Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

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11 de junio de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 20

El Fénix Dorado

—Sabes muy bien que no me gusta que traigas visitas, Óscar —espetó la mítica ave—. Mejor regresa por donde entraste y llévate a tus amigos.
Max notó tristeza y derrota en la voz de aquel maravilloso ser. Por la voz cualquiera juraría que estaba enferma, no obstante, ellos sabían que la única enfermedad que tenía era tristeza.
—No nos podemos ir, señor —dijo Max con deferencia.
—¿Qué dices? —increpó el fénix. Estaba parado a pocos metros frente a ellos, y su porte casi era el doble del tamaño de Max.
—No nos vamos a ir —repitió Max, haciendo acopio de coraje—. Hemos venido desde muy lejos para verlo. Necesitamos su ayuda.
—¿Mi ayuda? —de pronto su voz se quebró—. Nadie puede desear mi ayuda, no ahora que me es imposible ayudar a alguien. Me quitaron lo único que hacía que los demás me quisieran, ahora todos me ven como un simple pajarraco. Sin mis polvos dorados de fénix no soy nadie, ahora solamente soy un ave, simple y sencilla.
—¡Señor! No diga eso —suplicó Óscar—. Usted sabe que todos aquí lo apreciamos y lo vemos como el más grande fénix que jamás haya existido. Nosotros también lo necesitamos.
—Solamente son ustedes, mi querido Óscar.
—Claro que no —dijo Max, más exaltado de lo que pretendía estar—. Viajé por siete días para llegar acá, pasé por muchas desventuras y sorteé infinidad de obstáculos, pero todo lo hice para ver en persona al rey de los cielos, al fénix dorado, ese que dicen que ayuda a quien de él necesite. Yo lo necesito, sus súbditos lo necesitan, el mundo allá fuera lo necesita —se sorprendió que pudiera hablar con tanta vehemencia—. Durante mi viaje —continuó—, escuché mucho sobre usted, todos lo admiran y se preguntan qué ha pasado con la gran ave dorada, al tiempo que rezan para verlo nuevamente surcar los cielos.
Después de sus palabras se hizo un largo silencio. Max supo que el fénix estaba sopesando lo que él había pronunciado.
—¿No estás mintiendo muchacho? —inquirió el fénix.
—Claro que no —se limitó a responder Max, sin comprender enteramente la pregunta.
—¿En serio todavía me admiran allá afuera y rezan por mí? —Max vislumbró un brillo en los ojos del fénix que hasta ese momento no había mostrado. Para ser un ave legendaria y sabia se comportaba, en aquellos momentos, más como un chiquillo que como lo que era.
—Sí, sí. Aún lo admiran —enfatizó Max—. Y lo admirarán siempre, con o sin sus polvos mágicos. Para pagar esa fidelidad podría intentar recuperar lo que le pertenece y ayudar a reparar lo que el ave negra ha destruido.
No dijo nada más. Dejó que la mítica ave sopesara sus palabras. En aquellos momentos el silencio podría ser mejor que cualquier otra cosa que pudiera decir.
—Pero no tendré mis polvos durante mucho tiempo —confesó meditabundo el fénix—. Nunca me había pasado esto, tengo entendido que la raíz que provee a los de mi especie de sus polvos mágicos tarda años en crecer, incluso décadas. No hay forma de que pueda ayudar a nadie…
—Pero podría tratar de recuperar la que le robaron —dijo Max, por fin llegando al punto que desde el principio había querido tratar.
—Por cierto ¿Cómo te llamas? —preguntó el fénix.
—Soy Max —respondió, nada contento de que el fénix diera un giro a la conversación.
—¿Y la chica?
—Yo soy Jennifer.
—Lindos nombres —sopesó—. Yo me llamo Félix.
Max no pudo dejar de advertir la similitud que había en fénix y Félix. Pero por ahora había otros asuntos que le tañían más.
Sí, yo también lo creo así, señor —estuvo de acuerdo Óscar.
—Gracias —dijo Max—. En fin ¿Qué opinan?
—¿Sobre sus nombres? Ya les dije que…
—No me refiero a nuestros nombres —cortó Max—. Me refiero a lo de recuperar su cinta mágica, la raíz de sus polvos,
—¿Recuperar mi cinta?
—Sí —dijo Max—. Se puede ¿Cierto?
—Creo que es posible —meditó Félix—. A decir verdad, no había pensado en esa posibilidad hasta que ustedes la mencionaron. Es factible, pero conlleva muchos riesgos. Para ello tendría que ir a la casa de Fernal y luchar con él. Fernal es el nombre del fénix negro —agregó para los chicos.
—Entendemos —dijo Max—. Si usted está dispuesto a ir a la casa de Fernal, yo también lo estoy  —añadió.
—Yo también —dijo Jennifer.
—No estoy seguro de querer hacer eso —dijo—. Es bastante arriesgado. Anoche llegó una de mis aves mensajeras con la noticia de que Fernal logró encontrar un Diamante de Hezlem. Ahora mismo podría ser más poderoso de lo que era antes.
—Nosotros estuvimos allí —comentó Max, recordando la noche que el fénix negro atacó la aldea de los gnomos—. Poco faltó para que muriéramos en ese lugar.
—¿Ustedes estuvieron allí? —repitió un sorprendido Félix— Me informaron sobre la presencia de dos gnomos extraños, más delgados y más altos, es posible que se tratase de vosotros.
—Sí, supongo que éramos nosotros —convino Max.
—Supongo entonces que comprenden cuan fuerte es Fernal.
—Aceptamos que es realmente fuerte —reconoció Max—. Pero igual, imagino que usted también es muy fuerte —aventuró.
—No, yo no soy tan fuerte como él, menos ahora que ya tiene en sus garras un Diamante de Hezlem —confesó Félix.
—No creo que sea buena idea ir allí, mi señor, sería muy peligroso —intervino Óscar—. Debería mejor esperar a que la cinta crezca nuevamente. Quizá ya no me encuentre vivo, pero podrá ayudar a muchos más esperando que yendo a morir en vano.
—Imagino que ustedes quieren los polvos mágicos ¿Verdad? —conjeturó Félix.
—Sí. En realidad fue por ellos que arriesgué mi vida en este viaje peligroso —confesó Max—. Mi abuelo fue mordido por un escorpión de fuego, sus días están contados. Los polvos mágicos que sólo usted podría proveerme son lo único que puede salvarlo. Es lo que nos dijo el mago que quedó a cuidado de él.
—¡Magos! —bufó Félix, asqueado ante aquella palabra.
—Lo lamento —dijo Max—. No recordaba que ustedes no congenian con los magos.
—¡Son unos monstruos! —escupió Félix—. Ellos son la causa principal de que los fénix estemos al borde de la extinción. Poco a poco han ido acabando con nosotros, a veces por nuestras plumas u otra parte de nuestro cuerpo que les sea útil, otras veces sólo lo hacen por envidia.
—Le suplico que no generalice sus palabras —acudió Max en defensa de su amigo el mago—. Éste mago es un gran amigo de mi abuelo, él siente mucho respeto hacia ustedes.
—Bueno, podría ser que haya uno que otro bueno —accedió Félix—. Pero la mayoría son malos, son unos monstruos, unos envidiosos, no soportan saber que hay más criaturas poderosas como ellos, por eso nos buscan y nos matan asiduamente, y no solo a los fénix, sino a toda criatura mítica.
Max guardó silencio, no tenía un comentario para eso.
—¿Qué piensa hacer, señor Félix? —preguntó Óscar.
—Supongo que tendré que ir —dijo éste, meditativo.
—¡Pero señor, eso es peligroso!
—Quedarme aquí es de cobardes —espetó—. Además ya escuchaste, el abuelo del chico está en peligro de muerte. Max arriesgo su vida para llegar hasta mí, creo que es justo que yo haga algo también por él.
—Pero si va, quien estará en peligro de muerte será usted.
—No me importa, ya tomé una decisión. Estoy seguro que quiero ir a recuperar lo que es mío, y si hay posibilidades, incluso acabaré con la vida de ese maldito fénix —soltó Félix en un arrebato de furor.
Max sintió una punzada de alegría. Si iban a la montaña de Fernal y lograban recuperar aquella cinta mágica, seguramente obtendría los polvos que tanto deseaba y podría iniciar la marcha de regreso a casa. El corazón de Max palpitaba de emoción.
—Sí, eso haré —dijo Félix, más para sí que para Óscar o los chicos—. Ahora mismo volaré hacia la guarida de Fernal y recuperaré lo que me pertenece.
—Yo voy con usted —dijo Max.
—Yo también —añadió Jennifer.
—No —se opuso Max—.Será muy peligroso, tú ya has pasado por bastante, déjame esto a mí.
—No importa, ya llegué hasta aquí y pretendo llegar hasta el final —dijo firmemente la niña—. Claro, siempre y cuando el señor Félix esté de acuerdo en llevarnos —añadió.
—Es una decisión bastante difícil —meditó Félix—. Haremos una cosa —propuso— quiero que vayan a bajo, esperen una hora, luego vuelvan a subir. Será tiempo suficiente para meditar lo que debo hacer, y si me pueden ser de alguna utilidad.
—No olvide que lo que salve también será de ayuda para nosotros —observó Max—, por lo que me veo en la obligación de tener que ayudarlo.
—Tendré en cuenta eso. Ahora márchense, necesito estar solo.
—Son unos buenos niños —comentó Óscar cuando ya habían abandonado la cueva de Félix.
—¿Le parece? —inquirió Jennifer.
Max apenas prestaba atención a lo que decían, su mente vagaba en el cúmulo de acontecimientos que podían sucederse según la respuesta de Félix.
—Sí —respondió Óscar—. Porque con un par de frases lograron que nuestro señor recobrara el vigor. Mientras que nosotros hicimos todo cuanto nos fue posible por devolverle las ganas de vivir y siempre terminamos derrotados.
—¿Y qué fue lo que hicieron? —curioseó Jennifer.
—Lo que se hace para levantar el ánimo a cualquier criatura mítica —respondió Óscar como si los chicos tuvieran idea del significado de aquella frase.
Max ya no escuchó el resto de la conversación de los dos que iban a su lado. Mientras descendía cavilaba en lo que podría suceder si iban a la montaña de Fernal y en las posibilidades que tenían de salir airosos. Seguramente eran pocas. Tampoco sabía de qué forma podían ser de utilidad en aquella misión. Ya que el fénix negro volaba y el no, el fénix negro era poderoso, el débil, pero algo en su interior le decía que, de ir Félix a la montaña oscura, él tendría que estar allí para ayudar en todo lo que sus escasas aptitudes le permitieran. Si Félix estaba de acuerdo en llevarlo iría, y se acepta llevar también a Jennifer pues que también fuera, aunque él estaba en total desacuerdo en que la niña los acompañara.
—¿Puedes llevarnos al arroyo? —solicitó al conejo, se descubrió con mucha sed y con muy poca agua en su cantimplora.
—Por supuesto —contestó Óscar—. Está en la parte sur de la montaña pero creo que disponemos del tiempo suficiente para ir.
—Entonces guiamos. Tengo sed.
—Pues síganme.
Antes de descender completamente de la montaña, Óscar tomó un sendero de cabras para ir a la parte sur de la montaña, los chicos lo siguieron. Al pie de la colina, varios animales se paseaban de un lado a otro sin motivo aparente. En aquel lugar todos eran amigos, había presas y depredadores, pero ninguno de los animales parecía incomodarse con ello. En su subconsciente Max se preguntó si los depredadores que allí vivían cazaban o se habían vuelto vegetarianos, era una idea descabellada pero ya nada le sorprendería después de todo lo que había vivido.
Después de sortear árboles caídos llegaron al arroyo. Era un hermoso riachuelo cristalino de unos cinco metros de ancho y de él bebían agua animales de todas las especies. Los árboles que otrora había mencionado Óscar yacían en el suelo, otros a medio caer y sólo unos pocos se erguían solemnes, orgullosos de haber resistido la ira del ave negra. Pequeños jardines empezaban a tomar forma en derredor, sin duda esfuerzo de los animales por devolverle la belleza al lugar.
Los dos chicos se asomaron al riachuelo y bebieron directamente de él, el agua era cálida y dulce al paladar. Max sintió el impulso de tirarse al agua y darse un buen baño, hacía días que no se bañaba, pero se contuvo y en lugar de tirarse al riachuelo llenó su cantimplora del cálido líquido.
—¿Están seguros de querer ir con el señor Félix? —preguntó Óscar mientras se inclinaba para sorber agua del riachuelo. Max se sobresaltó con la pregunta ya que no habían hablado al respecto durante el trayecto.
—Completamente —aseveró Max con brío—. Aunque no creo que tú tengas que hacer lo mismo, Jennifer.
—No te preocupes —fue la respuesta de la chiquilla—. Al igual que tú, yo también estoy decidida.
—Tengo miedo —confesó el conejo—. Tengo miedo de que al señor Félix le pase algo. También temo por ustedes —agregó como si de pronto hubiera reparado en el andrajoso aspecto de los chicos, en las heridas cicatrizadas y en la ropa algo más que rasgada y apestosa a sudor y moho—. Si el señor Félix muere, la paz en este lugar tocará su fin, todos volverán hacer lo que mejor sabían hacer, preocupándose más por sí mismos que por alguien más, este lugar dejará de ser un paraíso. Lo único que nos mantiene unidos es el ave dorada, si él nos abandona todo este lugar se echará a perder —concluyó con voz lacónica.
—Ten fe y verás que todo sale bien —se animó a decir Max al no encontrar algo más apropiado.
—Eso trato de hacer. Rezo en silencio al creador del mundo para que todo salga bien.
—Ya verás que así será —le animó Max—. ¿Quieres comer Jennifer? —dijo tratando de salir de aquella incómoda situación.
—Sí, me encantaría.
Se sentaron bajo la sombra de un manzano y sacaron algo de lo último que les quedaba de la comida obsequiada por los duendes. Después Max, con el permiso de Óscar, se aupó al manzano y cortó unas cuantas frutas para terminar de llenar sus estómagos. Incluso Óscar saboreó una.
—Están deliciosas —comentó Jennifer.
Y era verdad, las manzanas eran jugosas y de buena calidad.
Óscar se limitó a seguir mordisqueando la suya.        
Mientras mordisqueaba su manzana, Max por fin se encontró escrutando el entorno que lo rodeaba, el cual a pesar de los destrozos le pareció maravilloso. Especialmente llamó su atención el lado opuesto al que se encontraban, el cual parecía más hermoso, debido quizá a que había sufrido menos daños de parte de la infernal ave negra. El bosque se hallaba a unos quinientos metros del riachuelo, el espacio que había entre éstos era ocupado por una llanura especialmente viva, los jardines se recuperaban más aprisa y había algunos que no habían sufrido daño algo, también eran más escasos los árboles caídos. Los animales caminaban y correteaban descuidados, los carnívoros y lo vegetarianos descansaban juntos y charlaban como si fuera lo más natural del mundo. El sol en el cielo había recorrido dos terceras partes de su trayectoria en el cielo e iluminaba mágicamente aquel paraíso a medias. Era un lugar para descansar, relajar el cuerpo y no pensar en nada. No así para Max.
Inmediatamente sus pensamientos abandonaron aquel lugar y fueron a posarse en la silueta de su abuelo moribundo, en Jennifer y en las dos legendarias aves que marcarían el fin de aquella aventura, ya fuera para bien o para mal. ¿Qué pasaría cuando fueran a lo montaña oscura? Si es que Félix terminaba decantándose por ir. Pero no conseguía pensar en algo concreto, parecía que sus pensamientos se habían mezclado y no conseguía distinguir entre uno y otro. De pronto no sabía si el silencio se había apoderado del lugar o era él quien estaba inmerso en su interior, ya que de pronto no oía nada a su alrededor, solamente veía desfilar en su mente una cadena de imágenes, unas alegres, otras tristes. Ahora veía a su abuelo a su lado observando las estrellas, en otra su abuelo agonizando en la cama, luego se veía riendo junto a Jennifer; después las imágenes se mezclaron y nuevamente no podía distinguir nada.
Se sorprendió cabeceando bajo el manzano, afortunadamente nadie había reparado en ello. Agitó la cabeza y se concentró en seguir mordisqueando su manzana.
—Debemos regresar —recordó Óscar apenas después de que los chicos comieron su última manzana—. Para esto el señor Félix ya deber tener una respuesta.
Ambos chicos asintieron y se reincorporaron. Momentos después ascendían nuevamente hacia la cueva del fénix dorado, para su fortuna ésta no se encontraba hasta la cima de la colina o les habría supuesto un esfuerzo muy grande llegar hasta ella. Una treintena de minutos después de abandonado el riachuelo, se encontraron de pie frente a la cueva de la mítica ave, la cual era muy bonita y bien cuidada, nada que ver con la del trol o del dragón.
Al abrirse la doble puerta de la cueva, la figura de la mítica ave se materializó en el centro de la estancia, meditabundo, pero con un brillo en los ojos que Max hasta ese momento no había visto en el ave.
—Ya tomé mi decisión —informó, el conejo y los dos chicos esperaran pacientes a que Félix continuara—. Los llevaré conmigo. Ustedes están aquí no por fuerza de la casualidad sino por obra del Dios que guía nuestras vidas, por lo que creo efervescentemente que me serán de utilidad.
Un cosquilleo y un escalofrío recorrió el cuerpo de Max, por un lado sentía miedo y por el otro alegría. Tendría la posibilidad de ir a la montaña de Fernal y ayudar a arrebatarle la cinta mágica, eso suponía la alegría. Por contraparte, aquello suponía una gran responsabilidad y a la vez peligro de muerte. No obstante, conforme el paso de los segundos logró hilvanar mejor sus pensamientos y tomar conciencia sobre lo que quería hacer, y eso era ir a la montaña oscura, hogar del monstruo llamado Fernal.
—¿Estás segura que quieres ir, Jennifer? —preguntó al tomar conciencia de todo lo que implicaba aquello.
—Claro que sí —contestó la eludida, enervante y con una sonrisa que él creyó fingida.
—Si es lo que quieres hacer pues no te detendré, aunque te advierto que será peligroso.
—Ya lo sé.
—Señor —dijo Óscar—. Veo que ya ha tomado una decisión, por lo que solo me resta suplicarle que sea cauteloso. —luego con brío agregó—: Y si se puede, dele en la torre a ese pajarraco.
Max creyó ver una sonrisa en el rostro de Félix, aunque no habría apostado por ello.
—Tendré en cuenta tu consejo —dijo Félix—. Y prepárate porque cuando vuelva todo volverá hacer igual que antes.
—Confío que así será, señor.
—Niños —dijo Félix volviéndose a los chicos—. Si han decidido venir conmigo entonces hay que partir. Aún quedan algunas horas antes del anochecer y nos será ventajoso llegar aún con luz al bosque oscuro.
Max estuvo de acuerdo con Félix.
—Súbanse a mi espalda —pidió Félix.
Félix se agachó para que los chicos alcanzaran su espalda, Jennifer subió primero, luego fue Max. Ambos chicos se agarraron de donde pudieron.
—¿Están listos? —preguntó el fénix.
—Sí —contestaron al unísono, nerviosos
—Cuídese mucho, señor —dijo Óscar a modo de despedida—. Ustedes también niños —agregó.
—Adiós, Óscar —dijo Félix, salió de la cueva y se lanzó al vacío.
La oleada de aire que acarició a Max le pareció deliciosa. El panorama que se extendió ante sus ojos era algo que no olvidaría jamás. Allá abajo varios animales, que al ver volar por primera vez en días a su señor, profirieron gritos de sorpresa.
      Félix se dirigió hacia el norte a una velocidad prodigiosa. Jennifer y Max se aferraron con fuerza para evitar ser expelidos de la espalda del fénix. A aquella velocidad Max no dudaba en llegar antes del anochecer a la montaña oscura.

5 comentarios:

  1. interesantisimo !!!!!!!!!!!!!!!! ni modo , a esperar el prox capitulo!!! =) . Marilu

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  2. ya acaba con esto Plis se roba el espacio para mejores cuentos

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    1. Solo quiero aclarar que no es cuento, sino una novela infantil... Y descuida, la siguiente entrada es la última...

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    2. q cosaa?????????????????? si no te gusta simplemnete no lo leas y no aruines que si hay personas a las q si nos gusta ....

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  3. Noo, no lo leo y creo q le hable a manuel no a ti.sii., asi q lo q pienses creeme no me interesa

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