Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

6 de junio de 2014

El Naufragio

—¡Steve —me gritó Bryan, quien tenía una pierna en la cubierta del barco y otra en el bote que debía salvarnos—, date prisa!
Bryan era mi amigo y compañero de cuarto. Si estaba ya en el bote fue porque él sintió el fuerte oleaje cinco segundos antes que yo y, en lugar de despertarme, salió corriendo a cubierta para averiguar qué sucedía; desde luego no se lo puedo reprochar, él no sabía que tan mal estaban las cosas. Cuando yo desperté a causa de los retumbos provocados por las fuertes olas, Bryan ya no estaba. Descalzo, en pantalones de tela y camisa de mangas cortas, corrí apresuradamente a la cubierta. Lo que percibí me aterró profundamente. La lluvia caía torrencialmente y el viento sacudía la nave como uno movería una pluma con el aliento. Pero entonces vi algo que me aterró aún más si cabe, se trataba de una ola de al menos cincuenta metros de altura, que corría a una velocidad brutal hacia nosotros.
—¡Oh Dios mío! —me oí musitar.
Bryan estaba a pocos pasos de mí y también miraba con rostro demudado la gigantesca ola, algo que ni él ni yo habíamos visto en nuestras vidas. Sorprendentemente éramos los únicos en la cubierta.
—¡Tenemos que avisar al capitán y al resto de la tripulación! —le grité. A pesar de estar a escasos pasos había que gritar a causa de lo ensordecedora que era la tormenta.
—¿Estás loco? —me replicó— No hay tiempo ¡Esa ola nos hundirá en cuestión de segundos! ¡Hay que tomar un bote y tratar de salvar la vida!
Me quedé como de piedra durante unos momentos. Lo que mi amigo proponía era dejar que la tripulación muriera bajo aquella gigantesca ola. Era algo inhumano, a mi modo de pensar. No podíamos tomar un bote e irnos nada más, ¿o sí? La cuestión era que si entraba a las entrañas del barco para alertar a la tripulación, lo más probable era que ya no volviese a salir. La gigantesca ola avanzaba a velocidad de embestida hacia nosotros.
—¡Steve, date prisa! —gritó Bryan nuevamente. De alguna manera había soltado las amarras de un bote, el cual ahora pendía al nivel de la cubierta. Lo mantenía allí gracias a un ímprobo esfuerzo y a dos cuerdas que pasaban por unas poleas y que él retenía con sus brazos.
Pensé en rehusarme, dar media vuelta y regresar por donde había salido para alertar al resto de la tripulación (no me explico cómo aún no se habían percatado del pandemónium que se avecinaba), pero la cada vez más cercana ola me disuadió y eche a correr hacia el bote. Cogí una de las cuerdas que sujetaba mi amigo, y, en simultáneo, saltamos al bote y dejamos correr las cuerdas en las poleas hasta que chocamos con las aguas saladas del mar. Intentamos remar para alejarnos del barco (también de la gigantesca ola), pero nuestro esfuerzo fue infructuoso, de manera que nos dejamos arrastrar por la marea preocupándonos ya solamente por mantenernos sobre el bote que se agitaba como… como… bueno, como un bote en una tempestad.
Cuando la gigantesca ola alcanzó al barco, milagrosamente Bryan y yo nos encontrábamos a unos cien metros de él. Lo que sucedió a continuación aún me estremece y me hace dudar de mi propia cordura. La enorme ola se detuvo junto al barco, haciéndolo apenas zozobrar, y de ella emergió un calamar gigantesco, de cincuenta o cien metros de altura. Los tentáculos del monstruo envolvieron al barco y lo arrastraron hacia las profundidades del mar. La enorme ola había sido solamente producto del desplazamiento de aquella gigantesca criatura.
Bryan y yo estábamos completamente pasmados.    
Fue de esa manera que una enorme ola golpeó nuestro bote haciéndonos salir disparados. Me elevé en el aire, no sé durante cuánto tiempo ni a qué altura, el mundo dio mil vueltas frente a mis ojos y me precipité hacia abajo. El mar frío y aun embravecido me recibió con sus gélidas manos y a poco estuve de ahogarme cuando el agua salada penetró por mi garganta hasta los pulmones. Tosí y braseé frenéticamente gritando el nombre de Bryan hasta que me obligué a mantener la calma. Miré en derredor; no vi a Bryan pero sí al pequeño bote de madera. Milagrosamente no había dado vuelta y al parecer no había sufrido mayor daño, aunque en un principio me resultó imposible asegurar tal cosa ya que era noche cerrada y sólo los continuos relámpagos  me permitían observar lo que ocurría a mí alrededor. Lo mejor de todo es que estaba a escasos tres metros de mi posición. Empecé a bracear con ahínco, y no cejé en mi empeño hasta que lo alcancé, medio siglo después. Me subí como pude, tratando de no volcarlo y me tomé un pequeño respiró después de tan ardua tarea.
Pero entonces recordé a Bryan.
Mi amigo aún estaba en medio de aquellas aciagas aguas, de manera que empecé a gritar nuevamente a la vez que aprovechaba los atronadores relámpagos para escrutar el mar hasta donde me era posible. Lo divisé lejos, a medio mundo del bote, quizá a treinta o cuarenta metros. El intranquilo mar lo mecía bruscamente a la vez que él braceaba enloquecido tratando de mantenerse a flote. En mí desesperación cogí dos de los cuatro remos que había en el bote y traté de navegar hacia él, pero era imposible, el mar me arrastraba a donde él quería y no hacia donde yo deseaba. En un momento dado lo perdí de vista. Por más que grité y escruté a diestra y siniestra, mi amigo no apareció. De modo que tuve que aceptar la perdida de mi amigo y empezar a preocuparme por mí.
Fue la noche más larga y fatídica de mi vida. Perdí a todos mis compañeros de trabajo y a varios de mis mejores amigos. Encima de todo eso, me encontraba sólo en alta mar, en un pequeño bote de manera vieja y astillada, y bajo una de las tormentas más largas y torrenciales que haya sufrido jamás. Convencido de que me sería imposible maniobrar el bote, además de que me encontraba completamente desorientado, me limité sobre todo a tratar de que el tempestuoso oleaje no me hiciera salir disparado y a rezar para que el gigantesco calamar no regresara.
La tormenta cesó por fin en las horas grises previas al amanecer. Para entonces me encontraba totalmente empapado y aterido. De los cuatro remos ya sólo quedaba uno, y eso que yo lo había cogido no sé bien por qué, el resto habían caído al mar gracias a los continuos saltos que el embravecido mar obligaba a hacer a mi diminuta embarcación.
Cuando llegó la aurora hice equilibrios para ponerme de pie, tenía los músculos agarrotados y doloridos, y oteé el horizonte con la esperanza de vislumbrar tierra. Como era de suponer hasta el horizonte sólo había agua y más agua. De manera que lo único que me quedaba hacer era rezar y dejar que el mar me arrastrara, con una dosis de buena suerte, a tierra antes de que muriera de inanición.
Aquel primer día puedo decir que fue el menos aciago de todos. La razón era que a pesar de todo me encontraba optimista. Tenía la vana esperanza que de un momento a otro aparecería tierra a la vista. Sin embargo esta sensación de optimismo fue decreciendo en igual grado al avance del sol en el cielo. Cuando el astro rey se ocultaba en el oeste, ya me había hecho a la idea de que pasaría por lo menos esa noche en alta mar. Lo peor de todo no era la perspectiva de pernoctar bajo las estrellas, sino la sed y el hambre que desde media mañana me acosaba. En algún momento de la noche debí haberme quedado dormido, venciendo el sueño al frío, el hambre y la sed, porque cuando me percaté ya estaba amaneciendo.
Podría extenderme largamente sobre las vicisitudes que sufrí en alta mar, los temores que me acosaron noche y día, sobre las dolencias en mis órganos a causa del hambre y la sed, sobre el estado de mi piel tras largas jornadas a la intemperie, sobre el decaimiento de mi estado anímico convenciéndome cada vez más que inevitablemente mi destino era morir en la vastedad de aquel interminable mundo de agua salada, pero no es eso lo que deseo plasmar en estas páginas, sino lo que sucedió tras mi agónica estadía en alta mar.
Llevaba cuatro largos, torturantes y agonizantes días en alta mar cuando creí ver tierra. Mis ojos se dilataron y mi corazón se estremeció de emoción ante tal visión. Cerré y entrecerré mis ojos varias veces, sacudí la cabeza otras tantas, a fin de convencerme que lo que veía no era una alucinación; la tierra seguía allí. Era el espectáculo más hermoso que había presenciado en mi vida, tierra después de tanto sufrimiento, me es imposible describir el cúmulo de sentimientos que se arremolinaban en mi interior. No salté de emoción sencillamente porque temía darle vuelta a mi reducida y estropeada embarcación, además de que me encontraba tan débil que aunque lo hubiese intentado no estoy seguro de haberlo logrado. Lo que sí hice fue coger el remo que me quedaba y, puesto que el mar estaba tranquilo, guié al bote con renovado brío hasta las aguas de la playa.
Conforme me acercaba a tierra, pude constatar que los márgenes eran lamidos por las aguas del mar; era una isla, no muy grande a decir verdad. Mi ánimo decayó un poco, pero se repuso inmediatamente al pensar que pronto tendría tierra firme bajo mis pies y quizá algo de comer. Pensar que allí podría encontrar de comer y beber fue lo que más ánimo me insufló.
Era medio día cuando llegué a la playa de la isla. Era un páramo desolado y de escasa vegetación, abrupto y escarpado. Pero algunos kilómetros tierra adentro se notaba que la vegetación se espesaba y decidí que allá debía dirigirme.
Salté de la barca y poco faltó para ahogarme. Los músculos de mis rodillas me traicionaron doblándose ante el peso de mi cuerpo. Tragué agua salada cuando caía y mis uñas arañaron la arena. Afortunadamente me puse de rodillas, el agua me llegaba al pecho, y apoyándome en el bote conseguí ponerme de pie. Haciendo acopio de mis reservas de energía conseguí arrastrar la barca hasta tierra y lo resguardé junto a dos salientes. Me tiré sobre la arena y dormité un rato, la sed y el hambre me agobiaban, pero tras aquel último esfuerzo necesitaba descansar un rato.  
  El sol abrazador no me dejó dormir más que una o dos horas. Extrañamente aquel rato de sueño me había devuelto algunas migas de energía. De manera que me puse de pie, usé mis manos a modo de visor para que el reflejo del sol no me deslumbrara, y observé, según mi orientación era el sur, allá donde la vegetación empezaba a espesarse.
Con pasos cansinos y trastabillantes empecé a movilizarme. Tras poco más de una sufrida hora de marcha, llegué al bosque, porque de eso se trataba: un bosque. Creo que no caminé más de dos kilómetros, pero el tiempo que empleé demuestra el estado en que me encontraba físicamente. Con temor me adentré al bosque.
Conforme pasaban los minutos fui comprobando con marcado terror que el bosque estaba completamente despoblado. Ni el canto de los pájaros, ni el correteo de una ardilla, ni el zumbido de una mosca, nada, el lugar parecía carente de toda vida. ¿Cómo demonios iba a conseguir algo de comida si no había nada que cazar? Aunque no sé cómo pensaba cazar algo si llegaba a presentarse la ocasión, ya que en mi lamentable estado dudo que fuera siquiera capaz de alcanzar una tortuga. Caminé durante largo rato, con la esperanza de encontrar algún rastro de civilización, o por lo menos un riachuelo de agua para remojar mi seca y grietada garganta.
De súbito el bosque terminó, aunque yo no me percaté hasta cinco o seis pasos después. Sorprendido observé el gran círculo desprovisto de árboles en el que me hallaba, debía tener por lo menos medio kilómetro de diámetro. Eso me desconcertó, ¿qué hacía aquello en medio de una isla presuntamente despoblada? Entonces con creciente horror vi que dos seres inhumanos salían a la superficie desde un hueco. No sé de dónde saqué tanta agilidad pero regresé al bosque en un instante y me agazapé tras un castaño. Había conseguido que no me avistaran por poco.
El corazón navegaba desbocadamente en mi pecho, aquello que veía no podía ser real. Se trataba de dos seres semihumanos, dos piernas como nosotros. Mas su aspecto no podía ser más distinto al nuestro. Eran altos, dos metros por lo menos, tenían manos con seis dedos y la piel gruesa, gris y de aspecto rocoso. Tenían una boca ancha, como de sapo, dos hileras de finísimos dientes en cada mandíbula, nariz achatada, prácticamente inexistente a no ser por los dos orificios para respirar, y ojos grandes, redondos, verdes y centelleantes. Las orejas eran como de elefante, amplias y maleables. También tenían cola, larga y de aspecto atemorizador, además de flexible porque uno de ellos la tenía enroscada a su cintura.
Indudablemente estaba transpirando. ¡Tras el tronco de aquel castaño estaba transpirando! ¡Tanto era mi horror! En medio de mi pavor vi que los dos seres gesticulaban y reían, definitivamente aquel gesto que a mí me provocó más terror debía ser risa, además de que vigilaban el entorno. ¿Será que me habían visto? ¿Acaso era yo el motivo de sus risas?
Decidí que aquellos dos entes eran peligrosos, así que me erguí y decidí regresar a la playa. Mejor morir en alta mar, donde había pasado la mitad de mi vida, que arriesgarme a averiguar qué o quienes eran aquellos seres semihumanos.
¡Oh! ¡Sorpresa! ¡Horror! ¡Me oriné en los pantalones! Cuando me volví para regresar por donde había llegado, me encontré frente a otros dos de aquellos seres, o quizá los mismos, no sabría decirlo, no tuve tiempo de volver la vista para averiguar si los otros dos aún seguían en su sitio; toda mi atención la acaparaban aquellos dos. Rieron sonoramente, sí, aquel gesto de mostrar sus dos hileras de dientes amenazadoramente era risa, después me acercaron algo a la boca y…
…Desperté en la playa, muy cerca de donde vivo.
A veces pienso que no fue más que alucinación. Me he llegado a decir que jamás salí del bote y que todo fue un sueño, o una pesadilla, como sea. Pero fue real. No recuerdo que me hicieron ni cuánto tiempo me tuvieron cautivo, pero sí sé que me marcaron de una forma que nadie jamás sospecharía. Me marcaron con miedo y dolor, pero más que eso, me convirtieron en una especie de perro para ellos. Sí. ¡Escucho y obedezco, amo! Ese se ha convertido en mi lema.
Como ya mencioné, no sé que me hicieron, pero desde que desperté en la playa escucho una voz grave y fuerte dentro de mi cabeza. Me dice qué hacer y qué vigilar de mis compañeros humanos, luego tengo que transmitirle la información hablando en vos alta a solas en mi casa. No sé para qué la quieren, ni qué son ellos, desde luego un amo no explica las cosas a sus perros, solo ordena. ¿Por qué obedezco? Si no obedezco mi amo lo sabe inmediatamente y de alguna forma me causa dolor, mucho dolor. Ya desobedecí en un par de ocasiones, y me fue fatal, no quiero repetir la experiencia.
Eso fue lo que saqué de mi desafortunado naufragio. Creo que hubiese sido mejor que muriera en alta mar. Pero no fue así.
Así que andaos con cuidado humanos. Hay quien los espía y transmite esa información a seres completamente diferentes a vosotros. En cualquier momento pueden decidir hacer uso de la misma. 

5 comentarios:

  1. asuuu O.O te quedo muy bueno me encantooo manuel me gusta mucho la forma en q relatas me imagine esos seres horribles esperoo nunk toparmelos por q no solo me aria pipi Hajajajaja un abrazo arte kary

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    1. Ni deseo que te les encuentres... no quiero siquiera imaginar lo que te harían. No, no lo podría soportar, jaja. Igual, un abrazo para ti, o dos...

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  2. Hola, Manuel.

    Un relato interesante, lo que más me ha gustado es la imaginación desplegada para desarrollarlo, así como una buena ambientación que permite imaginarse las diferentes escenas con bastante facilidad. Así que por ese lado, bien.

    A nivel técnico habría algunas cosillas que revisar (acentos, alguna forma verbal, uso excesivo de adverbios terminados en "mente") pero, en general, está bastante correcto y se deja leer bien.

    Un saludo.

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    1. Hola, gracias por comentar. Y tienes razón en eso de los adverbios terminados en "mente", lo noté hasta que tu lo subrayaste. Lo tendré en cuenta para futuras creaciones. Y, me alegra que te haya parecido bien...

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