Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

7 de julio de 2014

El Ente del Pantano (3)

Tal cual había pensado Mario, la lluvia en cuestión de minutos se convirtió en tormenta. Pronto estuvo empapado hasta los huesos, y el frío y el cansancio empezaron a acosarlo ferozmente. Bajo sus pies, el suelo fangoso del Pantano fue endureciéndose a medida que cedía paso a la Llanura, pero ni siquiera éste estaba del todo firme, la torrencial lluvia lo había vuelto lodo resbaladizo y las caídas a causa de un desliz eran más posibles que nunca. Arriba el cielo bramaba ensordecedoramente y los relámpagos y los rayos hendían la negrura como garras de luz que rasgaban el manto oscuro de la noche.
Sobre los hombros de Mario, el cuerpo rígido de Marcio parecía hacerse más pesado a medida que transcurrían los minutos y las horas. Mario no prestó mayor atención al asunto, estaba agotado y aterido, era lógico que conforme el cansancio hacía presa de él, el cuerpo de su progenitor le pareciese más y más pesado. En aquellos momentos estaba centrado en una sola cosa: Salir de la Llanura y llevar a su padre al hospital. El pecho de su padre iba recostado sobre su cabeza, de modo que percibía de forma débil el lento y acompasado latir de su corazón. Saber que aún estaba con vida era suficiente aliciente para olvidarse de todo lo demás y centrarse en dar un paso tras otro, sin importar cuán ímprobo resultara cada uno.
Si Mario se hubiese detenido unos segundos para observar a su padre, si tan sólo se hubiera tomado la molestia de revisar los brazos que pendían cerca de su rostro, se habría percatado que el aumento de peso que percibía sobre sus hombros no era solo debido al cansancio, también habría reparado en que su padre estaba sufriendo una monstruosa metamorfosis.  

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Sandra era una cuarentona que se vanagloriaba de no haber engordado de forma tan alarmante como sus vecinas; entre quienes destacaba Juana, la mujer de Don Tomás, de quien se rumoreaba que pesaba alrededor de doscientos kilos. Los setenta y cinco kilos que pesaba Sandra, eran a su parecer, el peso ideal a su tamaño y presencia. Aquella noche, con el agua calándole hasta el alma, los mechones de negros cabellos pegándose a su rostro, y jadeando como si hiperventilase, empezó a darse cuenta que había estado equivocada: estaba gorda, aquella marcha nocturna se lo estaba demostrando.
Llevaba horas caminando, aunque si alguien se lo hubiese preguntado, habría respondido que en realidad llevaba días. Estaba agotada, congelada, el paraguas hacía ratos que se lo había desarbolado la intensa lluvia y los huracanados vientos; aquella maldita tormenta simplemente no parecía tener fin. Pero todo eso no era nada comparado al intenso miedo que le atenazaba las entrañas, como si una serpiente se le enroscara en el vientre.
Su marido había salido la mañana del día anterior y aún no había regresado. Su hijo había salido a buscarlo esa tarde, y tampoco había regresado. Ya no amaba a su marido, pero le tenía mucho cariño, en términos generales era un buen esposo, temía que le hubiese sucedido algo malo. Para sus adentros se decía que la pérdida de su esposo sería algo que le dolería, pero sin duda se repondría en poco tiempo. Pero su hijo… la sola idea era insoportable, inconcebible. Su hijo tenía que estar bien. Ambos debían estar bien.

2 de julio de 2014

El Ente del Pantano (2)

Después de la oscuridad vino el dolor; con el dolor llegó el sufrimiento, y al sufrimiento lo acompañó el deseo de morir, el deseo de que aquella tortura terminara, no importando si la única manera de que cesara era la muerte.
Al principio Marcio creyó que había muerto, presa de las fauces y las garras del Ente del Pantano. Pero aquel dolor, que escocía desde la piel hasta lo más profundo de sus entrañas, lo sacó de su error. Imposible, él no había muerto. No era probable que tras la muerte se sufriera tanto. A menos que estuviese en el infierno, siendo torturado por las legiones del diablo. Pero eso él no lo creía. De alguna manera el Ente del Pantano no lo había matado, al menos no aún. Quizá en aquellos momentos lo tuviera en su guarida, sujeto de pies y manos, casándole aquel dolor que lo hacía sólo desear la muerte.
Y es que Marcio sentía un dolor tan atroz, como hombre alguno jamás ha conocido, pero no tenía potestad alguna sobre su cuerpo. Sentía el cuerpo, como si le quemaran la piel y le estrujaran los huesos, pero no podía moverlo; ni los brazos, ni las piernas, ni la cabeza, nada. Los oídos parecía que pronto le estallarían, pero no oía nada. Los ojos le ardían, como si se los hubiesen bañado con salsa picante, pero no veía nada, no los podía mover y ni siquiera los párpados le respondían. La lengua, sentía que se la tiraban con pinzas al rojo vivo.
Definitivamente no tenía explicación para toda aquella tortura. «Morir, morir, morir», era lo único que su mente anhelaba. «Morir ya»
Pero no era solo el dolor, el sufrimiento, el ansia de que todo terminara, no, a intervalos intermitentes había más, había destellos, como alucinaciones o sueños, sólo que el protagonista de los mismos no era él, si no otras personas y otros monstruos como el Ente del Pantano. Eran visiones del pasado, del presente y, quién sabe, quizá hasta del futuro.
Vio al Ente del Pantano escabullirse en un barco de vela. Ya en alta mar, el Ente empezó a atacar a la tripulación, hasta que los hubo asesinado a todos. Después se los comió uno por uno, mientras el barco, gracias a quién sabe qué demonio, deambulaba por el mar hasta que llegó a tierra firme. El monstruo salió del barco y se perdió en los bosques.
Vio al Ente matar a niños, adultos, ancianos. Lo vio perseguir ciervos, cuando no había humanos cerca, lo vio pelear con lobos y leones. Lo vio atacar la comitiva de algún señor importante de los tiempos feudales. Lo vio invadir un monasterio. Lo vio huir de aldeanos armados con garrotes, azadas y machetes. Lo vio perseguido por arqueros y caballeros. Lo vio ser herido infinidad de veces, perdiendo en ocasiones hasta un miembro, pero con el tiempo se recuperaba. Lo vio morir decenas de veces, a manos de gente tan dispar como veces murió. Pero siempre regresaba. Siempre.