Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

30 de noviembre de 2014

Los quince años de Arica


La mansión pertenecía a una acaudalada familia de ciudad. Estaba al cuidado de una pareja de criados de edad avanzada, y éstos la mantenían lo más limpia que podían. En los siglos pasados debió haber pertenecido a algún señor feudal o a alguien de la alta alcurnia. Pero de eso ya hacía mucho tiempo. Ahora sólo era una antigua casa, en lo alto de una colina y que muy a menudo despertaba la suspicacia de los vecinos. El caserón tenía tres plantas y techo de pizarra de cuatro aguas. A Arica le pareció perfecta para celebrar su cumpleaños decimoquinto.
De manera que dijo a su padre que allí era dónde quería realizar su fiesta de cumpleaños. Jaime, el padre de Arica, sabedor de que ella quería que ese día fuese muy especial, no escatimó esfuerzos y recursos hasta conseguir que los propietarios de la mansión se la cedieran. Sin mencionar que a él también le pareció perfecta. Mandaron a los viejos cuidadores con algunos de sus parientes, y se hicieron cargo de la casona.
El caserón se alzaba sobre una colina, a un kilómetro del pueblo. Desde éste se podía ver la antigua mansión, las luces en las ventanas cuando los criados las encendían, y el humo que salía de la vieja chimenea cuando el día era claro, pero nada más. Debía admitir que su hija tenía un talento innato para esas cosas.
Hacía menos de un año que la familia de Arica se había mudado al pueblo. De modo que además de que no conocían a mucha gente, también ignoraban la mayoría de leyendas y mitos locales, incluidos aquellos que hacían referencia a la vieja mansión, o al menos eso se suponía. Y entre los conocidos, y no conocidos, de la familia hubo muchos cuchicheos acerca de que era mala idea realizar un evento tan importante en la vida de una joven en un lugar del que no todos guardaban una opinión favorable.
Pero estos cuchicheos no llegaron a oídos de los Arren (así se apellidaba la familia de Arica), o hicieron caso omiso de ellos y la planeación del evento continuó.
No se emitieron muchas invitaciones, y todas fueron dirigidas a amigos de la joven. Incluida una para el joven Matías, un mozo gallardo que no cejaba en sus esfuerzos por conquistar a la cumpleañera. Y como la invitación que recibió Matías era diferente a las demás, su corazón se hinchó y sonrió con soberbia porque aquel detalle era prueba de que sus atenciones no pasaban desapercibidas.   
A pesar de las murmuraciones de los vecinos de que hacer la fiesta en la casona era mala idea, no pocos se sintieron ofendidos cuando sus hijos no fueron invitados. Esto porque los Arren habían dejado claro que sería una fiesta por completo para adolescentes. Inclusive la banda que tocaría era de sólo muchachos. Los adultos estaban prohibidos para esa fiesta.
Cuando el Señor Arren fue interrogado por un vecino acerca de si le parecía prudente dejar a su hija sola, en la vieja mansión, rodeada de jóvenes de los que no de todos se tenía buena opinión, éste contestó que era la fiesta de su hija y que se haría como ella quisiera. Y no hubo más preguntas al respecto.

26 de noviembre de 2014

El misterio del cráter


La explosión se produjo a la una de la madrugada.
Yo dormía plácidamente, soñando que Arelí Durán me decía que me amaba. Sabía que era un sueño, pero no por eso dejaba de ser algo lindo. El estruendo de la explosión hizo añicos mi ensoñación, haciéndome despertar aterrado y con el corazón a mil por minuto. La tierra tembló, como si fuera a resquebrajarse y se fue apagando paulatinamente. El eco de la explosión perduró en mis oídos unos minutos más.
¡Estaba aturdido! ¿Qué había ocurrido?
Cuando la tierra dejó de vibrar, oí ruidos de pasos en la casa y las luces empezaron a cobrar vida. También me levanté, encendí las luces de mi habitación y me vestí con prisas.
El sismo, sí es que lo era, no había provocado en casa mayor daño que unas bajillas rotas y una tiradera de objetos varios. En la sala se habían caído unos trofeos ganados hace tiempo y una de las bocinas del aparato de sonido se había roto al caer de los estantes.
El resto de la familia, mis padres, mi abuelo y tres hermanos, estaban fuera, conversando nerviosamente con los vecinos. Al parecer, todo el pueblo se había levantado. Y no los culpaba.
—…la casa de los Johnson se vino abajo —comentaba con visible temor el viejo Elías—. Y no fue la única. Al parecer el sismo fue más fuerte en el sur del pueblo. Hay muchos muertos y heridos.
No fueron pocas las mujeres que ahogaron una exclamación a la vez que se tapaban la boca con las manos. Y, a decir verdad, también hubo uno que otro hombre que las imitó, aunque al darse cuenta de lo que hacían rápidamente adoptaron una actitud más serena.
—Debemos ir a socorrer a todas esas personas —dijo mi madre.
—Es lo que les iba a decir —dijo el viejo Elías.
—Llevaré mi camioneta —anunció mi padre—. Habrá que llevar a los heridos a la ciudad.
Las siguientes horas se sucedieron en medio de un frenesí calmo e irreal. En un principio se temía una réplica del sismo, como suele suceder en estos casos, y los vecinos, incluido yo, entrabamos a las casas con temor reverencial. Y aunque no nos sentíamos cómodos penetrando en viviendas medio derruidas, era nuestro deber hacerlo, ya que no eran pocas las personas que atrapadas entre los escombros gemían de dolor o gritaban pidiendo auxilio. Cumplimos con nuestro deber, como buenos vecinos que éramos. Incluso llegué a entrever a la hermosa Arelí ayudando a una niña. ¡Qué hermosa era! Inclusive con el cabello enredado, la ropa sucia de hollín y el rostro tiznado y sudoroso. Descubrió que yo la observaba y me sonrió. Era lo más que obtendría de ella.
El alba nos encontró aún atareados. Los heridos de gravedad hacía horas que habían sido trasladados al hospital de la ciudad en varios camiones, pero aún teníamos con nosotros a muchos otros que no precisaban de un hospital pero que sin embargo no podíamos dejar sin atender. Además de ellos se hallaba el asunto de los cadáveres.
El recuento hasta esas horas era de veintisiete muertes: ancianos, adultos y niños, la catástrofe no había escogido. Y aún había varios desaparecidos, en las partes impenetrables de las construcciones imaginábamos, pero por ellos ya nada podíamos hacer nosotros. La policía, bomberos, equipos de rescatistas y científicos venían en camino. Ellos se encargarían de encontrarlos en cuanto llegaran.
A eso de las nueve de la mañana por fin nos pudimos dar un descanso. Casas de amigos y familiares hacían de albergues para los que habían quedado sin hogar, así como la parroquia y el salón social. Los cadáveres estaban siendo tratados en la morgue del pueblo y se había preparado un sepelio general. La ayuda venida de la ciudad recién había llegado y había relevado a los vecinos en los asuntos aún pendientes.
Con el descanso vino el tiempo para pensar. Y yo me encontré preguntándome qué había ocurrido realmente. Un terremoto, era lo más lógico, pero estaba el asunto de la explosión, una explosión demasiado fuerte para ser natural.

21 de noviembre de 2014

El extraño inquilino

—¿Tenemos un trato, caballero? —preguntó su madre.
—Me parece que sí, señora Patricia —confirmó el sujeto que hablaba con la señora de la casa.
Era un hombre alto y desgarbado, de rostro enjuto y ojos hundidos. Vestía ropas oscuras y como tal era su presencia. Daniel no lo había visto sonreír en los más de quince minutos que llevaba con su madre, y no parecía que fuera a hacerlo antes de irse. En un primer momento Daniel lo había tomado por uno de los amantes de su madre, aunque ella negaba tener alguno, pero al final resultó ser uno de los pocos interesados en la habitación que madre había decidido rentar en la planta de arriba.
Su madre y el nuevo inquilino se estrecharon la mano y el caballero se marchó, no sin antes avisar que regresaría el siguiente día para tomar posesión de su nueva habitación
—Me pareció un sujeto algo extraño —comentó Daniel saliendo de la cocina desde donde había presenciado el desarrollo de la entrevista.
—¿Otra vez espiando? —inquirió su madre con nota de desaprobación.
Daniel se encogió de hombros. Le daba igual lo que su madre pensara. Desde que le perdiera el miedo ya no le importaba lo que su madre le dijera.
Doña Patricia, como medio mundo la llamaba, era una señora que rondaba los cuarenta y tantos años, y era alta, de piel tersa y de un lustroso cabello negro que le colgaba a la altura de los glúteos. La mayoría de sus amigos se referían a ella como una mujer bien preservada, cuando no buena, pese a su edad. Y no pocos, a espaldas de él claro, habían intentado llevársela a la cama. Daniel no sabía el resultado de esas intentonas. Ni quería saberlo.
—Me parece un tipo sombrío —dijo Daniel.
—Trabaja en una funeraria —apuntó doña Patricia—, quizá se deba a eso. Además, mejor que sea así, de ese modo no se meterá mucho en nuestras vidas. ¿No es eso lo que te preocupa?
Daniel sintió la ira y la vergüenza rebullir en su interior.
Padre había muerto hacía casi siete años, al rodar por las escaleras desde el segundo piso. La aseguradora le había dado una importante suma de cinco cifras a madre, pero ésta la había despilfarrado en muebles, lujos y muchos tratamientos de belleza. En menos de un año se había acabado ese dinero y se había abocado a todo tipo de amantes para mantenerse a flote. Ahora, aseguraba, que había puesto su propio salón de belleza, más la renta del cuarto superior, dejaría esos andares para evitar hacer pasar más vergüenzas a su hijo. Daniel dudaba que dejara de hacerlo, había llegado a la conclusión de que ella se revolcaba por placer y no por dinero, y ese placer no se lo proporcionaría nunca un salón de belleza.
—Sabes que no me importa lo que hagas o dejes de hacer —le dijo con acritud. Se dio la espalda y se dirigió a las escaleras para llegar a su habitación—. Trabaja en una funeraria —comentó sin más a mitad de los escalones—, eso me recuerda a padre.
No volvió el rostro, pero estaba seguro que madre había torcido el gesto.
«Perfecto —pensó con rabia—, eso le agriará el día».
Y en efecto su padre trabajaba en una funeraria cuando murió. Don Francisco había sido un señor afable, siempre tenía una sonrisa pronta para cualquiera y un gran estómago producto de las ingentes cantidades de cerveza que consumía y del cual brotaban sonoras carcajadas como el retumbar de un tambor. Pensar en su padre hizo sentir nostalgia a Daniel, pero pronto esta se vio desbordada por la ira. No ira por su padre, sino por su madre. Ella era la culpable de que padre pasara la mitad del tiempo borracho, ella era la culpable de que él la golpeara de vez en cuando, ella era la culpable de su muerte, ella y sus continuas infidelidades.

17 de noviembre de 2014

Un sueño aterrador

El ser que no tenía nombre descendió de la cima de la montaña. Era un descenso abrupto y desigual, el aire era frío y cortante, pero su piel gruesa y sus extremidades terminadas en garras lo facilitaban todo. Allá abajo había una villa, no muy grande, pero que estaba repleta de carne, suculenta carne. ¡Esa noche tenía mucha hambre!
Descendió sobre la ladera sur de la alta montaña y llegó al pie de un pequeño bosquecillo que la luna llena iluminaba majestuosamente. Más adelante había granjas y más allá, el centro del pueblo. Se sumergió en el bosquecillo y corrió veloz. El olor a árboles mohosos, a agujas de pino, a animales muertos inundaba el aire. Mas no vio ningún ser vivo, a excepción de unas cuantas ratas. Todos los demás lo olían a él, y fuera lo que fuera que olieran, los hacía alejarse deprisa. A él no le importaba, esa noche no quería carne de animal. Esa noche quería algo más.
Siguió corriendo sobre el manto de hojas muertas del bosquecillo y llegó hasta una de esas cosas que los humanos llamaban “cercas”. ¿Cómo lo sabía? No tenía ni idea. A veces se sorprendía de todas las cosas humanas que identificaba y nombraba tras solo verlas. Incluso había ocasiones en que consideraba la posibilidad de tener un pasado humano. Lo cual era una tontería. Aunque la idea cobraba fuerza cuando trataba de recordar su pasado. Pero ahora eso no venía al caso.
Se paró en las patas traseras y posó las manos en la cerca. En el interior estaban echadas un montón de vacas. Eran deliciosas esas criaturas, pero lo eran más quienes las pastaban. El ganado debió percibir su efluvio porque todas se pusieron de pie y empezaron a balar y a moverse alocadamente. Un momento después los perros empezaron a ladrar. Adelante se vislumbraba la silueta de una casa, si había humanos allí, no tardarían en salir, alarmados y con un tubo escupe fuego en las manos. Para ese artefacto humano sí que no tenía nombre. Eran peligrosas esas cosas, quemaban allí donde golpeaban y si uno no se andaba con prisas, acababa muerto. Esa era la razón de que no se acercara a menudo a aquellos lugares atestados de gente. Pero esa noche sus deseos eran irresistibles, además de que tenía completa seguridad de que nada podría ir mal.
Los humanos no tardarían en salir. Ya sabía lo que harían. Esa noche los iba a sorprender. Se deslizó al interior de la cerca y se perdió en la noche.

8 de noviembre de 2014

Una Llamada a Medianoche (Continuación)

Barry se detuvo en el rellano superior de la escalera. En el barandal de la derecha había colgado un par de ligas, del mismo color rojo que el resto; eso significaba que debía girar hacia la derecha, hacia la habitación de su cuñada. Su miembro le presionó con más fuerza entre los calzones. Dobló a la derecha y avanzó, desalentado por una repentina intuición, un poco más lento y alerta.
A mitad de camino hizo un giro de ciento ochenta grados, espoleado por un repentino aguijonazo de terror. Escudriñó la oscuridad, atento a cualquier movimiento. Nada. Sin embargo, había oído en ruido leve, como suaves pisadas, pequeñas, sin duda alguna imperceptibles en cualquier otro momento, no así en la quietud que reinaba en la casa. ¿Será que lo estaba imaginando? Retomó su dirección inicial y vigiló hacia el otro lado. Nada. Sólo silencio y oscuridad. ¿Qué demonios le pasaba?
«Nada tonto. Sólo estás nervioso. Mejor ve con tu cachonda cuñada que te ha de estar esperando sin ropa». Esa idea lo hizo sentir mejor y logró que los labios se le atirantaran en un amago de sonrisa. «John, querido hermano, estés donde estés, por tú bien no mires para acá hasta dentro de un buen rato».
Restando toda la importancia, que su subconsciente le permitía, a aquel repentino miedo, Barry retomó el camino hacia la habitación de Jenny. Sin embargo no iba tranquilo, tenía la sensación de que algo lo vigilaba y que alguien lo seguía.
Se detuvo frente a la puerta, seguro de que era la habitación correcta. Colgando en el pomo de la manecilla había una tira de preservativos, o “juguetitos de látex”, como él solía llamarles. El interior de la habitación emitía un leve resplandor amarillento. Barry imaginó un enorme lecho perfumado y una docena de velas montando guardia en torno a éste.
Colocó su mano en la manecilla de la puerta, iba a girarla, pero se detuvo, indeciso por un momento. ¿Era correcto lo que iba a hacer? Después de todo, la persona que lo esperaba en el interior era la mujer de su hermano, de John, por muy muerto que éste estuviera. Además, estaba esa sensación de sentirse vigilado y tenía la casi certeza de que si se giraba con suficiente rapidez vería algo anómalo y oscuro plantado frente a él. ¿O es que esa sensación era la culpa? Porque que Barry supiera, era la primera vez que se acostaría con la esposa de alguien. Hasta ese momento sólo había tenido relaciones con mujeres solteras, al menos hasta donde él sabía. Sí, eso debía ser. Todo su miedo y nerviosismo debía ser por la culpa. De pronto tenía ganas de reír. Él preocupado cuando todo era por la maldita culpa. Mañana le preguntaría a uno de sus amigos si así se sentía cada vez que se acostaba con la mujer del jefe. Además ¿no decía la biblia que cuando un hermano fallecía el otro debía tomar a su mujer? ¿Acaso no era lo que él se proponía hacer? ¡Y vaya que la tomaría!
Con resolución giró la manecilla y abrió la puerta. Sí, todo era como se lo había imaginado. Jenny, vestida con una bata de satén traslúcida, estaba recostada en un enorme lecho. La etérea prenda dejaba ver su hermoso cuerpo. No llevaba nada puesto aparte de la bata.  

4 de noviembre de 2014

Una Llamada a Medianoche

Barry Donald soñaba con una joven universitaria que había conocido hacía poco. En el sueño la joven aceptaba sus coqueteos y respondía de manera insinuadora, cosa que no había ocurrido ni de cerca en la realidad, cuando la chica había acudido a una entrevista de trabajo. Se proponía invitarla a salir cuando el teléfono empezó a sonar. Levantó la bocina, pero no era el teléfono de la oficina, sino otro, un sonido que parecía venir de otra oficina o de un lugar ajeno al edificio. Parecía algo lejano, como algo que vibraba en la atmósfera, algo que lo llamaba, invitándolo a salir del cubículo en el que se hallaba.
Barry abrió los ojos. El sonido seguía repiqueteando en su cabeza. No, no era en su cabeza, el teléfono sobre la mesilla estaba sonando. Se pasó una mano sobre la cara intentando desperezarse un poco y cogió el teléfono. ¿Quién demonios llamaba a esa hora de la noche? Miró su reloj de pulsera antes de contestar: Eran las doce de la noche en punto. ¡Qué raro!
—¿Quién habla? —atendió.
—¡Barry! —la voz angustiada de Jenny, su cuñada, lo despabiló en un santiamén—. ¡Soy yo, Jenny?
—¿Qué sucede, querida?
Barry se sentó en el borde de la cama. Se sentía inquieto.
—Es Tommy, se encuentra mal.
—¿Quieres que llame a una ambulancia? —Que estúpida pregunta. Era obvio que su cuñada necesitaba de él, de su apoyo, no que le llamara una ambulancia, de haberla querido la habría llamado ella misma.
—Sí, bueno, no… Es que no sé qué hacer. Está como poseído, habla cosas sin sentido, y demoníacas, tengo miedo, ven por favor.
—Llego en media hora, no lo pierdas de vista.
—De acuerdo. Pero date prisa.
La conexión se cortó. Pero Barry aún oía la angustiada voz de su cuñada como un eco lejano: «Está como poseído, habla cosas sin sentido, y demoníacas, tengo miedo, ven por favor». Se puso de pie de un salto y empezó a vestirse con precipitación.
Tommy siempre había sino un crío débil y enfermizo. Era demasiado pequeño y menudo para su edad. El mes pasado había cumplido cinco años, pero parecía uno de tres, y mal alimentado, por cierto. Su estado había empeorado desde la muerte del hermano de Barry hacía un año. Padecía fiebres y calenturas a menudo y sufría convulsiones que se repetían cada vez con más frecuencia y de más duración. Pero eso de que hablara cosas incoherentes y demoníacas (a qué se refería Jenny con cosas demoníacas era algo que todavía debía preguntarle) era algo nuevo.
Después de vestirse con muchas prisas, cogió las llaves del coche y salió casi corriendo de la casa.
Jenny vivía al otro lado de la ciudad, un trayecto que siempre era largo, aún sin contar con demasiado tráfico. Su cuñada estaba asustada, aterrada diría Barry, de manera que debía darse prisa. Sacó el coche del garaje, puso en marcha el motor y aceleró a fondo, sin dejar que el motor calentara siquiera un par de segundos. Su cuñada estaba asustada y Tommy tenía problemas, era lo único que importaba.
Las calles estaban solitarias, iluminadas por la luz de las farolas públicas y por una luna llena que tenía tintes rojizos. Ver aquella luna estremeció a Barry. En una esquina vio a un indigente dormir amparado únicamente por unos cartones. Más adelante vio un par de perros rumiar en unos contenedores de basura y a un borracho que caminaba en zigzag. Aparte de él en las calles apenas había tráfico. Se topó con unos cuantos coches, de jóvenes que andaban en farra imaginó, y con algunos camiones y buses a los que no dirigió más que un vistazo. Mejor que mejor, entre menos tráfico, más luego llegaría con Jenny.