Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

9 de octubre de 2014

La Pesadilla

El lugar era un sitio completamente desconocido. Inhóspito, yermo y carente de vida. Unos cactus aliviaban la monotonía de un paraje arenoso con suaves promontorios que más que colinas lo que asemejaban eran dunas formadas por el viento y la arena. Anderson jamás había visto un sitio así, quizá en alguna olvidada película del viejo oeste, aunque no estaba muy seguro. Se preguntaba qué demonios hacía allí.
Un cuervo apareció de la nada y se puso a volar en círculos veinte metros sobre su cabeza mientras chillaba de forma estridente. Anderson lo observó durante escasos segundos. Tenía la corazonada de que el pajarraco intentaba decirle algo. Pero desde luego eso era imposible. Desechó el pensamiento de inmediato.
Dejó de observar al pajarraco, con la firme intención de buscar una manera de salir de aquel lugar. ¡Lo que veía no podía ser cierto! ¡Los cactus se movían! Los troncos se habían dividido y la hacían de piernas. Avanzaban a trompicones… hacia él, comprendió con horror. Dio media vuelta para salir pitando, pero se topó con que estaba rodeado; decenas, cientos de cactus avanzaban hacia él por todos lados. Coordinados, por alguna macabra fuerza, todos alzaron unos brazos verdes llenos de púas y apuntaron hacia él. Anderson se dejó caer, cubriéndose la cabeza con las manos y gritando aterrado. Imaginó que mil púas lo alcanzarían en cualquier momento.
Pero pasó un minuto y no sintió dolor. Poco a poco, tembloroso, retiró el brazo que le cubría el rostro y observó: los cactus seguían con los brazos alzados, apuntando hacia él; arriba, el cuervo seguía girando en círculos sobre su cabeza. De pronto, los brazos de los cactus se alzaron aún más, apuntando hacia el cielo. «Hacia el cuervo», comprendió. Miles de espinas surcaron el cielo. Todas dieron en el cuello del ave. La cabeza cayó a los pies de Anderson. Sin embargo el pajarraco aún estaba arriba, revoloteando, negándose a caer, a morir. Un hilillo de sangre manaba de su cuello. El pajarraco seguía revoloteando. Anderson se encontraba consternado. ¿Cómo era posible que aún siguiera arriba, con vida? La sangre que manaba de su pescuezo formaba finas líneas rojas. Anderson las miró sin ver, hasta que cayó en la cuenta ¡La sangre estaba formando una palabra! Se levantó sobresaltado, aterrado hasta los huesos.
La sábana se le deslizó hasta la altura de la cintura. Estaba sudando y respiraba con dificultad. El suspiro que exhaló fue de absoluto alivio. Se encontraba en su habitación. Todo había sido un sueño, una pesadilla.
—¿Estás bien? —había despertado a su esposa.
—Sí —dijo—. Sólo fue una pesadilla. Voy por un vaso de agua.
Ojalá fuera solo eso. La pesadilla había sido demasiado vívida. Los cactus avanzando a trompicones, como extrañas plantas zombis… El cuervo decapitado, revoloteando sin cabeza, la sangre manando de su cuello… ¡La sangre! Había despertado porque la sangre del ave había formado una palabra. No obstante no conseguía recordarla. Mejor así, estaba seguro que se trataba de una palabra aterradora.
—Tráeme uno a mí —dijo su esposa.
Anderson asintió.

Por la mañana, la pesadilla seguía fija en la mente de Anderson, inamovible. Lo que de cierta forma le pareció extraño porque normalmente los sueños, ya sean buenos o malos, son fugaces, algo que después de unas horas parece algo lejano. Pero aquél seguía allí, intacto y sobrecogiéndole el corazón, llenándoselo de dudas y temores. Lo único que no conseguía recordar era la palabra que se había formado con la sangre del ave negra.
Su esposa había preparado huevos rancheros para el desayuno. Sus dos pequeños, Marta y Felipe ya devoraban los suyos con apetito.
—Buenos días, papá —saludaron ambos chicos, casi al unísono.
—Buenos días, pequeños. —Los besó en las mejillas y después le dio un beso en los labios a su esposa.
Laura, Marta y Felipe, su familia, lo que más quería y más le importaba en el mundo. Laura, chaparra y algo entrada en carnes, seguía teniendo los ojos centelleantes de vida y una sonrisa mágica. La amaba, la amaba muchísimo. Marta tenía doce años. La niña seguramente sería una beldad. Alta, delgada, tenía los ojos, el cabello y la sonrisa de su madre. Incluso ya recibía coqueteos de algunos chicos, era algo sobre lo que debería poner un poco más de atención. Felipito, de nueve años, era más bien pequeño y regordete, poseía ese carisma innato en la mayoría de los gorditos. Anderson lo adoraba, a pesar de que a veces hacía unas travesuras de escándalo. Les sonrió. Los amaba. Pero ese día se sentía intranquilo, como si una sombra negra pendiese sobre la cabeza de sus seres queridos. Agitó la cabeza. Era porque la pesadilla había sido vívida y reciente, sólo era eso.
Para dejar de pensar en cosas aciagas, cogió el periódico y le echó una ojeada. Cinco muertos en accidente de tráfico… Balacera en Colonia Santa Fe deja tres muertos y siete heridos… Continúa guerra en… Dejó el periódico a un lado. A los periódicos les encantaba publicar sobre muertes y cosas trágicas. Y a él le gustaba leer sobre esas cosas, pero ese día no.
Mientras sacaba el coche del garaje para ir al trabajo, el vecino de la casa de enfrente sacaba la basura. En una mano llevaba una bolsa negra de las grandes y en la otra… un cuervo, negro, sin cabeza. Anderson se sintió desfallecer. ¡Un cuervo sin cabeza! Igual que en su sueño… no, era casualidad, estaba buscando conexiones donde no las había. Pisó fuerte el acelerador y se alejó de su vecino y su repugnante basura.
En el trabajo se dedicó a leer papeles, firmar, leer y volver a firmar. Ser gerente de una empresa a veces era aburrido. No obstante, la pesadilla nunca lo abandonó del todo, ni su vecino con el cuervo descabezado.

Pasó un mes y Anderson casi logró olvidar la pesadilla de los cactus y del cuervo sin cabeza. Un mes en el que todo fue de maravilla. Los niños iban bien en la escuela, Laura no tenía nada de qué quejarse y en el trabajo todo marchaba sobre ruedas. Durante ese mes había soñado mucho, sueños buenos y sueños malos, sueños que a la noche siguiente ya ni siquiera recordaba. Eso era bueno. Casi había olvidado la pesadilla de los cactus cuando tuvo otra que, aunque diferentes, sabía tenían alguna relación.
Se encontraba en su oficina de trabajo, tomaba un café mientras jugaba “solitario” en el ordenador, ese día no tenía mucho que hacer. Entonces se cortó la energía eléctrica, se apagó la computadora, las luces y el aire acondicionado. Pero sólo fue un apagón, la corriente volvió al instante siguiente. Sólo que ya no estaba solo: en una silla junto a la pared había un extraño personaje de rasgos humanos, pero que definitivamente no era humano. Tenía cola y cuernos, dientes afilados como sierras, garras de diez centímetros de largo y ojos tan negros como el traje que vestía. En una mano sostenía un bastón cuyo puño tenía la forma de un demonio y el otro extremo era una larga púa. El monstruo sonreía maliciosamente. Anderson soltó un grito y se echó para atrás.
—Cuando leas y recuerdes será el fin —la voz del extraño personaje era demoníaca, hecha para poner los pelos de punta hasta el más valiente. Y como Anderson no era muy valiente, sintió un miedo profundo y horrendo.
—¿Qué quieres decir? —preguntó.
Antes de que el monstruo respondiera, la puerta de la oficina se abrió y entró su secretaria, Mariela.
—Andy, escuché un grito y una voz que…
No terminó de hablar porque vio al monstruo y un grito desgarrador emergió de su garganta. No había terminado de gritar cuando el bastón del extraño ser cruzó la habitación y se clavó en el gaznate de la joven.
—¿Qué demon…? —Anderson se puso de pie, horrorizado y balbuceante.
La sangre manaba a borbollones del cuello de la chica, se escurría por su cuerpo y sus ropas y empapaba el piso de madera. De pronto la sangre empezó a moverse como si tuviera vida propia y letra a letra una palabra fue tomando forma. El más absoluto terror se apoderó de Anderson, sintió que las entrañas se le encogían y empezó a sufrir espasmos.
Despertó agitado, tembloroso, sudando. Ya eran dos pesadillas, raras, grotescas y ambas concluían con sangre formando una palabra. La había leído, la había visto, sin embargo no lograba recordarla. Pero era un sueño, solo un sueño, no tenía por qué preocuparse ¿o sí?
Por la mañana recibió una noticia impactante: Mariela, su secretaria, había muerto durante la noche. El parte médico indicaba que había muerto de un paro cardíaco. ¿Pero quién demonios muere de paro cardíaco a los veintidós años? Inconscientemente se encontró recordando la pesadilla de la noche anterior, en la que moría su secretaria. Tendría algo que ver o era una rara y macabra casualidad. Tampoco pudo evitar recordar al cuervo sin cabeza, el del sueño y el del vecino y su mente los relacionó inmediatamente. Sólo que Mariela no había muerto con la garganta atravesada como en el sueño. ¿O su muerte en el sueño solo indicaba que moriría en la realidad sin importar de qué forma? No, estaba asustado era todo. No tenía por qué pensar en cosas tan fuera de lo común. Pero también estaban aquellas palabras demoníacas que le helaron el pecho: “Cuando leas y recuerdes será el fin”, ¿qué significaban?

Tuvieron que transcurrir varios días para que Anderson dejara de pensar todo el tiempo en aquel extraño incidente. Se pasaba horas taciturno, temeroso de lo quiera que todo aquello significara. Laura llegaba a veces en esos momentos, y le pregunta con ternura si sucedía algo, pero él no se atrevía a contarle nada. Pero los días se sucedieron uno tras otro y Anderson no tardó demasiado en recuperar su anterior jovialidad.
Casi un mes después de la muerte de su secretaria, la familia planeó un viaje para visitar a los abuelos. Ellos vivían en una casona en las montañas, a unos cincuenta kilómetros de la ciudad. Todos estaban entusiasmados con la idea. Incluso metieron los esquís en la cajuela porque a veces nevaba allá arriba.
La noche antes del viaje, Anderson soñó con el mar. Caminaba por un acantilado mientras abajo las olas arremetían contra la pared de piedra y a lo lejos el sol crepuscular bañaba de rojo y naranja las aguas saladas. Un poco más adelante encontró un camino de cabras y logró descender hasta una pequeña playa, llena de guijarros y basura. Justo cuando llegaba a la playa, el mar empezó a vomitar unos bultos. Anderson corrió hasta ellos para observarlos, impelido por una fuerza que no era su voluntad. Retrocedió horrorizado, con un nudo en el pecho y la garganta. Era él y su familia, muertos, desgarrados por algún monstruo. Lo más horroroso de todo es que en la frente tenían tatuada a sangre una palabra, la misma palabra aciaga de las pesadillas anteriores.
Despertó sobresaltado, jadeante. Las primeras luces del alba se colaban por las persianas de las ventanas. El característico ruido de la regadera le indicó que Laura tomaba un baño. Todo era como debía ser. Sin embargo tenía miedo, mucho miedo. Salió de la cama de un salto y fue a ver a los chicos. Marta estaba despierta, terminando de meter algunas cosas en la mochila. Felipe aún dormía, el suave ascender y descender de su pecho se lo indicó. Hasta entonces Anderson se permitió soltar un suspiro de puro y absoluto alivio. Había sido una pesadilla, nada más.
A eso de las nueve de la mañana, después de un desayuno alegre y ruidoso cortesía de los niños, la familia estaba lista para ir a pasar unos días en la casona de los abuelos. Como medida de precaución, Anderson revisó el coche minuciosamente. No se confiaba para nada.
La carretera hacia casa de los abuelos era una constante pendiente a partir de los primeros veinticinco kilómetros, giraba ora aquí ora allá y siempre se tenía faldas de montaña a un lado y enormes precipicios al otro. Al principio Anderson había sentido temor al conducir por aquella carretera, con el paso de los años había terminado acostumbrándose. Pero ese día se encontraba inquieto, Anderson volvía a tener miedo de la carretera. Y la imagen de ellos muertos, vomitados por el mar, era un retrato casi fijo en su mente.
Las peleas de los niños en el asiento de atrás, las risas, su esposa escuchando la radio… todo parecía tan normal, de hecho todo estaba normal, sin embargo, una inquietud, una especie de duda o temor lo inquietaba sobremanera y lo mantenía ensimismado, tratando de captar o de ver algo que pudiera resultar peligroso, acentuado todo por las pesadillas vívidas de los últimos meses. 
Así transcurrió la mayoría del trayecto: los niños jugando, riendo, discutiendo; Laura escuchando la radio; y Anderson pensativo, temeroso de algún percance.
Todo sucedió muy rápido.
Una enorme pared de roca y tierra se alzaba a la izquierda y a la derecha, un abismo de más de un centenar de metros. Anderson miró hacia la pared, escudriñando su entorno. Entonces vio la imagen, aterradora en extremo, que le heló el cuerpo y le cortó la respiración. Como un complemento macabro de la aterradora imagen, el coche se apagó de golpe.
—¿Qué sucede, Andy? —preguntó su mujer, toda preocupación.
—Míralo tú misma —fue la débil respuesta de Anderson, mientras con el índice apuntaba hacia la pared.
—¿Ver qué? Yo no miro nada —su esposa se había asomado a la ventanilla.
Fue en ese momento que Anderson comprendió la gravedad del asunto. En su mente resonó la frase del monstruo de su pesadilla: “Cuando leas y recuerdes será el fin”. Estaba leyendo, y por fin había recordado. En la enorme pared de roca y tierra, escrito en dimensiones gigantescas, con sangre que manaba de la misma pared había escrita una única palabra: “MUERTE”. La misma palabra que en sus pesadillas le había causado tanto horror.
Un camión sonó el claxon tras ellos. Anderson no tuvo siquiera oportunidad de reaccionar. El camión los golpeó por atrás y el auto salió volando, al encuentro de las rocas, un centenar de metros más abajo. 

2 comentarios:

  1. valla valla te volaste la barda amigitoo este cuento es exelente me gusto mucho no lo habia podido leer ahora voy con el q sigue att. kary

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    1. Gracias como siempre Kary. Pues me alegra que hayas tenido tiempo de leerlo, y que te guste. Ojalá suceda igual con el siguiente...

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