Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

5 de septiembre de 2014

La Sombra de los Muertos (Parte II)

Kate despertó a las seis de la mañana. Se sentía agotada, casi como si no hubiese dormido nada. Pero había sido todo lo contrario. Durmió como roca, sin sueños ni pesadillas, excepto cuando soñó con ruidos en el sótano apenas después de dormirse. No se explicaba por qué después de una noche de sueño profundo se sentía exhausta.
Se bajó de la cama, se puso la bata y las pantuflas y se dirigió al baño. Después de una ligera ducha bajó a preparar el desayuno a su esposo, que también ya había despertado y se alistaba para su primer día en su nuevo empleo.
Mientras caminaba por el pasillo hacia las escaleras que conducían a la primera planta, notó algo extraño en el piso, como marcas. Al principio no supo descifrarlas, pero al examinarlas con más detenimiento le pareció que eran huellas, huellas de un niño descalzo.
—¡Dios mío! —susurró.
Había fregado el piso el día anterior. Aunque hubiese entrado un niño en la casa, cosa poco probable, no tenía por qué haber huellas allí. Quizá eran huellas antiguas, imposibles de sacar con desinfectantes o cera. De todos modos tendría que haberlas visto cuando limpió la casa.
Hacia las siete, su esposo, pulcramente vestido con traje negro y corbata, bajó a desayunar.
—¿Escuchaste algo anoche? —preguntó Kate con tono indiferente.
—Además de tus ronquidos, nada —respondió Wil con una media sonrisa.
—Sabes que no ronco —se defendió Kate.
—Un día de estos te grabaré con el celular —prometió su esposo—, verás que estoy en lo cierto.
Kate se encogió de hombros.
—¿Por qué me preguntas si escuché algo? ¿Ocurrió algo que debí escuchar?
—No, nada.
Más tarde, cuando su esposo se hubo marchado, Kate cogió una cubeta con agua y jabón, esponja, cepillo y trapeador; las pequeñas huellas iban a dejar de existir. Le gustaba que su casa estuviera pulcra, ninguna huella, por más antigua que fuera, rompería su record.
Con ojos desorbitados constató que las huellas ya no existían. ¿Cómo era posible? ¿Acaso las había imaginado? No, desde luego que no. Cuando salió al pasillo ya se había duchado, de manera que su mente se encontraba despejada. Las huellas habían sido reales. Entonces, ¿qué había sucedido con ellas? Un estremecimiento recorrió su cuerpo. No obstante, trató de olvidar el asunto.
El resto del día lo ocupó casi enteramente en el jardín. Era grande y estaba hecho un desastre. Tendría que trabajar muchos días en él para dejarlo como quería. Y pasarían meses para que las nuevas masetas y flores echaran sus primeros botones. No importaba, tiempo tenía. Después, quizá, pudiera escribir la novela con la que tanto había fantaseado.
Hacia las tres de la tarde, sudorosa, con la camisa pegaba a la piel, mientras seguía arrancando malezas, una señora llamó su atención. Era una vieja fea, encorvada, de cabello blanco sucio, rostro arrugado como pasa marchita y cuando le sonrió a Kate, mostró una boca desdentada. La acompañaban dos gatos, uno negro y otro atigrado. Kate se obligó a devolverle la sonrisa. La fea anciana tomó la sonrisa como una invitación porque cambió de dirección y fue hacia ella.
—Buenas tardes, jovencita —saludó la señora, a pesar de su aspecto, su voz era muy correcta—. Creo que somos vecinas —señaló con el dedo índice la casa ubicada a la izquierda.
—Creo que sí. Mi nombre es Kate, mucho gusto —se limpió la mano en los pantalones antes de tendérsela a la señora.
—Yo soy Rita y ellos son el Señor Bob —señaló el gato negro— y la Señora Mya. Son esposos, han tenido varias camadas pero ni uno ha sobrevivido. Quizá se deba a que la Señora Mya nunca aprende, es muy terca en ese sentido. Siempre se escabulle en la que ahora es vuestra casa para parir. Nunca aprende que allí hay algo malo.
El estómago de Kate se encogió. Esa señora estaba loca, ¿Cómo si no se explicaría que pusiera Señor Bob y Señora Mya a unos gatos? Aún así, un estremecimiento le recorrió la columna vertebral, como si muy en el fondo, ella supiera que Rita había dicho la verdad.
—Quizá ponerle una correa cuanto esté encinta sea una buena idea —Kate se obligó a sonreír.
—No le gustan las correas. Pero lo tendré en cuenta la próxima vez. Sí es que vuelve a quedar preñada —la señora Rita dirigió una mirada apenada a la gata atigrada—, la pobrecita es casi tan vieja como yo.
—¿Vive sola, señora Rita? —Kate ya no querría seguir hablando sobre gatos.
—Sí. Mi esposo murió hace dos lustros. Mis hijos ya todos se han casado, los que no han muerto por supuesto. Y mis nietos… bueno, quién querría venir a ver una abuela vieja.
—¡Oh, lo siento!
—No es nada. Estoy muy bien así. Quién debería tener cuidado eres tú, y tú joven y guapo esposo.
—¿Nosotros?
—Sí —la anciana clavó sus ojos legañosos y nubosos en ella. El escrutinio de una anciana fea era una sensación para nada agradable—. Cosas horribles suceden en esa casa.
—No creo en esas cosas —alegó Kate a la defensiva.
La vieja sonrió. Era la sonrisa más fea que alguna vez ha aparecido en un rostro humano.
—Eso dicen muchos —la señora, ayudada por su bastón, empezó a dirigirse hacia su casa. Los gatos la seguían uno a cada lado—. Yo sé lo que ocurrió en esa casa —dijo sin dejar de caminar—. Eres bienvenida en mi casa si quieres saber la verdad.
Con la vista fija en la anciana y su extraño séquito, y la mente perdida en sus últimas palabras, Kate sufrió un susto de muerte cuando la puerta a sus espaldas se cerró de golpe. Había sido una ráfaga de viento, fría, rara e inusual. La anciana volvió su rostro marchito y le sonrió grotescamente, debía haber escuchado su sobresalto.
Una sombra pasó por una de las ventanas.
Kate se llevó las manos a la boca para no gritar. Su primer pensamiento fue “fantasmas”. Pero tras un segundo de calma ya no pensaba igual. Ahora pensaba en “imaginación” o “ladrones”. El Señor Roman, el agente que les vendió la casa, había asegurado que aquel era un barrio muy tranquilo y seguro. De modo que los ladrones quedaban descartados. Eso dejaba sólo su imaginación. Aún así, antes de ir a comprobar tomó la pala. Era mejor ser precavida.
En el vestíbulo no había nada extraño excepto… huellas. Kate retrocedió hasta la pared y alzó la pala temiendo que de un momento a otro alguien se le echara encima. Las huellas eran opacas, como manchas de grasa antiguas, pero perfectamente discernibles para alguien que todos los días de su vida a fregado pisos. Su tono era igual a las que había visto esa mañana, en el pasillo de su dormitorio. Mas no eran iguales, las que ahora veía eran grandes, y no de pies descalzos de un niño, sino de un adulto con calzado.
«¡Dios mío! ¿Qué está sucediendo aquí?»
Ladrón. Tenía que ser un ladrón. Las huellas se dirigían hacia la cocina. El tipo debía estar allí. Nadie se metía a su nueva casa y salía indemne. Lo encontraría con las manos en la masa y le pulverizaría la cabeza a palos. Sí señor.
Respiró hondo. Tomó el cabo de madera con ambas manos y, utilizando sólo las puntillas de los pies para hacer el menor ruido posible, empezó a deslizarse en pos de las huellas, que, aunque ella aún no se hubiera percatado, empezaban a esfumarse paulatinamente.  
En la casa había tanto silencio que era posible escuchar el aletear de los mosquitos. Si hubieran mosquitos, por supuesto. Kate era meticulosa con todo. El ambiente era pesado, como si un manto invisible cargado de algo ominoso y horrendo flotara en la casa. Kate mantenía la vista fija en las huellas y los oídos atentos al menor atisbo de ruido. Todo seguía inmóvil y silencioso.
El corazón de Kate cabalgaba alocadamente dentro de su pecho cuando asomó la cabeza para espiar en la cocina. Nada. La cocina estaba desierta. Siempre sigilosa siguió durante unos cuantos metros más las huellas, que allí eran más oscuras. Kate se encontró preguntándose qué clase de estúpido se metía a robar en una casa con el calzado cubierto quién sabe de qué porquería para dejar huellas allí donde pasara. Alguien cuerdo, desde luego que no.
Kate vio que las huellas salían por una puerta lateral y seguían por un pasillo. Ésta vez las siguió con un poco más deprisa. Las huellas volvían a la sala. De modo que pensaba escapar, no si ella podía evitarlo.
La sombra subía por las escaleras hacia el segundo piso.
El corazón de Kate se desbocó. De pronto su cuerpo se volvió más pesado y las rodillas se volvieron como de gelatina. Con la consecuencia de que cayó al suelo. Sus manos soltaron el mango de la pala. Éste reboto dos veces en la alfombra antes de detenerse. La sombra se percató de su presencia y clavó su rostro negro en ella.
Sombra negra, eran las únicas dos palabras que vinieron a la mente de Kate para describir la cosa que de pie en las escaleras la observaba. Era negra como la noche sin luna, alta y se tocaba la cabeza con un sombrero de copa. Más no era posible describir ningún rasgo del extraño ser, era, simplemente… una sombra. Una sombra con piernas, brazos, cabeza, pero una sombra al fin y al cabo.
Además de la sombra, que de por sí era algo anormal, el aire se volvió gélido, Kate se atrevería a asegurar que bajo el punto de congelación. También se hizo más pesado, casi palpable, y la aplastaba como una losa de una tonelada. Y cuando aquel rostro sin rasgos definibles se volvió hacia ella, Kate sintió que témpanos de hielo la estrujaban.
La sombra deshizo el tramo que había hecho en las escaleras y llegó al piso. Las huellas oscuras quedaban impregnadas en la alfombra. De alguna manera, de forma absurda, Kate se encontró pensando que sería imposible sacar aquellas manchas. La sombra, con ritmo cadencioso, empezó a avanzar hacia ella. Kate sintió pánico, el más grande y absoluto pánico que jamás había sentido. Aún así logró deslizar sus dedos por el piso hasta que cogió el mango de la pala, la asió con fuerza y la interpuso entre ella y la criatura. Era una débil esperanza, dudaba mucho que aquello sirviera contra una sombra salida de los más profundos y fríos recovecos del inframundo.
La sombra se detuvo. La miró fijamente durante cinco segundos, ladeó la cabeza de lado a lado y se esfumó. Literalmente se esfumó. No convencida de su buena suerte, Kate giró la cabeza en todas direcciones, por si la sombra aún seguía allí. Pero se encontraba sola.
Con la sombra también se marchó el frío que calaba hasta los huesos y el aire pesado. Kate se paró de un salto, las piernas aún le temblaban, pero soportaron su paso hasta llevarla al exterior. Se sentó en la acera y no se movió hasta que su esposo volvió del trabajo. 

5 comentarios:

  1. esta buenisimoo manuel. oyeee tiene continuacion verdad??? por q sii si tien publicala ya

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    1. Desde luego que tiene continuación. Eso sí, pido paciencia. Aún trabajo en ella.

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  2. manuel cuando publicaras la sig parte att kary

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