Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

30 de octubre de 2014

La Ciénaga

La laguna que todos llaman La Ciénaga no se encuentra muy lejos de la aldea en la que yo vivía. A partir de la última casa (que pertenece a un señor que la mayoría llamamos Cheje, pero que realmente se llama Francisco) calculo habrá un máximo de un kilómetro hasta la mencionada laguna. Es una laguna muy grande, hay quienes dicen que es un lago pequeño, la verdad yo no sabría opinar al respecto porque no sé qué es una laguna o un lago. Lo que sí sé es que se trata de una gran cantidad de agua, un kilómetro de diámetro. Su agua es verde y parduzca, y se dice que su punto más profundo sobrepasa el centenar de metros. Está rodeada en su mayoría de bosquecillos y matorrales y aunque es hogar de vastas cantidades de peces, tortugas y lagartos, no todo mundo se siente cómodo acercándose a ella, y no es precisamente por miedo a los lagartos.
No. Se debe a algo más. Se cuentan ciertas historias alrededor de La Ciénaga. Algunas muy aterradoras.
Mi madre me contó que en una ocasión, cuando recién había venido de oriente para establecerse en ésta diminuta aldea y yo era un niño, fue a pescar a la laguna.
—Había buena pesca —me dijo, yo escuchaba sentado en el suelo, embelesado, como solo los pequeños pueden hacerlo—. Pero en una ocasión, cuando lancé el anzuelo, algo muy grande mordió la carnada. Me sobresalté, contenta pensando que algo muy grande había mordido. Jalé la cuerda con fuerza, temiendo que se rompiera por el gran pesor del que tiraba —ponía el rostro como si estuviera haciendo un gran esfuerzo mientras sus manos braceaban, imitando el tirar de la cuerda, yo oía y observaba con la boca abierta, tan silencioso como la nada—. Pero resistió, y yo jalé, jalé y jalé… cuando la presa asomó la cabeza por el borde del agua yo grité aterrada y dejé escapar la cuerda. ¡Fue algo horrible!
Se estremeció notoriamente al llegar a ésta parte.
—¿Qué habías pescado, mamá? —pregunté impaciente.
—No era un pez —me dijo—. No sé lo que era ni quiero saberlo… lo único que vi fue la cabeza de tú abuelo, muerto hace diez años. Por eso hijo, no quiero que te acerques a ese lugar
En ese entonces yo tenía nueve o diez años, no recuerdo bien, se me puso la carne de gallina y temí a la laguna más que a todos los monstruos de mis pesadillas.
Años más tarde, encontraron a una chica de nombre Alejandra medio muerta a las orillas de la laguna. No había perdido el conocimiento, pero temblaba alarmantemente y lo único que decía eran incoherencias. Un mes más tarde me contaría que buscaba ciertas plantas para prepararle un baño a su madre enferma.
—La cogí casi del tronco —me explicó, refiriéndose a la planta—, y tiré de ella. Normalmente son plantas de tallo suave, no requieren demasiado esfuerzo para arrancarlas. Pero ésta opuso mucha resistencia, y yo insistí, tirando con fuerza y con ambas manos. Estaba a punto de darme por vencida cuando cedió un poquito, me alegre y seguí tirando. Poco a poco las raíces fueron saliendo —aquí se cubrió con los brazos, tratando de alejar los temblores—, pero no eran raíces las que salieron al final, sino un rostro terroso, deforme, de mandíbula puntiaguda y grandes ojos, ojos blancos y escudriñadores… cuando abrió la boca y emitió un chillido agudo, me desmayé.

24 de octubre de 2014

¡Feliz Cumpleaños, cariño!

Michael abrió lentamente los ojos. El despertador de su teléfono celular reproducía una canción en la mesilla junto a la cama. Alargó la mano. Lo apagó. Una sonrisa asomaba a sus labios. Había soñado con Joanne, su novia. En el sueño hacían el amor en algún motel del pueblo. Sonreía porque era estúpido. Joanne jamás accedería a acostarse con él. Iba a la iglesia y aseguraba que no se acostaría con nadie hasta haberse casado. Michael no tenía intenciones de casarse con ella, al menos no de momento, lo que hacía preguntarse si no estaba siendo idiota al seguir con ella. Entonces recordaba cuán enamorado estaba de la joven.
Pero la sonrisa no era solamente por el sueño.
Era su cumpleaños número dieciocho. ¡Por fin era un adulto!
Llamaron a la puerta. Michael imaginaba quienes eran.
—Un momento —pidió.
Se vistió aprisa y quitó el cerrojo.
—¡Feliz cumpleaños, cariño! —gritaron al unísono su madre, su hermana y su hermanito. Todos con una sonrisa de oreja a oreja y sosteniendo un pequeño pastel entre los tres.
Era casi una tradición familiar aquel gesto. Acostumbraban llevar un pastel y un feliz cumpleaños a la habitación del cumpleañero. Con el tiempo había dejado de ser una sorpresa, pero no dejaba de ser un buen gesto.
Para culminar el ritual, Michael los invitó a pasar y comieron el pequeño pastel en su habitación. En su familia los cumpleaños no se celebraban con tromba. El pastel y el feliz cumpleaños era todo. A Michael no le desagradaba el método. No se hubiera sentido cómodo presidiendo una fiesta por su decimoctavo aniversario de vida.
Después del almuerzo, y tras darse un baño, Michael fue a buscar a su novia para ir a ver una película al cine y tomar un helado. Sabía que ese día, así como los anteriores, no conseguiría de su novia más que unos besos y unos abrazos, de modo que había apartado la tarde para ella y la noche para ir a tomar un par de cervezas con Kevin, su mejor amigo.
Aparcó el coche frente a la casa de los padres de Joanne, se bajó y llamó a la puerta.
—Hola, cumpleañero —saludó la madre de Joanne al abrir la puerta.
Michael sintió las mejillas encendérseles.
—Buenas tardes, señora —saludó a su vez, tratando de esconder el rubor—. ¿Se encuentra Joanne?
—Le diré que ya llegaste. Pero pasa, siéntate.
Como es típico en las mujeres, Michael esperó en la sala alrededor de media hora. ¿Por qué las mujeres tardan tanto en arreglarse? Mientras tanto se puso a jugar cartas con el hermanito menor de su novia. Era un chico muy simpático. Después de media hora tuvo que repetirse por enésima vez que la espera había valido la pena.
Joanne estaba radiante.
—Oye, pero si sólo vamos al cine, que yo sepa no nos han invitado a ninguna boda —bromeó.
—Me halagas —fue la tímida respuesta de Joanne.
La chica tenía dieciséis años, su cabello era lacio y castaño y sus ojos cafés. Ese día llevaba puesto un vestido celeste que resaltaba su esbelta figura pero sin ser muy ajustado. Se sujetaba el cabello con una diadema del mismo color y que hacía juego con sus aretes y un pequeño collar. Estaba realmente hermosa… y sexy. Michael apartó la mirada de su novia y se concentró un momento en las cartas que tenía en las manos. Se puso de pie hasta que la erección desapareció.

20 de octubre de 2014

El Sueño de Richard Kay

El sol crepuscular bañaba la tarde de naranja y oro, arrancaba destellos refulgentes de las fachadas de los edificios y provocaba el efecto de aureolas doradas en muchos de los transeúntes. Todo muy lindo. Sin embargo era lo único. Richard, con pantalones marrones y descocidos, y camisa a cuadros antiquísima, caminaba con las manos en los bolsillos y sintiéndose el hombre con peor fortuna en el mundo, y por ende el más desdichado. Hacía un año que no tenía un empleo de ningún tipo, seis meses atrás había muerto su padre dejándole todo a sus hijos más pequeños, y por si eso fuera poco, aún se encontraba en el velatorio de su progenitor cuando su mujer decidió fugarse con el que hasta entonces era su mejor amigo.
Si no era el tipo más desdichado del mundo, sin lugar a dudas entraba entre los finalistas.
«Y nuestro finalista número tres, de los tipos más desafortunados del mundo: Richard Kay. Un aplauso por favor». Casi oía la voz del presentador y el retumbar de los aplausos de un millar de personas, todas con más suerte que él. Maldijo por lo bajo y golpeó con fuerza una lata tirada en la acera.
Más adelante dobló hacia la izquierda y empezó a serpentear por un laberinto de calles en las que la mayoría de las personas se perderían. Llegó al edificio donde tenía una habitación, de la que, si no conseguía un trabajo, no tardarían en echarlo. Alcanzó su camastro, unas tablas podridas y un colchón mohoso lleno de pulgas, y se echó a dormir; en los últimos meses acostumbraba acostarse temprano para evitar el hambre de la cena.
Tardó un poco en conciliar el sueño, eran tantas sus desventuras que a menudo le quitaban el sueño, pero al final lo consiguió. Y de pronto se encontró junto a un enorme lecho, con sábanas de lino y bordados de oro, con postes que semejaban criaturas fantásticas y que sostenían cortinas traslúcidas. En el lecho había un anciano de aspecto moribundo, tenía bolsas en los ojos y tez amarillenta, presentaba un estado de delgadez terrible y cuando habló su voz era temblorosa y apenas inteligible:
—Acércate, hijo mío —dijo.
Richard no se movió durante un instante, hasta que comprendió que el anciano se refería a él. Una anciana junto a la cabecera de la cama, de alguna forma sabía que era su madre, le indicó con un gesto que hiciera lo que se le mandaba. Sintiéndose un poco tonto, Richard se acercó al anciano, y cada vez estaba más convencido de que el señor era su padre, cosa estúpida porque el decrepito anciano no se parecía en nada al borracho que había enterrado hacía seis meses.
—Aquí estoy, padre —dijo Richard tomando una mano del anciano, no sabía de dónde le había salido esa idea, pero de pronto estaba seguro de que era lo que tenía que decir y hacer.
—Mi vida se acaba —dijo el anciano, mirándole a los ojos—. Confío en que seas un buen Rey. Lamento que no pueda estar en tú boda, pero las fuerzas me faltan cada vez más…
Así fue como Richard descubrió que era Príncipe de un país llamado Sirnal y que se casaría con una princesa de nombre Myrella, hija del gran soberano de Benthar, país vecino y aliado de Sirnal. Además de la charla con su anciano padre, también conversó con su madre, el mayordomo, el capitán de la guardia y algunos de sus otros parientes. De pronto descubrió que el sitio le resultaba conocido, como si realmente hubiera vivido desde pequeño en palacio, y ahora le bastaba con ver a una persona para saber quién era y qué relación tenía con ella.

16 de octubre de 2014

El Fatídico Caso de Ronald Miller

Ronald Miller, mi compañero de cuarto en la universidad y mi amigo, mi queridísimo y amado amigo. ¿Cómo describir a Ronald antes de su fatal y espantoso final? Bueno, primero diré que era una persona afable, aunque había que tratarlo mucho para descubrir esta faceta de su carácter, ya que normalmente era reservado y poco platicador. Pero era afable, al menos a mí me lo parecía. No era guapo, aunque tampoco era feo. Sus cabellos eran negros y sus ojos azules, cual estanques en calma; aunque al final más bien parecían ríos turbulentos. Medía alrededor del metro setenta y hacía ejercicio de vez en cuando. Más que todo lo suyo eran los libros y soñar despierto.
¡Y vaya que le gustaba soñar despierto! Creo, fue esto lo que lo llevó a su muerte. Aún se me encogen las entrañas al recordar esa aciaga noche, y eso que fue hace muchísimo tiempo.
Hacía tiempo que quería escribir sobre el fatídico caso de Ronald Miller, pero siempre me faltaba el valor, todo me parecía demasiado reciente y demasiado aterrador. Ahora que ya han pasado más de dos décadas y pocos recuerdan su muerte, ahora que tengo esposa y tres preciosos hijos, por fin me he atrevido a coger papel y lápiz y transcribir tal cual percibí lo que ocurrió con mi amigo.
Como ya mencioné antes, a Ronald Miller le gustaba soñar despierto. Y en una de esas soñó que podría conquistar a Mary Roselli, la chica más hermosa que haya pisado jamás la tierra. Más hermosa incluso que Helena de Troya, se los juro. Incluso mi esposa, que también conoció a Mary, estuvo de acuerdo en que Mary era una beldad entre las beldades. No sin cierto resentimiento, claro. La señorita Roselli era de cabellos castaños y ondulados y sus ojos color avellana eran miel para quien se fijara en ellos. No solo eso, era esbelta, de hermosas y torneadas piernas, pechos pequeños y firmes y su piel era del color de un bronceado permanente. Y su sonrisa, su sonrisa amigos, basta decir que hacía que las piedras se derritieran. La mitad de los que la conocíamos estábamos enamorados de ella, la otra mitad eran mujeres, y éstas, más que amor, lo que profesaban a la pobre señorita eran celos y envidia. Aunque por supuesto ella no tenía la culpa de haber nacido anatómicamente tan perfecta. Es cierto que a veces se vestía con poca ropa para lucir sus atributos, pero vamos, es la moda, ella no tenía la culpa.
Pues bien, Ronald Miller soñó que podría tenerla. Y no lo culpo, yo también soñé con tenerla, sólo que después de un par de intentonas me resigné y traté de ver otros horizontes. Pero Ronald se había enamorado de ella, más que ningún otro. Y cuando supo que la señorita Miller se había comprometido con un tal John Vaughan, estudiante de último año y que se decía ya había recibido ofertas de empleo de una importante compañía transnacional, temí que se volvería loco.
Cuando se enteró de la boda de la señorita Miller llegó al cuarto hecho una fiera, se tiraba de los negros cabellos con demasiada fuerza que temí que se los arrancaría y golpeó con los puños y los pies al menos medio centenar de veces del ropero.

9 de octubre de 2014

La Pesadilla

El lugar era un sitio completamente desconocido. Inhóspito, yermo y carente de vida. Unos cactus aliviaban la monotonía de un paraje arenoso con suaves promontorios que más que colinas lo que asemejaban eran dunas formadas por el viento y la arena. Anderson jamás había visto un sitio así, quizá en alguna olvidada película del viejo oeste, aunque no estaba muy seguro. Se preguntaba qué demonios hacía allí.
Un cuervo apareció de la nada y se puso a volar en círculos veinte metros sobre su cabeza mientras chillaba de forma estridente. Anderson lo observó durante escasos segundos. Tenía la corazonada de que el pajarraco intentaba decirle algo. Pero desde luego eso era imposible. Desechó el pensamiento de inmediato.
Dejó de observar al pajarraco, con la firme intención de buscar una manera de salir de aquel lugar. ¡Lo que veía no podía ser cierto! ¡Los cactus se movían! Los troncos se habían dividido y la hacían de piernas. Avanzaban a trompicones… hacia él, comprendió con horror. Dio media vuelta para salir pitando, pero se topó con que estaba rodeado; decenas, cientos de cactus avanzaban hacia él por todos lados. Coordinados, por alguna macabra fuerza, todos alzaron unos brazos verdes llenos de púas y apuntaron hacia él. Anderson se dejó caer, cubriéndose la cabeza con las manos y gritando aterrado. Imaginó que mil púas lo alcanzarían en cualquier momento.
Pero pasó un minuto y no sintió dolor. Poco a poco, tembloroso, retiró el brazo que le cubría el rostro y observó: los cactus seguían con los brazos alzados, apuntando hacia él; arriba, el cuervo seguía girando en círculos sobre su cabeza. De pronto, los brazos de los cactus se alzaron aún más, apuntando hacia el cielo. «Hacia el cuervo», comprendió. Miles de espinas surcaron el cielo. Todas dieron en el cuello del ave. La cabeza cayó a los pies de Anderson. Sin embargo el pajarraco aún estaba arriba, revoloteando, negándose a caer, a morir. Un hilillo de sangre manaba de su cuello. El pajarraco seguía revoloteando. Anderson se encontraba consternado. ¿Cómo era posible que aún siguiera arriba, con vida? La sangre que manaba de su pescuezo formaba finas líneas rojas. Anderson las miró sin ver, hasta que cayó en la cuenta ¡La sangre estaba formando una palabra! Se levantó sobresaltado, aterrado hasta los huesos.

2 de octubre de 2014

La Sombra de los Muertos (Parte Final)

“El sótano”, dos palabras que de un modo escalofriante estremecieron el corazón de Wilson. El sótano les había parecido raro desde el primer momento, allí el aire se dejaba sentir más pesado y aciago, como si una nube oscura y maligna pendiera sobre él. En esos momentos había creído que se trataba por el exceso de humedad y polvo, ahora ya no estaba tan seguro.
“El sótano”, un lugar que su esposa había limpiado con más esmero que todo lo demás, el cual, a pesar de la lavada y las varias lámparas que se habían colocado en él, tenía un aura capaz de deprimir y hacer sentir funesta a cualquier persona. Si la anciana tenía razón debía ir allí, desmontar o romper las tablas del piso y escarbar hasta dar con los cuerpos de los dos niños. Tarea que no consideraba fácil, menos exenta de peligros.
—Voy a ir allí y buscaré los restos de los infantes —aseveró.
La anciana lo escrutó con ojos legañosos y Kate soltó un pequeño chillido.
—No, es peligroso —sentenció—. Creo que mejor deberíamos llamar a la policía.
Doña Rita soltó una pequeña risita. Una risa desdentada que provocó un pequeño escalofrío en Wilson. Era la primera vez que oía reír, aunque fuera de forma leve, a la anciana.
—¿Acaso creen que yo no he llamado a esos patanes para transmitirles mis sospechas? —dijo—. Lo único que he conseguido es que me tomen como la loca del barrio.
«Idea no tan descabellada», pensó Wilson.
—¿Entonces qué podemos hacer?
—¿Creen en Dios? —la anciana respondió una pregunta con otra pregunta.
—Sí —dijo Kate.
Wilson no estaba tan seguro. Aceptar como cierta la teoría de que existía un ser omnipotente, surgido quién sabe de dónde, con la capacidad de crear un mundo y millones de seres vivientes, no era algo que su mente pudiera asimilar así de fácil. Sin embargo, un mundo surgido de la nada, con un planeta situado casualmente en un lugar idóneo para que apareciese la vida, tampoco le parecía una hipótesis muy loable. Su opinión estaba dividida, aún así respondió que sí.
—Entonces encomiéndense a él —dijo la anciana—. Lleven una Biblia, un rosario y agua bendita de ser posible. No sé si las sombras de esos muertos son cosa del Diablo, pero desde luego no están allí por voluntad de Dios.