Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

18 de junio de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulos Finales

Capítulo: 21
Batalla en el Bosque Oscuro

Una oleada de terror atacó a Max cuando en el horizonte apareció la horrorosa imagen del bosque oscuro. En medio de éste, elevada tenebrosamente se encontraba la montaña oscura, en derredor de la cual, las nubes negras seguían montando guardia. El bosque oscuro apareció ante ellos cubierta de una niebla densa, Max no recordaba haberlo visto así anteriormente. La noche se avecinaba ineludible, no pasaría ni siquiera media hora para que el disco de cobre, en que se había convertido el sol, bajara hasta desaparecer de la vista.
Hacía unas dos horas que habían salido de la residencia de Félix. El viaje se tornó largo y monótono. Félix volaba a tal velocidad que Max no se sorprendió que el fénix recorriera en dos horas lo que ellos habían tardado dos días en cubrir. El corazón de Max latía desbocado cuando vio aparecer en el horizonte la imagen del bosque oscuro y una solitaria gota de sudor resbaló por su mejilla derecha. La velocidad del vuelo se redujo, incluso pensó que en cualquier momento Félix cambiaría de dirección para regresar, pero nada de eso sucedió.
Instantes después de vislumbrado el bosque oscuro, ya volaban sobre éste. Sintió el impulso de desenfundar su espada por si aparecía Fernal, menos mal que se contuvo sino habría salido disparado de la espalda del fénix. Lo que sí hizo fue aguzar la vista y mantenerse alerta.
—No se pongan nerviosos, niños. Mantengan la calma y verán que todo sale bien —trató de confortar Félix, intuyendo el creciente nerviosismo en los chicos.
La montaña se veía cada vez más cerca, más tenebrosa, más negra, más tétrica, pero Max trataba de no pensar demasiado en ese hecho y centralizaba sus pensamientos en un solo objetivo, ese objetivo era recuperar la cinta mágica de Félix.
Hacía rato, cuando volaban aún sin vislumbrar la montaña oscura, había reparado en dónde podía tener Fernal la cinta mágica de Félix. Cuando le preguntó al fénix al respecto, éste le había dicho que esa cinta debía estar ceñida en el corazón de Fernal. Para quitársela tendrían que luchar y dejarlo por lo menos inconsciente para poder actuar. También dijo que él no tendría ningún problema para sacar dicha veta mágica, siempre y cuando se le presentase la oportunidad. Aquello eliminó la esperanza de Max de entrar como furtivos a la cueva de Fernal y buscar entre sus pertenencias la cinta de los polvos mágicos.
Por fin se encontraron frente a la montaña oscura. El nerviosismo de Max se acrecentó, aunque trató de mantenerse sereno, con la mente fija en su objetivo, pero sus esfuerzos eran casi fútiles. Podía sentir en sus huesos el frío imperante en el lugar, la neblina cubría todo como si de un manto se tratase, y aunque el sol aún se apreciaba completo en el horizonte, la claridad era tenue.
Félix aterrizó justo al pie de la montaña. Max pensó que aquella montaña era la más grande que en su vida había visto, no era como la que habitaba Félix, sino que se erguía casi verticalmente, y la vegetación era más bien inexistente.
—¿Creen que esté en casa? —se atrevió a preguntar Jennifer en un susurro.
—No, claro que no está —respondió Félix—. De estarlo ya habríamos sufrido sus ataques, pero no tardará en aparecer, seguramente ya sintió la presencia de intrusos en sus tierras.
Mientras descendían de la espalda de Félix, Max seguía con la vista fija en la gigantesca montaña, estaba seguro que ningún hombre lograría escalar aquello, no sin ayuda de arneses o cualquier otra herramienta para propósitos afines.
Apenas un minuto después de aterrizar al pie de la montaña, a lo lejos se escuchó un ruido aterrador, el mismo chillido que varias veces escuchó hace dos noches cuando era prisionero de los gnomos, no le cupo duda de que se trataba de Fernal. En el horizonte, viniendo del oeste, se acercaba una mota negra a una velocidad vertiginosa.
—¡Ya viene! —exclamó Félix entornando sus ojillos para ver la sombra que se movía directamente hacia ellos—. ¡Prepárense! Y si tienen oportunidad de dar un golpe, procuren darlo en el corazón.
Max, con el corazón en puño, asintió y desenfundó su espada.
Un minuto después, Fernal, el fénix negro, ya estaba a escaso medio kilómetro de ellos. Cuando estuvo realmente cerca, agitó sus alas y una gran ráfaga de viento agitó los árboles, Max sintió que salía volando hacia atrás, pero Félix se colocó en frente de ellos a modo de escudo. Con aquel aleteo Fernal logró detenerse justo enfrente de ellos.
—¡Vaya! ¡Sí que eres valiente al venir a mi guarida! —dijo Fernal con voz gutural y segura.
—¡Vine por lo que es mío! —rugió Félix.
Acto seguido se abalanzó como un rayo sobre la oscura figura de Fernal, éste igual de rápido lo esquivó. Félix continuó en su vuelo hasta elevarse por los cielos, mientras que Fernal se puso en su persecución. Max se quedó allí abajo, con la espada empuñada, mientras Jennifer sostenía su arco lista para disparar. Hasta ese momento no se había percatado de lo inútiles que resultarían en aquella batalla. De pronto se encontró preguntándose: ¿Qué demonios hacían allí? ¿Es que acaso había llegado como meros observadores?
En los aires se llevaba a cabo una increíble batalla entre aves míticas. Ambas criaturas se movían a tal velocidad que la vista de Max encontraba serias dificultades para descifrar con claridad lo que sucedía allá arriba. Intuía, más que ver, que las dos aves intentaban hacerse daño mediante sus poderosas garras como cuchillas. En su intento se embestían mutuamente y a cada nuevo choque le seguía una honda de energía generada por sus sorprendentes fuerzas legendarias. Los chillidos de ambos fénix resonaban en el espacio, el chillido de Fernal era aterrador e insoportable, el de Félix era un tanto más musical pero casi igual de estridente. La oscuridad los empezaba a envolver a medida que el sol desaparecía en el horizonte.
Max se quedó allí abajo, con la vista fija en el cielo, escenario de la batalla. En aquellos momentos, del pico de Fernal salió una especie de llama color oscuro, creyó que iba a dar contra el cuerpo de Félix, pero del pico de éste también salió una llama parecida, solo que de color anaranjado, ambas energías chocaron y el resultado fue una pequeña explosión. El cielo se llenó de humo, y Max se quedó más ciego de lo que ya estaba en relación a la batalla, sólo escuchaba los resultas de la pelea e intentaba imaginar qué sucedía arriba.
En el horizonte el sol se escondió definitivamente. Lentamente las estrellas empezaron a mostrarse en el firmamento al igual que la luna.
El humo desapareció del cielo y las aves seguían en una gran batalla. Las dos tenían la misma fuerza, las dos peleaban igual, señal inequívoca de que Fernal aún no tenía los poderes del Diamante de Hezlem. No sabía cómo había sido capaz Fernal de ganarle la batalla a Félix cuando le quitó la cinta mágica, cuando todo indicaba que los dos tenían la misma fuerza.
En el cielo Félix resplandecía cual estrella del cosmos, mientras que Fernal apenas se veía como una sombra que cruzaba el cielo. De vez en cuando las dos míticas criaturas volvían a lanzar aquellas especies de llamas que al chocar contra algo explotaban misteriosamente.
De pronto Max apartó la vista del cielo, un temor creciente había invadido su corazón. Empezó a escuchar unos suaves pasos que se acercaban hacia ellos. Estaba seguro que había empezado a transpirar, volvió la vista para todos lados, para saber de quién eran las pisadas, pero su visión era casi nula.
Entonces, cuando Max sudaba copiosamente y giraba su cabeza en todas direcciones, del bosque oscuro empezaron a salir unas criaturas. El corazón le dio un vuelco de terror ante la visión y como acto reflejo empuñó su espada con fuerza desmedida. Enormes arañas empezaron a desfilar frente a ellos, arañas de más de un metro de alto, horribles y asquerosas, ahora sabía quién tejía las grandes telarañas que había en ese bosque. Pero las arañas no eran lo único que había salido del bosque, tras éstas aparecieron enormes lobos, completamente negros, el doble de grandes que un lobo normal. Ahora sí todo había acabado, no había nadie que los pudiera salvar, Félix se hallaba demasiado ocupado en su propio combate como para preocuparse por ellos.
Lobos y arañas gigantes empezaron a avanzar hacia ellos. Los chicos, por su parte no podían hacer frente, así que empezaron a retroceder a paso lento, con miedo de que atrás pudieran aparecer más bestias. Tras un rápido conteo Max contó hasta treinta arañas y veinte lobos. De reojo vio que el cuerpo de Félix chocó contra la montaña y Fernal se dejó caer en picada sobre éste, pero Félix expulsó aquella llamarada anaranjada, haciendo que Fernal frenara en su ataque. No vio qué seguía a continuación porque ellos tenían sus propias preocupaciones.
Todos los animales se lanzaron en una carrera sobre ellos, pero antes de que los alcanzaran, una llama anaranjada cayó del cielo, interponiéndose entre ellos y las bestias, evitando el avance de las mismas. La llama desapareció un instante después, quedando las bestias nuevamente libres que, como movidos por una voz silenciosa, se abalanzaron nuevamente sobre ellos. Max tuvo la certeza de que ese era su fin, arriba Félix seguía enfrascado en su propia pelea por lo que no era muy probable que los ayudara nuevamente. A pesar de que sabía que ese era su fin, no tuvo miedo y empuñó su espada con fuerza, a lo mejor podía llevarse a más de alguno con él al otro mundo. 
Un enorme lobo fue el primero en saltar sobre ellos, pero no llegó muy lejos, cayó con una flecha clavada en el pecho, Jennifer rápidamente sacó otra. Como sorprendidos, el resto de las criaturas se detuvieron un segundo, para luego abalanzarse con más rabia sobre ellos. Inmediatamente otro lobo cayó con una flecha en el cráneo, Max reparó en que las flechas brillaban cuando salían disparadas del arco de la niña, similar a lo que había sucedido con su espada cuando explotó el dragón. Entonces Max se tuvo fe, después de todo no estaban solos, Mynor lo había dicho, espada y arco eran muy especiales, apretó con fuerza su espada y, aunque no supo como lo hizo, la espada brilló, Max supo que en esos momentos era poderoso.
Una araña fue la primera en tener al alcance, agitó su espada y sin tocarla ésta cayó muerta, con la panza abierta y las vísceras esparciéndose en el suelo. Pero muchas criaturas más ya iban sobre él, logró matar otra araña y un lobo, pero la cantidad de enemigos era tal que lo agobiaron, pronto se encontró en el suelo debatiéndose para evitar ser despedazado por lobos y arañas. Las bestias lo habían aprisionado, sentía las garras rasgar su piel, si no hacía algo moriría en un segundo, trató de reunir energías, agitó la espada y sorprendentemente sus agresores salieron disparados. Jennifer a su lado ya no tenía flechas y corrió a ocultarse tras él. Arriba la batalla entre fénix seguía su curso, frente a ellos al menos siete de sus agresores yacían muertos o moribundos, algunos otros tenían cortes de consideración. Después de todo no habían resultado ser presa fácil.
Max se sintió desfallecer, cuando a sus espaldas escuchó el ruido de suaves pisadas, cientos de pisadas, creyó que más fieras se unían a la pelea. Se encontraba débil y herido, seguramente su muerte se avecinaba. Lobos y arañas se abalanzaron nuevamente sobre ellos. Enorme fue la sorpresa al ver que pequeñas flechas salieron desde atrás y fueron a clavarse en el cuerpo de sus agresores. Apenas milésimas de segundos después, pequeñitas criaturas desfilaron a su lado y se enfrascaron en una batalla con lobos y arañas. Se sorprendió al ver que eran gnomos, al menos cien, y todos ya formaban parte de la batalla. El corazón de Max se alegró, aunque no sabía con certeza si alegrarse o temer. Momentos después ya se había unido a la pelea. Con el primer golpe le cortó las patas a una araña, con el siguiente dejó sin cabeza a un lobo. Los gnomos a su lado se abalanzaban sobre las fieras siempre en conjunto, su estrategia daba resultado porque las estaban doblegando y muchas eran las que caían muertas.
Le apetecía alzar la vista y mirar hacia el cielo, para saber cómo iba la batalla entre los fénix, pero no se podía confiar, aún había muchas criaturas con vida y cualquiera de ellas podría acabar con su vida si llega a desconcentrarse aunque sea sólo un segundo. De soslayo vio que Jennifer miraba la batalla desde una distancia prudente, ya no tenía flechas por lo que no podía ser partícipe de la misma.
Apenas cinco minutos después, todas las arañas y lobos habían muerto, decenas de gnomos también yacían en el suelo muertos o heridos de gravedad. Max se encontraba exhausto y herido superficialmente. Félix y Fernal aún batallaban bajo un cielo completamente estrellado y con la luna brillando esplendorosamente.
La batalla allá arriba aún no tenía vencedor, ni parecía que fuese haber uno pronto. Pero en aquellos momentos sucedió algo: Fernal se lanzó en picada sobre Félix, éste se hizo a un lado e inmediatamente le lanzó una llama naranja, logrando con ello dar en el blanco y que Fernal cayera a escasos metros de Max. Mientras caía, Max vio que Jennifer corría a quitar una de sus flechas del cuerpo de un lobo. Cuando Fernal se estrelló bruscamente contra el suelo, Jennifer ya colocaba la flecha en el arco. Sin saber por qué, Max reunió coraje y con espada en mano se abalanzó sobre Fernal. Su espada brillaba fuertemente cuando cruzó con ella el pecho de la infernal ave, en ese preciso instante una brillante flecha se hundía en Fernal casi en el mismo punto que la espada. Nuevamente volvió a suceder lo que pasó con el dragón, una luz brillante recorrió el cuerpo de Fernal para luego explotar. Producto de la explosión Max salió disparado hacia atrás, unas pequeñas manitas evitaron que cayera bruscamente al suelo. Los restos de Fernal volaron en todas direcciones, también una pequeña cinta dorada se elevó en los aires, Félix la cogió y la trago. Un instante después miles de partículas doradas salieron disparadas del cuerpo de Félix, había recuperado la raíz de sus polvos mágicos.
Después de aquello se sintió extrañamente feliz. Varias de aquellas partículas doradas cayeron sobre su cuerpo y sus heridas empezaron a sanar. Todo había terminado. Ahora sólo tenía que pedir un poco de aquellos polvos e iniciar su regreso a casa.
Jennifer, visiblemente más aliviada, llegó a su lado. Félix también se posó junto a ellos.
—¡Lo hemos logrado! Gracias muchachos —dijo Félix, luego volviéndose a los gnomos agregó—: También agradezco la ayuda prestada por ustedes.
—No ha sido nada —respondió uno de ellos—. Sabíamos que ésta era la mejor oportunidad que se nos presentaría para acabar con esa criatura. Lo único que queremos es recuperar nuestro diamante mágico.
—Búsquenlo en la cueva, es muy probable que esté allí ya que aún no lo había usado —sugirió Félix.
—Gracias, señor. En realidad fue usted quien nos ayudó a nosotros.
—No fue nada. Y disculpen que no vaya yo mismo por él pero tengo algo que hacer —concluyó mirando fijamente a los dos chicos.
—No se preocupe, ya nos encargamos nosotros —acto seguido todos los gnomos dejaron el lugar para subir a la colina.
En esos instantes Max reparó en que las negras nubes que montaban guardia en la cúspide de la montaña oscura habían desaparecido, además la neblina desaparecía del bosque y éste cambiaba su color oscuro por uno verde.
—Creí que los gnomos habían muerto hace tres noches —comentó Max.
—En realidad murieron muchos. Pero la mayoría se salvó y una gran parte de ellos acudió a mi llamado cuando les comenté lo que tenía pensado hacer.
—¿Usted los llamó? —preguntó Jennifer sorprendida.
—Sí. Cuando me quedé meditando en casa me puse en contacto mental con el jefe de ellos, le conté mi plan y él accedió a enviar ayuda.
—¿Cómo fue que logró Fernal quitarle la cinta mágica, cuando es notorio que sus fuerzas son equilibradas? —preguntó de pronto Max.
—Cuando me atacó llevaba consigo la horda de arañas y lobos que yace aquí tirada. Pude escapar de ellos gracias a que podía volar, sin embargo, al ver que estaban destruyendo todo lo que más quería me vi en la necesidad que bajar a defender a los míos y al lugar que es nuestro hogar, así fue como aprovecharon para vencerme.
—Eso lo explica todo —observó Jennifer.
—¿Qué es eso que tiene que hacer, que no ayudó a los gnomos? —preguntó Max.
—¡Pues llevarlos a su casa!
—¡¿En serio hará eso?! —preguntó Max emocionado.
—Sí. Es lo menos que podría hacer por ustedes.
Max sintió una alegría indescriptible. Después de todo aún lograrían volver a la cabaña de su abuelo antes de que transcurrieran los doce días de margen que había dicho Mynor.
—Adelante, suban a mi espalda que nos vamos ahora mismo —dijo Félix.
Los dos chicos, emocionados, no lo dudaron ni un segundo y se subieron sobre la espalda de Félix. Éste se elevó y en unos instantes ya volaba en dirección norte.



Capítulo: 22
De Regreso en Casa

Desde arriba el paisaje que se apreciaba era hermoso e impresionante. Abajo, bosques interminables se extendían más allá de la vista, iluminados por el resplandor de la luna. Las estrellas titilaban en el firmamento y parecía que alcanzarlas no era una proeza imposible. Max no podía sentirse más feliz. Iba de regreso a casa de su abuelo, y lo hacía nada más y nada menos que sobre la espalda del fénix dorado. Si alguien los hubiera visto montando un fénix dorado quizá hubiera pensado estar loco, o los habrían confundido con algún duende o gnomo.
Max intentó en su mente imaginar la dirección que debían tomar para volver a casa, pero allá abajo todo era tan parecido que pronto se dio por vencido. Sin embargo, Félix no osó en ningún momento preguntarle al respecto, simplemente voló.
Volaron durante toda la noche, sin detenerse un solo momento. El sueño acosó a Max pero se obligó a mantenerse despierto por cualquier cosa. Abajo el paisaje era monótono, interrumpido a veces por pequeñas sierras montañosas y uno que otro riachuelo o río. Cuando el alba apuntalaba el día supo que ya casi estaban en casa, lo supo porque a la distancia vislumbró tres montañas, tres montañas que él sabía se ubicaban en el lado este de Narlez. ¿Cómo había hecho Félix para saber en donde vivía? Bueno, eso no importaba, lo importante era que estaba regresando a casa y que su abuelo estaría bien nuevamente. La alegría inundaba su corazón, hubiese querido saltar de alegría, pero obviamente no puedes ponerte a saltar en la espalda de un ave mítica.
Instantes después divisó la cabaña de su abuelo, la reconoció al instante. No había duda, esa era la cabaña de su abuelo. Sin preguntar siquiera, Félix redujo la velocidad e inició el descenso. De pronto el corazón de Max dio un vuelco. Hasta ese momento solo se había sentido feliz, pero ¿Y si su abuelo ya no vivía? ¿Y qué iba a pasar con Jennifer? ¿Qué le dirían sus padres? Ya no se sentía tan feliz como al principio, trató de despejar su mente y enfrentar cada cosa a su tiempo.
Félix descendía lentamente, Max llevaba el corazón en un puño, el sol se asomaba en el horizonte. Cuando Félix culminó el aterrizaje, la puerta de la cabaña se abrió, por ella salió Mynor, justo como lo recordaba Max. Tras Mynor salió un señor, mucho más joven que el mago y de piel clara; era el padre de Jennifer. Ambos miraban absortos la mítica ave que había en el patio.
—¡Jennifer! —exclamó el señor de piel clara al ver a su pequeñina.
—¡Papá! —dijo ésta, saltó al suelo y corrió abrazar a su padre.
—¡Me tenías preocupado! —articuló el padre entre sollozos.
—Lo sé y lo lamento mucho. Pero no podía dejar morir al abuelo Tomás.
—Está bien, ya hablaremos de ello en casa. Ahora solo quiero abrazarte porque has vuelto sana y salva.
—¡Te adoro papá!
—Yo también.
Max sintió que un gran peso se le quitaba de encima, después de todo quizá las cosas no serían demasiado malas para Jennifer.
—¡Lo lograste, Max! —vociferó Mynor.
—Lo logramos —corrigió Max, luego se fundió en un abrazo con aquel anciano de larga barba gris—. ¿Y el abuelo? —preguntó desembarazándose del abrazo.
—En su cama —respondió Mynor—. ¡Aún vive! —agregó.
—Hay que sacarlo para que el señor Félix lo pueda curar —dijo volviendo la vista hacia éste. Pero Félix ya se elevaba en el aire, luego agitó sus alas y miles de partículas doradas volaron sobre la cabaña del abuelo Tomás, colándose hacia el interior por puerta y ventanas.
«Justo como en mi sueño», pensó Max.
—Quizás tarde un par de horas, pero estará bien —informó Félix— ¡Gracias muchacho! —agregó.
—Gracias a usted —repuso Max.
—Adiós pequeña —dijo refiriéndose a Jennifer.
—Adiós, señor —contestó ésta emocionada.
Después Félix inició su vuelo, pero no lo hizo de regreso al sur, sino que continuó en dirección norte. Voló…voló… y voló hasta perderse en el horizonte, quién sabe qué motivos lo llevaban en esa dirección.
—¡Bien hecho, Max! —lo volvió a felicitar Mynor.
Max le dedicó una sonrisa de oreja a oreja. A continuación se dirigió al interior de la cabaña en busca de su abuelo. Lo vio y no lo podía creer, éste había recuperado su color natural, sus ojos, su rostro, sus manos, todo estaba volviendo a la normalidad, aún se veía algo demacrado pero mejor que antes. Jennifer apareció a su lado, y tras ella aparecieron los dos adultos. Los ojos de Max se nublaron inmediatamente. No lo podía creer, lo había logrado, había estado varias veces en peligro de muerte, pero al final todo había dado fruto.
—Vamos a casa, Jennifer —dijo el padre de ésta—. Tu madre está muy preocupada, no hay que hacerla esperar más.
—Está bien, papá —respondió ésta—. Adiós, Max.
—Adiós —respondió Max—. Muchas gracias por todo.
—De nada —dijo Jennifer con una sonrisa—. Vendré mañana a ver como sigue el abuelo.
—Gracias, Max —dijo el padre de Jennifer—, por devolverme a mi hija sana y salva.
Max no supo que decir, sólo le dedicó una sonrisa.
—Adiós, pequeño.
—Hasta luego —se volvió a despedir Jennifer.
—Adiós —contestó Max a los dos.
Padre e hija abandonaron la cabaña para regresar a su hogar.
—Imagino que estás cansado —conjeturó Mynor—. Anda, ve a dormir un poco, cuando despiertes te encontrarás a Tomás totalmente recuperado —las palabras de Mynor eran tan confortadoras que no lo dudó mucho y se fue a la cama.
Esa mañana Max durmió como nunca, feliz. Saber que todo había vuelto a la normalidad, que su abuelo estaría bien nuevamente, lo hizo dormirse profundamente y tener sueños hermosos.
Cuando despertó, el día estaba a punto de ceder ante la noche. Se levantó de un salto y corrió a la habitación de su abuelo, pero éste no estaba allí. Corrió a la cocina, tampoco estaba allí. Salió de la casa y lo vio, estaba de pie junto a Mynor, sano y rejuvenecido, Max se alegró en extremo. En aquellos momentos un águila bajaba del cielo.
—¡Abuelo! —gritó emocionado mientras corría hacia él.
—¡Max! —le respondió la suave voz de su abuelo que lo esperaba con los brazos abiertos.
Abuelo y nieto se fundieron en un abrazo, nunca un abrazo se había sentido tan bien. Estaba seguro que las lágrimas se le derramaban, pero eso no importaba ya que su abuelo estaba curado.
—Escuché todo lo que me dijiste antes de irte, tuve miedo al principio, pero después deposité toda mi confianza en ti y en Jennifer —dijo su abuelo entre sollozos—. Estoy feliz de tenerte como nieto.
—¡Te quiero abuelo! —fue lo único que pudo decir Max.
Cuando se desembarazaron del abrazo, Mynor ya estaba sobre el águila.
—¿Ya se va? —le preguntó.
—Sí, Max. Tengo muchas cosas pendientes.
—¿Y pensaba irse sin despedirse? —inquirió.
—Pensaba volver… pienso volver —corrigió—, porque me tienes que contar cómo hiciste esa gran hazaña.
—Como diga, cuando vuelva se lo contaré todo sin omitir ni un detalle.
—Adiós, Tomás. Como te dije anteriormente, me alegro mucho que hayas vuelto a recuperar tú salud —dijo Mynor.
—Gracias por no abandonarme —le agradeció su abuelo a Mynor.
Mynor respondió con una sonrisa. Después el águila se elevó. Cuando Mynor desaparecía en el horizonte, Jennifer apareció frente a ellos.
—No pude esperar hasta mañana para ver al abuelo de pie nuevamente —informó—. Me alegro no haber venido en vano —agregó con una sonrisa de oreja a oreja. Max nunca la había visto tan hermosa. Mientras, su abuelo abrió los brazos y abrazó a Jennifer.
—Yo también me alegro de que estés bien —dijo su abuelo.
—¡Yo soy quien me siento feliz! —replicó Jennifer.
—No podría desear mejores nietos —sonrió el abuelo Tomás.
Era increíble todo lo que habían pasado, y al final no importaba ya que todo había salido bien. Jennifer sonreía, su abuelo también, y él, no se quedaba atrás. Un ambiente de paz y felicidad circulaba en derredor de los tres.
Estaban allí parados, con el reflejo del sol en sus rostros y en sus corazones, el abuelo Tomás en el centro, él a su derecha y Jennifer a la izquierda. Allá en el horizonte, mientras observaban la puesta del sol en el oeste, vio algo, aguzó la vista y vio que una pequeña figura dorada volaba en dirección sur, estaba seguro que era alguien muy querido para él, alguien que nunca olvidaría… estaba seguro que se trataba de Félix.

…Fin…      

  

4 comentarios:

  1. buuuuuu !!!!! se acabo el cuento =( ..... muy bonito cuentoooooooooo, fueron muchas semanas esperando para leer los capitulos .... espero q escribas mas cuentos asi =).Marilu

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    1. Quizá más adelante... ahora publicaré cuentos de una sola entrada, a lo sumo dos... pero me alegra que te haya gustado Marilu. Un abrazo!

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  2. oks , igual me gustan toos tus cuentos , tienes una muy buena imaginacion a pesar que por tu foto puedo ver q eres bastante joven.sigue asi q llegaras muy lejos, y publica mas seguido plis =).Marilu

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  3. Increíble aventura! Leí todo en una noche! Que buen relato! Cuanta imaginación!

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