Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

16 de octubre de 2014

El Fatídico Caso de Ronald Miller

Ronald Miller, mi compañero de cuarto en la universidad y mi amigo, mi queridísimo y amado amigo. ¿Cómo describir a Ronald antes de su fatal y espantoso final? Bueno, primero diré que era una persona afable, aunque había que tratarlo mucho para descubrir esta faceta de su carácter, ya que normalmente era reservado y poco platicador. Pero era afable, al menos a mí me lo parecía. No era guapo, aunque tampoco era feo. Sus cabellos eran negros y sus ojos azules, cual estanques en calma; aunque al final más bien parecían ríos turbulentos. Medía alrededor del metro setenta y hacía ejercicio de vez en cuando. Más que todo lo suyo eran los libros y soñar despierto.
¡Y vaya que le gustaba soñar despierto! Creo, fue esto lo que lo llevó a su muerte. Aún se me encogen las entrañas al recordar esa aciaga noche, y eso que fue hace muchísimo tiempo.
Hacía tiempo que quería escribir sobre el fatídico caso de Ronald Miller, pero siempre me faltaba el valor, todo me parecía demasiado reciente y demasiado aterrador. Ahora que ya han pasado más de dos décadas y pocos recuerdan su muerte, ahora que tengo esposa y tres preciosos hijos, por fin me he atrevido a coger papel y lápiz y transcribir tal cual percibí lo que ocurrió con mi amigo.
Como ya mencioné antes, a Ronald Miller le gustaba soñar despierto. Y en una de esas soñó que podría conquistar a Mary Roselli, la chica más hermosa que haya pisado jamás la tierra. Más hermosa incluso que Helena de Troya, se los juro. Incluso mi esposa, que también conoció a Mary, estuvo de acuerdo en que Mary era una beldad entre las beldades. No sin cierto resentimiento, claro. La señorita Roselli era de cabellos castaños y ondulados y sus ojos color avellana eran miel para quien se fijara en ellos. No solo eso, era esbelta, de hermosas y torneadas piernas, pechos pequeños y firmes y su piel era del color de un bronceado permanente. Y su sonrisa, su sonrisa amigos, basta decir que hacía que las piedras se derritieran. La mitad de los que la conocíamos estábamos enamorados de ella, la otra mitad eran mujeres, y éstas, más que amor, lo que profesaban a la pobre señorita eran celos y envidia. Aunque por supuesto ella no tenía la culpa de haber nacido anatómicamente tan perfecta. Es cierto que a veces se vestía con poca ropa para lucir sus atributos, pero vamos, es la moda, ella no tenía la culpa.
Pues bien, Ronald Miller soñó que podría tenerla. Y no lo culpo, yo también soñé con tenerla, sólo que después de un par de intentonas me resigné y traté de ver otros horizontes. Pero Ronald se había enamorado de ella, más que ningún otro. Y cuando supo que la señorita Miller se había comprometido con un tal John Vaughan, estudiante de último año y que se decía ya había recibido ofertas de empleo de una importante compañía transnacional, temí que se volvería loco.
Cuando se enteró de la boda de la señorita Miller llegó al cuarto hecho una fiera, se tiraba de los negros cabellos con demasiada fuerza que temí que se los arrancaría y golpeó con los puños y los pies al menos medio centenar de veces del ropero.
—¿Qué sucede? —pregunté apartando el libro que leía en mi cama.
—Mary se va a casar —dijo. Al notar la poca sorpresa que yo mostré se abalanzó sobre mí y empezó a gritarme—: ¡Tú lo sabías! ¡Tú lo sabías, Harry! Y no me dijiste nada. Creí que eras mi amigo.
—Soy tu amigo —me defendí—. Por eso mismo no te lo había dicho —me lo quité de encima y empecé a pasearme por la habitación—. Además, no es tan grave —quizá nunca debí decir aquello—, todo el mundo se casa. Más una señorita como Mary. Era obvio que tarde o temprano se casaría.
—¡Pero tenía que ser conmigo! —gritó—. ¡Conmigo, Harry! No con ese estúpido de Vaughan, que se pasea con su Ferrari de aquí para allá y de allá para acá, que hace fiestas en su mansión y nos invita a todos sólo para que veamos todo lo que tiene. —Se le quebró la voz y empezó a llorar—. Ella tenía que ser para mí, no para él. Yo la amo, Harry. La amo.
—Lo sé —le dije. Me acerqué y lo abracé. No sabía qué más hacer.
—Es tan linda, tan perfecta. ¿Por qué Dios hace personas así de bellas? —Ronald seguía sollozando— ¿Para torturar a los débiles e idiotas como yo? ¿Por qué hace que nos enamoremos de quien no nos quiere? ¿Es que le parece divertido o es su forma de demostrar su amor por todos nosotros? ¡A la mierda con todo! ¡A la mierda con Dios! ¡Si existe un Dios estoy seguro que es alguien cruel! Alguien que prefiere a unos pocos y se divierte con el sufrimiento de los demás ¿Por qué sino los ladrones y los asesinos son los más prósperos y los leales, trabajadores, luchadores somos los que sufrimos más?
—Creo que no nos corresponde a nosotros juzgar lo que Dios hace o no hace —dije. No era religioso, pero no me sentía cómodo injuriando contra Dios.
—Lo siento —musitó—. Es que me duele, me duele mucho. Tú más que nadie sabes lo que he hecho por ella, todo lo que me he arrastrado, todo lo que me he sacrificado ¿Y cuál fue mi premio? Un casto beso hace una semana y la noticia de que se ha comprometido con un tipo que no ha hecho más que pasearse frente a ella como un pavo real en su Ferrari y su cartera llena de billetes.
No pude objetar nada contra aquello. Ronald tenía razón; nadie había hecho tantos intentos y tantas cosas para conquistar a Mary Roselli como él. Como ya mencioné antes, yo también había intentado conquistarla, y como yo muchos más, pero nunca con aquel ahínco, con aquella perseverancia que rozaba el fanatismo que empleó mi querido Ronald. ¡Ay amigo mío! ¿Por qué tuviste que entregarte con tanta devoción? Yo te quería, te amaba, y sufría al verte sufrir. Si hubieses comprendido que ella jamás sería para ti, quizá en estos momentos, en lugar de escribir con el corazón encogido y lágrimas en los ojos estas páginas, quizá charlaríamos tomando un trago de whisky y nos reiríamos de todas las intentonas que realizaste por conquistar el amor de la señorita Roselli.
¡Ay amigo mío! A veces pienso que yo tuve mucho ver en que llevaras a cabo tan horrendo acto. Si es así, de todo corazón te pido que me perdones, yo solo quería consolarte, mostrarte que no todo estaba perdido. Si en lugar de alentar la semilla de la esperanza te hubiese ayudado a olvidarla, a mostrarte que aunque hermosa no era la única chica del mundo... Pero no lo hice. En cambio pronuncié aquella frase que creo fue la que activó el mecanismo que puso en marcha tus macabros planes. ¡Cómo lo siento! Debes entender que sólo quería que vieras el sol a través de la tormenta.
—Aún falta mucho para que se casen —le dije mientras lo consolaba en mis brazos—. Muchas cosas pueden suceder hasta entonces.
Los ojos de Ronald brillaron cual ascuas avivadas, y no a causa de las lágrimas que humedecían sus estanques azules, sino que fue como si se prendieran ante una visión que en esos momentos sólo él podía ver. Debo admitir que sentí un poco de miedo ante aquella mirada. Quizá me hubiese desmayado si hubiera intuido lo que significaba.
Al cabo de un minuto mi amigo se había repuesto casi por completo, excepto que estaba nervioso, quizá un poco excitado ante la perspectiva de lo que el futuro pudiera traer. Se paseaba de un lado a otro de la habitación, mientras hablaba acaloradamente que yo tenía razón, que Mary aún no se había casado, y que mientras eso no ocurriera aún podrían suceder muchas cosas, tal como yo había dicho. Tuve que darle la razón, después de todo fue lo que yo dije. ¡Si tan solo me hubiera hablado de lo que por su mente pasaba! ¡Pero no lo hizo! Y yo no podía saber lo que en su mente estaba germinando.

Durante las siguientes semanas Ronald Miller se dedicó a, prácticamente, acosar a Mary Roselli. Le enviaba rosas con tarjetas en los que escribía poemas de su autoría, pintaba mensajes de amor en grandes carteles y los ponía allí donde sabía que la señorita Roselli los vería y la abordaba cada que tenía ocasión. Tanto la acosó que el resultado fue una paliza de parte de John Vaughan. Yo sentía compasión por mi amigo, pero creí que tarde o temprano se daría cuenta de que todos sus esfuerzos eran en vano, y que poco a poco se olvidaría del asunto. Jamás llegué siquiera a imaginar que todo lo realizado después de la vez que lloró en mis brazos era para agotar hasta el último recurso. Lo único que pretendía era asegurarse de que definitivamente no tenía oportunidad con Mary. La paliza recibida de John Vaughan ante la impasibilidad de Mary fue la última prueba que necesitaba.
—Fue la última humillación que recibo de esos dos —dijo con ira y resentimiento tres días después, cuando la hinchazón del rostro hubo descendido lo suficiente para permitirle hilvanar hasta diez palabras seguidas.
Lo miré con conmiseración. Convencido de que por fin pondría final a aquella obsesión. He de admitir que creí que el brillo de sus ojos era porque tenía deseos de llorar, y no lo hubiera culpado si lo hubiera hecho. Pero estaba equivocado, sus ojos brillaban de odio y malicia y de la idea aterradora que ya había germinado en su cabeza. Brillaban por la fechoría que se proponía cometer. Estoy seguro que si hubiera siquiera imaginado la forma en que terminaría todo aquello, sus ojos jamás habrían brillado de aquella manera, y hubiese optado por olvidar todo el asunto, incluso su amor por Mary. Pero el ser humano no sabe a ciencia cierta lo que le depara el futuro, ni siquiera si se trata del minuto siguiente, menos aún cuando fuerzas extrañas y externas intervienen. Y eso fue lo que sucedió en este caso.
¡Ay Ronald Miller! ¡Qué muerte tan espantosa la tuya!

Me despertó a la una de la madrugada, dos semanas después de la paliza. Encendí rápidamente la lámpara que había a la cabecera de la cama y me encogí horrorizado ante la visión. Por un momento creí que tenía una pesadilla. Tenía las manos manchadas de sangre, así como los brazos. Unas manchas rojas adornaban su ropa y también tenía salpicaduras en el rostro. Sus ojos brillaban febriles, nerviosos y ansiosos, pero por lo demás se mantenía bastante sereno.
—¿Qué te ocurrió? —le pregunté tras el susto inicial.
—Lo hice —me dijo y sonrió como un loco, un loco muy feliz.
—¿Hacer qué? —su sonrisa me ponía nervioso, más aún que la sangre en sus manos.
—Maté a Mary y a John. Ahora Mary no será para nadie.
Por la calma con que lo dijo supe que era verdad.
—¡Dios mío! —me oí musitar a la vez que me encogía más en la cama—. ¿Cómo pudiste?
—Fue muy sencillo —¡Cómo si yo detalles le hubiese pedido!—. Me escondí en la habitación… Pero no eso no viene al caso de momento —se interrumpió como si hubiese recordado algo importante— te lo contaré mientras conduces…
—¿Conducir?
—Eres mi mejor amigo —dijo viéndome a los ojos—, ¿no me dejarás solo verdad? —no sé por qué mi cabeza mecánicamente se giró a uno y otro lado—. Bien, eso esperaba. Necesito que me ayudes a sacar los cuerpos, los meteremos en la camioneta de mantenimiento y los sacaremos fuera de la ciudad.
Así fue como me encontré deslizándome junto a un loco asesino hacia la sección de las chicas hasta llegar a la habitación de Mary Roselli. Ronald empujó la puerta y encendió la luz con naturalidad ¡cómo si en el suelo no hubiera habido dos muertos!
Mary había muerto asfixiada, una fina línea roja alrededor del cuello señalaba la zona donde un alambre la había estrangulado hasta ahogarle la vida. También tenía tres cortes en la mejilla derecha, semejaban garras de alguna fiera, pero al acercarme vi que eran incisiones realizadas por un arma cortante; una navaja según me relataría más tarde Ronald Miller. Mi corazón se encogió de tristeza, y durante una fracción de segundo sentí un odio profundo hacia Ronald Miller ¿Qué derecho tenía él para despojar al mundo de una mujer como Mary Roselli? El cuerpo más hermoso y perfecto del mundo estaba allí, a mis pies, pero sin vida, perdido ya todo su valor. Recuerdo que una lágrima se deslizó por mi mejilla. Lloraba por la muerte de la mujer de la cual todo el mundo estaba enamorado, incluido yo. Pero me repuse enseguida. Ella había muerto y punto. Ahora debía ayudar a Ronald Miller.
John Vaughan había sufrido una muerte peor, tenía el pecho y el vientre destrozado. Llegué a contar hasta veintitrés puñaladas. Un estremecimiento recorrió mi cuerpo cuando terminé el recuento. Aún hoy día no sé por qué las conté.
—¿Cómo lo hiciste? —le pregunté en un susurro.
Ronald Miller se encogió de hombros como si la cosa no tuviera importancia.
—Me escondí en la habitación y puse sedantes en sus bebidas. El resto fue pan comido.
—¿Y la compañera de cuarto de Mary?
—Mary le pidió que durmiera con otra amiga, que esta noche tendría visitas.
Me eché al hombro el cuerpo de Mary Roselli y seguí a Ronald, que cargaba con John y una maleta con las armas homicidas y otras prendas que guardaban vestigios de lo que había ocurrido en la habitación. Si todo hubiese resultado como se suponía tenía que resultar, Mary y John simplemente habrían desaparecido para todo lo demás. Pero no todo salió bien.
De alguna manera Ronald había conseguido que la camioneta de mantenimiento estuviera frente al campus de la universidad, agazapado bajo la oscura sombra de unos abetos. Sacó las llaves de sus pantalones y abrió la furgoneta. Tendió un nylon en el piso y después depositamos en él los cuerpos de sus víctimas. También habían allí una pala y una piqueta, lo que demostraba que Ronald había planeado aquella fechoría con tiempo.
—Tú conduces —me dijo, lanzándome las llaves de la camioneta—. Hacia el norte —especificó.
Arranqué la camioneta y nos pusimos en marcha. Eran la una y media de la madrugada.
Durante la mayoría del trayecto Ronald se dedicó a hablarme con voz excitada de cómo había llevado a cabo tan macabro y sanguinario acto. Debo decir que me hizo sentir incómodo y por momentos mi piel llegó incluso a erizarse. Escuchar a tú amigo hablar con tanta vehemencia sobre una atrocidad que haya cometido, ¡más una atrocidad cómo aquella!, no es algo que te haga sentir tranquilo.
Mientras recorríamos las solitarias calles de la ciudad mi principal temor fue verme detenido por alguna patrulla de policías. Por la calma con la que Ronald se tomaba el viaje parecía creer que eso nunca sucedería, o definitivamente le daba igual. Cuando doblaba en alguna esquina especialmente sombría creía que algún coche con luces nos daría el alto y se pondría a fisgonear en la camioneta. Ahora que sé cómo concluiría toda aquella locura, creo que quizá hubiese sido lo mejor. Aunque me hubieran condenado a la cárcel varios años. Al menos Ronald habría salvado la vida.
Unos quince minutos más tarde, casi a punto de salir de la ciudad, escuchamos un golpe en el vagón de la camioneta. Nos provocó un sobresalto y lo hubiésemos dejado pasar si al instante siguiente no se hubiera producido otro: era como si algo o alguien golpeara desde dentro.
—¿Qué fue eso? —pregunté.
—No lo sé —respondió Ronald, en esa ocasión tan inquieto como yo.
El tercer golpe no tardó en producirse, igual a los otros dos.
—Para —me dijo—, iré a ver qué es. Seguramente es una de las herramientas —agregó poco convencido.
No me hubiese extrañado que las herramientas golpearan contra la cajuela si hubiésemos ido en terracería, pero conducía en calles perfectamente pavimentadas. Aquello me parecía raro.
—De acuerdo —le contesté y paré.
Ideas espantosas empezaron a rondar por mi mente mientras Ronald iba atrás a ver qué sucedía. Por un instante incluso llegué a pensar que Mary no estaba muerta, que quizá la cuerda no le había arrebatado la vida sino solo el conocimiento y que ahora volvía en sí. Oí cuando levantó la compuerta y entraba al vagón.
—¿Qué ocurre? —le pregunté.
—Nada, todo está bi… —el grito que brotó de su garganta me hizo tirarme del auto y correr en su ayuda.
Ronald parecía debatirse contra alguien, como una lucha. Lo tomé de las piernas y lo halé hasta que lo que saqué del todo. Un reguero de sangre manaba de su mejilla izquierda. Corrí por la lámpara de mano que llevaba en la cabina y regresé para escudriñar el vagón. ¡Nada! John y Mary estaban tan muertos como al principio.
—¿Qué pasó? —le pregunté, la voz hecha un mar de nervios.
—Creo… creo que me resbalé, caí y me golpeé con algo.
—¿Estás seguro? Parecía como si te debatieras contra algo o alguien.
—Debiste imaginarlo. Anda, vamos, terminemos con esto.
Volvimos a la cabina y metí el pie al acelerador. Todo empezaba a tornarse extraño y quería terminar cuanto antes.
Ronald se quitó la camisa y empezó a enjugarse la sangre de la mejilla. Cuando la tuvo limpia vi que tenía tres cortes pequeños, como de un centímetro de largo.
Lo único bueno de aquel incidente, si es que tuvo algo de bueno, fue que Ronald dejó de mortificarme con su detallada descripción de cómo había llevado a cabo su asesinato doble.
Unos veinte minutos después, los ruidos en la parte de atrás no habían vuelto a producirse, nos detuvimos en un bosquecillo ralo. Metí la camioneta en éste, nos echamos los muertos y las herramientas al hombro y empezamos a caminar. Al cabo de unos cuatrocientos o quinientos metros nos detuvimos, acordamos que enterraríamos los cadáveres en aquel lugar. El bosquecillo era ralo y la luna creciente nos proporcionaba suficiente luminosidad para acometer la tarea sin necesidad de lámparas. Ronald cogió la piqueta y empezó a escarbar. Yo empecé a buscar la pala para extraer la tierra del agujero pero no la hallé.
—Creo que olvidamos la pala en la camioneta —le comenté.
—Pues ve por ella —me dijo sin dejar de cavar.
—¿Estás seguro? —inquirí—. Me refiero a que te quedarás sólo con los cuerpos…
—Los muertos, muertos están —me interrumpió—, nada pueden hacer ya.
—Como quieras.
Desanduve los pasos que me habían llevado hasta allí y regresé a la camioneta. Tenía miedo, por supuesto que tenía miedo, el lugar me parecía solitario y sombrío y temía que algún ente sobrenatural surgiera tras de mí en cualquier momento. Llevar a cabo una tarea como la que estábamos realizando esa noche te mete ideas extrañas en la cabeza y te hace temer de cualquier cosa. Créanme que muchas veces volví la vista espantado cuando de reojo miraba que mi sombra se movía conmigo.
Llegué a la camioneta después de lo que me pareció una eternidad. Recogí la pala que efectivamente había quedado olvidada en la camioneta y regresé a Ronald a ayudarle con la horrenda tarea.
Imaginad mi terror cuando llegué al sitio y en lugar de dos muertos lo que encontré fueron tres.
El cuerpo sin vida de Ronald yacía junto al agujero que había empezado a cavar. Lo que más horror me causó fue que sobre él estaban los cuerpos de Mary y John. Valiéndome de no sé qué valor aparté los cuerpos de los otros muertos y revisé a Ronald.
Casi muero del susto allí mismo cuando vi que los tres cortes de su mejilla habían tomado la forma de un zarpazo; alrededor del cuello tenía un hilillo rojo como si lo hubieran estrangulado y en su pecho y vientre tenía veintitrés heridas como puñaladas.
¡Ay amigo mío! ¡Y tú dijiste que los muertos ya nada podían hacer!

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