Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

21 de junio de 2014

La Cabaña del Monstruo

Se trataba de un bosque antiguo, de árboles grandes, viejos y azarosos. El follaje, a por lo menos treinta metros del suelo, formaba una techumbre tupida que apenas dejaba pasar unos cuantos rayos del sol, por lo que el suelo se encontraba ocupado únicamente por gruesas capas de hojas muertas, húmedas y resecas. Además, el ambiente era algo tétrico, como si una fuerza incorpórea lo vigilara todo desde lo alto. Desde luego, sentirse vigilado por algo extraño y superior no es algo halagüeño, menos si se está solo en un bosque como aquél.
Meyer aún no se explicaba cómo había terminado allí. En un momento dado caminaba junto al grupo de turistas, y al momento siguiente, tras detenerse para fotografiar un par de ardillas que correteaba en las ramas de un árbol, se encontró sólo, en medio del bosque. Por supuesto, no había sido transportado mágicamente hasta allí, hasta ese bosque. Aún se encontraba en el mismo bosque por el cual transitaba, inclusive aún oía los murmullos de las voces de sus compañeros, y a su espalda, podía percibir el rumor del río que seguía inexorable hacia el mar. Pero tras perseguir el ruido de las voces, saliéndose del recorrido marcado en el mapa, se encontró allí, en el bosque de los gigantescos árboles, muy diferente al de hacía unos momentos.
Se trataba de otro bosque sin duda alguna, y de uno muy peculiar. Se preguntó por qué sus amigos, cuando le propusieron que fuera un día a ese sitio turístico, para respirar aire puro y ver diversas clases de animales en su entorno natural, no le hablaron de aquel bosque y de los animales que allí vivían. Aunque de momento aún no había atisbado fauna alguna, pero su nerviosa mente los pintaba como entes sobrenaturales y metamorfoseados.
Al principio no sintió temor. Aún escuchaba el murmullo de las voces de los demás delante de él. Aún no los había alcanzado porque se detenía continuamente para fotografiar el lugar. Pero decidió que lo mejor sería alcanzarlos, así que guardó la cámara en su estuché y caminó con premura hacia el rumor de voces. Media hora después, el rumor aún se oía distante, lo que era muy raro, ya que durante los últimos diez minutos había corrido. Sin embargo, no había logrado recortar distancias. Aquello se estaba tornando muy raro.
Fue a partir de ese momento que empezó a sentir cierto temor, que el paso de los minutos fue convirtiendo en miedo. De alguna manera se supo solo en aquel bosque extraño, oscuro, sobrenatural. Pensó en continuar en persecución de las voces, pero algo en su interior le dictaba que no sería lo más sensato, podría nunca alcanzarlas y perderse en aquel bosque tan… ominoso. Lo más sensato sería regresar. No obstante, aunque el lugar resultaba tétrico y hacía erizar la piel, creyó conveniente tomar unas cuantas fotografías más, para luego mostrárselas a sus amigos y le explicaran qué bosque era aquél.
Tomó fotografías de árboles de gruesos troncos y tupidos ramajes. Fotografió la alfombra de hojas resecas y musgo que cubría el suelo. También fotografió el techo de hojas que se formaba treinta metros sobre su cabeza. Deseó fervientemente ver aparecer algún miembro de la fauna de aquel lugar, pero todo parecía desierto y carente de vida. Por último fotografió la pequeña cabaña que había en un pequeño claro… El corazón le dio un respingo: ¿una cabaña? Si alguien le preguntaba si había visto esa cabaña cinco segundos antes, su respuesta sería un rotundo «no».
Apartó la cámara fotográfica de sus ojos y vio, mudo de asombro, que en efecto, había una cabaña en un claro no muy lejano de su posición. «Claro» porque estaba despejado de árboles, no obstante, los árboles vecinos unían sus ramas por encima de la cabaña formando una especie de cielo falso, que hacía que el lugar estuviera sombrío, como todo lo demás.
La cabaña era pequeña y vieja, fabricada con troncos viejos y madera tosca. No tenía ventanas, solo una puerta. El techo era de paja, y adobe lodoso. Al observarla con detenimiento, Meyer se sintió invadido por una oleada de soledad, pena y abatimiento… y miedo. Se preguntó si alguien viviría allí. Inconscientemente guardó la cámara en la bolsa y avanzó con tiento a la vieja y deslucida cabaña.
Se encontraba a dos pasos de la puerta cuando un chillido agudo lo hizo tener un sobresalto. Se reprendió y se llamó estúpido; sólo había sido un cuervo que había volado de una rama. El cuervo voló en círculos sobre cabeza, graznando estridentemente, y después desapareció en la penumbra de aquel antiguo y sombrío bosque.
—Maldito pajarraco —musitó. Su voz sonó hueca en aquella vastedad.
La puerta de la cabaña se abrió.
Meyer sufrió otro sobresalto y retrocedió dos pasos antes de detenerse. Un anciano, viejísimo, se paró bajo el umbral. Era una persona bajita, encorvada y con barba larga y blanca como la nieve. Tenía dos ojillos como de porcino, azul claro, que reflejaban mil vidas llevando una enorme carga.
—¿Perdido? —inquirió. Aunque más que pregunta, sonó como una afirmación.
—Sí —respondió Meyer, recuperado de la sorpresa inicial— ¿Quién es usted? —de pronto recordó su educación—. Perdón, me llamo Meyer Villares y andaba de excursión, pero creo que me he perdido.
—No son pocos los que se pierden en estos bosques —adujo el anciano, su voz era suave, débil—, pero no se preocupe, pronto ya no lo estará —esto último lo agregó con acento enigmático—. Yo soy Samuel Tayares, y esta es mi casa.
—Se ve acogedora —comentó Meyer. ¿Qué más se podía decir de una barraca que además de pequeña era vieja, fea, mugrienta y sombría?
—Lo es —afirmó Samuel—. Ha sido mi hogar durante gran parte de mi vida. ¿Quiere tomar una taza de té?
Su idea inicial fue rechazar la invitación y pedir indicaciones de cómo regresar al camino, pero al ver la figura encorvada del anciano y la pena y el dolor que asomaba a sus ojillos, se lo pensó mejor. Probablemente Samuel no había recibido visitas en años, no perdía nada con charlar un rato con aquel solitario hombre. Además, tal vez lograba averiguar qué motivos movían a un hombre para aceptar vivir en un lugar como aquel.
—Con mucho gusto —dijo.
Entraron a la cabaña y el anciano se puso a preparar el té. El interior de la casita no era más que un cubil mugriento, destartalado y sombrío. No tenía ni un ventanuco para que entrara siquiera unos rayos de sol, de manera que Meyer tuvo que esperar unos momentos para que su vista se acostumbrara a la oscuridad. El mobiliario de la cabaña lo constituía únicamente una vieja mesa y dos sillas, dos lecho de paja igual de mugrientos que todo lo demás (uno de ellos demasiado grande a decir verdad), un arcón, un rústico fogón y unas cuantos utensilios de cocina dispersados aquí y allá.
Meyer se dispuso a tomar asiento en una de las viejas sillas. Se detuvo en el último instante, cuando vio que estaba manchada de algo rojo, podía ser sangre, también alguna otra cosa. Tocó la mancha roja con la yema de los dedos, estaba seca; debía ser pintura. Se encogió de hombros y tomó asiento.
—¿Vive solo? —preguntó, aunque por las dos camas era lógico que no.
—A veces viene mi hijo —contestó el anciano, metiendo unas pequeñas raíces en dos tazas de porcelana—, pero por lo general siempre estoy solo.
—Tiene un hijo —repitió Meyer—, eso significa que alguna vez tuvo esposa, ¿qué sucedió con ella?   
—En realidad nunca tuve esposa —explicó el anciano—. Pero sí viví con una mujer algunos años. Cuando nació nuestro hijo ella se fue ¡Hay que desalmada! ¡Mejor hubiese sido no conocerla!
—Lo siento —musitó Meyer.
Supuso que parte de la tristeza reflejada en los ojillos de Samuel se debía precisamente al abandono de su mujer. Debía ser terrible ver marcharse al ser amado. Además de eso estaba el hijo, que nunca conoció a su mamá, y de quien el anciano tuvo que hacerse cargo. ¡Terrible, verdaderamente terrible!
—Ya está el té —anunció el anciano. Ofreció una de las tazas a Meyer y se llevó la propia a los labios.
—Gracias —dijo Meyer. Sin saber bien por qué, agregó—: Nunca debió haber hecho eso.
Se llevó la taza a los labios, y aunque el sabor era margo, tras el primer trago se sintió reconfortado.
—No sienta pena por mí —dijo Samuel tomando asiento en otra de las sillas. Meyer notó que también tenía manchas rojas, así como muchos lugares y utensilios de la casa, incluida la mesa. ¿De verdad era pintura o había algo más?—. Era una bruja —continuó el anciano—. Créame, de no haber sido por lo que me dijo y la tarea que me encomendó antes de marcharse, habría dado saltos de alegría por su partida.
—Lo siento —volvió a decir Meyer—. No sabía que era una mala mujer. ¿Tan grave fue lo que le dijo? —volvió a dar un par de sorbos a su té.
—Sí.
—Podría contarme.
—Desde luego. Eso sucedió hace cuarenta años —el viejo hizo una pausa para llevar su té a los labios—. Como ya mencioné, ella era una bruja, tenía pactos con demonios y espíritus del inframundo, había aprendido hechicería oscura y magia que llevaba milenios sin ser practicada por la humanidad —por supuesto, aquel viejo estaba loco, por qué no se había dado cuenta antes—. Creo que fue por ello que nuestro hijo nació diferente.
—¿Diferente? —se oyó repetir Meyer como un eco.
—Muy diferente —corroboró el anciano con marcado acento—. Nació con garras y pelaje, con orejas puntiagudas, dos pequeños cuernos en la frente y una cola que terminaba en una púa —Meyer apuró otro trago de aquel reconfortante té. El anciano estaba loco, o le estaba jugando el avión, tenía que ser así. Pero hablaba con tanta solemnidad y dolor que era imposible ignorar por completo todo lo que salía de sus decrépitos labios—. Por poco muero de la impresión —continuó el viejo—. Creí haberme vuelto loco. Pero luego recordé lo que era mi mujer, y deduje que su condición de bruja influyó sobremanera para que nuestro bebé, nuestro dulce bebé, viniera al mundo con apariencia de monstruo —el anciano daba la impresión de que pronto empezaría a sollozar.
Meyer apuró otro trago de té. Sentía el aire cargado de un aura sobrenatural y tenía la sensación de que el cubil que era la cabaña se volvía más chico y lóbrego. Debía ser su imaginación. Estaba tan atento a las palabras de Samuel Tayares que la vehemencia de sus palabras estaba influyendo en su psique. Era del todo imposible que aquel anciano tuviera un hijo tal cual lo describía. ¡Imposible!
—¿Y qué fue lo que le encomendó la madre de su hijo antes de irse? —Meyer quería terminar pronto con aquella farsa.
—¿Qué más iba a ser? Que cuidara de nuestro hijo, que lo alimentara debidamente, y que lo protegiera hasta que ella viniera para llevárselo consigo. De lo contrario, amenazó, de lo contrario arrasaría con todos aquellos que formaran parte de mi árbol genealógico.
—¿Lo amenazó con asesinar a toda su familia si usted no protegía al niño? —¿por qué le estaba siguiendo el juego a aquel viejo chiflado?
—Así fue. Comprenderá que no tuve opción. Durante cuarenta años he cuidado de nuestro hijo, esperando que ella vuelva para llevárselo y yo pueda descansar por fin de esta enorme carga. Pero ella aún no viene, quizá ya nunca regrese. Pero no me atrevo a abandonar al chico, con el tiempo, a pesar de sus diferencias, he llegado a quererlo.
—Entonces, ¿Ese hijo es quien lo visita? —se escuchó preguntar Meyer. Tenía la esperanza de que el anciano se echara a reír y le dijera que había puesto una cara muy divertida por un simple cuento, porque de verdad estaba empezando a sentir miedo. Sin embargo, Samuel lo miró a los ojos y continuó:
—Sí —fue la escueta respuesta del anciano—. Supongo que no tardará en venir, ya debe saber que tenemos visitas.
—¿Pero cómo? ¿Acaso me ha visto llegar? —la piel de Meyer se erizó al imaginar a un monstruo de aquellas características vigilarle desde las penumbras del bosque.
—Imagino que no, de lo contrario usted no estaría aquí —el anciano se llevó su té a los labios, pero antes Meyer vislumbró una sonrisa burlona en los labios, lo cual lo puso en tensión.
—Creo que debo marcharme —anunció, tomándose de golpe el poco té que quedaba en su taza.
—No se apure —dijo el anciano—, mi hijo ya viene, casi puedo oír sus pisadas en el suelo.
—Lo dudo —dijo Meyer. Se negaba a creer que aquel anciano estuviera hablando en serio. Estaba loco y punto. De pronto se sintió osado y olvidó sus modales—. No creo en nada de lo que usted me ha dicho —sentenció—. Si es cierto lo que dice, explíqueme ¿Cómo es que nadie ha visto u oído hablar de semejante monstruo?
Esta vez no había duda, Samuel sonría burlonamente.
—Porque vivimos en el bosque, mi joven amigo —respondió el anciano—. Y los que le han visto no viven para contarlo.
—¡Patrañas!
—Señor Meyer, creo que no le he contado todo sobre mi hijo. Relájese que termino en un momento.
Meyer no estaba para discutir sobre fantasías estrafalarias con un viejo loco. De manera que se puso de pie… lo intentó. Los músculos de sus piernas no respondieron como debían. Volvió a intentarlo, pero seguía tan pegado a la silla como si no hubiese intentado moverse un solo centímetro. «Me ha drogado», pensó y el pánico se apoderó de él. Miró su taza vacía sobre la mesa, después la del anciano, ésta seguía con todo el contenido en su interior ¡El anciano sólo había fingido beber la infusión!
—Verá —continuó el anciano—. Lo que más carga ha supuesto para mí ha sido el hecho de asesinar gente. Oh, lo olvidaba, no le he comentado que mi hijo sólo come carne humana, de modo que yo tengo que proveérsela para que no se arriesgue buscando alimento muy cerca de los poblados. Y turistas como usted, querido amigo, son las presas más fáciles. No es nada personal —se puso de pie y se encaminó hacia uno de los rincones de la casa. Meyer ya no podía mover ni siquiera las manos, éstas colgaban inertes junto a su cuerpo. Su cabeza era lo único que aún gozaba de cierta libertad de movimientos—, pero amo a mi familia, usted comprenderá, debo mantener con vida a mi vástago hasta que ella vuelva y se lo lleve. Usted me agrada, sabe —el anciano regresó con una hacha. Los ojos de Meyer se abrieron como platos de puro terror—, de no ser porque mi hijo lleva días sin comer, quizá lo dejaría marchar. Pero debo alimentarlo antes de que cometa alguna insensatez —dejó de hablar durante unos segundos, aparentemente atento a algunos sonidos provenientes del exterior. Meyer intentó hablar, gritar, maldecir, balbucear, pero ahora ni siquiera podía mover la lengua—. ¡Ya viene!
Momentos después, un monstruo ocupó todo el campo de visión de Meyer. Era el ser más terrorífico que había visto en su vida. Ni siquiera en los éxitos de cine lograban resultados tan aterradores como aquel. El ser era enorme, dos metros y medio, tenía rostro y orejas lobunas, dos cuernos sobresalían de su frente y sus manos estaban rematadas por largas y negras garras. Y su pelaje, su pelaje era oscuro, como la noche que se cierne sobre los desdichados. Sobre uno de sus hombros iba posado un cuervo. Meyer habría jurado que era el mismo que sobrevoló en círculos sobre su cabeza cuando llegó a la cabaña.
El anciano miró al monstruo y sonrió íntimamente. El monstruo asintió. Samuel clavó los ojos en Meyer, eran ojos inyectados en sangre, decididos, febriles, seguros. Meyer temblaba de puro y absoluto terror, al menos eso sí lo podía hacer, también quiso gritar, debatirse, oponer resistencia, pero estaba completamente paralizado.
El hacha se descargó sobre su hombro derecho, el dolor fue sobrecogedor. El hacha cortó piel y hueso. Voló sangre por todos lados, cayó sobre hijo y padre, sobre la mesa y el suelo. El brazo quedó colgando solo en el pellejo. El anciano lo terminó de cortar como quien corta una lonja de jamón. Después se lo tendió al monstruo. Éste lo empezó a devorar con avidez.
El anciano levantó nuevamente el hacha y la descargó con fuerza sobre el cráneo de Meyer. Cuando el hacha llegó al cerebro, Meyer ya había muerto.
Aquella noche el hijo de Samuel, y su cuervo, se dieron un banquete.

2 comentarios:

  1. aaaaay dios mio!!!! Manuel q cuentoo tan mas aterrador me encanto lo relataste muy bien q podía imaginar y ver en mi mente cada accione q hacían los personajes como una películas te quedo perfectoo y fíjate q es un tema interesante
    yo siempre he pensado q en los bosques y lugares muy poco frecuentados existen cosas asiii es decir cosas sobrenaturales q nisiquiera nosotros imaginamos esperoo tu nueva publicación pro.ti
    att kary

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    1. Gracias por tus palabras Kary. Y descuida, ahora que ya terminé de publicar la Búsqueda del Fénix, trataré de publicar más seguido. Aunque no prometo nada.
      Y eso de que en los lugares poco o nada frecuentados existan cosas sobrenaturales, pues la verdad es muy posible. Saludos!

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