Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

7 de agosto de 2014

El Precio de la Avaricia

Los postigos de la ventana cimbrean con el viento, golpean la pared de yeso escayolada, permitiendo que un viento gélido, casi filoso, llegué hasta el rincón que ocupo junto a mí cama, estremeciendo no sólo mí físico, sino también mi espíritu. Aprieto fuertemente el revólver que hacía años no sacaba de un cajón, dispuesto a disparar a la primera sombra que intente colarse por la ventana. También está la puerta abierta, por más que intente cerrarla siempre se abre, al igual que la ventana, pero tengo la certeza de que mi perseguidora entrará por la ventana.
Va a matarme, estoy tan seguro de ello como que me oriné en los pantalones.
Toco mi costado izquierdo, está sangrando. Sus garras están marcadas en mi piel. Siento tres cortes profundos con las yemas de mis dedos. Me gustaría ver qué tan grave es la herida pero no me es posible. A pesar de que en la casa de enfrente veo luz, en la mía no hay energía eléctrica, tampoco encuentro las velas y mi celular se hizo pedazos en algún momento de mi lucha con aquel demonio. La herida me duele, me escose. También siento sangre manar de mi cabeza, creo que fue cuando golpeé contra la acera.
La oscuridad se cierne sobre mí, como una mortaja oscura, pesada, asfixiante. Afuera hay luna llena, puedo ver la carretera que pasa frente a mi casa; aún así ni un rayo se filtra a través de la ventana. No me atrevo a salir por miedo a la cosa sobrenatural que me persigue, no me atrevo a moverme en busca de las velas porque temo que en cualquier momento ese ser salido de lo más profundo del inframundo salte sobre mi espalda. Mejor me quedo aquí, recostado en la pared. A mí derecha tengo la cama y a mí izquierda un ropero, para acabar conmigo tendrá que atacarme de frente. Si Dios existe y perdona mis pecados, permitirá que las seis balas de mi revólver perforen la cabeza del demonio y me librará de él.
No es una esperanza sólida, no sé si esa cosa pueda morir con balas como una persona normal, pero es lo único que me queda. ¡Dios, ayúdame!
He cometido muchos pecados, quizá miles. Pero lo que desató la furia del ente que me acecha lo cometí hace tan solo un par de horas. Fue un sacrilegio. Todo por mí maldita avaricia. ¿Cómo pude caer tan bajo? Me arrepiento profundamente y rezo para que El Señor me perdone.
Soy dueño de una librería en uno de los muchos centros comerciales. ¿O debo decir era dueño? Eso no importa, creo.
Conocí a la señorita Jacqueline hace ya un par de años. Era bonita, de cintura estrecha y pechos menudos. A pesar de ser muy hermosa nunca anidé por ella sentimientos amorosos, sólo una gran simpatía y mucho cariño. Simpatía y una especie de tristeza melancólica. Reía poco, y cuando lo hacía yo me daba perfecta cuenta que esa risa no brotaba del corazón.
La señorita Jacqueline entró un día a mi pequeña librería y me compró un par de tomos que recientemente habían llegado a mis anaqueles. De allí en adelante empezó a visitarme por lo menos una vez al mes, comprando siempre algún libro, especialmente tragedias de teatro y romance. A fuerza de tantas visitas nos hicimos amigos y un día me invitó a su casa. Ese día descubrí que la señorita Jacqueline era hija de uno de los hombres más adinerados de la ciudad. Me interesa mucho el dinero, aún así no pasó siquiera por mi mente intentar enamorar a la dama para ganarme el favor de la familia o su dinero, la apreciaba mucho para ello.
Lo que quiero contaros no es la vida de la melancólica Jacqueline, sino lo que acaeció tras su muerte. Ya que efectivamente la joven estaba enferma, enfermedad que durante muchos años la acosó sin que los médicos pudiesen hacer algo para curarla.
Hace un mes, como muchas otras veces, cayó en cama. Una semana después, los médicos anunciaron que la señorita Jacqueline no podría volver a levantarse y que sólo había que tratar de alegrar y hacer más llevaderos los días que le quedaban de vida.
Fueron muchas las tardes en las que yo fui su única compañía en su enorme y lóbrego cuarto. La librería la dejaba en manos de Martin, mi ayudante. Muchas de aquellas horas haciéndole compañía me dediqué a charlar y a tratar de hacerla reír. Otras tantas me ocupé de leer para ella, con voz pausada y melodiosa, aquellos libros que antes me había comprado y para los cuales tenía mucho cariño.
Un día, una tarde en la que se mostraba bastante más melancólica de lo habitual, me pidió que abriera uno de los cajones de su enorme armario. Bastante extrañado por la petición le pregunté qué debía buscar. Me explicó que buscara una pequeña caja revestida de oro, y efectivamente eso fue lo que encontré. Era de buen tamaño, treinta centímetros de largo, por quince de altura y anchura y pesaba bastante para ser de ese tamaño. La deposité con suavidad, junto a sus suaves y frágiles manos y, a una petición suya, la abrí.
Los ojos estuvieron a punto de saltárseme de las órbitas cuando vi lo que había en el interior de la caja: todo un pequeño tesoro; aretes, cadenas, brazaletes, collares, rubís, diamantes, esmeraldas y más. Tras contarme la historia de muchas de las joyas y cómo o quién se las había regalado, me reveló que todas las joyas, así como algunos libros y otros artículos a los que tenía mucha estima, iban a ser dispuestas en el ataúd junto con ella.
A partir de ese día el gusano de la avaricia empezó a picar mi razón. Esas joyas valían dinero, mucho dinero. Apreciaba, adoraba a la señorita Jacqueline, pero eso no me impedía reflexionar acerca del desperdicio que se haría si finalmente las joyas eran enterradas con ella.
Durante muchas tardes más estuve con la señorita Jacqueline, y aunque el tema de las joyas no se volvió a tocar, yo no podía dejar de pensar en ellas.
Por fin, hace cuatro días murió tras largas horas de agonía. Yo estuve allí, y sufrí tanto o más que ella. La quería mucho y su muerte me dolió. Ayudé a la familia con el funeral e incluso se me permitió adornar con esclavas sus manos y colocar una cadenilla, que sujetaba una esmeralda verde, en su cuello.
La enterramos hace dos días. Para ese entonces yo ya había maquinado un plan para apoderarme de las joyas de la fallecida. Después de todo, a una muerta de poco le podían servir.
Como no tenía el valor de llevar a cabo la profanación de la tumba yo solo, decidí sondear a mi ayudante en la librería. Las pistas recibieron respuestas complacientes, de modo que me decidí a contarle todo. Para mí sorpresa, el joven Martin se mostró encantado y sólo pidió una cuarta parte del botín.
Lo planeamos todo para la media noche, que pasó hace una o dos horas, no estoy seguro. Incluso fantaseamos con el dinero que obtendríamos cuando vendiéramos las joyas en el mercado negro. Estábamos exultantes. De haber sabido lo que sucedería, felices nos hubiésemos quedado dónde estábamos. Pero no lo sabíamos. Además, la avaricia nos conminaba a llevar a cabo tan horrenda tarea.
Llegada la hora, metimos palas y piquetas en un costal y nos dirigimos al cementerio. Saltamos el muro, lejos de la cabaña del vigilante, y nos escabullimos entre las tumbas hasta dar con la de la señorita Jacqueline. La luna llena señoreaba en las alturas cuando las piquetas empezaron a descender sobre la tierra apelmazada de la tumba. Martin picaba la tierra y yo la sacaba con la pala, luego nos intercambiábamos.
Durante los aproximadamente treinta minutos que cavamos, el temor inicial fue desapareciendo paulatinamente. Pronto nos encontramos tan inmersos en nuestra tarea que nos olvidamos del guardián, de la luna llena, del silencio espectral que nos rodeaba y hasta que lo que estábamos realizando era un sacrilegio espantoso que pronto nos traería nefastas consecuencias.
Pronto dimos con una superficie dura. Habíamos llegado al ataúd. Cinco minutos después ya lo teníamos sobre el césped. Respiramos hondo, preparándonos mentalmente para lo que veríamos y procedimos a abrirlo.
Me sorprendí bastante al encontrar el cadáver tan descompuesto. No sé mucho sobre el tema, pero me pareció algo fuera de lo común. La mayoría de la piel había desaparecido, tenía la carne amoratada y amarillenta y en muchas partes era posible ver el hueso, negro como el carbón. Me produjo nauseas el horrible aspecto que había tomado mi querida señorita Jacqueline. Quien no se contuvo, y al segundo siguiente estaba vomitando, fue mi ayudante Martin.
Lo más importante, lo que al final nos ayudó a sobreponernos de tan nauseabunda visión, fue el hecho de que todas las joyas estaban allí. En las orejas, cuello y muñecas había algunas, el resto, estaban dispuestas sin orden en el fondo del ataúd o sobre el descompuesto cuerpo de la fallecida.
Indiqué con la cabeza a Martin que procediera a recoger las que estaban en la cabecera mientras yo me encargaba de las del otro extremo. Mi ayudante asintió. Pero cuando se inclinó sobre el cuello de la muerta para soltar la cadenilla que yo mismo le había puesto, sucedió lo más espantoso, horrendo y pesadillesco que el ser humano pueda imaginar.
La muerta abrió los ojos, acto seguido alzó sus manos y tomó del cuello a mi cómplice. Creo que grité, no estoy seguro. Todo fue tan horrendo, y sucedió tan rápido que no lo recuerdo claramente. Quizá sea a causa del temor que me embarga, o quizá la escena me haya afectado el coco y ahora esté volviéndome loco. Francamente no lo sé. Lo que sí recuerdo es el rostro aterrado de Martin y las palabras que salieron de boca del cuerpo de la señorita Jacqueline. Era su cuerpo, más no su ser. Estoy seguro que su cuerpo lo controla algún demonio salido de las catacumbas más obscuras del inframundo.
—¡No perturbéis a los muertos! —me oriné al oír aquellas palabras. Más que las palabras, lo que me aterró fue la voz, siseante, con un leve toque cantarín—. ¡La avaricia es una copa muy cara!
El cuello de Martin chasqueó cuando el demonio lo hizo dar un giro de ciento ochenta grados. El rostro quedó a sus espaldas. Retrocedí unos pasos y caí, aterrado. El demonio clavó sus ojos en mí, rojos, centelleantes y mi organismo respondió echando fuera de mi cuerpo las últimas reservas de orina. El cálido líquido recorrió mi entrepierna, fue como una bendición en medio de tanta locura.
Jacqueline, o lo que había sido su cuerpo, salió del sarcófago de un salto y se plantó ante mí. Creí que iba a matarme en el instante, de haberlo querido lo habría conseguido fácilmente, yo estaba tan aterrado que ni siquiera pasaba por mi mente la idea de defenderme o echarme a correr.
—¿Por qué esa cara tan pálida, Jack? —preguntó, pero no era la voz del demonio, si no la voz de la señorita Jacqueline, mi querida señorita Jacqueline. Por un instante creo que vi visiones, porque me pareció ver que su cuerpo ya no estaba descarnado, si no por el contrario, quien estaba enfrente era mi querida amiga con su belleza en pleno apogeo.
—¿J-ja-jacq-que-line? —acerté a balbucear.
—¿Alguna vez tuviste deseos de follarme, Jack? —empezó a girar en torno a mí, de modo que yo tuve que girar sobre mi trasero para no darle la espalda.
—No —al parecer había recobrado un poco la voz—. Mi cariño por vos siempre fue sincero.
—¡Mientes! —chilló, provocándome un sobresalto al acercar su rostro despellejado y descarnado a escasos centímetros del mío—. Siempre quisiste cogerme. No creas que no me daba cuenta. Cuando me veías querías tener mis carnes tiernas entre tus fauces…
Era obvio que no era la señorita Jacqueline quien hablaba, por más que la voz fuera idéntica. Ella estaba muerta, bien muerta. Ante mí tenía un demonio, un espíritu maligno, o lo que fuera, no a ella. Tenía que huir. Empecé a escudriñar mi entorno para ver sí podía escapar de alguna forma.
—…Fue una lástima que nunca lo dijeras —el demonio seguía hablando—. Yo también quería follarte. ¿Sabías que morí virgen? Pero aún no es tarde. ¡Te follaré —aquí la voz volvió a ser la voz del demonio, escalofriante— hasta llevarte conmigo al infierno!
Descubrí la piqueta a un metro de mi cabeza, pensé que si la cogía podría defenderme con ella. Pero como si leyera mis intenciones, el demonio saltó sobre mí y se sentó a horcajadas en mi bajo vientre.
—¿Eso quieres, Jack? ¿Aún quieres follarme?
El terror absoluto se apoderó de mí cuando deslizó una mano entre mis pantalones y cogió mi miembro viril con fuerza. De pronto me encontré sollozando y suplicando por mi vida.
—¡Cálido! —el demonio lo palpó y soltó una exhalación de placer
—¡Lo siento! —musité—. Solo quería las joyas. ¡Cómo lo siento!
—Querer lo que no es de uno, es malo —señaló el demonio, sin retirar su mano, fría, descarnada, de mis pantalones—. Querer lo que es de un muerto es fatal.
—¡Lo lamento, lo lamento! Sólo dejadme ir y prometo no volver a desear lo ajeno.
El demonio se echó a reír, con una risa que hiela hasta la sangre.
—¿Acaso crees que soy un espíritu benévolo, de esos que enseñan el buen camino y dan segundas oportunidades? No, mi trabajo es otro. Pero tengo una idea, fallémonos mutuamente y te dejaré marchar, incluso te permitiré tomar unas pocas piedras preciosas.
—¿Eh?
—Sí. ¿Acaso no es eso lo que querías? Dame tu mano —sin que yo pudiera hacer nada tomó mi mano derecha y la dirigió a su sexo—. Toca mi vagina virginal.
Pero lo que mi mano tocó no fue una vagina, sino el miembro de un hombre, erecto, grueso, largo, enorme. Mi cara debió reflejar conmoción y terror a partes iguales porque el demonio se echó a reír.
—¡Vamos a follarnos, querido! —susurró después—. ¡Primero tú, luego voy yo!
Pero yo había deslizado mi mano izquierda hacia atrás, milagrosamente encontré la piqueta, y antes de que el demonio se percatara, clavé la piqueta en sus costillas. Un líquido negro, viscoso, empezó a manar de la herida. Lo que me permitió ponerme de pie y salir pitando de allí. Intentó cogerme, clavando sus garras en mis costillas, pero logré huir.   
Escuché maldiciones tras de mí, pero no me detuve. Llegué al muro y lo trepé, desde lo alto pude ver al demonio de pie junto a la tumba, se retiraba con parsimonia la piqueta de sus costillas, me vio y me sonrió. Fue aquella sonrisa lo que me convenció que nada había acabado, el demonio iría tras de mí.
Corrí como nunca hasta mi casa. Me caí al menos cinco veces, magullándome el cuerpo en cada una. Escuchaba pisadas y risas suaves y agudas tras de mí, pero cuando volvía la vista no veía a nadie. Corrí, corrí.
Ahora estoy aquí, arrebujado, en un rincón oscuro de mí cuarto, esperando un desenlace, que auguro será fatal. El viento gélido golpea los postigos y hace bailar las cortinas como si de más fantasmas se tratara. Tengo miedo, mucho miedo. Me arrepiento profundamente de lo que hice. Ahora sé que no hay que tratar de tomar lo que no es nuestro. Le pido a Dios que me saque de ésta, prometo que cambiaré, si no lo hace, le suplico por lo menos que perdone mis pecados y no me condene a las torturas del infierno.
Ahora estoy oyendo pisadas en mí jardín, también escucho una risa gélida y diabólica. ¡Ya está aquí! El demonio ya llegó y viene por mí. Aprieto fuertemente el arma de fuego, me tiemblan las manos, pero es la única salida posible, así que me concentro y clavó la vista en la ventana. He de atinar con las balas y rezar para que la criatura muera.
Cada vez escuchó las pisadas más cerca de la ventana. Y ríe, el demonio ríe. Se está divirtiendo a costa mía. El se ríe mientras yo muero de miedo. ¡Oh por Dios! ¿Por qué no salta la ventana de una vez y acabamos con ello, ya sea con mi muerte o con la de él? La tortura a la que me está sometiendo es insoportable, tanto miedo terminará por volverme loco.
Por fin, después de inagotables minutos, el cuerpo despellejado de la señorita Jacqueline se asoma a la ventana.
—Oh, allí estás —me dice.
Reúno todo el coraje del que puedo disponer, me pongo de pie y avanzo hacia ella.
—¡Acabemos con esto de una puta vez, perra! —a la escasa luz de la luna que llega a la ventana veo su rostro, sin carnes, gusanos entrando y saliendo de su boca, los ojos rojos como gotas de fuego.
Le disparo; uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Los seis disparos dan de lleno en su rostro. Empiezo a sudar sangre cuando me doy cuenta que el demonio apenas si se ha inmutado.
—Es hora de que pagues tú avaricia —dice.
Salta sobre mí, quedando nuevamente bajo sus piernas. Me debato, aruño, pateo, pero es inútil, es demasiado fuerte y sobrenatural. De pronto el dolor en su máxima expresión nace en mi pecho. No comprendo qué ha sucedido hasta que veo sacar su mano de mi pecho. Entre sus dedos lleva algo informe, rojo, que gotea sangre y palpita como si tuviera vida. ¡Es mi corazón!
Antes de que mi alma vaya al cielo o a las profundidades del infierno, veo cómo el demonio se lleva mi corazón a su boca y lo traga.
¡Es aterrador ver a alguien comerse tú corazón!
Después la oscuridad absoluta se cierne sobre mí. 

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