Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

24 de octubre de 2014

¡Feliz Cumpleaños, cariño!

Michael abrió lentamente los ojos. El despertador de su teléfono celular reproducía una canción en la mesilla junto a la cama. Alargó la mano. Lo apagó. Una sonrisa asomaba a sus labios. Había soñado con Joanne, su novia. En el sueño hacían el amor en algún motel del pueblo. Sonreía porque era estúpido. Joanne jamás accedería a acostarse con él. Iba a la iglesia y aseguraba que no se acostaría con nadie hasta haberse casado. Michael no tenía intenciones de casarse con ella, al menos no de momento, lo que hacía preguntarse si no estaba siendo idiota al seguir con ella. Entonces recordaba cuán enamorado estaba de la joven.
Pero la sonrisa no era solamente por el sueño.
Era su cumpleaños número dieciocho. ¡Por fin era un adulto!
Llamaron a la puerta. Michael imaginaba quienes eran.
—Un momento —pidió.
Se vistió aprisa y quitó el cerrojo.
—¡Feliz cumpleaños, cariño! —gritaron al unísono su madre, su hermana y su hermanito. Todos con una sonrisa de oreja a oreja y sosteniendo un pequeño pastel entre los tres.
Era casi una tradición familiar aquel gesto. Acostumbraban llevar un pastel y un feliz cumpleaños a la habitación del cumpleañero. Con el tiempo había dejado de ser una sorpresa, pero no dejaba de ser un buen gesto.
Para culminar el ritual, Michael los invitó a pasar y comieron el pequeño pastel en su habitación. En su familia los cumpleaños no se celebraban con tromba. El pastel y el feliz cumpleaños era todo. A Michael no le desagradaba el método. No se hubiera sentido cómodo presidiendo una fiesta por su decimoctavo aniversario de vida.
Después del almuerzo, y tras darse un baño, Michael fue a buscar a su novia para ir a ver una película al cine y tomar un helado. Sabía que ese día, así como los anteriores, no conseguiría de su novia más que unos besos y unos abrazos, de modo que había apartado la tarde para ella y la noche para ir a tomar un par de cervezas con Kevin, su mejor amigo.
Aparcó el coche frente a la casa de los padres de Joanne, se bajó y llamó a la puerta.
—Hola, cumpleañero —saludó la madre de Joanne al abrir la puerta.
Michael sintió las mejillas encendérseles.
—Buenas tardes, señora —saludó a su vez, tratando de esconder el rubor—. ¿Se encuentra Joanne?
—Le diré que ya llegaste. Pero pasa, siéntate.
Como es típico en las mujeres, Michael esperó en la sala alrededor de media hora. ¿Por qué las mujeres tardan tanto en arreglarse? Mientras tanto se puso a jugar cartas con el hermanito menor de su novia. Era un chico muy simpático. Después de media hora tuvo que repetirse por enésima vez que la espera había valido la pena.
Joanne estaba radiante.
—Oye, pero si sólo vamos al cine, que yo sepa no nos han invitado a ninguna boda —bromeó.
—Me halagas —fue la tímida respuesta de Joanne.
La chica tenía dieciséis años, su cabello era lacio y castaño y sus ojos cafés. Ese día llevaba puesto un vestido celeste que resaltaba su esbelta figura pero sin ser muy ajustado. Se sujetaba el cabello con una diadema del mismo color y que hacía juego con sus aretes y un pequeño collar. Estaba realmente hermosa… y sexy. Michael apartó la mirada de su novia y se concentró un momento en las cartas que tenía en las manos. Se puso de pie hasta que la erección desapareció.
—Nos vamos —dijo.
Siempre que estaba con ella tenía erecciones muy a menudo. Más en días como aquel en los que estaba más linda de lo normal. Ni que decir si le daba aunque sea un casto beso. La deseaba, esa era la razón. ¿Y qué había de malo en ello? Bien pensado, quizá esa tarde volviera a pedirle que tuvieran sexo.
Primero fueron al cine. Esa tarde, por ser su cumpleaños, tenía el derecho a escoger el film que quisiera. A él le gustaban los de acción, ciencia ficción y terror; pero como quería tener contenta a Joanne optó por una de esas de amor, una de esas que hace que la mayoría de chicos sientan ganas de vomitar. Joanne se la pasó de lo lindo. Michael no tanto. Fingía ver la pantalla, pero en realidad estaba más ocupado admirando el nacimiento de los firmes pechos de Joanne, y soñando con ver sus piernas más allá de donde el vestido lo permitía. Tenía erecciones a cada dos por tres. En esos momentos miraba a la pantalla, para que la erección bajara, esas películas eran capaces de eso y más. Pero al rato volvía, y la situación se volvía a repetir.
Salieron abrazados del cine. Joanne sonreía y hablaba extasiada acerca de lo maravillosa que había sido la película. Michael estuvo de acuerdo con ella, aunque en realidad no había prestado atención ni a una cuarta parte de la película. Sólo tenía ojos para ella, y su cuerpo. ¡Por todos los cielos! ¡Qué excitado estaba ese día!
—¡Hora de mi helado! —dijo Joanne, deshaciendo el abrazo pero tomándolo de la mano—. ¿Qué sabor vas a querer tú? Yo quiero uno de chocolate.
Michael detestaba el chocolate, en especial el de los helados. La última vez que había probado ese sabor, a petición de su novia, había tenido arcadas y poco faltó para que vomitara en la heladería.
—Vainilla o fresa, elígelo tú —«pero que no sea chocolate».
Para su fortuna Joanne le eligió uno de vainilla. En realidad a Michael le traía sin cuidado el sabor de helado. Su mente estaba en otra cosa, tratando de hallar la mejor forma de abordar el tema que le atañía: sexo.
Comieron sus helados en una mesilla, junto a la heladería. Había muchas parejas ese día allí, verlos besarse encendió aún más la sangre de Michael. Sin embargo no se atrevía a sacar el tema que empezaba a volverlo loco. Joanne sí le dio un par de besos, incluido uno en el que ambos se quedaron sin aire, pero Michael sabía que de allí no pasaría.
¡Rayos! Quizá su mejor opción sería ir a un bar esa noche. Una idea que no lo consolaba demasiado.
Poco más tarde, a eso de las cinco de la tarde, conducía a casa de Joanne. Se lo había pasado bien, aunque no había disfrutado la tarde como suponía que iba a disfrutarlo. ¡Malditas erecciones! Le arruinaron lo que tendría que haber sido un estupendo día. Tomó una decisión. Se detuvo a tres manzanas de casa de Joanne. Apagó el motor.
—¿Qué pasa? —preguntó su novia—. ¿Por qué nos detenemos?
—Te amo —dijo él, se acercó como pudo al sillón que ocupaba ella, le tomó el rostro y empezó a besarla.
—Yo también te amo —respondió Joanne, retirándose un poco para tomar aliento.
Michael le tomó el rostro con la mano derecha y la siguió besando, con pasión. Bajó su mano derecha por su cuello, acarició un segundo sus pechos por encima del vestido, la deslizó por su vientre y más abajo. Su mano acarició una de sus piernas mientras descendía, se detuvo en la rodilla, y empezó a ascender de nuevo, esta vez bajo la tela del vestido.
Joanne se retiró de forma brusca.
—¿Qué estás haciendo? —demandó, parecía asustada.
—Solo acariciaba a mi novia —respondió Michael—. ¿Hay algo de malo en ello?
—No creas que no sé lo que pretendes —replicó Joanne—. Mi respuesta sigue siendo no.
—¡Pero Joanne! —protestó Michael—. Ya llevamos más de un año de novios. Tú me amas, yo te amo. No veo nada malo en querer estar con mi novia. Además —agregó en tono inocente—, hoy es mi cumpleaños.
—Feliz cumpleaños, cariño —repitió Joanne—. No obtendrás nada más de mí. Llévame a casa.
Se cruzó de brazos y fijó su mirada en el frente. Cuando adoptaba aquella postura se obtenía mejores resultados hablándole a una mula.
—Como quieras —bufó Michael.
Puso en marcha el motor y aceleró a fondo. No quitó pie del acelerador hasta que llegó a casa de Joanne. La chica se bajó furiosa, cerró la puerta de un portazo y se alejó sin decir una sola palabra.
«Maldita perra».
Volvió a acelerar, y en lugar de dirigirse a casa condujo hacia donde Kevin. Media hora más tarde los dos amigos estaban sentados a una mesa en uno de los tantos bares del pueblo, destapando la primera botella de cerveza.
—¡Feliz cumpleaños, cariño! —coreó Kevin riendo muy divertido—. ¿En serio eso te dijo? —Michael ya le había contado el episodio con Joanne a Kevin—. Me gustaría haber visto tu cara.
A despecho de sí mismo Michael sonrió. El asunto, ahora que estaba un poco más calmado, no dejaba de tener su gracia.
—No te hubiera gustado.
—¿De verdad es una chica tan decente? No me lo hubiera imaginado.
—Ni yo tampoco. Creí que iba a la iglesia solo por acompañar a su madre.
—Al final de todo terminarás casado con una monja.
—Estoy pensando seriamente cortarla —meditó Michael—. La amo, pero, como decirte, no me deja ni llegar a segunda.
—Es tú decisión —Kevin se encogió de hombros.
Esa idea cobró un poco más de consistencia cuando un par de horas más tarde, y ocho cervezas después, se dio un revolcón de los buenos con una de las mujeres del local. ¡El sexo era lo mejor del mundo! ¿Por qué su novia se negaba a entregarse a él? Pobre estúpida, no sabía lo que se perdía.
Después de casi una hora de estar encerrada con la prostituta, una de las mejores horas de los últimos días, salió muy satisfecho y dispuesto a emborracharse y no pensar en Joanne.
Se llevó una gran sorpresa cuando al llegar a la mesa que ocupaba con Kevin, encontró a éste dormido en la mesa. Había al menos diez envases de cerveza más de las que había cuando él lo había dejado. La falta de alguien con quien conversar no le había dejado otra cosa que tragar y tragar. Michael suspiró desilusionado. Ahora tendría que llevarlo a casa y adiós a emborracharse esa noche. Bueno, ya lo haría en otra ocasión. Tampoco se podía quejar, había pasado un rato agradable.
—Kevin, Kevin —susurró al oído de su amigo mientras lo sacudía.
Kevin empezó a despertar despacio. Entornó los ojos y se los cubrió con la mano para protegerlos de la luz.
—¿Dónde está? —preguntó de forma estúpida.
Michael sonrió.
—Estabas soñando —le dijo—. Ven, te llevo a casa. —Le pasó un brazo bajo los hombros y lo ayudó a ponerse de pie.
—No, no estaba soñando —dijo Kevin, dejándose izar—. Lo vi, era un demonio de grandes dientes y ojos como platos.
—No creo que tu madre haya venido acá —sonrió Michael.
—Vete a la mierda.
Kevin, tambaleante, se dejó guiar. Michael lo metió al asiento del copiloto  y le puso el cinturón de seguridad.
—Cuando vea el estado en el que te llevo, el demonio se pondrá como una fiera.
—Te lo pasaste bien, ¿eh?
—De lo lindo.
Puso en marcha el motor y aceleró, no demasiado, de noche y más con unas cervezas en la cabeza, no era buena idea correr a mucha velocidad. Kevin empezó a cabecear casi inmediatamente, como si las vibraciones del motor lo adormecieran. Tres cuadras más adelante, justo cuando se aproximaban a una esquina en las que no servían las lámparas del alumbrado público, Kevin se irguió sobresaltado, como si algo lo hubiese sacado de su sopor; el motor se apagó un segundo después.
—¡Fue ella! —exclamó, la cara pálida y aterrada.
—¿Ella? —¿Qué estupideces de borracho decía ese idiota?
—La vi, fue ella, el demonio de grandes ojos. Se metió en el auto y averió el motor.
—Pues más le vale ya no estar allí o la moleré a patadas.
—No, no bajes del auto, es peligroso.
—Me cago en el peligro —se mofó Michael.
Bajó del auto y se dispuso a revisar el auto, ayudado por la lamparilla de su celular. Ni siquiera sabría decir por qué se molestaba en revisarlo si de mecánica no sabía nada. Revisando estaba cuando oyó que la puerta del coche se abrió. Después vino el grito, agudo y desgarrador, proveniente de la garganta de Kevin.
—¿Qué te pasa, idiota? —bufó.
Se olvidó del motor y corrió para averiguar la causa del grito de su amigo. Lo que vio lo dejó mudo de miedo. Su amigo estaba tirado en el piso, intentando en vano taponarse los agujeros del cuello, de los que manaba sangre a chorros.
Se quedó allí, de pie, petrificado, tratando de dilucidar qué había ocurrido. Su amigo lo vio con ojos aterrados, suplicantes, vidriosos. Dejó caer la cabeza en el piso, sufrió convulsiones y se quedó quieto, mirando al cielo sin ver. El corazón de Michael parecía haberse detenido, su cerebro trataba de hallar una explicación, sus ojos buscaban al asesino. Nada, ni explicaciones, ni asesino, sólo miedo y dudas.
—¡Michael! —la voz a sus espaldas lo sobresaltó.
Michael se giró. Joanne corría hacia él. El taxi del que había bajado se alejaba en la oscuridad de la noche. Llevaba el mismo vestido, pero Michael no se excitó ni una nimia. La joven dejó escapar un grito cuando vio el cuerpo de Kevin.
—¿Qué sucedió? —preguntó.
—¿Qué haces aquí? —replicó Michael.
—Iba a buscarte —dijo su novia—. Fui a tú casa y tu mamá me dijo dónde podías estar. Pensé en llamarte, pero decidí venir en persona. Me sentía muy mal por la pelea de esta tarde. Te amo tanto Michael, no quiero perderte…
—Hablaremos luego. Debemos llamar a la policía y a los bomberos.
—¿Qué ocurrió?
—No lo sé —Michael empezó a marcar—. Revisaba el auto, lo oí gritar y luego estaba allí, muriendo —la voz se le quebraba con solo repetirlo.
Joanne se acercó al cuerpo inerte de Kevin, apartó la mano del cuello y escudriñó la herida.
—Parecen puñaladas —señaló—. Probablemente lo apuñalaron y luego el asesino se dio a la fuga.
—No lo sé. Debí haber visto al asesino. Yo estaba a sólo unos metros de él. Creo que fue algo más oscuro.
—No lo creo. Deja de marcar a la policía. Está muerto. Deberíamos irnos de aquí.
—¿Irnos? —Michael no daba crédito a lo que sugería Joanne—. ¿Y dejarlo aquí?
—Te harán preguntas, Michael —dijo Joanne—. Tú estabas con él. Cuando niegues haber visto al asesino creerán que fuiste tú y te encerrarán.
—¿A mí? ¿Pero por qué?
—Será mejor irnos. Que lo encuentren otros —desde cuando Joanne era tan fría.
—¿Pero si andábamos juntos?
—No. Esta noche estabas conmigo, eso diremos. Además, vine por otra cosa. Pensé mucho en lo de esta tarde y tienes razón, me he portado como una niña, es hora de que me convierta en mujer, que me conviertas en mujer.
¿Pero qué estaba diciendo Joanne? ¿Hablaba de tener sexo? ¿En aquellos momentos? ¿Es qué había perdido la razón? ¿Y si la idea estaba tan fuera de lugar por qué su miembro se le había puesto duro y le presionaba los calzones?
—Anda, sube —sin darse cuenta Joanne había bajado la capota del auto y ocupaba el asiento del piloto.
Michael miró el cuerpo de Kevin y luego a Joanne, indeciso. Terminó subiendo al auto. Más adelante Joanne detuvo el coche.
—Te pondré esto en los ojos —dijo. Se sacó un pañuelo de entre los pechos y se lo anudó en los ojos—. Quiero que el lugar sea una sorpresa.
Condujeron en silencio. La cabeza de Michael era un torbellino de miedos y preguntas. Kevin, su mejor amigo, estaba muerto. ¿A manos de quién? ¿Por qué no lo había visto? Joanne. Joanne estaba en su auto, conduciendo. Lo había ido a buscar para tener sexo con él, porque lo amaba y no quería perderlo. Por fin su sueño se haría realidad. Después de una pesadilla como la reciente le parecía un justo canje.
Después de lo que pareció una eternidad el coche se detuvo. Joanne bajó y ayudó a Michael a hacer lo mismo. Lo guió por lo que parecía un camino serpenteante, de tierra, y después le retiró la venda. Michael casi grita cuando vio dónde se encontraban: ¡Era un cementerio!
—¿Por qué aquí? —balbuceó a la vez que un profundo miedo lo azotaba.
—¿Qué esperabas? —Joanne sonría con malicia y picardía. Eso excitó aún más a Michael—. Que te llevara a un hotel para que después medio pueblo diga que soy una puta. No. Mi primera vez será aquí. Sólo nosotros, amándonos, juntando nuestros cuerpos, acariciándonos, besándonos… —Joanne lo empezó a besar como nunca. Michael se olvidó de todo lo demás.
La besó con pasión mientras acariciaba su esbelto cuerpo y metía sus manos donde nunca se lo había permitido. La sentó en una tumba y siguió con el vendaval de besos y caricias.
El teléfono empezó a sonar. No le hizo caso, estaba demasiado ocupado. El teléfono sonó otra vez. Luego otra.
—Dame un momento —dijo al fin—. Quiero ver quién es.
Era su madre.
—Le diré que estoy bien —explicó a Joanne.
Le dio la espalda y contestó.
—¿Mamá? —Joanne empezó a acariciarle los hombros.
—¿Hijo, estás bien? —la voz de su madre era la de una mujer muy preocupada.
—Si mamá…
—¿No te pasó nada? La madre de Kevin acaba de llamar diciendo que mataron a su hijo y temía por ti, creí que estabas con él…
¿Kevin? ¿Qué demonios hacía allí, satisfaciendo sus deseos carnales? Su lugar estaba con su mejor amigo. Nunca tendría que haber prestado atención a las palabras de Joanne.
La chica empezó a lamerle el cuello. ¡Era tan excitante!
—Joanne está aquí…
Aquellas palabras le helaron hasta el tuétano.
—¿Cómo?
—Se enteró de lo que ocurrió y vino corriendo para saber si estabas bien…
—Michael ¿Dónde estás? No importa. Estas bien, es lo importante… —aquella inconfundiblemente era la voz de Joanne. ¿Entonces? El teléfono se le calló de las manos cuando lo comprendió. Una lengua larga y rasposa le lamía el cuello ahora.
Idiota de él. ¿Cómo no se había dado cuenta de todas las anomalías ocurridas esa noche? Joanne apareciendo de la nada justo en el peor momento… diciéndole que quería tener sexo con él, cuando en tantas ocasiones se lo había negado… Joanne siendo tan fría, mecánica, sugiriendo escapar y dejar el cuerpo allí… El auto arrancando al primer intento de Joanne cuando con Michael parecía muerto… Joanne conduciendo cuando la joven no podía ni andar en bicicleta… ¡Estúpido de él!
—¡Feliz cumpleaños, cariño!
La lengua áspera y rasposa le recorrió una última vez el cuello. Michael se giró con lentitud, temeroso de lo que tenía atrás. Había sido la voz de Joanne, pero ya no era su novia, sino un ser grotesco, de dientes como cuchillos y ojos como platos.
Michael gritó cuando unos enormes dientes se cerraron en su garganta.
¡Era su cumpleaños número dieciocho!

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