Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

21 de noviembre de 2014

El extraño inquilino

—¿Tenemos un trato, caballero? —preguntó su madre.
—Me parece que sí, señora Patricia —confirmó el sujeto que hablaba con la señora de la casa.
Era un hombre alto y desgarbado, de rostro enjuto y ojos hundidos. Vestía ropas oscuras y como tal era su presencia. Daniel no lo había visto sonreír en los más de quince minutos que llevaba con su madre, y no parecía que fuera a hacerlo antes de irse. En un primer momento Daniel lo había tomado por uno de los amantes de su madre, aunque ella negaba tener alguno, pero al final resultó ser uno de los pocos interesados en la habitación que madre había decidido rentar en la planta de arriba.
Su madre y el nuevo inquilino se estrecharon la mano y el caballero se marchó, no sin antes avisar que regresaría el siguiente día para tomar posesión de su nueva habitación
—Me pareció un sujeto algo extraño —comentó Daniel saliendo de la cocina desde donde había presenciado el desarrollo de la entrevista.
—¿Otra vez espiando? —inquirió su madre con nota de desaprobación.
Daniel se encogió de hombros. Le daba igual lo que su madre pensara. Desde que le perdiera el miedo ya no le importaba lo que su madre le dijera.
Doña Patricia, como medio mundo la llamaba, era una señora que rondaba los cuarenta y tantos años, y era alta, de piel tersa y de un lustroso cabello negro que le colgaba a la altura de los glúteos. La mayoría de sus amigos se referían a ella como una mujer bien preservada, cuando no buena, pese a su edad. Y no pocos, a espaldas de él claro, habían intentado llevársela a la cama. Daniel no sabía el resultado de esas intentonas. Ni quería saberlo.
—Me parece un tipo sombrío —dijo Daniel.
—Trabaja en una funeraria —apuntó doña Patricia—, quizá se deba a eso. Además, mejor que sea así, de ese modo no se meterá mucho en nuestras vidas. ¿No es eso lo que te preocupa?
Daniel sintió la ira y la vergüenza rebullir en su interior.
Padre había muerto hacía casi siete años, al rodar por las escaleras desde el segundo piso. La aseguradora le había dado una importante suma de cinco cifras a madre, pero ésta la había despilfarrado en muebles, lujos y muchos tratamientos de belleza. En menos de un año se había acabado ese dinero y se había abocado a todo tipo de amantes para mantenerse a flote. Ahora, aseguraba, que había puesto su propio salón de belleza, más la renta del cuarto superior, dejaría esos andares para evitar hacer pasar más vergüenzas a su hijo. Daniel dudaba que dejara de hacerlo, había llegado a la conclusión de que ella se revolcaba por placer y no por dinero, y ese placer no se lo proporcionaría nunca un salón de belleza.
—Sabes que no me importa lo que hagas o dejes de hacer —le dijo con acritud. Se dio la espalda y se dirigió a las escaleras para llegar a su habitación—. Trabaja en una funeraria —comentó sin más a mitad de los escalones—, eso me recuerda a padre.
No volvió el rostro, pero estaba seguro que madre había torcido el gesto.
«Perfecto —pensó con rabia—, eso le agriará el día».
Y en efecto su padre trabajaba en una funeraria cuando murió. Don Francisco había sido un señor afable, siempre tenía una sonrisa pronta para cualquiera y un gran estómago producto de las ingentes cantidades de cerveza que consumía y del cual brotaban sonoras carcajadas como el retumbar de un tambor. Pensar en su padre hizo sentir nostalgia a Daniel, pero pronto esta se vio desbordada por la ira. No ira por su padre, sino por su madre. Ella era la culpable de que padre pasara la mitad del tiempo borracho, ella era la culpable de que él la golpeara de vez en cuando, ella era la culpable de su muerte, ella y sus continuas infidelidades.
Recordó esa tarde de domingo, acaecida hacía casi siete años. Su padre volvía borracho como de costumbre, sólo que mucho más temprano. Daniel, con doce años en ese entonces, lo vio llegar mientras jugaba con su patineta en la calle, fue tras él mientras vociferaba y avanzaba a trompicones. Su padre entró a la casa dando un portazo mientras gritaba mil insultos a su madre, llamándola perra y asegurándole que ese día la iba a matar, a ella y a su amante. Ese día lo asustó tanto que no se atrevió a seguirlo y se quedó fuera, espiando por una de las ventanas del jardín.
A través de los vidrios de la ventana Daniel vio y escuchó a su padre vociferar mil insultos mientras tambaleante se ayudaba de la baranda para subir las escaleras. Su madre apareció en la cabecera de las mismas, vestida únicamente con una bata blanca. Al verla, su padre se abalanzó sobre ella, la cogió de las greñas y la tiró al piso. No era la primera vez que don Francisco le pegaba a su esposa, pero esa vez fue diferente. Daniel recordaba la ira y la locura centelleantes en los ojos de su padre, y el miedo en los de su madre. Padre golpeó a madre de manera inclemente, con los puños y con las botas. Daniel miraba todo, mudo de terror, agazapado tras una ventana. Padre se detuvo un momento y empezó a sacarse el cincho, pero estaba tan ebrio de rabia y alcohol que trastrabilló y madre sólo tuvo que levantarse a todas prisas y darle un leve empujón. La mole que era su padre dio con la crisma en los escalones y rebotó como una pelota hasta llegar al rellano inferior.
Lo que con más dolor recordaba fue cuando un minuto más tarde, un hombre salía de la habitación de sus padres y madre lo despedía con un beso en la boca mientras le recomendaba salir por la puerta de atrás. Padre había tenido razón todo el tiempo: madre era una adúltera.
Más tarde madre diría a la policía que padre volvía borracho y que la misma borrachera lo había traicionado haciéndole caer por las escaleras. Pero Daniel sabía la verdad. A veces la odiaba por eso, pero al final de todo era su madre. También era consciente que si madre no hubiese empujado a padre por las escaleras, lo más probable era que quien hubiera muerto fuera ella y padre hubiera terminado en la cárcel. Por lo menos aún tenía a madre. Pero nada de aquello hubiera sucedido si madre no fuera una libidinosa. 
Daniel llegó a su habitación, cerró la puerta de un portazo y se puso a leer una revista con el fin de dejar de pensar en madre, en padre, y en los aciagos recuerdos.

El nuevo inquilino llegó a media mañana del día siguiente. Daniel lo vio bajar del taxi desde la ventana de su habitación. Vestía de negro, con los botones del saco sueltos y una maleta en cada mano. El taxista se bajó y lo ayudó a llevar a la puerta una tercera maleta, ésta un poco más grande que las otras y de color marrón, las otras eran negras. Antes de llegar a la puerta el hombre alzó la vista y vio a Daniel que lo vigilaba, el caballero enarcó una ceja y se metió a la casa. Daniel rebulló nervioso, aquel gesto parecía algo anormal en un rostro tan solemne y sombrío.
Daniel bajó más tarde al comedor, pero no vio al sombrío inquilino por ningún lado. Al indagar a su madre se enteró de que el caballero se había encerrado en su habitación. Daniel se sintió aliviado ya que no albergaba la menor intención de interactuar con el extraño personaje. Así que devoró su almuerzo con avidez.
Tampoco lo vio por la tarde, y puesto que por la noche salió con los amigos, tampoco lo vio a esas horas. Durante los siguientes días tampoco vería demasiado al caballero ya que los horarios de ambos coincidían bien poco. Mientras que Daniel estudiaba durante el día, el sombrío inquilino estaba sacando una semana de turnos nocturnos. Inquilino que tras indagar con su madre descubrió que se llamaba Roberto.
Daniel no se hubiera preocupado mucho por el nuevo personaje que habitaba en su casa de no haber sentido una extraña inquietud cada que lo veía. El caballero, además de taciturno y poco comunicativo, por momentos emanaba efluvios casi familiares y Daniel pensaba en esos momentos que a ese tipo ya lo conocía. Pero desde luego esos pensamientos eran ridículos, no había forma de que conociera al sujeto. Otras veces en cambio, rebullía inquieto en cuanto entraba a una habitación en la que también estaba el caballero y se apoderaba de él un miedo casi reverencial. A la única conclusión que había llegado era que aquel sujeto no era una persona cualquiera. Quizá el trabajar con muertos en una funeraria tuviera algo que ver, pero Daniel intuía que se debía a algo más, sobre lo cual no tenía la menor idea.
En una ocasión, cuatro días después de que se mudara, Daniel salió una media hora antes de la universidad, y se cruzó con Roberto en la sala. El desgarbado personaje vestía de negro como era habitual en él y se mesó el cabello en cuanto vio a Daniel entrar por la puerta. Éste lo saludó con un seco cabeceo y siguió rumbo a sus habitaciones, un poco aturdido ya que aquel gesto le resultaba extrañamente familiar.
El sábado por la mañana Daniel se levantó bastante animado, la última semana había sido ardua en la universidad y se alegraba de tener un día para descansar. Pero esa alegría se minimizó en parte cuando al entrar al comedor se topó con Roberto revisando el refrigerador.
—Buenos días —dijo en cuanto vio a Daniel de pie en la puerta.
El sujeto se le quedó viendo de tal forma que Daniel se intranquilizó bajo su escrutinio. Por un momento se sintió medido, pesado y desmantelado en todas sus facetas. Rebulló inquieto y se obligó a devolver la cortesía al caballero para romper la incómoda situación.
—Buenos días —respondió, a secas.
Las comisuras de la boca de Roberto se tensaron, a modo de una media sonrisa. Al menos fue lo primero que pensó Daniel. Ese sujeto era en verdad extraño. Mientras que su aspecto y sus ropajes lo hacían parecer una persona adusta, en el mejor de los casos, muchos de sus actos desdecían esa opinión. Allí, frente a él, Daniel consideró la posibilidad de que todo fuera una fachada. Aunque rápidamente desechó el pensamiento, el tipo no tenía ningún motivo para ocultar su verdadera personalidad, ¿o sí?
—Has crecido, mucho —dijo el tipo con emoción en la voz.
Daniel sintió un escalofrío bajarle por la columna.
—¿Es que me conoce?
Roberto pareció sorprendido, incluso nervioso. Ésta vez fue el quien rebulló inquieto y cogió con desesperación una taza de café que tenía en la mesa.
—Discúlpame, hablé por hablar —y salió del comedor a toda prisa.
Definitivamente ese era un tipo muy particular.
Más tarde Daniel descubrió al tipo observando a madre. La señora podaba unas flores en el jardín mientras tarareaba una melodía y Roberto la vigilaba desde una ventana. Había corrido la cortina solo lo suficiente para ver por una rendija. Lo descubrió por casualidad, cuando aburrido de ver televisión en la sala subió a su habitación para vestirse y salir a dar una vuelta. Vio a Roberto asomado a la ventana, Daniel se ocultó en un pasillo y vigiló.
«A él también le gusta madre», pensó en un primer momento.
Pero tras un minuto de vigilancia descubrió que Roberto no miraba a doña Patricia con lascivia, ni siquiera con curiosidad. Daniel sonrió. Así que después de todo, madre no era monedita de oro.
Estaba a punto de abandonar su escondrijo cuando percibió algo más en el rostro solemne del hombre. Fueron gestos leves, casi imperceptibles, pero que dieron mucho que pensar al joven. Una leve tensión en los músculos de la boca, una contracción en los parpados y un leve temblor en las orejas. Por último, Roberto frunció el ceño, chasqueó la lengua y lanzó un escupitajo.
Daniel ahogó una exclamación, abandonó la vigilancia y se encerró en su habitación. ¿Era todo una casualidad? Por supuesto, que más podía ser. Debía estar loco para considerar siquiera la más remota posibilidad de que pudiera suceder algo así. ¡Sin embargo el parecido era tan grande!
Un momento más tarde Daniel oyó pasos en el pasillo frente a su habitación. La curiosidad pudo más que el miedo y se asomó al vano de la puerta para echar una ojeada a Roberto. Este caminaba a grandes zancadas rumbo a las escaleras, era la primera vez que Daniel veía al hombre caminar con prisas. ¡Y hasta en eso se parecía! El parecido de esas zancadas era casi aterrador.
Roberto echó una ojeada a sus espaldas y Daniel se apresuró a cerrar la puerta. Esperaba que no lo hubiera descubierto. Por un momento imaginó al tipo regresando con gesto grave, irrumpiendo en la habitación y propinándole un buen sopapo como hacía cuando metía la pata. Pero reaccionó rápido y se llamó estúpido por pensar tan grande tontería. Volvió a asomarse al pasillo y se permitió un suspiro cuando constató que el tipo ya no estaba allí. ¿Pero qué tonterías estaba pensando? ¿Roberto regresando y dándole un golpe como cuando era pequeño? Negó con la cabeza, restándole importancia al asunto y empezó a vestirse para irse de farra.  

El celular de Daniel marcaba las doce de la noche cuando uno de sus amigos lo fue a dejar a su casa. Se había tomado varias cervezas, y traía los sentidos algo embotados, pero aún no estaba borracho, no del todo. Se puso a tararear una canción mientras rebuscaba en el bolsillo la copia de la llave de la casa. Abrió la puerta y… una sombra se acercó por un lado. Sintió un golpe sordo en la parte de atrás de la cabeza y lo último que supo fue que caía al suelo.

Sintió algo frío en la cara, húmedo. Daniel se obligó a abrir los ojos. El resplandor de una bombilla eléctrica lo cegó por unos momentos. Tras acostumbrarse a la claridad pudo ver su entorno. Un grito iba a escapar de su garganta, pero algo lo contuvo. «Un pañuelo —se dio cuenta—. Tengo una mordaza en la boca. Pero ¿quién?». No sólo eso, tenía las manos atadas a la espalda y una soga le rodeaba la cintura y lo mantenía sujeto a un ropero de gruesa madera.
Entonces lo vio. Roberto estaba a un costado, sostenía una botella de agua en la mano, muy fría a juzgar por las gotitas en el exterior del envase. Sonreía de forma complacida.
—Ya despertaste —dijo.
Pero Daniel no era el único amordazado. En la cama, atada a los postes, estaba madre, vestida en ropa interior y con marcas de golpes en todo el cuerpo. El aspecto de doña Patricia era lamentable. Lo miraba con lágrimas en los ojos pero sin moverse. A juzgar por su actitud pasiva, derrotada, hacía ratos que se había dado por vencida.
Daniel no entendía que estaba pasando allí. Pero en lugar de actuar de manera desesperada decidió tomar la situación con calma. La conclusión más lógica era que Roberto estaba loco y tenía intención de matarlos. ¿Entonces por qué no lo remató cuando lo golpeó en la puerta? Bueno, a lo mejor era un psicópata que gustaba de quebrantar física y mentalmente a sus víctimas antes de asesinarlas. Si era así, ya lo comprobaría. Ahora lo importante era buscar una manera de escapar, pero sin precipitarse.
—¡No vas a debatirte! —Roberto parecía sorprendido—. Mejor que mejor, quiero terminar con esto de una vez —dejó la botella de agua en una mesita, cogió una daga y se acercó a Daniel—: Si gritas te rajo la garganta —amenazó. A continuación, desató el pañuelo.
Mientras Roberto deshacía el nudo Daniel tuvo tan cerca su rostro que estuvo tentado a darle una dentellada o mejor aún, a golpearle sus partes blandas con la rodilla, ya que Roberto no había considerado importante atarle las piernas. Pero no lo hizo. De hacerlo él seguiría atado y solo conseguiría que el tipo se precipitara en cualquier cosa que planease hacer. Sin embargo, lo que si empezó a hacer fue a tantear las amarras de las manos.
Roberto terminó de retirar el pañuelo y miró a Daniel a los ojos. Sonrió, una sonrisa cálida, y se dio media vuelta. ¡Esos ojos! ¡Esa sonrisa! No, no podía ser ¡Era absurdo!
—¿Cómo? —Balbuceó, aterrado y confundido— ¿Por qué?
Roberto se volvió de nuevo y le sonrió otra vez. Daniel tenía razón, aquella sonrisa era la de su padre. Es más, todo era de su padre, excepto aquel cuerpo desgarbado y aquella cara sombría que no encajaba del todo con la personalidad risueña de don Francisco. Enarcar una ceja era un gesto que padre hacía a menudo, mesarse el cabello, sus ojos, su sonrisa, chasquear la lengua y escupir con fuerza, aquellas largas zancadas… todo. Pero, ¿Cómo? Su padre había muerto hacía casi siete años. No, ahora que lo pensaba bien, padre cumplía ese domingo siete años de muerto. Y ya estaban en domingo.
—Volví para vengarme —la sonrisa desapareció de su rostro, reemplazada por un rictus de rabia y dolor— y para llevar a tú madre al infierno, lugar donde las zorras como ella deben estar. ¿Sabes el castigo que Dios deparó para las adúlteras como ella? —Apuntó con su daga a madre—. No, imagino que no lo sabes. Ni ella tampoco, pero pronto lo sabrá. Gusanos y serpientes repletas de espinas ardientes le reptarán por el coño toda la eternidad. ¡Toda la eternidad, hijo mío! —Los ojos de madre se abrieron desmesuradamente y por primera vez desde que Daniel estaba allí empezó a debatirse histérica. Gritos ahogados por la mordaza la acompañaban—. Sí, zorra, y eso no es todo. Hay más, mucho más para las mujeres como tú, pero dejaré que eso lo descubras en unos momentos.
—No —Daniel se sorprendió de que la voz le sonara tan calma—. Si de verdad eres mi padre resurgido de entre los muertos no harás daño a mamá… ni a mí —agregó cuando aquel rostro sombrío se volvió con los ojos centelleantes—. Mi padre no haría tal cosa.
—Pues las hará —sentenció—. Y no he resurgido de entre los muertos, el Gran Señor de la Oscuridad me dio permiso para tomar posesión de un cuerpo para llevar a cabo mi venganza, simplemente. A veces, cuando deseas algo con demasiado ahínco, se te presentan oportunidades.
—No —rugió Daniel. Sus dedos se movían sigilosamente tentando la cuerda para tratar de liberarse, pero sus avances eran nulos.
—Tranquilo, hijo —y aquí su sonrisa se volvió burlona—, a ti no te haré nada. Solo vas a ver, así como hiciste hace siete años.
Roberto, o don Francisco, apretó el cuchillo con fuerza y se encaminó hacia el lecho donde tenía a madre. Madre mató a padre, también era cierto que le había sido infiel y que era una zorra, pero seguía siendo su madre, y aquel ser con permiso para abandonar el infierno no era su padre; tenía que salvar a madre.
Roberto llegó junto a madre y los dedos de Daniel encontraron las vueltas del nudo que le sujetaba las manos. ¡Tiempo! Lo que necesitaba era un poco de tiempo, estaba seguro de poder deshacer el nudo, luego se zafaría de la soga que rodeaba su cintura y golpearía a padre con la silla que estaba en una esquina. Pero necesitaba unos cuantos minutos.
Madre soltó un gemido cuando la daga se hundió con fuerza en uno de sus muslos. Daniel apretó los dientes, con rabia, pero se obligó a mantener la calma. Padre volvió la vista hacia él mientras retorcía la daga sin sacarla de la pierna de madre.
—Mira lo que hago a tú madre —bramó—. Mira como hicisteis hace siete años cuando la perra de tú madre me asesinó.
—Fue un accidente —dijo Daniel—. Madre no tenía esa intención.
Padre rio como un demente. Sacó el puñal y lo clavó en la otra pierna. El bramido de dolor que luchó por salir a pesar de la mordaza fue sobrecogedor.
—¿El que sea una perra también lo es? —inquirió mientras retorcía la daga de nuevo.
—No, déjala —sin percatarse siquiera, Daniel estaba gritando—. Déjala, te lo suplico, nada obtendrás asesinándola.
—oh, sí, claro que obtendré algo: venganza.
Padre retiró el cuchillo del muslo de madre y lo volvió a alzar, apuntaba al corazón.
—No, por favor —chilló Daniel—. Por favor, detente.
Ya casi había deshecho el nudo, faltaba poco, una vuelta más y… el nudo cedió. La presión de las cuerdas aflojó y Daniel se las empezó a quitar a toda prisa…
Padre sonrió torvamente y la daga descendió brutal. La sangre empezó a manar del pecho y pintó de rojo el pañuelo allí donde intentó salir por la boca.
Daniel gritó, aterrado, incrédulo, muerto por dentro. ¿Madre muerta? ¿Cómo podía ser eso posible?
—Ya he acabado aquí —anunció padre con complacencia.
Después, el desgarbado cuerpo se desplomó, inerte.

La policía encontró horas más tarde una escena que conmocionó a la ciudad durante varios días: Una mujer muerta a golpes y puñaladas, un joven balanceándose en una cuerda en el centro de la habitación con los ojos saltados y la lengua de fuera, y, por último, un caballero vestido de negro, muerto sin motivo aparente.
Más tarde se descubrió que el cuerpo del caballero de negro no era otro sino uno que había desaparecido de una funeraria hacía diez días. Jamás se supo cómo había llegado a aquella habitación de muerte y sangre, ni por qué se conservaba en un estado tal que cualquiera pensaría que llevaba muerto horas y no días. Lo más intrigante de todo fue que el arma que segó la vida de la mujer estaba en su mano derecha y las únicas huellas que se encontraron en la misma eran las de él.

5 comentarios:

  1. aaay q miedoo me gusto muchoo pero ya kiero leer ptro otro
    att kary

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  2. Buen cuento Manuel!! Te sigo leyendo.
    Me gustan mucho los cuentos que publicas.

    Saludos de Chile!!

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    1. Gracias Joselin, y cuento con que lo hagas. Espero te diviertas leyendo lo que escribo. Sigue paseándote por el blog. Suerte!

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  3. Che que buen cuento, la Trama que tine es atrapante... 10 puntos Amigo Seguí Asi

    Arte:Ariiel

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    1. Gracias por tus palabras Ariel. Y me alegra mucho que te haya gustado la historia. 10 puntos es una nota excelente. Espero me sigas leyendo.

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