Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

20 de octubre de 2014

El Sueño de Richard Kay

El sol crepuscular bañaba la tarde de naranja y oro, arrancaba destellos refulgentes de las fachadas de los edificios y provocaba el efecto de aureolas doradas en muchos de los transeúntes. Todo muy lindo. Sin embargo era lo único. Richard, con pantalones marrones y descocidos, y camisa a cuadros antiquísima, caminaba con las manos en los bolsillos y sintiéndose el hombre con peor fortuna en el mundo, y por ende el más desdichado. Hacía un año que no tenía un empleo de ningún tipo, seis meses atrás había muerto su padre dejándole todo a sus hijos más pequeños, y por si eso fuera poco, aún se encontraba en el velatorio de su progenitor cuando su mujer decidió fugarse con el que hasta entonces era su mejor amigo.
Si no era el tipo más desdichado del mundo, sin lugar a dudas entraba entre los finalistas.
«Y nuestro finalista número tres, de los tipos más desafortunados del mundo: Richard Kay. Un aplauso por favor». Casi oía la voz del presentador y el retumbar de los aplausos de un millar de personas, todas con más suerte que él. Maldijo por lo bajo y golpeó con fuerza una lata tirada en la acera.
Más adelante dobló hacia la izquierda y empezó a serpentear por un laberinto de calles en las que la mayoría de las personas se perderían. Llegó al edificio donde tenía una habitación, de la que, si no conseguía un trabajo, no tardarían en echarlo. Alcanzó su camastro, unas tablas podridas y un colchón mohoso lleno de pulgas, y se echó a dormir; en los últimos meses acostumbraba acostarse temprano para evitar el hambre de la cena.
Tardó un poco en conciliar el sueño, eran tantas sus desventuras que a menudo le quitaban el sueño, pero al final lo consiguió. Y de pronto se encontró junto a un enorme lecho, con sábanas de lino y bordados de oro, con postes que semejaban criaturas fantásticas y que sostenían cortinas traslúcidas. En el lecho había un anciano de aspecto moribundo, tenía bolsas en los ojos y tez amarillenta, presentaba un estado de delgadez terrible y cuando habló su voz era temblorosa y apenas inteligible:
—Acércate, hijo mío —dijo.
Richard no se movió durante un instante, hasta que comprendió que el anciano se refería a él. Una anciana junto a la cabecera de la cama, de alguna forma sabía que era su madre, le indicó con un gesto que hiciera lo que se le mandaba. Sintiéndose un poco tonto, Richard se acercó al anciano, y cada vez estaba más convencido de que el señor era su padre, cosa estúpida porque el decrepito anciano no se parecía en nada al borracho que había enterrado hacía seis meses.
—Aquí estoy, padre —dijo Richard tomando una mano del anciano, no sabía de dónde le había salido esa idea, pero de pronto estaba seguro de que era lo que tenía que decir y hacer.
—Mi vida se acaba —dijo el anciano, mirándole a los ojos—. Confío en que seas un buen Rey. Lamento que no pueda estar en tú boda, pero las fuerzas me faltan cada vez más…
Así fue como Richard descubrió que era Príncipe de un país llamado Sirnal y que se casaría con una princesa de nombre Myrella, hija del gran soberano de Benthar, país vecino y aliado de Sirnal. Además de la charla con su anciano padre, también conversó con su madre, el mayordomo, el capitán de la guardia y algunos de sus otros parientes. De pronto descubrió que el sitio le resultaba conocido, como si realmente hubiera vivido desde pequeño en palacio, y ahora le bastaba con ver a una persona para saber quién era y qué relación tenía con ella.
Se paseó durante largas horas en los hermosos jardines de los patios interiores y cuando se asomó por las ventanas de una de las altas torres de mármol de palacio, descubrió que a los pies de éste había una enorme y magnífica ciudad, con grandes edificios de cúpulas doradas, de calles limpias y brillantes y murallas altas, fuertes y hermosas. Más allá de las murallas había un puerto con centenares de barcos en sus dársenas y más allá, sólo el azul del mar y del cielo. Lo mejor de todo es que tras ver la ciudad, Richard supo que la conocía, infinidad de veces había cabalgado por sus pavimentadas calles y tras salir por las enormes puertas recubiertas de oro, las aclamaciones del pueblo habían sido su delirio.
Para culminar una jornada maravillosa, mitigada solamente por el recuerdo de su padre moribundo en las estancias reales, le sirvieron de cenar un verdadero banquete: cerdo asado, salmón ahumado, cangrejos y centollos en salsa picante, empanadas de lamprea, cebollas azadas con zanahorias y remolacha, uvas, fresas y ciruelas pasas, agua y vino. Comió como no recordaba en mucho tiempo, hasta que el estómago empezó a dolerle.
Y fue precisamente el dolor de estómago el que lo devolvió a la realidad. Los rayos del sol se colaban por la rendija de la vieja puerta y el calor que hacía le reveló que el día estaba muy avanzado. Agitó la cabeza con pesadumbre y se sintió aún más desdichado que antes. La miseria en la que vivía lo hacía fantasear en sueños, sin embargo todo había sido tan real, juraría que aún sentía el sabor del vino y la comida en la boca. Eso le recordó a su estómago que hacía muchos días que no tomaba una comida decente, se contrajo, como reclamando, y Richard Kay estuvo a punto de caer del dolor. Tenía que conseguir algo de comer, y pronto.
Medio se lavó el rostro en una pileta y salió a recorrer las calles de la ciudad como hacía todos los días desde que su esposa lo abandonara, medio buscando un trabajo y medio buscando qué podía tomar para saciar un poco el hambre. Y como siempre, merced a su mala suerte, nadie quiso contratarlo ni siquiera por un par de horas, de manera que tuvo que robar un par de manzanas para apaciguar su estómago. Regresó a su viejo jergón arrastrando los pies, desilusionado, exhausto, pensando seriamente en quitarse la vida. El estómago le reclamaba comida sólida, el cuerpo un baño y la ropa una buena lavada. Richard Kay lo ignoró todo y se echó a dormir.
Despertó muy temprano el siguiente día, hambriento y desilusionado. Había esperado soñar de nuevo con el palacio de mármol, un rey moribundo y un rico banquete. Sin embargo nada de eso había ocurrido. Por otro lado, sus sueños habían sido comunes y corrientes, lo que muy a menudo eran reflejos de su actual vida mísera y aciaga.
Los siguientes días transcurrieron con normalidad, es decir, cada vez la situación de Richard estaba peor. La patrona del edificio le dijo que lo echaría del cuarto a menos que en la siguiente semana le pagara la renta de los tres meses atrasados. Y puesto que todos seguían negándose a darle un empleo, por pueril que fuera, era obvio que terminaría en la calle. Muy pronto hedía a suciedad y a sudor y la ropa se le había puesto negra, mohosa y tiesa allí donde la suciedad se había pegado como una segunda piel.
Pero no todo iba tan mal, a la tercera noche Richard Kay se encontró de nuevo en el Palacio Real de Sirnal, en él, su padre seguía moribundo, estaba más decrépito y parecía que era cuestión de días para que muriera. Esa noche no estuvo demasiado tiempo en palacio, pronto se vio arrancado de ese mundo y lanzado al mundo de los sueños cotidianos. Pero la siguiente noche volvió al palacio, y descubrió que se estaba vistiendo y armando para salir de cacería con un grupo de nobles y su guardia. Se vio arrancado de ese maravilloso mundo cuando cabalgaba tras la estela de un ciervo de grandes cuernos, solo para encontrarse con que una rata le mordía el dedo grande del pie. Desilusionado y molesto se volvió a dormir, y descubrió que había vuelto al país del que era príncipe, el ciervo había sido abatido por una lanza y yacía despatarrado a sus pies.
A partir de ese día empezó a visitar el país de Sirnal todas las noches. Y poco a poco, lo que era un sueño empezó a convertirse en una parte importante de su vida. Reía con los personajes del palacio, lloraba con ellos, discutía con los mismos, atendía asuntos de estado, presidía juicios, dictaba sentencia, asistía a bailes y banquetes y era acosado por las mujeres más hermosas del reino. Pronto se encontró descubriendo que quería quedarse allí, ya no quería regresar al mundo de vigilia. Pero volvía, siempre volvía, y cada vez su situación estaba peor. El hambre lo acosaba como la peor de las torturas y se descubría añorando los manjares que comía en Sirnal. Miraba su cara sucia y sus ropas andrajosas y suspiraba al recordar las ricas vestimentas que tenía en su habitación de palacio. Y cuando lo echaron del edificio por no saldar las deudas, deseaba encontrarse en palacio donde él era la voz de mando.
La primera noche sin su jergón pulgoso para dormir, la pasó en un parque. Se acomodó como pudo en una banqueta mientras lloraba amargamente y maldecía internamente a quien fuera el culpable de su detestable situación. Allí llorando, la dura banqueta de cemento como cama, decidió que si las cosas no mejoraban en los siguientes días se quitaría la vida. Una vida como la suya no era vida. Ninguna vida lo es cuando se prefiere los sueños a la realidad. Y eso era lo que precisamente pasaba con Richard Kay, su vida era tan amarga y dolorosa que sus sueños eran mucho mejor que la realidad. De pronto descubrió que también lloraba porque creía que no volvería a Sirnal, de alguna forma pensó que su viejo jergón era el portal que lo llevaba a ese mundo de maravillas.
Pero no era así, tan pronto como se quedó dormido se encontró en Sirnal. Estaba en un gran salón y vestía de negro como todos los demás, había personas a miles. No tuvo que preguntar para imaginar lo que sucedía: su padre, el Rey, había fallecido. El viejo descansaba a la cabecera de la gran sala, en un féretro de mármol y oro y mientras Richard se despedía de él por última vez, infinidad de personas pasaron a estrecharle la mano, a ofrecerle sus condolencias y la enhorabuena por ser ahora el nuevo Rey.
Entre el sin fin de estrechar manos, Richard vio que se acercaba a él una hermosa dama, nunca la había visto, pero inmediatamente descubrió que era Myrella, su prometida y Richard Kay se supo enamorado hasta la médula. Myrella le sonrió con ternura y al oído le susurró que lamentaba la muerte de su padre.
Más tarde despertó con la espalda dolorida, el estómago contraído y el cuerpo aterido por el frío de la mañana. Sin embargo estaba sonriendo, con esa sonrisa típica de quien despierta tras haber soñado con la mujer amada. Pero esta no le duró demasiado; se esfumó en cuanto recordó la realidad. Se encontraba recostado en una banqueta de duro cemento, lo rodeaba la oscuridad, le atenazaba las entrañas el frío y el hambre y en el cielo inmensos nubarrones negros montaban guardia sobre la ciudad.
La tormenta no tardó en azotar la ciudad, y con ella al parque, y con el parque a Richard Kay. El pobre infeliz se vio obligado a buscar refugio en los aleros de las construcciones vecinas. Aún así, cuando la tormenta cesó, estaba calado hasta los huesos. Richard estaba asqueado de su miserable vida.
Los siguientes días fueron de un sufrimiento espantoso. Aguantó hambre como nunca y si pudo saciar la sed fue solamente gracias a las fuentes públicas. Intentó en vano conseguir trabajo y a no más tardar se sentó en un rincón y empezó a pedir limosnas. Pero en esa ciudad hasta las limosnas eran ínfimas, y muchas personas al reparar que además de delgado no tenía ningún otro impedimento físico, le reñían y le decían que buscara empleo. Las más de las veces tenía que robar comida de los puestos de venta, pero a los pocos días ya lo tenían tachado de ladrón y la gente vigilaba bien sus negocios en cuanto lo veían aparecer. Definitivamente aquella no era la vida que de niño soñaba.
Lo único que le proporcionaba un poco de felicidad en aquel mar de sufrimiento y desdichas era la noche y sus sueños en Sildar, un lugar que muchas veces parecía más real que la dura banqueta en la que pasaba las noches. Después de la muerte de su padre el Rey, había sido coronado como el nuevo monarca del país en una gran celebración a la que acudieron todos los nobles de la nación y en la que se pusieron mesas con comida y vino en todas las calles de la ciudad para que todos pudieran comer. Después de eso empezaron los preparativos para su inminente boda con la princesa de Benthar. Richard estaba nervioso por ello, también era por ello que no se había suicidado en el mundo de vigilia. Quería casarse y pasar una velada romántica con Myrella. Sólo eso pedía. Después podría despedirse de ambos mundos con una sonrisa en los labios. Ya lo había decidido.
Un mes después de quedarse sin vivienda, un mes después de perder a su padre el Rey, llegó el día de la boda. El salón de palacio había sido adornado magníficamente y mil invitados se sentaban en sendas banquetas de cedro pulido. En la parte de enfrente, sobre una tarima, el sacerdote esperaba para legalizar la unión ante los hombres y ante los dioses. Su futura esposa lo esperaba en el altar, radiante como la más luminiscente de las estrellas. Richard, como Rey que era, avanzó con paso firme y decido, consciente de los ojos clavados en él, consciente de que siempre sería así, por lo que ese detalle le traía sin cuidado, solo tenía ojos para la bella Myrella, su amada, su ilusión, su felicidad.
Un dolor agudo le escoció el costado, Richard soltó un grito y se llevó las manos allí, había caído, la sangre empezó a manar. Cerró los ojos, los abrió, se encontraba en la banqueta del parque, habías dos tipos frente a él, uno sostenía un cuchillo en alto, la sangre escurría del cuchillo y salía a borbollones del costado de Richard Kay.
—Remátalo —pidió una de las voces—. Escorias como este no merecen vivir, solo ensucian la ciudad.
El cuchillo descendió a gran velocidad, Richard Kay no tuvo tiempo más que para soltar un quejido. El cuchillo atravesó el pecho y alcanzó el corazón. Antes de morir, Richard era una mezcla de calma y rabia: calma porque por fin dejaría ese mundo asqueroso, un mundo de más desventuras que alegrías; y rabia de que no podría casarse con Myrella, la princesa de sus sueños.
La oscuridad se apoderó de sus parpados y Richard supo que moría, moría, moría…
Estaba de pie frente al altar. ¿Qué había sucedido? ¿Por qué seguía soñando si se suponía que estaba muerto?
Entonces lo comprendió. En el mundo de vigilia estaba muerto, sin embargo allí, estaba más vivo que nunca. Quería reír, gritar de felicidad.
Tomó la mano de su novia y le sonrió con amor.
La boda continuó.  

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