Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

23 de septiembre de 2014

La Sombra de los Muertos (Parte IV)

Los escalones se le hundían en el estómago, le golpeaban los hombros, la espalda y la cabeza. Pensó que moriría. Pero no fue así. Haciendo uso de sus reflejos se tomó de una de las barras de la baranda y logró detenerse. Estaba a la mitad de las escaleras, con el cuerpo magullado y falto de aliento. La sombra negra, tocada con sombrero de copa, lo observaba desde arriba. Empezó a descender con calma y Wilson sintió miedo, mucho miedo. El ser irradiaba odio a raudales. Wilson jamás había creído que el odio podía percibirse u olerse como un aroma, o más bien como un hedor. Hasta esos momentos.
Se puso de pie lo más deprisa que su magullado cuerpo se lo permitió y sopesó sus opciones. No tenía muchas, y ninguna buena, a decir verdad. La sombra lo había tocado, empujándolo escaleras abajo, lo que significaba que era material, por más ilógico que aquello sonara a su confundida mente. Podía intentar ascender de nuevo a la segunda planta, pero lo más seguro era que la sombra se interpusiera en su camino y lo hiciera rodar el último tramo de los escalones. También podía bajar a la sala, pero allí había dos sombras más pequeñas, de aspecto infantil, pero eso no significaba que tuviesen fines menos macabros y perversos que su homónimo más grande. ¿Es que era su fin?
¿Y Kate?
Debía encontrarse en el pasillo. El grito desgarrador de su esposa aún resonaba en su mente, cómo no, si había sido hacía tan solo un segundo.
Tomó una decisión.
Antes de que la sombra lo alcanzase, bajó deprisa los últimos escalones y encendió las luces de la sala. Como suponía, no por ello las sombras desaparecieron, sino todo lo contrario, su negrura pareció acentuarse. Las pequeñas continuaban sobre el sofá, daba la impresión de que temblaban, sí es que una sombra puede temblar. La otra, seguía descendiendo por las escaleras muy lentamente, como si contara con todo el tiempo del mundo.
Wilson buscó con la vista desesperadamente algo que le sirviera para defenderse, si la cosa esa lo había tocado, se entendía que también podía ser tocada, haber que le parecían un par de buenos golpes. Para su desesperación no había nada en la maldita sala que pudiera servirle, excepto… sí, quizá eso sirviera. Corrió hacia la repisa del televisor, se encaramó en ella y descolgó la antigua escopeta que hacía varios decenios había pertenecido a su abuelo. No servía, desde luego, pero podría utilizarla como garrote.
Antes de que la alta sombra negra tocara la alfombra que recubría el piso de la sala, Wilson se lanzó al ataque, blandiendo la escopeta, cogida por el cañón, como si de un garrote se tratase. A lo lejos oyó gritar a su esposa, con voz horrorizada, algo así como que no lo hiciera, pero a Wilson no le importó. Lanzó un golpe con todas sus fuerzas a la cabeza de la criatura. «Dios mío», pensó, aunque no era religioso. La escopeta cruzó la cabeza de la sombra como si de humo se tratase, distorsionando la imagen momentáneamente. El golpe llevaba mucha fuerza, y al no encontrar algo en el cual descargarla, Wilson perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer.
Dos manos heladas, negras, evitaron que se cayera y apretaron su garganta. ¿Cómo era posible? No lo había podido tocar, pero a él lo estaba estrangulando.
La fuerza aplicada alrededor de su garganta era descomunal. Irónicamente se encontró pensando que si no moría por ahorcamiento, moriría por una quebradura en el cuello. Manoteó y pateó, tratando de liberarse, pero sólo golpeaba niebla gélida. Y el apretón seguía allí, frío, implacable. La visión empezó a tornársele borrosa y a lo lejos oyó el grito de una mujer, y la voz histérica y chillona pidiendo auxilio, supuso que era su mujer.
De pronto la presión cedió. Se encontraba en el suelo, tosiendo y escupiendo. Lo que estaba ocurriendo lo dejó anonadado: las sombras más pequeñas se habían abalanzado sobre la otra sombra y lo golpeaban, arañaban y mordían mientras se revolcaban en el suelo. La sombra femenina alzó la cabeza, y a señas le indicó la puerta, justo en el momento que la sombra grande la tomaba de la cabeza y se la arrancaba de un tirón. Wilson ahogó un gemido. Pero de inmediato se dio cuenta de que no tenía por qué. El cuerpo se distorsionó unos instantes, para aparecer pegado de nuevo a la cabeza. Eran fantasmas, no morían tan fácilmente. La lucha entre sombras se reanudó.
Kate había descendido las escaleras, Wilson la tomó de la mano y la obligó a salir corriendo de allí. Iban a subirse al coche cuando Wilson recordó que la llave se encontraba en la habitación. Pensó en caminar hasta encontrar un hotel, pero tampoco tenía un centavo en los bolsillos.
—¡Maldición! —soltó.
Kate, pálida y temblorosa lo miró con ojos de gato angustiado.
—No tengo las llaves ni dinero —aclaró.
En el interior de la casa no se oían ruidos, tampoco es que esas cosas produjeran mucho. Y ninguna sombra había cruzado la puerta en pos de ellos.
—¿Qué vamos a hacer? —sollozó Kate.
Pero antes de que Wilson pudiera responder, una luz le cegó los ojos.
—¿Ocurre algo? —preguntó una voz.
Wilson se llevó una mano al rostro para cubrirse la vista. La luz bajó al piso y Wilson pudo ver a su portador. Se trataba de la vecina, la anciana que vivía con una pareja de gatos. Rita, según recordaba.
—¡Fantasmas! —dijo Kate, con la voz quebrada.
—Ya veo —la señora no parecía prestarle asunto a la cosa o creía loca a su mujer. Aunque, habiendo dicho a Kate que cosas horribles sucedían en esa casa, quizá estuviera enterada de todo. Y si lo estaba, ¿cómo es que se mostraba tan tranquila?— Los vieron —no era una pregunta—. Podéis pasar la noche en mi casa. Tengo habitaciones de sobra.
Sin esperar respuesta dio media vuelta y empezó el regreso. Wilson sintió un apretón en la mano y su mujer lo haló para seguir a la anciana. Kate temblaba notoriamente, y él, pensó, no debía encontrarse más calmo.
La anciana los llevó a la cocina donde, sorprendentemente una tetera humeaba sobre la estufa.
—Una anciana ya no necesita dormir tanto —explicó—. Siempre tomo una taza de café a media noche. ¿Deseáis una vosotros?
Kate asintió.
Con pasos lentos la anciana cogió tres tazas de porcelana y empezó a preparar el café.
—Gracias —dijo Kate, algo más tranquila, cuando la anciana les ofreció una taza a cada uno.
Tomaron asiento en torno a una mesa cuando amablemente la anciana les ofreció un par de sillas.
—¿Se encuentran bien? —preguntó.
—Sí —respondió Wilson—. Un poco asustados, pero tranquilos.
Era cierto que le dolía todo el cuerpo pero no se sentía tan cómodo como para decirle todos sus problemas a aquella fea anciana.
—Aquí estarán bien. Esas cosas no pueden salir de la casa.
—¿Usted sabe de las sombras? —Wilson se mostraba incrédulo.
—Y de quiénes son —dijo la anciana—. Esperad un momento.
Doña Rita dejó la taza de café sobre la mesa y salió de la cocina. Nadie preguntó a dónde iba. Wilson la siguió con la vista.
—Wil, ¿qué vamos a hacer?
—No lo sé.
—No podemos regresar a la casa —Kate expresó en voz alta uno de los pensamientos de Wilson—. Esa cosa nos matará. Es lo que planeaba hacer. No quiero poner un pie en esa casa por nada del mundo.
«Pero es nuestra casa», pensó Wilson. Era cierto que había resultado ser una ganga, pero aún así era una gran cantidad de dinero, del cual se debía la mayoría al banco. No podía perder todo ese dinero. Pasarían años para que pudiera comprar otra. Y estaba seguro que si pedía un reembolso porque la casa estaba embrujada lo tomarían por un loco.
—Buscaré anular el contrato —dijo a su esposa— y buscaremos otra casa.
Era lo único que podía hacer. Regresar a la casa estaba vedado.
Doña Rita regresó a la cocina al cabo de unos minutos. En la mano llevaba un cuadro. Cuando se los mostró, Kate se llevó una mano a la boca y Wilson abrió los ojos como platos. El cuadro mostraba a una familia de cuatro miembros, los esposos y dos niños. El esposo, con traje negro y sombrero de copa, era muy parecido a la sombra que había intentado asesinarlo. Y los niños, una niña y un niño, se parecían demasiado a las dos sombras que saltaban en el sofá y que habían salvado su vida. La mujer, una rubia de mediana edad, debía ser la madre.
—¿Quiénes son? —preguntó Wilson.
—Mi hijo, su esposa, y dos niños —respondió la anciana.
—Son los fantasmas —susurró Kate.
—Sí. Lo de ese día fue una tragedia.
—Usted debe saber lo que sucedió en realidad —Wilson recordaba la historia que les había contado el señor Roman, el agente de bienes raíces, pero tenía ante sí a una persona que podía saber la verdadera historia—. ¿Querría contarnos?
—¡Ay mi hijo! Siempre tan impulsivo —doña Rita suspiró y dio un sorbo a su tasa de café—. Su mujer, muy guapa y todo pero era una zorra, siempre le vio la cara de tonto. Ella fue la responsable de que mi hijo perdiera la cordura de ese modo. Ya es muy tarde —la anciana clavó la vista unos instantes en el anticuado reloj de pared que había en la cocina—, trataré de ser breve.
»Hace siete años mi hijo, sospechando que su esposa lo engañaba, se ausentó algunos días, pero lo hizo para vigilar y confirmar sus temores. Mala cosa lo que hizo porque también descubrió que los niños, sus tesoros del alma, eran hijos de otros hombres. Ni siquiera de uno solo, sino de dos hombres diferentes. Vino a mí y lloró en mi regazo, aún lo recuerdo, lloraba como un chiquillo, me contó lo que había descubierto y lo que iba a hacer. Pensé que lo decía por el dolor y no dije ni una palabra para hacer que desistiera.
»Pero lo hizo. Aprovechó una de las escapadas de su mujer para ir a casa asesinó a los niños. Nadie sabe eso porque no encontraron los cuerpos, pero a mí me confesó que los asesinaría y creo que lo hizo. ¿Qué hizo los cuerpos? No lo sé, aunque tras investigar la casa en los últimos años creo saber dónde los ocultó. Más tarde, cuando su esposa regresaba de revolcarse quién sabe con quién, lo mató. No sé cómo sucedió en realidad porque yo no estaba allí, pero oí gritos, golpes, lucha… creo que mi hijo quiso matarla a ella, pero la mujer, tan lista como una zorra, fue quien lo mató a él.
»Yo enterré a mi hijo, y ella fue al psiquiátrico, donde murió de demencia un año más tarde. Los cuerpos de los niños fueron buscados mas no hallados. Mi hijo los debe haber ocultado muy bien.
—¡Dios Santo! —exhaló Kate.
Wilson, que aún no lo tenía bien claro, decidió preguntar.
—¿Cómo explica eso lo de los fantasmas?
—Creo que los cuerpos aún están en la casa —Kate soltó un gemido ante la oración—. Nunca recibieron un entierro como la ley manda. Creo que mientras sus restos no sean llevados a un cementerio sus sombras seguirán apareciendo en la casa.
—Pero su hijo, Mark, él sí recibió un entierro adecuado —tanteó Wilson—. ¿Entonces por qué su sombra sigue apareciendo?
La anciana se encogió de hombros.
—No lo sé. Las últimas horas de vida de mi hijo fueron un calvario y la locura se apoderó de él. Quizá haya algún motivo por el que continúe en la casa, pero no lo sé, ni siquiera me atrevo a conjeturar.
—¿Pero usted cree que encontrando los restos de los niños las sombras desaparecerán?
—Creo que sí.
—¿Y sabe dónde pueden estar?
—Hay un lugar donde los forenses no buscaron, creo que están allí.
—Los buscaré en la mañana —decidió Wilson. Ahora era su casa, si había una forma de liberarla de la sombra de personas que llevaban siete años muertos, lo intentaría—. ¿Dónde piensan que están?
—El sótano.


Continuará…   

2 comentarios:

  1. noo inventes q bueno estaa cuantas partes faltan y cuAndo publicaras la siguiente espero q pronto att.kary

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    1. Hola Kary, creo que solo publicaré un capítulo más y con eso concluyo. Cuando lo publicaré, no sé. Aún lo estoy escribiendo.

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