Hay que comunicar tu descubrimiento a la gente que vino de la ciudad.
Bryan asintió y juntos emprendimos el regreso hacia donde sabíamos los científicos habían instalado su cuartel para estudiar el sismo.
¿Un agujero de más de trescientos metros? Aún no lo creía del todo, pero también intuía que Bryan no mentía. Y si era cierto, qué lo había hecho: ¿un cometa o meteorito? ¿Algún arma del gobierno? ¿Un atentado terrorista? ¿Visitantes externos? Sacudí la cabeza y dejé de atormentarme con el tema.
A mitad de camino nos detuvimos por algo que nos llamó la atención. Un par de helicópteros sobrevolaron sobre nuestras cabezas y se alejaron dirección sur.
—Creo que ya no es necesaria la información que tenemos —dije a Bryan sin apartar la vista de los helicópteros.
—Dentro de poco sabremos qué ocurrió realmente —meditó Bryan.
Nos despedimos con un cabeceo y cada quien partió hacia su casa.
A tres manzanas de mi casa miré a Arelí. Estaba sentada en los escalones del porche de la casa. Jefferson, un musculoso muchacho que ya iba a la universidad, la rodeaba con un brazo y ella se recostaba sobre su hombro. Sentí un nudo en la garganta, secretamente siempre había alentado un gran amor hacia Arelí, pero cómo iba a competir yo con eso: él era alto y yo más bien bajo, él era musculoso y yo esbelto, él iba a la universidad y yo apenas a preparatoria… Arelí me vio y me sonrió con calidez. Jefferson también me vio.
—Hoy te has comportado como todo un hombre, López —dijo el universitario, pero en su voz  no había nada de reconocimiento.
—¿Es qué podía hacer algo más? —repliqué.
No esperé respuesta, les sonreí, espero no haber reflejado todo mi ardor en esa sonrisa, y regresé a casa. Engullí unos sándwiches deprisa y me fui a tumbar a la cama, sin darme un baño siquiera.
Cuando desperté ya era de noche. Estaba agotadísimo, como si hubiese trabajado una semana entera, sin descanso. Mi único deseo era seguir tumbado y durmiendo hasta el aburrimiento. Pero la curiosidad pudo más y después de darme un baño salí para enterarme de lo ocurrido mientras dormía.
La información que recogí no esclareció mis dudas, sino todo lo contrario.
El número total de víctimas mortales alcanzó la bestial suma de treinta y seis personas; esa noche eran muchas las familias que llorarían. Los heridos quintuplicaban esa cifra, y, afortunadamente, no había ningún desaparecido.
Lo que realmente me dejó aturdido fueron las imágenes del enorme cráter que empezaron a pasar por la tv. El agujero medía trescientos cincuenta y siete metros de diámetro, informaron en el televisor, y según las investigaciones, fue producido por un meteorito de considerable tamaño. El punto central alcanzaba los setenta metros de profundidad, y, donde debería estar el objeto que produjo semejante agujero, no había más que polvo y tierra quemada, y nada de eso provenía del espacio exterior. Lo que dejaba una gran incógnita ¿Dónde estaba lo que produjo el cráter?
—Lo más probable es que se haya desintegrado tras el impacto —dijo uno de los científicos a la televisión. A lo que la periodista replicó:
—Si fue así ¿cómo es que los análisis realizados hasta ahora no revelan la presencia de partículas del espacio exterior?
—Es algo que aún estamos estudiando —fue la escueta respuesta del científico y que dio por terminada la entrevista.
El inmenso cráter, la nube de polvo que llegó a cubrir incluso al pueblo, y el desastre ocasionado en derredor, era una estampa impactante. Pero al fin y al cabo sólo era un desastre más, y yo estaba seguro de que lo superaríamos. Que los científicos, tras otros tres días de búsqueda y estudio, no encontraran el objeto que había provocado el enorme agujero, ciertamente, era algo inquietante, pero tampoco era algo que nos quitara el sueño.
Tras las ceremonias fúnebres de todos los fallecidos, el retorno de los heridos y la ayuda del gobierno para reconstruir al menos parte de lo destruido, el pueblo se sumergió en una especie de ensimismamiento, una especie de calma que precede a la tormenta.
Pasó una quincena. Las pesquisas de los científicos no habían arrojado luz sobre el misterio del objeto que había producido el cráter y abandonaron la investigación como caso inconcluso. El pueblo, poco a poco, empezó a volver a su ritmo habitual de vida y el sismo y el enorme cráter empezó a ser relegado en la cadena de prioridades.
Tres semanas después del percance, desapareció una pareja de novios. Nadie le dio importancia al asunto, excepto los padres de los chicos, pues se creía que se habían fugado juntos. Yo conocía al novio, se llamaba Steven, y no estaba muy seguro que fugarse con su novia fuera algo que él pensara últimamente. Pero bueno, quizá el sismo lo haya hecho darse cuenta que la vida puede acabarse en cualquier momento y que es mejor sacar partido de ella cuando se puede.
Para sorpresa de todos, la pareja de novios regresó dos días después. La excusa que dieron fue que habían decidido ir a echar un vistazo al cráter y se habían perdido. Pocos les creyeron.
Me choqué con Steven la tarde que regresó. Lo interrogué acerca de lo que había ocurrido en realidad. Me dio la misma respuesta que a los demás, pero antes me miró como si yo fuera un extraño y no sonó muy convincente.
—Aún sigo creyendo que de verdad se fugaron, pero que después se arrepintieron —le comenté.
Steven me vio con sorpresa, luego pareció aturdido.
—¿Por qué no se me ocurrió eso? —Musitó, más para sí que para mí—. A veces olvido todo lo que sé. —Y se fue, sin despedirse, como si yo no estuviera allí. Antes de perderlo de vista en una esquina se volvió y me gritó—: Si te apetece ir a dar una vuelta al cráter, llámame, descubrí algo que me llamó la atención. Te aseguro que esta vez no me perderé.
No dejó que respondiera porque se marchó.
Me quedé un momento rumiando al respecto. ¿Algo que llamó su atención? Debía ser algo muy raro y curioso, Steven no era de los que se dejaban impresionar por nada. Y además de rumiar sobre ese “algo”, también estuve pensando mucho en él, lo vi algo diferente, nervioso y con prisas, aunque quizá solo se debiera a la regañina que los padres de la novia le habían propinado.
Lo dejé estar, y decidí no darle más vueltas al asunto.
Dos días más tarde se perdieron por una noche dos jóvenes más, ésta vez ambos varones. Los padres de ambos chicos los buscaron en las cantinas y bares del pueblo y en casa de sus amigos. En casa de los Martens, una de las familias que vivía más al sur y que no había perdido su casa por el sismo, el pequeño Jonhy aseguró haber visto por última vez a los jóvenes en compañía de Steven. Al ser interrogado éste por unos preocupados padres, dijo haberse despedido de los muchachos en las lindes sureñas del pueblo y que no sabía qué habían hecho después. Y no le pudieron sonsacar más información. Por lo que supe, los padres de los desaparecidos pensaban que algo les ocultó, pero no presionaron más.
Los jóvenes aparecieron la mañana siguiente. Se les notaba algo desorientados y confusos, incluso parecían conmocionados y muchas cosas cotidianas los colmaban de asombro, pero por lo demás estaban bien. Cuando les preguntaron acerca de su paradero, argumentaron haber comprado dos botellas de whisky y quedarse dormidos en los lindes del bosque.
La cuestión empezó a tomar carices de extrañeza cuando la desaparición temporal de jóvenes empezó a sucederse con inusitada asiduidad. Desaparecían una noche, y aparecían a la mañana siguiente, alegando, cada vez, excusas más estudiadas. Yo empecé a intuir que algo andaba mal en el pueblo y decidí prestar un poco más de atención al asunto.  
Un mes después de la desaparición de Steven y su novia, había recopilado información acerca de otros treinta desaparecidos. Algunos de ellos eran amigos y otros sólo conocidos de vista. En los siguientes días llegué a conversar con casi todos ellos. Hablaban igual, gesticulaban igual y sabían las mismas cosas que antes, más, sin embargo, muy en el fondo, yo sentía que aquellos no eran los mismos.
Además, todos y cada uno de ellos tenía una excusa para su desaparición, y tras analizarlas me di cuenta que las de los primeros desaparecidos eran absurdas mientras que las últimas eran más concisas. Creía ver un patrón en ello.
Sin embargo, la peculiaridad que más llamó mi atención fue la frecuencia con que los veía reunirse, por lo general en grupos de no más de cinco a la vez. Era como si de repente fueran una hermandad. Y me llamaba mucho la atención porque en esas reuniones se juntaban personas que un mes antes no se podían ni ver, y ahora eran camaradas. No digo grandes amigos porque jamás en esas reuniones escuché risas, parecían más bien solemnes y alertas. Escudriñaban su entorno con suspicacia y cuando lo miraban a uno sólo transmitían una sensación de vacuidad.
¿Qué demonios había ocurrido con ellos? Al final de mis pesquisas llegué a la conclusión de que: o me estaba volviendo loco o algo, una fuerza extraña quizá, estaba influyendo en la vida de todos ellos. La primera opción la descarté nomás plantearla, yo no estaba loco. Eso dejaba sólo la segunda, que no era más tranquilizadora que la primera.
¿Pero qué podía ser?
Pensé que una buena idea sería contar lo que había descubierto a alguien más. Que otra mente rumiara al respecto además de la mía. Pero no lograba decidir quién. Mis padres me escucharían, me dirían que pensarían en ello y dejarían el asunto tal como estaba. Mis amigos (aquellos que no se habían unido a “la hermandad”) se reirían de mí. Y las autoridades me dirían que fuera con mis bromas a otro sitio.
Estaba recostado, en la loma de una pequeña colina al sur del pueblo, tratando de entender lo que estaba sucediendo en el pueblo cuando vi una sombra acercarse a mí. Me levanté de golpe, y me sorprendí mucho al ver a la dueña de aquella sombra: se trataba de Arelí Durán.
La muchacha me observó de arriba abajo, como estudiándome, con el rostro sereno. Por último, sonrió y se sentó a mi lado, no dijo nada durante un momento. Yo tampoco. Era la primera vez que la tenía tan cerca, al menos desde que éramos niños.
—Se está muy bien aquí —dijo al fin.
—Si —contesté. ¿Qué hacía ella allí?—. Es un lugar bastante tranquilo.
—Últimamente te he visto algo meditativo.
—¿Eh? —me sorprendí.
—Te veo a menudo —dijo—. Y te conozco, algo te preocupa.
¿Qué Arelí Durán, la chica de la que estaba enamorado desde hacía tiempo, me miraba, me conocía y quería saber qué me preocupaba? No sabía cómo reaccionar a eso. ¿Es que después de todo no era invisible para ella?
—Es por lo que ocurrió recientemente, ya sabes, el sismo y las muertes —mentí.
Ella sonrió, cómplice.
—Vi que afrontaste el desastre con mucho aplomo —dijo—, y lo que te preocupa no es eso. Hay algo más, lo intuyo. —Puso una mano en mi hombro, luego la deslizó hasta posarla en mi mano. Su contacto era cálido—. Cuéntame —pidió.
Y yo lo conté todo lo que había descubierto acerca de los que desaparecían una noche y aparecían a la mañana siguiente. Le confié mis temores y mis sospechas. Incluso agregué una nueva sospecha.
—Creo que todo tiene que ver con el cráter —confesé—. La mitad de ellos aparecen en esa dirección.
Arelí me miró durante un instante. Creí que deliberaba entre echarse a reír o darme una bofetada por semejante estupidez. Pero no hizo nada de eso, sino que asintió.
—Yo también he notado algo raro en ellos —me dijo—. Hasta ahora no había prestado demasiada atención, pero ahora que has mencionado todas esas peculiaridades, creo que tu teoría no es tan descabellada.
Sin saber por qué, me encontré sonriendo como un idiota.
—¿De veras? —pregunté.
—Sí. Y por eso creo que deberíamos ir a dar una vuelta al cráter, quizá podamos descubrir algo.
—No creo que sea buena idea.
—Claro que lo es —insistió. Se puso de pie, me tomó la mano y me levantó de un tirón—. Anda, vamos.
No me soltó la mano. Y sólo por ese contacto yo haría lo que me pidiera. Fuimos al cráter.
No logré llega al cráter. A mitad de camino, en el bosque, un grupo de personas nos salió al encuentro. Mi corazón se heló cuando vi que era un grupo de “los desaparecidos”.
—Lo hiciste más rápido de lo que esperaba —dijo una voz a mi espalda.
—El idiota está enamorado de la chica —respondió Arelí, con voz átona.
Comprendí demasiado tarde que Arelí pertenecía a su grupo. Iba a gritar y huir, pero algo me golpeó y el mundo se tornó oscuro.
Desperté mucho después.
Lo primero que sentí fue un vacío, la total carencia de todo. Quise llevarme la mano al rostro, pero ésta no obedeció. Veía, oía, olía, pero no gobernaba mis sentidos. ¿Qué demonios sucedía? Y sin embargo estaba sentado en una especie de camilla.
La puerta de la habitación en la que me hallaba se abrió. El ser que entró definitivamente no era alguien de este mundo. Era muy alto, verde y gelatinoso. Tenía cuatro manos, cola y rostro alargado y deforme.
—Ya despertaste —dijo.
Yo iba a responder, pero alguien se me adelantó.
—Se siente raro —dijeron.
El más hondo terror me aprisionó cuando descubrí que esa era mi voz. Alguien había hablado utilizando mi boca. ¿Pero cómo?
—Lo sé —dijo el alienígena. Porque había llegado a la conclusión de que el ser verde no era más que un extraterrestre—. Él todavía está allí. Tú controlas su cuerpo, pero él aún vive —tenía la impresión de que hablaban de mí—. Sabes que si lo matamos su cuerpo muere, y un cuerpo muerto no nos serviría, además de que se borrarían los conocimientos que te permitirán filtrarte en su sociedad.
—Entiendo. Pero es extraño, siento su presencia en un pedazo de mi mente.
—Te acostumbrarás. Ahora levántate y regresa con los demás al pueblo antes de que la ausencia de tú nuevo cuerpo se haga notoria.
—De acuerdo.
Mi cuerpo se puso de pie, salió de la habitación y descendió por la falda de una montaña, que no estaba lejos del cráter.
Intenté con todas las fuerzas recobrar el control de mi cuerpo, pero era imposible. Yo estaba allí, vivo, pero no podía hacer nada. Veía y sentía, oía, pero no gobernaba nada. ¡Oh, horror! El miedo más profundo se apoderó de mí, estaba atrapado, incapaz de hacer nada.
Lo que había causado el agujero no había sido un meteoro, sino una nave espacial. Ésta se había ocultado en el interior de la montaña y desde allí implantaban a los suyos en los cuerpos de los humanos. De alguna forma yo veía todo lo que sabía el ser que se había apoderado de mi cuerpo y viceversa.
Lloré al contemplar en la mente del alienígena lo que planeaban hacer con la humanidad. Y yo estaría allí, en primera fila, pero incapaz de impedir que sucediera.
Lloré, lloré y grité, si es que algo así se puede hacer sin un cuerpo físico.
Mi cuerpo descendió la montaña. Se reunió con los otros y juntos regresaron al pueblo. Todos llevaban la firme intención de conseguir más cuerpos.
¡Y nada podíamos hacer los otros! ¡Los que ya no teníamos cuerpos!

7 comentarios:

  1. LLevo un tiempo leyendo tus historias,, son muy buenas, interesantes y divertidas. Escribes muy bien, el hecho deque no comente muy seguido tus historias no significa que no te siga. Espero tu próima historia, un saludo desde Venezuela

    Ongie

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    1. Hola Ongie, gracias por comentar, por leerme y por decir que te gusta lo que escribo, es bueno saberlo. Puedes comentar cuando gustes, ya sea para aclararte alguna duda o lo que tu quieras. Saludos!

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  2. Ah y disculpa por la repetición del comentario, es que no sabía si se había subido correctamente.

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  3. siiiiiiiiiiiiiiiiii , yo tampoco no comento pero siempre siempre te leo , estoy al dia con las historias que publicas , sigue publicando mas seguido =) , m encantan tus cuentos .Marilu de Perú.

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  4. Siempre cuento con ello Marilú, sé que siempre estás leyéndome. De aquí en adelante procuraré publicar cada cuatro días, pero siempre surgen contratiempos, así que ya veremos. Un abrazo, eh!

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  5. ey q cuentoo he aunq ya ahi una pely muy similar EL HUESPED me la recordo muchooo un abrazo

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    1. Creo que he oído mencionar esa peli, que vos dices amigo, pero no recuerdo haberla visto. Así que cualquier parecido es casualidad. Jaja. saludos.

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