Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

3 de junio de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 19

Un Mundo Antes Mágico

Aquella noche no fue la mejor de Max, tuvo un sueño agitado y no logró conciliar el sueño de la forma que a él le habría apetecido. Varios sueños y pesadillas lo acosaron, la mayoría de ellos tenían que ver con su abuelo, con el fénix dorado o con el fénix negro. En el transcurso de la noche despertó agitado varias veces, sólo para darse cuenta que todo había sido un sueño, entonces se volvía a recostar para sumergirse en un sueño intranquilo.
Cuando Max despertó, el sol aún no se veía en el horizonte, pero la claridad reinante indicaba que aquel día iba a ser muy soleado. Medio adormitado agitó a Jennifer para despertarla. Perezosos recogieron la tienda de campaña.
Cuando iniciaron la marcha, el sol apenas estaba saliendo. Max no quería perder tiempo, el tiempo se terminaba y con él la vida de su abuelo. El pensar en aquello lo hacía sentirse triste, y una sensación de impotencia ahondaba en su ser.
Después de un par de horas de caminata se detuvieron a comer, aún tenían comida suficiente para unos dos días, no así agua por lo que convinieron racionarla, ya que no sabían cuándo podrían volver a rellenarlas.
Max no sabía si sentirse tranquilo o tener miedo, pero a partir de allí la vida silvestre empezada a cobrar fuerza. Las aves piaban por doquier y en una ocasión habían divisado un conejo, el cual, por más que lo llamaron para hablar con él, se perdió entre los arbustos. Incluso habían visto una serpiente, aunque no tan grande como la que se habían encontrado el primer día de viaje. El sol iluminaba esplendorosamente el bosque, cuyos ramajes no eran tan tupidos, lo cual permitía que los rayos del sol alcanzaran el suelo. También se habían encontrado con dos manzanos, desafortunadamente ninguno tenía frutos, las aves se habían encargado de ello. Todo indicaba que el terror del fénix negro aún no había alcanzado aquella zona.
Mientras caminaban en el bosque se encontraron con una manada de venados, el corazón de Max dio un vuelco pues a punto estuvo de creer que se trataban de los mismos a los que les había arrebatado un hijo, pero éstos se comportaron como si nunca hubieran visto un humano y siguieron comiendo hierba sin dar importancia a los chicos
Max decidió preguntar a los venados acerca del fénix dorado.
—Ven —dijo a Jennifer—, quizá ellos tengan información —haló a Jennifer de la mano para acercarse a los ciervos.
Los venados alzaron las cabezas y miraron a los chicos sin temor ni curiosidad alguna. La manada estaba compuesta de diez integrantes, cinco de los cuales lucían ramajes en sus cabezas.
—¿Qué quieres? —preguntó con acritud uno de los venados.
—Cariño, se más amable con los visitantes —le reprendió una voz femenina—. A lo mejor ellos solo quieren saludarnos —quien había hablado era uno de esos sin cornamenta.
—En realidad solo queremos hacerles una pregunta —dijo Max.
Los venados retrocedieron un paso, Max no supo si fue por sorpresa o miedo.
—¿Cuál es tú pregunta? —inquirió el venado que había hablado primero.
—Bueno… no sé muy bien como decirlo pero…
—Anda habla rápido que no tengo tú tiempo —le apremió el venado.
—¿Saben algo sobre el fénix dorado? —logró decir al fin.
—¿El fénix dorado? —repitió el venado.
—Sí.
—Pues claro que sabemos sobre el fénix dorado —respondió su interlocutor—. Y también sabemos que desde que esa bestia negra atacó su hogar ya no ha vuelto a volar por los cielos. Cuentan que le quitó lo más preciado para él, incluso dicen que lo mataron, pero nadie sabe con certeza qué fue lo que sucedió en realidad. ¿Por qué? ¿Acaso lo andan buscando?
—Sí, algo así —dijo Max con timidez.
—Pues continúen recto, siempre con la montaña oscura a sus espaldas, con un poco de suerte quizá lleguen hoy —dijo la voz femenina que los había defendido al principio.
—Gracias —dijo Max con renovadas energías al escuchar que estaban a un solo día del hogar del fénix que ellos buscaban.
—Ahora váyanse, que tengo mucha hambre —dijo la voz dura del mismo venado.
—Sí, no se preocupen, ahora mismo nos vamos —complació Max.
Se alejaron de allí despacio, pero sin dar muestras de querer quedarse o importunar. Quizás aquel venado era el único que se mostraba áspero, pero bien que podía hacer que los demás se les fueran encima, Max no estaba dispuesto a ponerlos a prueba.
Max no sabía que pensar, si sentirse feliz porque les habían dicho que si continuaban caminando puede que llegaran ese mismo día a la casa del fénix dorado, o sentirse triste por los comentarios del venado macho ¿Sería cierto lo que decía el venado? Ojalá y no fuera así, de lo contrario su abuelo estaría perdido. Porque ¿De qué servía encontrar al fénix dorado si éste no podía ayudarlos? Peor aún si estaba muerto, Max agitó la cabeza y alejó los pensamientos pesimistas.
Durante aquel día no encontraron ningún lugar que pareciera el hogar del fénix dorado, a lo mejor los venados les habían mentido o ellos no habían cubierto la distancia suficiente para llegar al hogar de la mítica ave. El líquido de sus  cantimploras se les terminó ya por la tarde, afortunadamente encontraron un arroyuelo en el que saciaron su sed y luego llenaron sus cantimploras. Antes de que los cubriera la oscuridad montaron nuevamente la pequeña tienda de campaña y repitieron el proceso de la noche anterior.
Aquello noche Max casi no durmió nada, no dejaba de pensar en su abuelo y en el hecho de que solamente disponían de cinco días para encontrar el fénix dorado y volver a Narlez. Cualquier otro hubiera pensado que la misión se podía dar por fracasada, no así Max, que aún conservaba las esperanzas, a pesar de éstas tuvo un sueño intranquilo.
Nuevamente se levantaron antes de que el asomase por el horizonte. Max ya se sentía presionado por el tiempo, tenían que encontrar cuanto antes al fénix dorado o el tiempo se les iría como agua entre los dedos al igual que la vida de su abuelo. Ahora que lo pensaba, habían caminado por tantos boques y cubierto tantas distancias que no tenía idea de dónde se ubicaba la cabaña de su abuelo. Seguramente sería un gran problema regresar a casa, pero por ahora tenían un problema más grande y ese era encontrar al fénix dorado.
Después de tomar un insípido desayuno se pusieron en marcha nuevamente.
Cuando el sol ya estaba alto, y unas pocas nubes recorrían el cielo, Max vio algo fascinante: allá a lo lejos se alzaba la silueta de una enorme montaña. El corazón de Max dio un vuelco de alegría, algo le decía que allí vivía el fénix dorado.
Más emocionados de lo que jamás habían estado en los últimos días, apresuraron el paso para llegar lo más rápido que pudieran a la montaña que se alzaba en el horizonte. Conforme se fueron acercando, al lado de la enorme montaña fueron apareciendo paulatinamente unas más pequeñas, invisibles al principio por su menor altura.
El corazón de Max palpitaba precipitadamente y una extraña sensación lo invadía por dentro. En parte se sentía alegre de que por fin llegarían al lugar por el cual tantas dificultades habían vivido. No obstante, un pesar pendía en su mente, algo que le hacía dudar sobre la veracidad de aquella aventura y que por instantes le hacía temer que aquello que tanto anhelaban no lo encontrarían en esa colina.
Avanzando siempre deprisa fueron pasando los minutos, luego las horas, y la montaña se hacía más y más grande a cada momento. Ahora ya la podían escrutar mejor, a simple vista parecía mil veces más viva que la visualizada en el centro del Bosque Oscuro.
Cuando el sol se alzaba en el centro del cielo llegaron casi al pie de la enorme montaña, y sí que era gigantesca. Ni él ni Jennifer sintieron temor alguno por aproximarse a la misma. Se encontraban tan sólo a unos quinientos metros de la gigantesca montaña, y se veía majestuosa, gigante y rodeada por colinas mucho más pequeñas que ella. Pero había algo que no encajaba con la imagen: todo el lugar estaba casi completamente destrozado. Cientos de árboles yacían tirados y resquebrajados en el suelo. Las cimas de las colinas eran coronadas por jardines, que otrora debieron ser hermosos, pero que ahora apenas conservaban una que otra flor de pie. Sin duda aquel lugar había sido hermoso, posiblemente aún lo era, pero no como por ley debía ser.
El lugar estaba silencioso, cosa rara considerando que desde que dejaron atrás el bosque oscuro habían encontrado vida salvaje de forma continua.
Cuando se encontraban avanzando entre dos sierras, un conejo de pelaje blanco salió de entre unos arbustos frente a ellos. Los chicos se detuvieron de golpe. El conejo había salido dando saltos tras una mariposa, pero al reparar en ellos se detuvo y los observó con extrañeza. Un segundo después apartó la vista de ellos y siguió dando saltos tras la mariposa que ya se había alejado varios metros.
—No te vayas —solicitó Max.
El conejo volvió la vista y los escrutó con aquellos ojos característicos de los de su raza, como patidifuso de que le hayan hablado.
—Necesitamos ayuda —confesó Max.
—Ya lo sé, lo he visto en sus ojos —respondió el conejo, con una calidez y amabilidad inusitada para Max—. ¿En qué les puedo ayudar? —preguntó.
—Buscamos al fénix dorado —dijo Jennifer adelantándose a la misma pregunta de Max.
—Lo siento, pero él no está disponible —Max notó un repentino cambio en la voz del conejo, como si de pronto hubiera recordado algo en extremo doloroso.
—¿Por qué no? ¿Acaso le pasó algo? —preguntó Max sin temor a ser indiscreto.
—Lo mismo que le pasó a este lugar —respondió. Hizo una pausa mientras miraba compungido a su alrededor—. Casi fue destruido —añadió por último.
—¿Cómo pasó? —preguntó Max, no había llegado hasta allí sólo para que le dijeran que la mítica ave estaba indispuesta.
—Es algo triste —respondió cabizbajo—. Todos vivíamos en perfecta armonía hasta que ese monstruo del fénix negro nos atacó. Desde ese día nuestro señor está triste, desolado, fundamentándose en que lo ha perdido todo. No ha salido de su casa en días. Nosotros hemos intentado animarlo devolviéndole la belleza a este lugar, hemos trabajado arduamente pero no hemos conseguido mayor cosa, él sigue igual. Se ofusca porque le quitaron lo que más apreciaba, alega que sin ello no es nadie, que sin ello no es el fénix dorado que el mundo necesita
—¿Qué fue lo que le quitaron? —preguntó Jennifer, directa.
—Sus polvos mágicos —respondió el conejo, contrito—. El fénix negro se las arregló para sacar la cinta que lo proveía de ellos, mi señor se siente ofuscado por ello.
—¿Lo podemos ver? —inquirió Max, temeroso.
Si el fénix dorado ya no poseía sus polvos mágicos, aquello significaba que el viaje de los chicos había sido en vano. Pero nada perdía con ver a la mítica ave. A pesar de que el conejo parecía alguien serio, nadie les aseguraba que no les estuviera tomando el pelo.
—No lo creo. No acostumbra recibir muchas visitas.
—Pero necesitamos su ayuda, mi abuelo…
—Pero pueden venir conmigo e intentarlo —dijo el conejo esbozando una leve sonrisa.
—¿En serio?
—Yo no bromeo chico —dijo—. Síganme.
El conejo tomó la delantera y los invitó a seguirlo hacia la montaña.
Max no se podía creer que por fin habían encontrado al fénix dorado, por fin lo iban a ver. A pesar de saber que había perdido su fuente de polvos mágicos, aún así le entusiasmaba ver un ave que el resto del mundo consideraba extinta.
A mitad de camino apareció ante ellos una pequeña manada de ciervos. De pronto Max sintió una punzada de arrepentimiento por lo que anteriormente había hecho al pequeño ciervo, dándolo de cenar a dos lobos.
—¿Cómo te va, Óscar? —preguntó la voz masculina de un venado, Max supo que le hablaba al conejo.
—Hola, Beny —respondió el conejo.
La manada que constaba de sólo cinco integrantes se acercó a ellos.
—¿Quiénes son ellos? —preguntó la voz cordial de otro venado.
—Son visitantes. Buscan al señor —respondió el conejo, quien respondía al nombre de Óscar.
—Pierden su tiempo, niños —dijo el ciervo que respondía al nombre de Beny.
—Déjalos que lo intenten —dijo Óscar—. Tal vez el señor los reciba.
—¿Y de qué servirá que los reciba? —inquirió con demasiada brusquedad Beny—. El señor dorado ya no tiene sus poderes de antes.
—¡Vaya, una reunión! —siseó una voz a sus espaldas.
Max se volvió para ver la fuente de la voz, una enorme serpiente descendía de un grueso árbol. Max sintió un profundo temor y retrocedió un paso.
—No te asustes muchacho —le tranquilizó Óscar—. Flora es una gran amiga del señor dorado, por lo que reside junto con todos nosotros.
—¿A poco crees que te voy a devorar muchacho? —inquirió la enorme serpiente—. Pues no, no lo haré, detesto la carne humana.
Max estaba seguro que hubiera sido tragado fácilmente por aquella gran serpiente. Menos mal que no tenía esas intenciones.
—¡Vaya, Flora! ¡Tú siempre asustando a los visitantes! —le recriminó uno de los venados.
—Yo no tengo la culpa —se defendió Flora—. No sé que me ven de malo.
—Tú tamaño para empezar —bromeó el mismo venado
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó una voz dura atrás de Max.
Volvió la vista, y allí parado, en forma elegante estaba un león, un hermoso león de piel acanelada y melena larga.
—Sólo recibimos cordialmente a los visitantes —siseó Flora, la serpiente.
—¡Ya veo! —bufó el león—. Imagino que ya le dijeron que el señor dorado no está disponible para nadie ¿Verdad?
—Sí. Ya nos lo dijeron, pero aún así queremos verlo —respondió Max adelantándose a Óscar, que al parecer era quien pensaba responder.
Parecía como si alguien hubiese alertado a los habitantes del lugar sobre la presencia de visitantes, ya que animales de todas las especies se congregaban en derredor y todos se comportaban de manera amable. Incluso hubo un mono que llevó una manzana a cada uno de ellos, Max la devoró en un instante.
Tardaron al menos media hora entre los habitantes de lugar. La mayoría coincidía en que el fénix dorado ya no saldría de su casa, que se quedaría allí por el resto de la eternidad y que era poco probable que los quisiera recibir. Aún así no lograron que Max se desanimase por completo.
Mientras parloteaban con los animales, Max pensó que si le pudieron quitar esa cinta mágica al fénix dorado, entonces era posible recuperarla, allí pendían sus últimas esperanzas de salvar a su abuelo.
—¿Este lugar siempre ha sido así? —inquirió observando el lugar, que aunque maltrecho aún era hermoso.
—Oh no, para nada —respondió Óscar—. Antes este lugar fue un verdadero paraíso. Recuerdo perfectamente como era hace tan sólo unos días, antes de que el ave negra destruyera todo, las hermosas y vivaces flores brillaban a la luz del sol y los árboles se erguían solemnes por doquier. Todos éramos muy felices, aún lo somos, pero antes lo éramos aún más. Había comida en abundancia, el arrollo que recorre el otro lado del valle era cristalino y a su alrededor crecían los manzanos, los mángales, duraznos y muchos más, pero ahora la mayoría está destruido. Saben, lo único que le faltaba a este lugar para que fuera verdaderamente hermoso era un arcoíris sobre la casa del señor. Muchos aún no perdemos la esperanza de que vuelva a ser lo que era —concluyó con voz pesarosa.
Max sonrió para sí al imaginar lo hermoso que debió haber sido aquel lugar.
Llegados al pie de la colosal montaña iniciaron el ascenso por un rústico camino. Cuando llegaron a la casa del fénix dorado Max se sorprendió al encontrarse la entrada a la cueva flanqueada por dos puertas de madera tallada.
—¿Señor? —llamó el conejo.
—¿Qué pasa? —respondió una voz triste y profunda al otro lado de la puerta
—¿Puedo pasar?
—Haz lo que quieras —respondió la voz.
Lentamente se abrió la puerta como movida por magia y Max perdió la vista, perplejo, en aquella ave. Había creído que sería pequeño, pero era todo lo contrario, su porte no tenía nada que envidiarle al fénix negro. Desde el pico hasta la cola debía medir unos cuatro metros, considerando que su cola, apenas siete plumas, medía más de metro y medio. Era del color del oro, exceptuando el pecho que era blanquecino. Sus ojos eran pequeños y finos, verdes y penetrantes, que parecían ver más allá de lo físico. La cabeza era coronada por un copete que hacía juego con todo lo demás.

2 comentarios:

  1. noooooooooooo, queria seguir con el cuento , que desesperacion esperar hasta le proximo martes , cada ves que leo se pone mas y mas interesante =).Marilu

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    1. Solo un poquitín de paciencia más... dos martes más y termina...

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