Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

18 de septiembre de 2014

La Sombra de los Muertos (Parte III)

Wilson encontró a su esposa sentada en la acera. Al principio, cuando los faros del coche iluminaron su silueta, había pensado que se trataba de algún vagabundo, con los codos sobre las rodillas y el rostro reposando en las palmas de las manos. Aunque no tardó demasiado en reconocer a su esposa, que alzó el rostro y miró hacia él. Wilson rió como tonto. Su esposa lo extrañaba tanto que se había sentado en la acera a esperarlo. No era la primera vez que lo hacía.
Wilson detuvo el coche junto a Kate. Bajó y se acercó a ella sonriendo. Más su sonrisa se esfumó cuando al agacharse y tomar su rostro para besarle los labios, vio sus ojos vidriosos y anegados de lágrimas.
—Cariño, ¿qué sucede? —preguntó con ternura.
—No estoy segura —Kate rodeó su cuello con los brazos y sollozó sobre su hombro izquierdo—. No lo sé.
—¿Llamó algún pariente? ¿Están todos bien? ¿La abuela…?
—Nada de eso. Creo que sólo… te extrañaba —le sonrió y le dio un tímido beso.
—Bien. Me alegro que no sea algo más —Wilson le dio otro beso y la ayudó a ponerse de pie. Kate ni siquiera se había bañado. Llevaba puestos unos pantalones de gabacha llenos de tierra y olía a sudor.
Kate a veces era muy sentimental. No era la primera vez que lo esperaba en el jardín, en la acera o en el umbral de la puerta. Normalmente lo hacía cuando estaba deprimida o había recibido una mala noticia. Quedarse sola en aquella gran casa, sin más compañía que ella misma, debía haberla deprimido en esta ocasión. Ya se acostumbraría.
—Anda, ve a preparar algo de cenar —le dijo con suavidad—. Sólo entro el coche y estoy contigo.
Kate asintió.
Wilson volvió al coche. Pero antes de entrar, vio la silueta de una anciana en la casa vecina. La vieja, al parecer, sonrió y agitó la mano, como saludando. Wilson también agitó la mano. Se sintió estúpido.
Después de estacionar el coche en su sitio, Wilson encontró a Kate de pie en el umbral de la puerta. Si no la hubiera conocido, habría creído que temía entrar a la casa.
—Estás muy rara —fue lo que dijo. Alargó la mano para girar el pestillo y Kate soltó un gritito. Wilson le dirigió una mirada de indignación y entró—. ¿Es que no hay luz?
—Bien. Préndela —Kate aún seguía fuera de la casa.
Tanteando en la pared, Wilson accionó el apagador y la luz inundó la sala.
—Iré a ponerme algo más cómodo —informó a su esposa—. Prepara la cena mientras tanto.
El piso superior también estaba a oscuras. El pasillo le parecía a Wilson una caverna, con bultos obscuros por doquier, y donde de un momento a otro podía saltar una criatura pesadillesca. Solucionó el asunto prendiendo las lámparas suspendidas en el techo.
Encontró a Kate en la cocina, afanada preparando la cena. Wilson se detuvo en la puerta y la observó en silencio. Parecía concentrada en lo que hacía, pero Wilson descubrió que a cada dos por tres echaba ojeadas hacia los lados, hacia el techo y a cualquier rincón, como si temiera que algo pudiera salir de algún lado.
—Se llama Rita —dijo de pronto Kate.
—¿Ah? ¿Qué? —Wilson no entendía—. ¿De qué me hablas?
—La anciana que saludaba tras la ventana —aclaró su esposa. Su voz era átona ¿O había un deje de miedo en ella?
—Oh, la de la casa vecina.
—Vino a saludarme hoy mientras estaba en el jardín —continuó Kate, sin dejar de cocinar la cena, un guiso que olía a “cómeme ya”—. Ya está muy vieja y, creo, un poco loca. Vive con dos gatos, dice que son pareja. Ya imaginarás por qué digo que está loca —su esposa soltó una risa amarga—. Además, me comentó que cosas raras ocurren en esta casa.
—Ya veo por dónde va la cosa —Wilson tomó asiento en una silla, junto a la mesa del centro—. Esa anciana te metió ideas estúpidas y tú estás dudando.
—En realidad, ella no dijo más que eso, que cosas horribles sucedían acá.
—Entonces no deberías estar preocupada. Sólo es una casa vasta y grande, nada más.
—¿Es que piensas que soy una niña asustadiza? —el estallido de rabia tomó de improvisto a Wilson—. Sabes muy bien que no. Si estoy asustada es porque sé que algo no está bien en esta casa —su esposa apretaba con fuerza un tenedor en sus manos y lo miraba con tanta rabia que Wilson temía que pretendiera clavárselo en los ojos.
—¿Ocurrió algo? —fue lo único que se atrevió a preguntar.
Su esposa le relató, con voz quebrada, el episodio de la sombra negra.
—Creí que moriría, Wil, ¡fue tan horrible! —finalizó.
Kate bromeaba a menudo, pero Wilson tenía la impresión de que aquello no era una. Estrés, cansancio, haberse quedado sola en la casa, algo debía haberla influenciado para creer que vio algo tan horrendo. ¿Drogas? ¿Locura? No, claro que no.
—Tranquila, esta noche no nos separaremos. Mañana habrás olvidado todo. Tú no crees en fantasmas, ¿recuerdas? Estás nerviosa y estresada, eso es todo.
Kate asintió, sollozante, poco convencida.
Cenaron en silencio. Kate ni siquiera le preguntó cómo le había ido en el trabajo. Wilson no le contó nada. En lugar de charlar, estuvo pensando en lo que le podría estar sucediendo a su esposa para que asegurara haber visto una sombra caminar. Las sombras se movían cuando quien la proyectaba lo hacía, punto. Al principio, aquella gran casa también le había provocada escalofríos a él, pero tras limpiarla se sintió cómodo y a gusto. ¿Y se enviaba a Kate con un psicólogo? No, no podía hacer algo así. Quizá lo que su esposa necesitase era salir un rato, olvidarse de la casa por un par de horas. Sí, eso haría. Mañana la llevaría a comer a un restaurante, o quizá al cine. Eso le agradaría y dejaría de pensar en cosas raras, fantasmas y sombras que caminan y dejan marcas en el piso.
Más tarde, cuando se fueron a dormir, ambos estaban de talante taciturno y sombrío. Ninguno de los tenía deseos de sexo esa noche. Wilson se quedó despierto hasta muy tarde, incapaz de conciliar el sueño. El silencio en la casa era total, interrumpido únicamente por el suave respirar de su esposa, que a veces se tornaba tormentoso y poco rítmico, además de que a ratos se retorcía como si la torturaran. Kate sufría pesadillas. La pobre no estaba bien. Lo que precisamente no ayudaba a Wilson a dormir.
Hacia la media noche, Wilson creyó oír ruidos en la planta baja. Aguzó el oído para averiguar si los percibía más claramente o sólo era el viento que de pronto azotaba con inusitada fuerza los postigos de las ventanas. Pero los ruidos estaban allí, leves, suaves, como el roce cuidadoso de algo contra el piso.
Wilson saltó de la cama como impulsado por un resorte. ¿Podía ser…? No, no, imposible. ¿Pisadas?
Una sombra se acercó por detrás. Wilson dio un salto para apartarse de ella.
—¿Sucede algo? —preguntó Kate.
—Me asustaste —admitió él—. Alguien se metió a la casa —continuó, olvidado el susto—. Llamaré a la policía.
—Hace mucho frío —comentó Kate, rodeándose con sus brazos.
—Sí, es medianoche —cogió el teléfono de la mesilla y empezó a marcar el número de la policía.
—Es semejante al frío que sentí esta tarde cuando vi a la sombra.
Wilson no terminó de marcar el último dígito y miró a su esposa, dubitativo. Prestando atención, era cierto que había más frío del normal, y tenía una cualidad, rara, que hacía que a uno se le helara el corazón.
—No es el mismo frío —continuó Kate, que no dejaba de girar la cabeza en todas direcciones—, es más leve, pero temo que esa cosa ande cerca.
Wilson mejor colgó el teléfono. Su esposa se estaba volviendo paranoica. No había nada raro en la casa, punto. Lo que necesitaba era un fuerte abrazo, y dormir. Y lo de abajo, las pisadas; el viento y la imaginación, eso era todo.
La abrazó. Intentando consolarla y consolarse.
Los ruidos seguían allí. El suave roce de unos pies contra el piso. Luego risas, no estridentes, sino suaves e infantiles, lo que producía un efecto aún más aterrador. Qué niños saldrían a jugar a media noche.
—¡Eso es nuevo! —sollozó Kate—. Las risas, no las había oído antes. ¡Tengo miedo, Wil! ¿Qué está sucediendo aquí?
—No lo sé. —De pronto tomó una decisión—. Tú quédate aquí, iré a ver qué produce esos ruidos. A lo mejor sólo son ecos provocados por el viento
—No. Puede ser peligroso.
—Si son fantasmas significa que son inmateriales, etéreos. Descuida, no me pasará nada —sonrió tratando de transmitir confianza, de la cual carecía en extremo.
El pasillo estaba oscuro, casi negro. Por fortuna su teléfono celular tenía una pequeña lamparilla, suficiente para guiarlo hasta el apagador de las luces del pasillo, junto a las escaleras. A medida que avanzaba hacia las escaleras, las risas se hacían más claras y fuertes, como si se acercara a la fuente que las provocaba. El corazón le empezó a palpitar fuerte y rápido y un sudor frío brotó por sus poros. Wilson aceleró sus pasos hasta que llego al apagador.
Las lámparas encendieron al instante, bañando el piso y las paredes de luz blanca y cristalina. Escaleras abajo, la luz se difuminaba lentamente hasta la sala, a la cual iluminaba de forma tenue y difusa. Sin embargo fue suficiente: dos pequeñas sombras jugaban en la sala, saltaban en los sillones y se hacían cosquillas, hasta que lo vieron.
Se trataba de dos pequeñas sombras negras, que sobresalían en la tenue sala como si estuvieran a la luz del sol. La más alta parecía ser la de una niña, ya que se recortaba la silueta de una falda y alrededor de su cabeza se adivinaba la forma de una larga y lacia cabellera. La otra sombra, algunos centímetros más baja que la primera, sólo podría tratarse de un niño, la silueta de los pantaloncillos se distinguía claramente a la altura de los tobillos y su aspecto varonil resaltaba a primera vista.
«Mi esposa decía la verdad —pensó Wilson, mudo de terror—. Pero, ella mencionó una sombra grande, con sombrero de copa, ¿dónde está?
Las dos pequeñas sombras lo miraban, de pie en el sofá. Parecía que lo escudriñaban. Wilson pensó que así como se sentía en esos momentos debían sentirse los animales del zoológico cuando los niños se les quedaban viendo como embobados.
De pronto el aire se tornó gélido, aterido y la atmosfera se volvió pesada, lúgubre y tenebrosa. Wilson empezó a tiritar. Ambas sombras alzaron sus manos y lo señalaron. Un escalofrío recorrió su columna vertebral. Lo señalaban a él, ¿Por qué? ¿Pretendían acaso hacerle daño? Pensaba que eran cosas incorpóreas, pero al ver el sofá hundido, allí donde sus pequeños pies lo pisaban, ya no estaba tan seguro.
—¡Wil, detrás de ti! —la voz de Kate lo sobresaltó.
Cuando volvió la vista, dos metros tras él, descubrió una sombra aún más negra que las que había la sala, era alta y se tocaba la cabeza con un sombrero de copa. El terror en su máxima expresión inundó el pecho de Wilson. Allí estaba la sombra que había visto Kate.
La sombra se abalanzó sobre él, lo hizo perder el equilibrio y Wilson rodó escaleras abajo.
Un grito desgarrador brotó de la garganta de su esposa.


Continuará…   

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