Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

1 de septiembre de 2014

La Sombra de los Muertos

La casa era grande y austera. Las paredes enyesadas necesitaban una retocada y el jardín una completa renovación. De esto último ya se encargaría Kate. El jardín de su casa anterior siempre había sido bonito y bien conservado, y eso que Kate trabajaba como secretaria en una firma de abogados, ahora que ya no lo hacía, seguramente se las ingeniaría para hacerlo lucir esplendoroso. El jardín y el yeso quebrado de las paredes era lo más achacable a la casa, al menos a primera vista, pero el precio que había pagado por ella era una ganga, imposible dejarla pasar.
—¡Está muy sucia! —comentó Kate nomás cruzar el umbral de la puerta.
—No empiezo a trabajar hasta el lunes próximo —dijo Wilson—. Tenemos tiempo para dejarla reluciente hasta entonces.
Kate le sonrió con ternura.
Llevaban poco más de un año de casados, ella tenía veintidós y él veintisiete, era natural que la amara igual que el primer día, cuando no más. Haría todo lo que ella quisiera, limpiar la casa él solo si así lo requería. Por supuesto, Kate no le pediría algo así, también lo amaba.
—¿Hace cuánto qué no vive alguien aquí? —preguntó Kate al Señor Roman, el agente que les había vendido la casa.
El tipo, bajo y rechoncho, se compuso el nudo de la corbata.
—Ya se lo expliqué al Señor Wilson —dijo—, la casa lleva sin habitantes siete años.
—Ya te lo había dicho, mi vida —intervino Wilson en tono conciliador.
—Quizá sea por eso… —Kate parecía ensimismada.
—¿Ocurre algo, mi amor?
—No, solo que… la casa me parece algo lúgubre.
Wilson también lo había notado desde la primera vez que estuvo allí, en la atmósfera del lugar parecía flotar un aura húmeda, ominosa. Pero la había desechado, después de tanto tiempo sin personas que la habitaran, era posible que la humedad, el polvo y la soledad fueran las causantes de dicha impresión.
—Lo que necesita es ventilación y una lavada —apuntó el agente de bienes raíces. Wilson notó que el individuo desviaba la vista hacia una de las paredes, como si evitase darles la cara.
—¿No pudo hacerlo su empresa?
—Señorita, por el precio que la vendimos, habríamos obtenido pérdidas si le hubiésemos dado mantenimiento seguido.
Ésta vez Wilson ya no tuvo dudas, el hombre negaba darles la cara. Además parecía nervioso. ¿Será que ocultaba algo? ¿O la belleza de su joven esposa lo incomodaba? A fuerza tenía que ser lo primero. Un agente de bienes raíces debía estar acostumbrado a tratar con centenares de personas, todas dispares, mujeres hermosas incluidas. Así que no, la cosa no iba por allí. El tipo trataba de reservarse alguna información. Como por inspiración divina, o satánica, la pregunta correcta asomó a la lengua de Wilson.
—¿Qué fue de los anteriores habitantes de la casa?
El cambio de expresión en el rostro del Señor Roman, mínimo e imperceptible para la mayoría de personas, no así para Wilson, fue suficiente para saber que iba por el camino correcto.
—Eso no tiene importancia —la respuesta del agente fue evasiva.
—Para mí la tiene —decretó Wilson—. Tengo la intuición de que hay una historia detrás de todo esto.
—Bueno… —el hombre parecía indeciso. Una lucha interna debía estarse dando en esa cabeza gorda y redondita que poseía—. Les contaré lo que ocurrió con los últimos inquilinos, pero quiero que me prometan que no intentarán deshacer el contrato. Supongo que no son supersticiosos.
—No, no lo somos —o al menos Wilson no lo era.
—¿Qué tiene que ver el si somos supersticiosos o no? —Kate a veces era demasiado puntillosa.
—Ya sacarán ustedes sus conclusiones. —El Señor Roman volvió a componerse el nudo de la corbata, aunque a decir verdad no había nada que arreglar, estaba tan pulcro y tan bien puesto como podía estarlo—. Prométanme que el trato seguirá en pie.
Wilson ya había firmado un contrato por aquella casa, e incluso ya había alguien tratando de vender su anterior vivienda. Intentar deshacer un contrato sólo por lo que pudiera contarles el Señor Roman no era algo que pasase por su mente, además de que si lo intentaba seguramente le costaría dinero.
—Lo prometemos —dijo.
—Deberíamos tomar asiento —intervino Kate—. Los encargados de la mudanza empezarán a entrar las cosas.
En el salón recibidor había un juego de sofás color marrón. Los cubría nylon transparente, pero que ahora estaba pardo por el polvo recibido durante meses, quizá años. Quién sabe el tiempo que llevaba la casa sin ser atendida. Aunque por el grosor de la capa de polvo en todos lados, bien podría ser que desde la marcha de sus últimos inquilinos.  
Tomaron asiento mientras los empleados de la mudanza entraban y salían con cajas de todos tamaños y objetos envueltos en plástico de burbuja. La estancia estaba oscura y miríadas de partículas de polvo flotaban a la luz sol que se colaba a través de los amplios ventanales.
—Bueno —el rechoncho hombrecillo volvió a llevar sus manos al nudo de la garganta y carraspeó—, la verdad no sé cómo empezar. Aunque la realidad es que no se sabe con certeza lo que ocurrió realmente.
—Entonces limítese a contar lo que usted sabe —propuso Wilson.
El Señor Roman aceptó la sugerencia con una leve inclinación de cabeza.
—El dueño de la casa se llamaba Mark y su esposa Cristina. Él era un abogado corrupto y borracho y ella una profesora de universidad, puede que también borracha.
—¡Menuda pareja! —silbó Wilson. Kate le dio un codazo.
—No me interrumpáis por favor —pidió el agente inmobiliario—. Nunca he contado esta historia así que necesito poner todo en orden para expresar lo que quiero decir.
—Lo siento.
—Durante doce años vivieron aquí, hasta que la fatalidad los alcanzó —el agente de bienes raíces volvió a componerse el nudo de la corbata y cruzó la pierna derecha sobre la rodilla izquierda—. Tenían dos hijos, Mariana de nueve y Edward de siete. Hace siete años, Cristina salió de la ciudad, cuando regresó a la noche del tercer día, en esta casa se oyeron los gritos más aterradores que cabe imaginar. Los vecinos llamaron a la policía, cuando ésta vino, el cuerpo de Mark yacía destrozado en su cama, los cobertores estaban rojos por la sangre y el piso resbaladizo. En un rincón de la habitación, Cristina sollozaba y gritaba como loca; en sus manos tenía el arma homicida: un cuchillo de cocina bien afilado.
—¡Dios Mío! ¡Un asesinato! —Wilson percibió el escalofrío que recorrió el cuerpo de su esposa.
—¿Eso es todo? —Wilson estaba incrédulo. Desde luego, un asesinato era algo serio, pero no como para que una casa no se vendiera durante siete años. Si así fuera, serían miles las casas en todo el país que no conseguirían comprador.
La vista desviada del Señor Roman, centrada en su corbata morada y negra le hizo entender que aún había algo más.
—¿Qué más ocurrió? —demandó.
El agente inmobiliario suspiró profundamente.
—¡Los niños! —soltó—. No se sabe qué ocurrió con los niños. Se revisó la casa de arriba abajo, el patio, el jardín e incluso las cuadras vecinas, pero los niños nunca aparecieron. Se cree que la madre también los asesinó, pero, si lo hizo ¿Dónde están los cuerpos?
—¿La interrogaron?
—Desde luego. Pero la mujer ya solo decía incoherencias. Murió un año más tarde. Actualmente nadie sabe a ciencia cierta lo que ocurrió. Aunque eso sí, todos tienen conjeturas, cada cual más disparatada que la anterior.
—Entiendo.
En realidad Wilson no entendía nada. Le parecía muy raro que los niños no hubiesen aparecido, ni vivos ni muertos, y suponía que había más historias misteriosas tras todo aquello. No por nada les había preguntado si eran supersticiosos. Es más, el Señor Roman parecía deseoso de seguir narrando, esperaba sólo una pregunta o una invitación y sin duda alguna soltaría un torrente de historias absurdas sobre fantasmas, demonios y cosas sobrenaturales. No parecía el tipo que creyera en cosas así, pero sin duda había escuchado medio centenar de las mismas.
Wilson miró a su esposa, su cuerpo temblaba levemente y tenía clavada la vista en el Señor Roman. Kate también era alguien muy práctica, poco dada a prestar atención a aquel tipo de cosas, mucho menos a creerlas. Pero ésta vez parecía diferente, sus ojos estaban menos luminosos y una mueca en su boca denotaba un poco de temor e inquietud. Wilson decidió que ya bastaba de tonterías, de modo que le agradeció al Señor Roman por las historias y lo despidió de la mejor manera. Su esposa no insistió en que se quedara para que les contara un poco más, ella tampoco quería escuchar más cosas sobre mujeres locas que asesinan a sus esposos y a sus hijos.
—Espero que no me hagas lo mismo —bromeó Wilson cuando el agente inmobiliario se hubo marchado y los de la mudanza entraban con las últimas cajas.
Su esposa lo miró con gesto pétreo, sin pizca de diversión.
—Ayúdame a desempacar —se limitó a decir.

٭٭٭٭٭٭٭
Durante los siguientes tres días se dedicaron a poner en orden la casa. La cantidad de polvo que retiraron en esos días fue cuantiosa. Kate pensó que si lo hubieran vendido por libra habrían hecho una fortuna. Pero el polvo no lo era todo, las paredes estaban escarchadas y en la planta baja la humedad había puesto oscura y musgosa varias secciones de las paredes. Ni que decir del sótano, que resultó ser el lugar más sombrío y lúgubre que Kate había pisado jamás, las tablas del suelo chirriaban a cada paso, el polvo y las telas de araña abundaban y la humedad se había apoderado de todas las paredes.  Eso hasta que Wilson contrató a unos albañiles para que arreglaran todo. Su nuevo empleo, gerente de una importante firma de seguros, se lo permitía.
La tarde del domingo todo tenía un aspecto diferente, rejuvenecido. Las paredes color salmón agradaban a Kate, y el piso con motivos florales hacían de la casa un lugar muy agradable. El jardín apenas tenía unos rosales, y las malezas abundaban, pero eso era algo que pensaba solucionar a partir de mañana. El polvo y los rastros de humedad en las paredes ya no existían. Y los muebles, tanto los que trajeron como los que ya estaban allí, tenían un aspecto reluciente. El sótano seguía teniendo un aspecto sombrío y en él siempre flotaba un aire de lugubridad. Las tablas del piso ya no rechinaban, o al menos no mucho, pero el aspecto sucio no fue posible quitárselo. Tendrían que poner un nuevo piso si querían que el lugar estuviese más presentable.  Kate había insistido en poner lámparas en todos los rincones del mismo, y aunque el lugar casi brillaba a causa de tanta luz, una atmosfera aciaga permanecía allí, inmóvil, capaz de oprimirle el pecho a uno. Definitivamente el sótano no era algo que agradase a Kate. Suponía que eran figuraciones suyas, pero cuando bajó con su esposo una vez, vio que éste se rodeó con los brazos y sufrió un finísimo espasmo. No, no eran fantasías suyas.
Esa noche, después de hacer el amor con Wilson, Kate se quedó despierta durante un buen rato. El sexo había sido solemne, sin mucha pasión, como si la vastedad de aquella casa les afectara hasta en su intimidad. Mucho después de que Wilson se hubo dormido, Kate seguía despierta, con los ojos prendidos en el cielo falso, con la mente vagando en lo que había sucedido hacía siete años en esa misma habitación. Muy a su pesar imaginó a Cristina apuñalando a sus dos pequeñines, luego a su esposo, un ser demoníaco salía de la oscuridad y Cristina le entregaba los cuerpos de sus dos hijos, como un tributo, también iba a entregarle el cuerpo de su esposo, pero la policía llegó antes. En la oscuridad de su habitación, Kate sonrió con amargura «necesito dormir», se dijo. Cerró los ojos y se dispuso a hacerlo.
En su subconsciente, a punto de cruzar el umbral al mundo de los sueños, creyó oír allá abajo, quizá en el sótano, el suave deslizar de algo que se le antojó sobrenatural y oscuro, algo que quería hacerle daño a ella y a su esposo. Se dio media vuelta y se abrazó a Wilson. Pensó que ya estaba soñando.
Pero no estaba soñando. 

Continuará…     

6 comentarios:

  1. ay no es posible manuel tenias q ddejarme dudas por q??? publica la otra parte por fis

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    1. Desde luego que publicaré la otra parte, o debería decir otras partes, ya que creo que esta historia me tomará tres o cuatro. El jueves probablemente. Así que al final lo leíste Kary? bien. Suerte.

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  3. Muy buena, a la espera de la continuación. Eres un máquina.

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    1. En realidad esta historia es algo antigua. Si estás en el blog puedes leer las otras partes aquí. Busca en la columna archivos del blog.

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  4. Ok gracias no lo sabía acabo de descubrir tu pág. Atraves de la Mauro Croche. Sois los mejores me encantan vuestras historias.

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