Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

28 de agosto de 2014

Día de Campamento (Culminación)

—¿Sabías que había un monstruo y te quedaste callado? —increpó Marta a Jean.
—Creí que eran historias falsas —de algún modo Jean parecía haberse encogido.
—¡Pues no lo son! ¡Ya lo has comprobado!
—¿Qué sucederá con Judith? —la voz de Carlos estaba quebrada y su mirada perdida en el agua gris y llameante a la luz del sol poniente.
—Como lo siento. —Se suponía que Carlos andaba con Judith, verla desaparecer arrastrada por un monstruo inconcebible tenía que ser tan doloroso como aterrador. Marta no tenía palabras de consuelo.
—¿Ha muerto?
—Temo que sí.
—Creo que lo más sensato que podemos hacer es huir de este lugar —dijo Jean—. ¿Vieron esa cosa? Me juego la vida a qué también sabe caminar sobre tierra firme. No quiero ser el siguiente.
Marta recordó los amarillos ojos del monstruo. Tenía la vaga sospecha de que eran los mismos ojos que había visto esa tarde. Los mismos ojos, la misma criatura. Jean tenía razón: debían salir de aquel maldito valle inmediatamente.
—Tienes razón —convino—. No olvidemos las marcas de zarpas que vimos hace rato, podrían ser obra de esa misma cosa.
De modo que, antes de que el sol se ocultase por completo, recogieron a todas prisas la tienda de campaña y lo empaquetaron todo lo mejor que pudieron. Carlos mencionó que sería mejor que lo dejaran todo atrás, que el equipaje solo los retrasaría, incluso Marta secundó su moción, pero Jean, que era el dueño de la tienda de campaña y de gran parte de los enseres, se negó en rotundo a dejar sus cosas tiradas.
—Además —mencionó Jean—, la cosa esa que se llevó a Judith debe estar muy ocupada cenando.
Marta y Carlos se horrorizaron, y habrían increpado a Jean por decir tal disparate de no haber estado tan asustados por lo ocurrido recientemente. Es más, Marta creyó ver un destello febril y felino en los ojos de Jean, pero lo desestimó inmediatamente.
El sol se ocultó por completo en el horizonte, dejando que las primeras estrellas brillaran hacia el este y un aire manso y gélido se asentó en el valle. Los tres jóvenes, lámparas en mano, iniciaron el regreso hasta los cobertizos dónde habían dejado el coche. Jean delante, era el único que ya había estado en el valle y conocía muy bien el terrero; Marta iba al centro, alumbrando con su linterna a todos lados y girando la cabeza en simultáneo con el haz de luz; atrás venía Carlos, le temblaban las manos y miraba inquieto hacia cualquier lado dónde percibía algún movimiento, ya fuera real o imaginario.

٭٭٭٭٭٭٭
Jean presentía que algo real y sobrenatural estaba por ocurrir. Se sentía intranquilo; como si algún ser superior lo observara desde la seguridad y superioridad que su guarida le proporcionaba. Era una sensación para nada agradable. Pero era él quien había convencido a los chicos de ir a aquel nefasto lugar, de modo que tenía que ser él quien los guiara hacia el fin de semejante pesadilla. No había de otra.
Había realizado el mismo trayecto medio centenar de veces, sabía que no había razón para que esta vez fuera diferente. Sólo debían mantenerse alejados de los bosquecillos, caminar en terreno abierto, y ser lo más sigilosos que pudieran. ¡Sí, con eso sería suficiente!
Mientras bordeaba una colina, en la cima de ésta vio un destello anaranjado, como una luz que se enciende y se apaga. Ese destello ya lo había visto, en aquel nogal marcado por zarpas. Quizá solo él lo vio; los demás no parecían más inquietos que antes, eran buenas noticias, no quería que sus amigos se inquietaran por la simple visión de los ojos de un “animalito” del bosque. A buen seguro no se trataba del depredador del lago, los ojos de aquél eran amarillos, no naranjas.
Sin saber por qué se encontró sonriendo. Le encantaba aquello. Para eso había sido creado.

٭٭٭٭٭٭٭
Quizá era miedo, nerviosismo o simplemente suspicacia, pero Marta sentía que el camino ya se había alargado más de lo normal. Le dolían los músculos de las piernas de tanto caminar, y los huesos de la espalda le reclamaban descanso a causa de la mochila que reposaba sobre ellos. Pero Jean seguía delante, dirigiendo la marcha, alejándose de los bosquecillos lo más que podía y tomando los pasos más llanos. Sin duda él sabía lo que hacía. No obstante, Marta se encontraba cada vez más inquieta, tanto caminar y rodear le parecía sospechoso. Aunque seguro se debía al agotamiento y al miedo que le atenazaba las entrañas.
Aún así, le parecía raro que el camino de regreso se hubiese alargado tanto. Y si en algún momento pensó que se encontraban a salvo, que nadie los seguía, hacía buen rato que había dejado de creerlo así. Ya eran tres veces las que había visto destellos naranjas a los costados del camino. Y con cada una el temor en su corazón se multiplicaba por cien. No entendía cómo aún era capaz de proseguir con la marcha después de todo el miedo que se había instalado en ella; y que seguía instalándose. La primera vez fue en la coronación de una colina; Marta había desestimado la visión y siguió caminado como si nada hubiese ocurrido. Más tarde vio el mismo destello en un bosquecillo cien metros a su diestra, inconfundiblemente se trataba del mismo; lo ignoró, o al menos lo intentó. Pero cuando lo vio a diez metros de ella, entre un arbusto de no más de un metro de altura, supo que no era casualidad y que un ser misterioso los observaba. En su mente flotaba el destello dorado del acantilado, sin embargo aquél no era el mismo ¿Acaso había otro monstruo acosándolos?
Jean seguía delante, firme, seguro, imperturbable; daba la sensación de haber hecho aquello un millar de veces. De alguna manera, aquella idea provocó en Marta un insólito escalofrío.
Una luna menguante asomaba en el cielo, entre gruesas nubes grises. El cielo estaba atestado de estrellas, pero las nubes dejaban entrever menos de la mitad. Ni una brisa corría y el ambiente estaba cargado de algo pesado, ominoso. Todo alrededor era tétrico y lúgubre, incluso las colinas y bosquecillos que tan mágicos habían parecido a Marta en un principio, proyectaban sombras tenebrosas y aciagas. Fue en ese entorno que Marta vio el puente que cruzaba el acantilado, y se sintió feliz, viva, salvada, hasta que vio la sombra en el extremo más próximo del puente: la sombra agitaba la cola de un lado a otro, el cuerpo, como el de una lagartija gigante, se erguía dos metros sobre el suelo; lo que más horror provocaron en Marta fueron sus ojos: Naranjas.
Gritó con un chillido agudo y aterrado como jamás creyó que fuese capaz de emitir.

٭٭٭٭٭٭٭ 
Jean también vio la sombra que obstruía el paso del puente. Se detuvo y soltó una maldición. Habían estado tan cerca. La sombra agitaba la cola de un lado a otro, como el péndulo de un reloj, en la que se adivinaba un grueso y mortal aguijón. El rostro era alargado y coronado por dos ojos naranjas, destellantes.
Sacó el machete que llevaba a la espalda. No sabía si le serviría de mucho, pero el tacto de la superficie dura del mango lo reconfortó. Tras él, Carlos lo imitó y Marta sujetaba un cuchillo de hoja plateada; hasta eso era mejor que nada.
—Tenemos que escondernos —dijo Jean. Desde luego, sería una locura abalanzarse sobre un monstruo inhumano y desconocido. A la derecha, a unos doscientos metros se alzaba un bosquecillo de alisos, fresnos y laureles, algunos de hasta treinta metros de altura, quizá si consiguiesen subir a uno hasta la mañana siguiente, solo quizás…—. Al bosque, vamos al bosque ¡Y tirad las mochilas! ¡Corramos por nuestras vidas!
Como si la orden también hubiese estado dirigida a la sombra que custodiaba el puente, ésta empezó a correr en diagonal, como si u intención fuese cortarles el paso.
—¡Nos persigue! —gritó Carlos.
—Cuando esté frente a nosotros hay que dar la vuelta y correr hacia el puente —dijo Jean—. Quizá lo despistemos.
Y así lo hicieron. La criatura se plantó una decena de metros frente a ellos, siempre agitando la cola y bailando los enormes dedos con garras que destellaban a la luz de la luna. Sin ninguna duda no era la misma cosa del lago. Quizá parientes. Los jóvenes giraron y se echaron a correr hacia el puente, el corazón desbocado y el terror absoluto estrujándoles el alma.
La sombra se movilizó tras ellos. Jean aceleró el paso, bien que resultó un gesto fútil porque ya corría a toda marcha. Un grito desgarrador hendió la noche. Sin dejar de correr Jean volvió la vista: Carlos había caído en manos del monstruo.
Jean sonrió.

٭٭٭٭٭٭٭
—¡Jean! —gritó Marta, casi sollozante— ¡Jean! ¡Atraparon a Carlos! ¡Hay que ayudarlo!
—Sólo corre —le dijo Jean. Volvió la vista hacia ella y le sonrió; un destello rojo atravesó sus ojos.
«Me sonríe para darme ánimos —se dijo Marta—, y lo del destello fue mi imaginación». Desde luego era descabellado pensar que Jean disfrutara con la situación.
Marta no era solidaria, aún así estuvo tentada a detenerse y regresar a ayudar a Carlos, no obstante se obligó a seguir; su única arma era un pequeño cuchillo, nada podría hacer contra un ser sobrenatural excepto conseguir su propia muerte.
Los gritos de Carlos se fueron apagando, cosa que sobrecogía el corazón de Marta, a medida que ellos se acercaban al puente y la vida se le extinguía. Hasta que por fin cesaron. Para ese entonces estaban a escasos metros del puente. Si cruzaban el puente y llegaban al coche seguramente sobrevivirían. De vuelta en la ciudad lo primero que haría sería contar lo que había vivido esa noche, su padre era una persona muy influente, y en un par de días un ejército invadiría el valle y se encargaría de dar caza a los monstruos. Ese pensamiento la reconfortó una nimia.
Hasta que una sombra se deslizó hacia el puente. Jean se echó a un lado para no chocar contra el monstruo y Marta lo imitó. Lo primero que Marta vio fue dos ojos dorados, refulgentes como oro líquido. Pensó en Judith, arrastrada hacia las profundidades del lago y una furia sorda se mezcló con su miedo, apretó el cuchillo con fuerza y lo agitó violentamente mientras corría hacia el monstruo. Chocó contra un muro grueso y musculoso. Su muñeca crujió cuando una mano con garras se la dobló para que soltara el cuchillo. El dolor la recorrió como un aguijonazo. Más fuerte era su miedo, su miedo al ente horroroso que tenía en frente y a la muerte.
Cayó de rodillas, sujetándose la mano a causa del dolor. Unos ojos dorados se posaron en ella, fijos. Oyó fuertes pisadas que se acercaban por atrás. Volvió la vista con marcado horror: el otro monstruo se acercaba, arrastrando del pelo el destrozado cuerpo sin vida de Carlos.
Gritó, gritó y gritó, hasta que la garganta se le cansó.
Jean se puso de pie, sudoroso y tembloroso. Pero no parecía asustado.
El monstruo de ojos dorados alzó una de sus gruesas garras, lista para desgarrarla.
—No —la voz de Jean sonó firme, un leve ramalazo de esperanza surcó el ser de Marta—. ¡Ésta es mía!  —concluyó Jean.
Si aún hubiese tenido voz, Marta hubiese aullado de terror, pero su garganta no emitía más que roncos carraspeos. Los ojos de Jean eran rojos como ascuas, los dientes le crecieron y su cuerpo se ensanchó. Un momento después, lo que antes había sido Jean, era ahora un monstruo enorme de grueso pelaje negro, orejas puntiagudas, ojos rojos, hocico largo y dientes grandes y filosos y extremidades con garras negras como el ónice.
Enseñando los dientes, Jean, o lo que antes había sido Jean, empezó a caminar hacia ella.
Marta se quedó inmóvil. No tenía idea de lo que había ocurrido o lo que estaba ocurriendo, pero sí sabía lo que seguía: su fin.

1 comentario:

  1. Malvado y traidor Jean... Yo quería q se lo comieran, desde el principio d la historia sabía q era mal intencionado...

    ResponderEliminar