Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

14 de agosto de 2014

Día de Campamento

El jeep los llevó hasta el borde de un acantilado. Abajo, hacia el este, había un río de aguas turbias y rápidas, salpicado aquí y allá de enormes rocas agudas y filosas. Y más allá, un valle de suaves colinas, árboles verdes y un enorme lago, de agua verdosa y grisácea, custodiado por sendas cadenas montañosas.
—Hasta aquí llegamos en vehículo —anunció Jean—. El resto del camino tenemos que hacerlo a pie.
Metió el jeep en uno de los cobertizos que había a un lado del camino e instó a sus compañeros a que empezasen a bajar el equipaje. Era el único coche en cualquiera de los cobertizos.
—Creí que habías mencionado que se trataba de un lugar muy popular —dijo Marta.
Marta era de baja estatura, de caderas anchas y busto abultado. Llevaba el negro cabello recortado a la altura del hombro. Sus ojos eran oscuros y penetrantes y era de mente aguda.
—Lo es —respondió Jean—. Y no entiendo por qué somos los únicos.
—Creí que habría mucha más gente —Carlos parecía descorazonado.
—A lo mejor también se puede llegar por otras rutas —opinó Judith—. Quizá ésta ya esté en desuso.
—No lo creo —Jean no creía que fuera posible llegar al lago por otro camino que no fuera en el que estaban. Al norte, sur y este, las montañas obstruían el paso. Al oeste, un acantilado cruzaba el valle de norte a sur y el único puente que permitía el paso se hallaba allí, frente a ellos—. Pero es posible. Además, no veo qué les preocupa, recuerden que vinimos a pasar unos días al aire libre, no a socializar.
Nadie pudo refutar eso.
Desde luego, Jean sabía por qué la gente ya no gustaba ir muy a menudo al lago, pero no creía que tales historias fueran a ser del agrado de sus amigos. Con lo miedosos que eran.
Mochilas al hombro cruzaron el puente colgante.

٭٭٭٭٭٭٭
Marta no se consideraba una chica cobarde. Pero cuando Jean y Carlos, que ya estaban al otro lado, empezaron a mover el puente, sintió que el corazón se le desbocaba. Se imaginó cayendo del puente, aplastándose contra una de las afiladas rocas que sobresalían del pardo río, treinta o cuarenta metros más abajo, y empezó a chillar, aferrándose a las sogas del puente colgante. Los imbéciles se reían a quijada partida como si lo que hacían tuviera al menos una chispa de gracia.
Cuando por fin tuvo tierra firme bajo sus pies, soltó un suspiro de alivio, para a continuación dejar ir una retahíla de improperios a los jóvenes que de haberla escuchado sus padres la habrían encerrado un mes entero sin derecho a nada excepto pan y agua.
—Hey, tranquila, sólo era una broma —dijo Carlos, haciéndose el inocente.
Jean sonreía, con una sonrisa felina y satisfecha.
Judith no se conformó sólo con decirles hasta de qué iban a morir, sino que cogió un pedazo de madero y los persiguió como si su intención fuera asesinarlos ella misma. Viendo a su rubia amiga, hecha una felina, persiguiendo a los dos idiotas con un palo en la mano, Judith olvidó el mal trago y empezó a reír como una chiquilla.
Mientras Judith seguía persiguiendo a sus amigos, más riendo que refunfuñando, un destello dorado llamó la atención de Marta. Con súbita sorpresa se volvió hacia los arbustos de donde habían nacido los destellos, pero no vio nada. Marta se sintió extrañamente inquieta. Fue como si unos ojos amarillos la hubiesen estado observando.
—¡Hey, chicos! —llamó. De pronto ya no quería estar en ese lugar—. Será mejor que continuemos.

٭٭٭٭٭٭٭
Jean los guió á través de los más de tres kilómetros que había del acantilado hasta el lago. No había un sendero marcado, si lo hubo, hacía meses, quizá años, que no era utilizado, ya que no había rastros del mismo. Pero Jean ya había realizado muchas veces el mismo recorrido, de modo que bosquecillos y altozanos fueran atravesados, coronados o bordeados de manera que el camino no se alargara más que lo estrictamente necesario. Sobre sus espaldas cargaban gran cantidad de utensilios y provisiones, he allí la causa de que todos quisieran caminar lo menos posible.
El sol señoreaba en lo alto, sacando destellos de los picos nevados de las montañas más altas que los rodeaban. En el lago verdoso y grisáceo, lo reflejaba como un disco de cobre trémulo a causa de las ondas que el refrescante viento provocaba.
En la copa de un nogal achaparrado y de ramas nudosas y retorcidas, Jean vislumbró un brillo anaranjado; fue como una llama que se apagó casi antes de haber encendido. Jean se sintió inquieto. Sin embargo, su inquietud se incrementó cuando en el tronco del nogal vio marcadas enormes garras, como si un oso o un felino de gran tamaño hubiese batallado con él.
Eso trajo a la memoria de Jean algunos de los burdos cuentos que se contaban del lugar; razón por la que mucha gente ya no iba allí. En realidad, quizá los cuentos no fuesen tan absurdos, ya que efectivamente, muchas eran las personas que tras internarse en aquel valle ya no volvían a salir. Jean sabía con certeza que tras la desaparición de algunas personas, se habían enviado varios grupos de búsqueda y rescate, éstos siempre regresaban, pero sin noticias del paradero de los desaparecidos.
—¿Qué demonios es eso? —masculló Carlos.
—Marcas de las zarpas de alguna fierra —respondió Jean, indiferente. Aparte de algunos cuchillos y unos machetes, no llevaban ningún otro objeto que pudiera considerarse arma, pero Jean no era alguien que temiese a los animalitos del bosque; por muy grandes que estos “animalitos” pudieran ser.
—¿Hay depredadores aquí? —Judith se llevó las manos a la boca en un gesto de horror.
—Sólo algunos —respondió Jean con voz átona—. Pero no os preocupéis, somos cuatro personas, demasiados para que cualquier animal se atreva a atacarnos. Éstos de aquí ya están acostumbrados a ver personas y créanme, nos temen más de lo que nosotros tememos a ellos.
—Eso espero. —Las chicas no parecían convencidas.

٭٭٭٭٭٭٭
Levantaron la tienda a orillas del enorme lago. Debía medir al menos tres kilómetros de diámetro, calculó Marta, ya que la otra orilla era apenas visible, a los pies de enormes montañas de escasa vegetación. Para Marta todo a su alrededor era nuevo, y sabía más bien nada del lugar en el que se hallaban, a no ser por la escasa información que Jean les había proporcionado. De allí que sintiera un reverenciado temor hacia aquel lago que se le antojaba lúgubre y desconocido. Quién sabe las cosas que podrían habitarlo.
La intención de los cuatro era permanecer tres noches en aquel lugar. Apenas entraba la tarde que antecedía la primera noche, y Marta ya sentía deseos de levantar la tienda y regresar al hogar. Jean los había convencido de ir, contándoles acerca de los numerosos grupos que gustaban acampar a las orillas del verde y grisáceo lago. También describió con ademanes graciosos y palabras vivas las hermosas chicas que en provocativos trajes de baño se metían a bañar en las tibias aguas del lago. “Ni qué decir —dijo, mirando directamente a Judith y Marta— de los chicos con el torso desnudo”. Se suponía que por las noches los distintos grupos se unían en torno a una gran hoguera, ponían música y se dedicaban a bailar y a consumir ingentes cantidades de alcohol. Si bailaban y consumían alcohol tendría que ser entre ellos, porque aparte de las garras marcadas en el nudoso nogal, no había rastros de que allí hubiera otro ser viviente.
Marta nunca había probado a pescar. Hasta esa tarde. Jean también les había comentado que en el lago existía gran variedad de peces, y que pescarlos sólo era cuestión de lanzar la carnada y esperar.
Así fue como los cuatro jóvenes, alineados en un tosco muellecito de madera que se adentraba en el lago como una mano quemada, se encontraron sosteniendo sus cañas de pesca a la espera de que alguna presa picara. El primero en pescar algo fue Carlos. Se llevó un sobresalto cuando la cuerda se tensó, e inmediatamente se puso a enrollarla hasta que tuvo en sus manos un ejemplar que pesaba al menos medio kilo, pero que Marta, escasa conocedora de la vida acuática, no sabría identificar por su nombre.
Para cuando el sol se escondía tras el horizonte occidental, bañando el lago de fuego naranja, todos, excepto Marta, habían pescado aunque sea una presa. Desilusionada, Marta se preparaba para enrollar su cuerda cuando algo empezó a tirar de la misma.
—¡Tengo uno! ¡Tengo uno! —empezó a gritar como una chiquilla.
A buen seguro se trataba de un pez de grandes proporciones, porque de no ser Carlos, que la sujetó en el último instante, se habría visto arrastrada hacia las aguas del lago. Intentó halar al pez enrollando la cuerda, pero era demasiado grande y al final, con un suspiro de frustración, la cuerda cedió y se rompió.
—¡Mala suerte! —La consoló Jean.
—De todos modos no creo que hubiésemos podido comer algo tan grande —comentó Marta, cabizbaja.
—No sin subir un par de tallas —agregó Judith, con una media sonrisa.
Reían la ocurrencia de Judith cuando Marta lo vio: no se trataba de ningún pez habido o por haber, su superficie rugosa se semejaba más a la de un cocodrilo que a un pez, pero tampoco se trataba de un cocodrilo, era algo más… amorfo y sobrenatural.
Marta soltó un chillido agudo, cuando, agitando la cola como para darse impulso, la criatura aceleró y se dirigió directo al muelle. Judith, Carlos y Jean giraron sus cabezas bruscamente hacia donde Marta señalaba con un tembloroso dedo índice, pero la rara criatura ya estaba muy cerca de su posición y como impulsado por un resorte saltó y cayó sobre su rubia amiga.
Definitivamente no era una criatura catalogada en ninguna enciclopedia o diccionario, se trataba de un monstruo con piel de cocodrilo pero con extremidades bastante semejantes a las de un humano. Los ojos eran amarillos, semejantes al oro, e inmediatamente evocaron en Marta el recuerdo de aquel destello dorado en las cercanías del acantilado. Se paraba en dos gruesas piernas, rematadas en pies planos y con gruesas garras, útiles para nadar a grandes velocidades. Los brazos también eran gruesos y musculosos y terminaban en seis verdes dedos armados con negras y filosas garras. La cola era fácilmente confundible con la de un cocodrilo, a no ser por la púa en que terminaba aquella extremidad. Y la cara, la cara también parecía de cocodrilo, exceptuando que el hocico era más corto, revelando un parecido con la especie humana que era aterrador.
Petrificada por el horror, Marta observó que el monstruo abrazó a su amiga, que entre chillidos agudos y lamentables, fue arrastrada hacia las profundidades del lago. Todo sucedió tan deprisa como para que tuvieran maneras de reaccionar. La criatura se alejó, mientras Judith provocaba burbujas con el aire que escapaba de su boca, hasta que desaparecieron de vista.
—Tal vez no todas las historias son falsas… —comentó un Jean sin voz.
Los otros dos lo miraron con ojos taladradores.

Continuará…

Por algunos asuntos de índole personal no me fue posible terminar el cuento a día de hoy, de modo que publicaré su culminación el próximo jueves.

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