Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

2 de julio de 2014

El Ente del Pantano (2)

Después de la oscuridad vino el dolor; con el dolor llegó el sufrimiento, y al sufrimiento lo acompañó el deseo de morir, el deseo de que aquella tortura terminara, no importando si la única manera de que cesara era la muerte.
Al principio Marcio creyó que había muerto, presa de las fauces y las garras del Ente del Pantano. Pero aquel dolor, que escocía desde la piel hasta lo más profundo de sus entrañas, lo sacó de su error. Imposible, él no había muerto. No era probable que tras la muerte se sufriera tanto. A menos que estuviese en el infierno, siendo torturado por las legiones del diablo. Pero eso él no lo creía. De alguna manera el Ente del Pantano no lo había matado, al menos no aún. Quizá en aquellos momentos lo tuviera en su guarida, sujeto de pies y manos, casándole aquel dolor que lo hacía sólo desear la muerte.
Y es que Marcio sentía un dolor tan atroz, como hombre alguno jamás ha conocido, pero no tenía potestad alguna sobre su cuerpo. Sentía el cuerpo, como si le quemaran la piel y le estrujaran los huesos, pero no podía moverlo; ni los brazos, ni las piernas, ni la cabeza, nada. Los oídos parecía que pronto le estallarían, pero no oía nada. Los ojos le ardían, como si se los hubiesen bañado con salsa picante, pero no veía nada, no los podía mover y ni siquiera los párpados le respondían. La lengua, sentía que se la tiraban con pinzas al rojo vivo.
Definitivamente no tenía explicación para toda aquella tortura. «Morir, morir, morir», era lo único que su mente anhelaba. «Morir ya»
Pero no era solo el dolor, el sufrimiento, el ansia de que todo terminara, no, a intervalos intermitentes había más, había destellos, como alucinaciones o sueños, sólo que el protagonista de los mismos no era él, si no otras personas y otros monstruos como el Ente del Pantano. Eran visiones del pasado, del presente y, quién sabe, quizá hasta del futuro.
Vio al Ente del Pantano escabullirse en un barco de vela. Ya en alta mar, el Ente empezó a atacar a la tripulación, hasta que los hubo asesinado a todos. Después se los comió uno por uno, mientras el barco, gracias a quién sabe qué demonio, deambulaba por el mar hasta que llegó a tierra firme. El monstruo salió del barco y se perdió en los bosques.
Vio al Ente matar a niños, adultos, ancianos. Lo vio perseguir ciervos, cuando no había humanos cerca, lo vio pelear con lobos y leones. Lo vio atacar la comitiva de algún señor importante de los tiempos feudales. Lo vio invadir un monasterio. Lo vio huir de aldeanos armados con garrotes, azadas y machetes. Lo vio perseguido por arqueros y caballeros. Lo vio ser herido infinidad de veces, perdiendo en ocasiones hasta un miembro, pero con el tiempo se recuperaba. Lo vio morir decenas de veces, a manos de gente tan dispar como veces murió. Pero siempre regresaba. Siempre.
Vio a su hijo Mario gritar su nombre a todo pulmón en la Llanura. Se vio a él siendo mordido por el Ente, vio al Ente morir, y se vio a él allí, sólo, tendido en el suelo fangoso del Pantano.
Vio a un hombre, maduro, con el cabello gris y complexión musculosa. El hombre caminaba en una calle de barro, de noche, en un lugar que parecía ser de quinientos años atrás. De pronto, el Ente del Pantano saltó sobre él. Pero el hombre era un soldado retirado, de modo que se hizo a un lado, sacó una espada del cinto y atacó al monstruo. Pelearon durante breves momentos. El hombre era hábil con el arma, y, aunque luchaba con un monstruo, hirió a su adversario por muchos lugares. También él sufrió heridas, pero casi al final, traspasó al monstruo por el pecho, donde estaba el corazón. Pero el monstruo aún tuvo energías para clavarle sus colmillos en el muslo, antes de expirar. Más tarde, Marcio vio como el hombre, convertido en el Ente del Pantano, asesinaba a su esposa y a sus tres hijos.
Vio una fortaleza de piedra rodeada por altas murallas y un ancho foso. Vio a un niño en sus grandes y bien cuidados jardines. También vio al hombre, pequeño, enjuto y con ojos febriles que lo miraba desde las sombras. El hombrecillo de las sombras se abalanzó sobre el niño y utilizando dientes y uñas lo desgarró hasta darle muerte. El hambre del hombrecillo era tan marcada que no lo dudó, y allí mismo empezó a devorar al chiquillo. Los gritos del infante habían alertado a todo el castillo, de modo que cuando los señores, guardias y sirvientes llegaron al jardín, miraron horrorizados como un flacuchento hombre devoraba con avidez al hijo menor de los señores. El hombrecillo fue encerrado en una mazmorra y allí fue torturado durante largos y cruentos días.
—¿Por qué lo hiciste? —le preguntaban— ¿Quién dio la orden? ¿Cuánto te pagaron? ¿Por qué al hijo del señor y no a él directamente? —todos temían que se tratase de un hombre de los enemigos de su señor.
Pero la respuesta siempre era la misma.
—¡No sirvo a nadie! ¡No sirvo a nadie! —el hombrecillo se echaba a sollozar—. Sólo tenía hambre. Llevaba semanas sin probar bocado, tenía que comer algo o moriría.
La tortura fue larga y sanguinaria. Arrancaron uñas, le desollaron los brazos, le arrancaron mechones de cabello, le martillaron los dedos, lo marcaron con hierros candentes. Pero al final se tuvieron que dar por vencidos, el hombrecillo estaba pronto a morir y su respuesta no variaba un ápice.
Al final, el señor del castillo decretó que lo mataran. Pero uno de sus consejeros le dijo que la muerte sería como un premio para el hombrecillo. Así que después de deliberar durante varios minutos, se decretó que el brujo que servía al señor lo convirtiera en una criatura grotesca, que existiera hasta el final de los tiempos y cuyo destino fuera vagar por el mundo, ser perseguida, odiada, temida y rechazada. Y cuyo alimento más preciado fuera aquel crimen por el cual lo condenaban a semejante suplicio.
Las visiones se sucedieron una tras otra, a intervalos irregulares, pero Marcio no prestó atención a todas ellas, porque el dolor y la tortura a su cuerpo proseguían con igual insistencia. «Morir, morir, morir». Ya no quería ver visiones, ya no quería sufrir dolor, ya no quería sufrir más, solo morir «Dios mío, mátame».

٭٭٭٭٭٭٭
Mario siempre había disfrutado de la Llanura, de sus bosquecillos ralos y de sus suaves colinas, de sus arroyos cristalinos y de la calidez que envolvía siempre el lugar. Disfrutaba mucho pasear en la Llanura, excepto aquella tarde. Ese día no paseaba, sino que buscaba; no podía relajarse, sino que a cada momento se encontraba más tenso y sobre todo, en el ambiente flotaba un aura misteriosa que hacía que su piel se erizara. Lo peor de todo: Marcio, su padre, no había regresado a casa el día anterior. Tenía que encontrarlo.
Su padre había salido el día anterior, no había especificado a dónde iba, pero la compañía de Ricky y su escopeta favorita anunciaban que se dirigía a la Llanura. Padre no regresó por la tarde, tampoco por la noche. Ni él ni su madre dieron demasiada importancia al asunto, a pesar de que un extraño pesar sobrecogía sus corazones. Cuando no regresó a la mañana siguiente, ambos empezaron a preocuparse. Además, una especie de congoja los acompañaba desde la noche anterior, y, rápidamente se preguntaron si el cabeza de familia se encontraría bien. Puesto que al mediodía Marcio aún no había regresado, Mario, de quince años, con permiso de la madre, tomó el revólver de su padre, lo guardó en su cintura y partió hacia la Llanura.
Mediaba la tarde, nubes grises surcaban el cielo y a ratos hacían invisible al sol, y Mario aún buscaba con ahínco a su padre. No había ni rastros de él. Cuando se encontró con otros habitantes del pueblo, Mario no dudó en preguntarles si habían visto a Marcio, pero todos terminaban negando con la cabeza.
—Búscalo en las cantinas —había dicho a modo de broma Martín, un hombre que acostumbraba emborracharse con Marcio— o entre las piernas de las putas —sin duda Martín creía que los quince años de Mario lo hacían lo suficientemente mayor para escuchar aquel tipo de sugerencias.
Un grupo de chicos, más o menos de su edad, negaron haberlo visto desde hacía días e insinuaron que a lo mejor se había fugado con otra mujer. Mario no les hizo caso, sabía que su padre no era de ésos ¿O sí?
Faltaban dos horas o poco más para que cayera la noche cuando Mario, a punto de darse por vencido, se encontró por casualidad con Don Marvin, un señor entrado en canas, chaparro, de barriga prominente y de fácil trato.
—No lo he visto —respondió cuando Mario indagó acerca de su padre—, apenas vengo llegando. Quizá deberías buscarlo en el Pantano, pero ve con cuidado.
Le dio una palmada en el hombro y anadeó hasta perderse en un bosquecillo.
Aquellas últimas palabras penetraron lentamente en la mente del vástago de Marcio. Últimamente había oído extraños rumores acerca de un ente en el Pantano. En una ocasión, apenas hace una semana, él se había internado en el Pantano junto a un grupo de amigos y creyó haber visto algo raro, unos ojos gigantes y redondos que lo vigilaban desde la espesura de la maleza, el asombro lo había hecho parpadear y no vio más. Maldijo por recordar ese episodio justo en esos momentos. Las palabras de don Marvin terminaron por hacer mella en la mente del muchacho, quien casi sin percatarse, terminó dirigiendo sus pasos hacia el Pantano. Tenía miedo, miedo a que su padre le hubiese ocurrido algo malo, miedo a lo que pudiese encontrar en el Pantano, aún así su determinación no cesó un ápice. 
Caminó dirección al Pantano, sin dejar de gritar el nombre de su padre, sin dejar de escudriñar todo su entorno, sin dejar de sentir miedo. De a poco el sol fue descendiendo hacia poniente y las nubes grises pasaron a ser oscuras, presagios inequívocos de lluvia o tormenta.
Mario llegó al Pantano cuando las nubes oscuras se convirtieron en negras y los primeros relámpagos rasgaron un cielo encapotado.
Caminó durante largo rato, cuidando cada uno de sus pasos paro no pisar un bache, examinando su entorno para no encontrarse con ninguna sorpresa, como una serpiente, un cocodrilo o peor aún, el ser que decían había convertido el Pantano en su morada. Poco a poco la tarde se fue oscureciendo, en gran medida gracias a que se acercaba el anochecer, y más aún, por las nubes negras que surcaban el cielo. Por momentos meditaba si estaba haciendo lo correcto, no era buena idea adentrarse sólo en aquel lugar, menos cuando se estaba haciendo de noche, pero al pensar en su padre, que podría estar perdido allí, se insuflaba de nuevos bríos y continuaba con la búsqueda.
Gritó el nombre de Marcio hasta casi quedarse sin voz, y vagó de aquí para allá, sin rumbo fijo. Vio a un cocodrilo con los ojos saltones que lo vigilaban desde una charca. Vio un jabalí perdido que salió corriendo en cuanto se percató de su presencia. También vio una serpiente de agua deslizarse sobre la superficie parda de una pequeña charca. Por último vio las pisadas de unas botas de goma, similares a las que él llevaba, pero un poco más grandes. Recordó que su padre usaba aquel tipo de botas, aunque también podrían ser de otro, no obstante un chispa se encendió en su corazón y empezó a seguir las huellas.
No tardó en percatarse que las huellas lo dirigían hacia la Laguna. Su corazón latía aceleradamente. De Manera que Mario apresuró sus pasos.
Llegó a la Laguna en cuestión de minutos, justo cuando una fina llovizna empezó a caer. Las huellas lo llevaron hasta un árbol, a orillas de la Laguna, y de allí partían hacia otra dirección. Cada vez más convencido que aquellas huellas eran de su padre, y con un palpable temor en su corazón, Mario se echó a correr.
Desembocó en un pequeño claro y lo que vio lo dejó anonadado. Su padre yacía tendido en el lodoso suelo, inmóvil. A unos pasos de él, Ricky, el doberman de Marcio, yacía con el vientre abierto y con la cabeza casi separada del tronco. También había otro hombre, un anciano, con el cabello gris y el rostro arrugado, tenía sendos agujeros en el pecho y en el vientre y le faltaba un pedazo de pescuezo, como si alguna fiera se lo hubiera arrebatado de una dentellada.
—Papá —chilló Mario. Y corrió junto a él.
Su padre aparentemente estaba intacto. Entonces, ¿por qué no se movía? Además, tenía la piel tensa y de un tono amarillento ¿qué le había sucedido? Al revisarlo bien descubrió unas marcas en su cuello, como si una bestia de dientes grandes y afilados lo hubiese mordido.
—¡Aún respira! —murmuró Mario al acercar una mano a la nariz de su padre. Su mano detectó, no sin dificultad, el débil aliento que emanaba de su progenitor—. Pero no vivirá mucho si no recibe atención.
Ricky y el otro hombre, definitivamente habían muerto. Quizá el Ente que merodeaba por el Pantano los había atacado. Al lado de su padre estaba su escopeta, sin municiones. «¿Y si padre lo mató?», Mario no pido evitar hacerse esa pregunta. Pero su padre no era un asesino. De todas maneras aquello no importaba, al menos de momento. Lo importante ahora era sacar a su padre de allí, llevarlo a un hospital, cuando se restableciera, si es que lo hacía, él aclararía todo el asunto.
Escondió la escopeta en un arbusto, para recuperarla más tarde si padre así lo requería y con la fuerza de su lozanía se echó el rígido cuerpo de su padre a los hombros. Llevar a su padre hasta el poblado sería una tarea titánica, quizá imposible, pero era la vida de su progenitor quién estaba en juego, debía, al menos, intentarlo.
La llovizna se convirtió en lluvia cuando Mario inició el regreso a casa. Dentro de pocos minutos la oscuridad se cernería sobre él, y con ella la lluvia se tornaría tormenta. Pero al decidido hijo aquello lo tenía sin cuidado. Su única preocupación ahora era su padre.

٭٭٭٭٭٭٭
Marcio, en su mundo de dolor, sufrimiento, agonía y tortura eterna tuvo otra visión, aunque de alguna manera supo que aquello no era una visión, sino una realidad. Como un espectador que mira desde lo alto vio a su hijo echárselo al hombro y caminar decidido hacia el pueblo. En lugar de alivio, lo que Marcio sintió fue miedo y desesperación. Quiso gritar: «No, hijo, no, no me lleves, déjame aquí. Si me quieres a mí y también a tu madre, déjame aquí, por lo que más quieras no me lleves al pueblo. Por favor, déjame aquí, al azar o al destino, pero por tu bien no me lleves», pero desde luego, su cuerpo no respondía a su autoridad.
Tras tanto dolor y sufrimiento, pero más que nada, tras tantas alucinaciones, Marcio había comprendido que su destino estaba marcado. No  quería ir al pueblo, donde todos lo vieran, donde todos estuvieran a su merced. Las visiones le habían revelado algo atemorizador, escalofriante, horrendo, un destino que nadie merecía: Le habían revelado que él era el siguiente Ente del Pantano.







4 comentarios:

  1. muy xvr el cuento!!!!!!! me gustan mucho mcuho tus historias =).A la espera del proximo cuento.Marilu.

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    1. Gracias por tus palabras Marilu. Espero los siguientes sean de tu agrado igual o, por qué no, más que los ya publicados. Besos.

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  2. 0.0 continua verdad? ? digo el cuentoo Noo termina Ahi o sii? por q a mi parecer da para mas mee encanto Noo me gustaría q se termine ahí un beso att kary

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    1. Por supuesto, aún publicaré una o dos partes más. Pero mi ordenador, hace días atrás me viene dando problemas, a veces funciona a veces no, y no puedo trabajar en los cuentos el tiempo que me gustaría, de modo que quizá tenga que mandar a repararla, como consecuencia la siguiente parte aún podría tardar unos días en ser publicada. Pero ya veré. Besos Kary.

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