Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

1 de agosto de 2014

La Oscuridad Bajo el Puente

Candy caminaba a su lado, lamiendo la nieve de un helado de fresa, su sabor favorito. John la miraba embobado. Sus castaños cabellos refulgían a la luz del sol, emitiendo destellos cobrizos. La chica debió percibir su mirada porque se volvió hacia él y le sonrió.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada —dijo John—, solo te apreciaba.
—¡Ah, sí! ¿Y qué apreciabas de mí? —preguntó la chica.
—Todo. Tú cabello, tú frente, tus tersas mejillas, tus rosados labios, tú figura…, basta decir que tengo la novia más linda del mundo.
Candy se llevó una mano a la boca y rió tontamente, algunas veces hacía eso, pero no menguaba para nada su belleza.
—¿De qué te ríes? ¿Es que dije algo tonto?
—No, cómo crees, bueno quizá algo. Me he dado cuenta que todos los hombres dicen lo mismo a las mujeres.
—Bueno, es que para nosotros es la verdad —se apresuró a decir John—. Cuando te enamoras como yo lo estoy de ti, podría bajar un ángel del cielo, y te aseguro que a tu lado me parecería una mocosa harapienta.
Candy volvió a reír, esta vez no tontamente, sino con su risa suave y cantarina que a John tanto fascinaba.
—Eso fue lindo —dijo.
—¿En serio?
—Excepto la parte de la mocosa harapienta.
John rió y Candy con él. Tomó su rostro con las manos y le dio un beso.
—Te amo —expresó.
—Y yo a ti.
Habían llegado al puente que salvada una cañada y que conectaba las dos partes de la ciudad. Era un puente de no más de cien metros de largo, quince de ancho y otros veinte de altura. Ningún portento de la ingeniería, que sin embargo estaba rodeado de una aureola misteriosa y sobre el cual giraban centenares de historias aciagas y aterradoras. Para empezar, nadie sabía quién lo había construido ni en qué año, eso había dado pie a que surgieran diferentes leyendas acerca de su aparición; historias que iban desde que lo habían construido los primeros habitantes de la ciudad, hasta llegar a que era una obra del mismísimo Satanás.
John tomó de la mano a Candy y juntos empezaron a caminar por una de las aceras del puente.
En ese puente había muerto una cantidad sorprendente de personas. Casi todas terminaban en el fondo de la cañada, donde el puente tenía siete arcos de no más de cinco metros de diámetro. La teoría generalizada sugería que eran personas que llegaban allí para suicidarse. Pero a menudo los periódicos comentaban que algunas víctimas tenían marcas extrañas, como si alguna fiera los hubiese atacado. También llegaban a presentar cortes que era imposible hacerse en una caída, sin contar la falta de miembros que a veces presentaban algunos.
—¡Mira qué hermoso! —exclamó Candy.
Eran las cinco de la tarde y el sol poniente pintarrajeaba el horizonte occidental de rojo, naranja y amarillo. Se detuvieron unos momentos para apreciar la belleza de la naturaleza.
Eso de que la gente se suicidara en el puente era lo de menos. Lo más atemorizante y raro de todo eran los arcos que tenía en el fondo. Medían cinco metros de altura y quince de largo, por lo que ver de un extremo al otro debería ser algo natural. Pero no siempre era así, y John lo sabía. En una ocasión él había bajado junto a unos amigos, y se quedaron helados cuando en el arco central no era posible ver la claridad del otro extremo. Pero como los otros seis no mostraban esa anormalidad, John había olvidado el asunto y se había dicho que aquel túnel estaba bloqueado por algún obstáculo, simplemente.
—¡Mira! —exclamó de pronto Candy.
John siguió la dirección del dedo de su novia y vio en el fondo de la cañada algo brillante.
—¿Qué es? —inquirió.
—No lo sé —respondió la chica encogiéndose de hombros—. Vamos a ver, quieres. Puede que hoy sea nuestro día de suerte y sea oro.
—¿No te apetece más que sea un diamante?
—¡No seas payaso! Aunque quién sabe.
Candy lo haló de la mano y lo guió a unas escaleras que había al final del puente que llevaban abajo.
También se decía que muchas personas que habían entrado a aquellos túneles salían de éstos hablando incoherencias y balbuceando acerca de criaturas monstruosas, fantasmas y demonios y cualquier cosa irreal. La mayoría de esas personas ahora eran huéspedes de muchos manicomios y vivían en cuartos de paredes acolchadas. Algunos se suicidaban con cualquier herramienta que les sirviera para tal propósito, incluso uñas y dientes, mientras el resto no dejaba de gritar acerca de los fantasmas que los acosaban y no los dejaban en paz.
John tropezó en un escalón a mitad de camino y hubiera caído de no ser por la oportuna intervención de Candy que lo sujetó del cuello de la camisa.
—Más cuidado —pidió.
—Lo siento —balbució John, recuperando el aliento.
Una caída desde allí habría sido fatal, o como mínimo unos cuantos huesos fracturados.
—Anda, vamos.
Siguieron descendiendo.
Se rumoreaba que un tal Jordi había entrado en el túnel central un año atrás y jamás había vuelto a salir. Un amigo de él aseguró, como loco, que Jordi había entrado al túnel y aunque lo esperó infinidad de horas, su amigo no regresó. Afirmaba también haber oído rugidos guturales y chillidos agudos dentro del túnel. Fue esto último lo que lo había convencido de que algo demoníaco y misterioso había ocurrido con su amigo.
Desde luego, el caso de Jordi no era el único. Había algunos testimonios más acerca de personas que entraban en el túnel y jamás volvían a salir. Tanto así que muchas de las múltiples desapariciones que ocurrían en la ciudad se achacaban a aquel maldito túnel.
—¿Dónde estaba? —preguntó John.
Habían llegado al fondo de la cañada, rocosa, abrupta y gris.
—Creo que era en el centro —respondió Candy.
—Pues vamos, antes que se haga de noche.
En fin, aquel maldito puente, y particularmente el túnel central, eran fuente de numerosas historias capaces de erizar el vello a cualquiera. John no creía en ellas al pie de la letra, pero tantas historias aciagas sobre la misma cosa le parecían demasiada coincidencia. «Cuando el río suena es porque piedras lleva —pensó. O lo que era lo mismo, a su manera—: Cuando tantas cosas nefastas se cuentan sobre el puente, es porque algo está mal en él».
Caminaban por la boca del tercer túnel, escudriñando el suelo rocoso, carente de toda hierba.
—Estoy segura que era por aquí —musitó Candy.
—Yo también.
Buscaron durante otro minuto, pero sin resultados. Sobre ellos, los vehículos circulaban por el puente y los peatones caminaban por la acera. A nadie le importaban dos jóvenes escudriñando allá abajo.    
—Quizá el sol nos jugó una broma —conjeturó John.
Estaban ya cerca de la boca del cuarto túnel, el central.
—¡Allí está! —exclamó Candy, señalando algo que brillaba a un metro de la entrada del túnel central.
—Pues veamos qué es.
Se trataba de una cadena de oro con los eslabones en forma de corazón.
—¡Es preciosa! —dijo Candy examinándolo entre sus manos.
—Después de todo, puede que sí sea nuestro día de suerte.
—Sí —Candy estaba radiante. John pensó que así se veía aún más hermosa.
De pronto vio que algo brillaba en el interior del túnel, a unos cuatro o cinco metros. Entornó los ojos y le pareció que era un diamante. Sólo un diamante podría emitir tal destello desde la penumbra entre la que se hallaba. Al parecer alguien anduvo jugando por allí con muchas joyas encima.
John no era avaro, tampoco cobarde, pero no entraría a aquél túnel ni siquiera por un diamante.
—Bueno, vamos —dijo a su novia.
Pero ya era demasiado tarde. Candy también había vislumbrado el diamante y sus ojos abiertos denotaban que no se iría de allí hasta tener en sus manos la piedra preciosa.
—No creo en la suerte, Candy —manifestó John—, solo en las casualidades. Aún así, me parece demasiado casual encontrar una cadena de oro frente a éste túnel y que además, algo de más valor esté en su interior.
—¿No creerás en todo lo que se dice o sí? —retó Candy.
—No. De todos modos no me parece buena idea entrar allí.
—Entonces iré yo —declaró Candy—. Espérame aquí.
John no iba a permitir que su adorada y preciosa novia de dieciséis años entrara sola en aquel túnel. Nadie con una pizca de caballerosidad haría tal cosa. De modo que la siguió y entraron juntos.
Apenas dieron dos pasos cuando todo se volvió oscuro, aunque negro sería una definición más acertada. Acto seguido se oyó a sus espaldas un sonido sordo, como el golpe de una pesada losa contra el suelo. Ambos jóvenes se giraron sobresaltados solo para descubrir que la salida les estaba vedada. Candy gritó y John se puso pálido y tembloroso.
—¿Q-q-qu-qué s-su-ce-dio? —tartamudeó.
Una especie de pared se interponía entre ellos y el exterior. John la empujó, golpeó, arañó, pataleó, pero todo fue inútil. Estaban encerrados. Lo peor fue el pensar en todas las historias que había escuchado acerca de aquel túnel. ¡Todas eran ciertas!
—¡Como lo siento, John! ¡Fui mi culpa! —la voz de Candy era la voz del terror absoluto—. ¡Tengo miedo!
John no respondió inmediatamente, estaba aterrado y furioso. Se sorprendió al percatarse de que ya no estaba tan oscuro como al principio. Mientras trataba de remover la piedra que les había vedado la salida, el túnel se había iluminado tenuemente. Podía ver a Candy, temblando y girando la cabeza en todas direcciones como si temiese que en cualquier momento un monstruo podía abalanzarse sobre ella. Pero no la giraba en la dirección adecuada: con absoluto terror, John vio como la cadenilla en manos de Candy fue convirtiéndose en culebra. Candy gritó y dejó caer la culebra en cuando sintió que algo liso y vivo se retorcía entre sus manos. La culebra se giró en el suelo y lanzó mordiscos a las pantorrillas de la joven. Sin ningún objeto que pudiese utilizar para atacar a la víbora, John no se lo pensó dos veces y saltó sobre la misma hasta que la convirtió en puré. 
—¿John, qué está pasando? —Candy se echó sobre su hombro y lo abrazó.
—No tengo idea —dijo él.
Abrazándola con ternura, pasando una mano sobre su sedoso cabello, John descubrió la fuente de aquella luminosidad: El otro extremo del túnel estaba abierto.
—Candy, mira —dijo—. No estamos encerrados.
—Tienes razón —asintió su novia.
Ambos se sonrieron. De tan asustados que estaban no habían reparado en que el que otro extremo aún estaba abierto.
—Vamos, salgamos de éste maldito lugar.
No habían dado ni el primer paso cuando el túnel empezó a alargarse.
—¿Qué demonios…?
Pero no pudo terminar la frase porque un grito desgarrador surgió de la garganta de Candy.
Una mano grisácea y marchita estaba saliendo del suelo e intentaba sujetarse de una de sus tobillos. Se alejaron de la mano y echaron a correr.
De súbito Candy se detuvo.
—¡John, el túnel se ha alargado!
El túnel había multiplicado cien veces su tamaño, el extremo abierto se veía muy lejos, apenas un diminuto resquicio de luz a la distancia.
—No creas que no me hado cuenta —dijo, deteniéndose a su lado y tomándola de los hombros—. También me he dado cuenta que la única posibilidad que tenemos de salir de este lugar es yendo hacia esa luz. Así que no detengas.
Candy sollozaba y temblaba de pies a cabeza. Aún así se las arregló para asentir.
Hasta ese momento John se dio cuenta de lo joven y frágil que era su novia. Él tenía diecinueve años, ya era un hombre. De modo que supo que debía ser él quien tenía que guiarla fuera de aquel horrendo y espantoso túnel.
Tras ellos vio que las manos seguían surgiendo del suelo. Pronto no solo fueron manos sino también torsos y cabezas, todas horrendas, venidas de algún lugar del inframundo. Uno de los monstruos consiguió salir por completo e inmediatamente dirigió sus pasos hacia ellos.
Sin dejar que su novia viera semejante escena, John la tomó de la mano y la conminó a correr junto a él.
El sonido hueco de sus pasos sobre la roca dura del suelo resonaba en todo el pasadizo. Momentos después se le unieron a éstos el ruido de pisadas suaves y gemidos lastimeros provenientes de sus espaldas. Gemidos y aullidos que erizaban la piel junto a palabras ininteligibles a las cuales John atribuía significados horrendos y funestos.
—John ¿qué son esos ruidos?
—No importa, tú solo corre.
John se preguntaba si serían capaces de salir del túnel o si por el contrario perecerían allí, y el resquicio de esperanza, que se les presentaba como un ventanuco a la distancia, no era más que un juego de lo que fuera que dominara aquel subterráneo.
«Pero tengo que intentarlo —se dijo—. Candy y yo no seremos los siguientes en esa larga lista de desafortunados que han perecido en este lugar».
Corrieron sin freno, jadeantes, hacia la luz que significaba la salida. John volvió la vista hacia atrás. Constató aliviado que las criaturas estaban quedando atrás. Seguían saliendo de las profundidades de la tierra, muchas, decenios, quizá cientos, pero se movían con torpeza, lo que significaba que si mantenían aquel ritmo no podrían alcanzarlos. Llegarían a la salida antes que ellos. Entonces un pensamiento funesto cruzó su mente: ¿Y si el túnel seguía alargándose? Después de todo, allí nada era normal y podía ocurrir cualquier cosa. Si eso ocurría, las cosas que salían de la tierra no tardarían en darles alcance. Ellos no podrían mantener aquel ritmo durante demasiado tiempo.
«No importa. Debemos intentarlo. Si perecemos, al menos lo habremos intentado». Apretó la mano de Candy y aceleró el paso aún más.
Delante de ellos, la luz al final del túnel parecía haberse hecho más grande. «Nos estamos acercando». Eso le insufló nuevos ánimos. Era una luz entre amarilla y rojiza, afuera el sol se estaba poniendo.
La mano de Candy se zafó de su agarre.
John se detuvo. Candy había caído.
—¡Rayos!
Una mano surgía a través de la roca del suelo y le aprisionaba uno de los pies. Candy, con un hilillo de sangre brotándole de la frente y las rodillas y manos raspadas, pateaba la mano intentando liberarse. En medio de las patadas de Candy el monstruo asomó la cabeza. Decenas de dedos empezaban a asomar en la tierra; más monstros venían en camino. John se decidió, tomó impulso y propinó una fuerte patada a la cabeza del monstro. Se le escapó un grito cuando la cabeza se desprendió del cuello y giró en al aire, chocó contra la pared, rebotó en el suelo y rodó antes de detenerse. Pero había conseguido su objetivo, la mano que sujetaba a Candy perdió fuerza y su novia pudo liberarse. La ayudó a ponerse de pie y siguieron corriendo.
Algo más adelante, de la pared del túnel salió un espectro ¡Y qué espectro! Era una sombra flotante, negra, que en sus manos huesudas tenía una hoz y en los agujeros de sus ojos bailaban dos llamas. ¿Sería la muerte tal cual la pintaba la ficción? Tuvieron que detenerse para no dar de bruces contra el espectro.
—¡Estamos atrapados! —chilló Candy.
Como respuesta, una risa grave y cavernosa brotó de la garganta de aquel ser horripilante. Tras ellos, los monstruos surgidos de la tierra se acercaban, arrastrando los pies, alargando las manos hacia ellos como si así los fuesen a coger aunque estuviesen fuera de su alcance.
—John ¿qué vamos a hacer? ¡Tengo mucho miedo!
El espectro seguía flotando frente a ellos. A sus espaldas, los monstruos seguían acercándose. «¿Es el fin? —se preguntó— No, éste no puede ser el fin, ni el mío ni el de Candy». Alguna vía de escape tenía que existir. Mirando fijamente hacia el espectro, pudo ver (¿a través de él?) que la luz rojiza de la salida, se había agrandado considerablemente.
Tomó una decisión.
Apretó con fuerza la mano de Candy y corrió directo hacia el espectro.
—John, ¿qué haces? ¡Nos va a matar!
—Confía en mí.
La intención de John era esquivar por uno de los márgenes al espectro, pero esta idea se vio truncada cuando éste creció de tamaño hasta ocupar todo el diámetro del túnel. La luz de la salida podía verse, aunque fuera difusamente, a través del espectro.
—No te detengas —gritó a Candy.
Siguieron corriendo hasta embestir al ser oscuro que les bloqueaba la salida. John sintió algo gélido y viscoso, nauseabundo, que le recorría el cuerpo. Cuando la sensación desapareció se encontraba al otro lado del espectro. Candy estaba sorprendida.
Siguieron corriendo. La boca del túnel, agigantándose a cada paso. Estaban agotados y sudorosos, pero la esperanza de que lograrían salir los mantenía vivos y les insuflaba nuevas energías.
Aparecieron más espectros, todos de diferentes formas, pero John y Candy pasaron a través de ellos. Las criaturas que salían de la tierra, esas sí eran tangibles, habían quedado atrás. Cayeron al suelo duro de la caverna varias veces, pero se levantaban, seguían, incansables.
Cuando la boca del túnel se veía del tamaño de una persona, lo que significaba que estaban cerca de la salida, se formaron pequeños agujeros en las paredes y de estas empezaron a surgir ratas, arañas de diez centímetros de altura y serpientes de colores opacos.
—¡Dios mío! —aulló Candy, ralentizando la marcha.
—Si nos detenemos estaremos perdidos —le dijo John, halándola con fuerza, obligándola a continuar.
Las alimañas empezaron a descender al suelo. Dentro de pocos segundos lo cubrirían por completo, una especie de alfombra pesadillesca.  
Esquivaron algunas ratas, serpientes y arañas, pero pronto el piso estuvo cubierto de tal manera que era imposible esquivarlas a todas. El chasquido que producían cuando se reventaban bajos sus pies provocó nauseas en John, quien temió que vomitaría de un momento a otro. Las ratas les rasguñaban los pies y las arañas intentaban metérseles entre las ropas. Las serpientes, con las largas lenguas bífidas cimbreándose fuera de sus bocas, lanzaban dentelladas; a éstas ponían especial atención en esquivarlas.
Tras largos minutos luchando con las alimañas, esquivando mordidas, desprendiendo arañas que se les pegaban al cuerpo, vieron, a cien metros de distancia, la boca del túnel, ancha, brillante, la materialización de la esperanza. El corazón de John se hinchió de alegría. Incluso las ratas, las arañas y las serpientes empezaron a echarse hacia atrás; la sola visión de la luz del día las aterraba. Exhausto, jadeante, John se obligó a apretar el paso.
Los cien metros que los separaban de la salida pronto se redujeron a setenta y cinco, luego a cincuenta. A sus espaldas, los monstruos surgidos de la tierra, los espectros, las alimañas, aún los perseguían, pero parecían hacerlo con menos ahínco.
Cuarenta… treinta… veinte. Los corazones de los jóvenes rebosaban alegría y felicidad, pero en el fondo aún temían que todo fuese otra broma de aquel maldito túnel. John temía que de un momento a otro una pesada losa les taponeara la salida, dejándolos encerrados, a merced de sus horrorosos perseguidores.
Diez… cinco… dos… uno… La luz tibia del sol poniente los bañó cuando por fin salieron. Estaban al límite de la extenuación, pero felices. Tenían cortes y arañazos por doquier, pero con vida.
John se volvió hacia el túnel, temía que los horrores de allá adentro aún los persiguieran. No se sorprendió cuando no vio nada fuera de lo común. No había monstruos ni fantasmas, y en el otro extremo se podía ver el sol rojo que se ponía en el horizonte. El túnel parecía cualquier cosa menos un lugar embrujado.
—¿Estás bien? —preguntó a su novia.
La chica asintió. Aún no se sentía con los suficientes arrestos para utilizar la voz.
John le apretó fuertemente la mano, con ternura, y empezaron el ascenso hacia la ciudad, con la firme intención de no volver a acercarse nunca a aquel maldito túnel que tan mala broma les había jugado.



5 comentarios:

  1. me gusto mucho aunq el final no mucho pensé q saldrían a otra.dimensión o.algo.Asii de.todos.modos me facinoo ya te.extrañaba pensé.q ya habías abandonado el Blog me encanto tu historia q bueno q las sigas publlicando por q la verdad la novela q estas publicando ni es mucho de mi agrado Noo me gusta lo fantástico jijiii si te dijera q jamas he visto ni se de q se trata el sr de los anillos me creerías y el hobbit la fui a ver al.cine a la fuerza y me dormi jajaja bueno de todos modos por aqui andares cuando publiques cuentos de terror un saludo y un bso att kary

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    1. Hola kary, gracias por comentar. Y en cuanto a que no te gusta lo fantástico, querrás decir fantasía épica, porque todo lo escrito es fantástico o ficcionado. Pero en fin, no a todos nos gustan los mismos géneros. Aunque te recomiendo leer Canción de Hielo y Fuego, si alguna saga puede conseguir que te guste la fantasía épica, es esa. Y con respecto al final, bueno no te mentiré que sopesé muchos finales, desde morir hasta dejarlos vagando eternamente en un túnel sin final; pero monstruos saliendo de la tierra, fantasmas por doquier, serpientes, ratas arañas, me pareció más que suficiente para los pobres Candy y John. Bueno, un saludo!

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  2. Yo también pensé que saldrían a una dimensión alterna o algo x el estilo, pero algunas veces los buenos deben ganar cierto?... Jajaja en algunas historias veo en mi mente imágenes como una película mientras leo y en esta m ocurrió eso... También en dia de campamento, q es la q recuerdo en est momento. Veo en mi mnt a tus prsonajes en la lucha contra el mal y las fuerzas demoníacas, o tus historias son muy buenas o mi imaginación es un peligro jajaha...

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    1. La imaginación es básico en esto, tanto para leer como para escribir. Yo también imagino lo que leo, y especialmente lo que escribo. Te sorprendí salvando a los personajes, ¿cierto? Bueno, me gusta sorprender al lector, si todos saben lo que al final ocurrirá no se logra suspenso ni la misma emoción. Esa es una de las partes que más amo del terror, porque no se sabe como terminará todo. Saludos!

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  3. Si es cierto lo q dices. Y d verdad no pensé q lograrían salir d la oscuridad, ya leí la mayor parte d tus historias, y en su gran mayoría m fascinaron, yo a vcs escribo pero no son tantas ni tan buenas como las tuyas, creo q mejor sigo leyendo jajaha

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