Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

26 de junio de 2014

El Ente del Pantano

Marcio avanzaba a paso rápido entre las malezas del bosquecillo. Caminaba con la seguridad de quien ya ha realizado el mismo recorrido un centenar de veces. Ricky, su doberman de pelaje negro, tan alto que casi le llegaba a la cintura, lo acompañaba aquel día. Sujeta con ambas manos llevaba su escopeta calibre 12, lista para ser descargada en el instante que él quisiera, y contra quien fuera.
Pronto llegaría a la Llanura, donde, si uno tenía paciencia, podía ver algunos venados. Pero ese día Marcio no iba a la Llanura. Iba más allá, al Pantano. El Pantano era una vasta extensión de tierras bajas donde siempre había agua, lodo, víboras, cocodrilos, cuevas; trampas mortales para el descuidado. A menos que uno quisiera cazar un cocodrilo o una serpiente, el Pantano no ofrecía nada de interés para los amantes de la caza, como él. Empero, desde hacía días venía oyendo raros rumores acerca de una extraña criatura. Marcio quería averiguar qué tanta verdad y qué tanta ficción había en todo ello.
No eran muchos los que osaban aventurarse en el Pantano. Y la mayoría de esos osados, eran jóvenes inexpertos que creían que internándose en ese peligroso lugar, en compañía de uno o varios amigos, demostraban lo valientes que eran, cuando solo era una muestra más de su insensatez y de su estupidez. Sin embargo, varios de esos jóvenes, últimamente habían bombardeado el pueblo con rumores acerca de un ente que habitaba en el Pantano. Las versiones iban desde un humano, pasando por un semihumano, hasta llegar a un monstruo pesadillesco, fruto, seguramente, de la imaginación sin límites de los jóvenes. Fuese lo que fuese, había algo en lo que coincidían casi todos los rumores: había un extraño rondando por el Pantano. Marcio no creía que se tratase de un monstruo, no existían los monstruos simplemente, pero lo curiosidad y la ociosidad de su casa lo habían motivado a ir a echar un vistazo. Y si se trataba de algo o alguien peligroso, se acompañaba de Ricky y su poderosa escopeta.
Discurrió toda una hora mientras cruzaba la Llanura, el sol había recorrido la mitad de su ascenso hacia el cenit. Para cazar algo, había que hacerlo de noche, pero ese día no iba de cacería, para la tarde quería estar de regreso en su casa. Caminó bajo el ardiente sol y bajo la sombra de jóvenes alisos, bordeó suaves y majestuosas colinas y cruzó un riachuelo cuyo punto más profundo le mojó hasta las rodillas. No vio ningún animal, excepto pájaros y una ardilla, pero ninguno que mereciese especial atención. Tampoco se encontró con más hombres.
Poco a poco la Llanura fue cediendo ante el Pantano. El suelo firme pasó a convertirse en tierra húmeda y lodosa, y después en fango. Marcio se detuvo un momento y se quedó observando todo a su alrededor. Estaba rodeado de agua sucia, maleza, algunos árboles que podían vivir en un ambiente como aquel, y… la nada; estaba rodeado de la nada. Suspiró. ¿Pero qué esperaba? El Pantano siempre había estado rodeado de nada. Para otros podía tener su atractivo las charcas, las arenas movedizas, los escondrijos de serpientes y alimañas, los cocodrilos, pero para él no. Volvió a suspirar. De todas maneras él no iba a disfrutar del paisaje. Lo que Marcio quería averiguar era si había algún extraño rondando por ahí, nada más.
Con mucho tiento empezó a adentrarse en aquel inhóspito lugar, Ricky lo seguía a corta distancia.
—Siempre atento, muchacho —le dijo.

21 de junio de 2014

La Cabaña del Monstruo

Se trataba de un bosque antiguo, de árboles grandes, viejos y azarosos. El follaje, a por lo menos treinta metros del suelo, formaba una techumbre tupida que apenas dejaba pasar unos cuantos rayos del sol, por lo que el suelo se encontraba ocupado únicamente por gruesas capas de hojas muertas, húmedas y resecas. Además, el ambiente era algo tétrico, como si una fuerza incorpórea lo vigilara todo desde lo alto. Desde luego, sentirse vigilado por algo extraño y superior no es algo halagüeño, menos si se está solo en un bosque como aquél.
Meyer aún no se explicaba cómo había terminado allí. En un momento dado caminaba junto al grupo de turistas, y al momento siguiente, tras detenerse para fotografiar un par de ardillas que correteaba en las ramas de un árbol, se encontró sólo, en medio del bosque. Por supuesto, no había sido transportado mágicamente hasta allí, hasta ese bosque. Aún se encontraba en el mismo bosque por el cual transitaba, inclusive aún oía los murmullos de las voces de sus compañeros, y a su espalda, podía percibir el rumor del río que seguía inexorable hacia el mar. Pero tras perseguir el ruido de las voces, saliéndose del recorrido marcado en el mapa, se encontró allí, en el bosque de los gigantescos árboles, muy diferente al de hacía unos momentos.
Se trataba de otro bosque sin duda alguna, y de uno muy peculiar. Se preguntó por qué sus amigos, cuando le propusieron que fuera un día a ese sitio turístico, para respirar aire puro y ver diversas clases de animales en su entorno natural, no le hablaron de aquel bosque y de los animales que allí vivían. Aunque de momento aún no había atisbado fauna alguna, pero su nerviosa mente los pintaba como entes sobrenaturales y metamorfoseados.
Al principio no sintió temor. Aún escuchaba el murmullo de las voces de los demás delante de él. Aún no los había alcanzado porque se detenía continuamente para fotografiar el lugar. Pero decidió que lo mejor sería alcanzarlos, así que guardó la cámara en su estuché y caminó con premura hacia el rumor de voces. Media hora después, el rumor aún se oía distante, lo que era muy raro, ya que durante los últimos diez minutos había corrido. Sin embargo, no había logrado recortar distancias. Aquello se estaba tornando muy raro.
Fue a partir de ese momento que empezó a sentir cierto temor, que el paso de los minutos fue convirtiendo en miedo. De alguna manera se supo solo en aquel bosque extraño, oscuro, sobrenatural. Pensó en continuar en persecución de las voces, pero algo en su interior le dictaba que no sería lo más sensato, podría nunca alcanzarlas y perderse en aquel bosque tan… ominoso. Lo más sensato sería regresar. No obstante, aunque el lugar resultaba tétrico y hacía erizar la piel, creyó conveniente tomar unas cuantas fotografías más, para luego mostrárselas a sus amigos y le explicaran qué bosque era aquél.
Tomó fotografías de árboles de gruesos troncos y tupidos ramajes. Fotografió la alfombra de hojas resecas y musgo que cubría el suelo. También fotografió el techo de hojas que se formaba treinta metros sobre su cabeza. Deseó fervientemente ver aparecer algún miembro de la fauna de aquel lugar, pero todo parecía desierto y carente de vida. Por último fotografió la pequeña cabaña que había en un pequeño claro… El corazón le dio un respingo: ¿una cabaña? Si alguien le preguntaba si había visto esa cabaña cinco segundos antes, su respuesta sería un rotundo «no».

18 de junio de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulos Finales

Capítulo: 21
Batalla en el Bosque Oscuro

Una oleada de terror atacó a Max cuando en el horizonte apareció la horrorosa imagen del bosque oscuro. En medio de éste, elevada tenebrosamente se encontraba la montaña oscura, en derredor de la cual, las nubes negras seguían montando guardia. El bosque oscuro apareció ante ellos cubierta de una niebla densa, Max no recordaba haberlo visto así anteriormente. La noche se avecinaba ineludible, no pasaría ni siquiera media hora para que el disco de cobre, en que se había convertido el sol, bajara hasta desaparecer de la vista.
Hacía unas dos horas que habían salido de la residencia de Félix. El viaje se tornó largo y monótono. Félix volaba a tal velocidad que Max no se sorprendió que el fénix recorriera en dos horas lo que ellos habían tardado dos días en cubrir. El corazón de Max latía desbocado cuando vio aparecer en el horizonte la imagen del bosque oscuro y una solitaria gota de sudor resbaló por su mejilla derecha. La velocidad del vuelo se redujo, incluso pensó que en cualquier momento Félix cambiaría de dirección para regresar, pero nada de eso sucedió.
Instantes después de vislumbrado el bosque oscuro, ya volaban sobre éste. Sintió el impulso de desenfundar su espada por si aparecía Fernal, menos mal que se contuvo sino habría salido disparado de la espalda del fénix. Lo que sí hizo fue aguzar la vista y mantenerse alerta.
—No se pongan nerviosos, niños. Mantengan la calma y verán que todo sale bien —trató de confortar Félix, intuyendo el creciente nerviosismo en los chicos.
La montaña se veía cada vez más cerca, más tenebrosa, más negra, más tétrica, pero Max trataba de no pensar demasiado en ese hecho y centralizaba sus pensamientos en un solo objetivo, ese objetivo era recuperar la cinta mágica de Félix.
Hacía rato, cuando volaban aún sin vislumbrar la montaña oscura, había reparado en dónde podía tener Fernal la cinta mágica de Félix. Cuando le preguntó al fénix al respecto, éste le había dicho que esa cinta debía estar ceñida en el corazón de Fernal. Para quitársela tendrían que luchar y dejarlo por lo menos inconsciente para poder actuar. También dijo que él no tendría ningún problema para sacar dicha veta mágica, siempre y cuando se le presentase la oportunidad. Aquello eliminó la esperanza de Max de entrar como furtivos a la cueva de Fernal y buscar entre sus pertenencias la cinta de los polvos mágicos.
Por fin se encontraron frente a la montaña oscura. El nerviosismo de Max se acrecentó, aunque trató de mantenerse sereno, con la mente fija en su objetivo, pero sus esfuerzos eran casi fútiles. Podía sentir en sus huesos el frío imperante en el lugar, la neblina cubría todo como si de un manto se tratase, y aunque el sol aún se apreciaba completo en el horizonte, la claridad era tenue.
Félix aterrizó justo al pie de la montaña. Max pensó que aquella montaña era la más grande que en su vida había visto, no era como la que habitaba Félix, sino que se erguía casi verticalmente, y la vegetación era más bien inexistente.
—¿Creen que esté en casa? —se atrevió a preguntar Jennifer en un susurro.
—No, claro que no está —respondió Félix—. De estarlo ya habríamos sufrido sus ataques, pero no tardará en aparecer, seguramente ya sintió la presencia de intrusos en sus tierras.
Mientras descendían de la espalda de Félix, Max seguía con la vista fija en la gigantesca montaña, estaba seguro que ningún hombre lograría escalar aquello, no sin ayuda de arneses o cualquier otra herramienta para propósitos afines.
Apenas un minuto después de aterrizar al pie de la montaña, a lo lejos se escuchó un ruido aterrador, el mismo chillido que varias veces escuchó hace dos noches cuando era prisionero de los gnomos, no le cupo duda de que se trataba de Fernal. En el horizonte, viniendo del oeste, se acercaba una mota negra a una velocidad vertiginosa.
—¡Ya viene! —exclamó Félix entornando sus ojillos para ver la sombra que se movía directamente hacia ellos—. ¡Prepárense! Y si tienen oportunidad de dar un golpe, procuren darlo en el corazón.
Max, con el corazón en puño, asintió y desenfundó su espada.
Un minuto después, Fernal, el fénix negro, ya estaba a escaso medio kilómetro de ellos. Cuando estuvo realmente cerca, agitó sus alas y una gran ráfaga de viento agitó los árboles, Max sintió que salía volando hacia atrás, pero Félix se colocó en frente de ellos a modo de escudo. Con aquel aleteo Fernal logró detenerse justo enfrente de ellos.

11 de junio de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 20

El Fénix Dorado

—Sabes muy bien que no me gusta que traigas visitas, Óscar —espetó la mítica ave—. Mejor regresa por donde entraste y llévate a tus amigos.
Max notó tristeza y derrota en la voz de aquel maravilloso ser. Por la voz cualquiera juraría que estaba enferma, no obstante, ellos sabían que la única enfermedad que tenía era tristeza.
—No nos podemos ir, señor —dijo Max con deferencia.
—¿Qué dices? —increpó el fénix. Estaba parado a pocos metros frente a ellos, y su porte casi era el doble del tamaño de Max.
—No nos vamos a ir —repitió Max, haciendo acopio de coraje—. Hemos venido desde muy lejos para verlo. Necesitamos su ayuda.
—¿Mi ayuda? —de pronto su voz se quebró—. Nadie puede desear mi ayuda, no ahora que me es imposible ayudar a alguien. Me quitaron lo único que hacía que los demás me quisieran, ahora todos me ven como un simple pajarraco. Sin mis polvos dorados de fénix no soy nadie, ahora solamente soy un ave, simple y sencilla.
—¡Señor! No diga eso —suplicó Óscar—. Usted sabe que todos aquí lo apreciamos y lo vemos como el más grande fénix que jamás haya existido. Nosotros también lo necesitamos.
—Solamente son ustedes, mi querido Óscar.
—Claro que no —dijo Max, más exaltado de lo que pretendía estar—. Viajé por siete días para llegar acá, pasé por muchas desventuras y sorteé infinidad de obstáculos, pero todo lo hice para ver en persona al rey de los cielos, al fénix dorado, ese que dicen que ayuda a quien de él necesite. Yo lo necesito, sus súbditos lo necesitan, el mundo allá fuera lo necesita —se sorprendió que pudiera hablar con tanta vehemencia—. Durante mi viaje —continuó—, escuché mucho sobre usted, todos lo admiran y se preguntan qué ha pasado con la gran ave dorada, al tiempo que rezan para verlo nuevamente surcar los cielos.
Después de sus palabras se hizo un largo silencio. Max supo que el fénix estaba sopesando lo que él había pronunciado.
—¿No estás mintiendo muchacho? —inquirió el fénix.
—Claro que no —se limitó a responder Max, sin comprender enteramente la pregunta.
—¿En serio todavía me admiran allá afuera y rezan por mí? —Max vislumbró un brillo en los ojos del fénix que hasta ese momento no había mostrado. Para ser un ave legendaria y sabia se comportaba, en aquellos momentos, más como un chiquillo que como lo que era.
—Sí, sí. Aún lo admiran —enfatizó Max—. Y lo admirarán siempre, con o sin sus polvos mágicos. Para pagar esa fidelidad podría intentar recuperar lo que le pertenece y ayudar a reparar lo que el ave negra ha destruido.
No dijo nada más. Dejó que la mítica ave sopesara sus palabras. En aquellos momentos el silencio podría ser mejor que cualquier otra cosa que pudiera decir.
—Pero no tendré mis polvos durante mucho tiempo —confesó meditabundo el fénix—. Nunca me había pasado esto, tengo entendido que la raíz que provee a los de mi especie de sus polvos mágicos tarda años en crecer, incluso décadas. No hay forma de que pueda ayudar a nadie…

6 de junio de 2014

El Naufragio

—¡Steve —me gritó Bryan, quien tenía una pierna en la cubierta del barco y otra en el bote que debía salvarnos—, date prisa!
Bryan era mi amigo y compañero de cuarto. Si estaba ya en el bote fue porque él sintió el fuerte oleaje cinco segundos antes que yo y, en lugar de despertarme, salió corriendo a cubierta para averiguar qué sucedía; desde luego no se lo puedo reprochar, él no sabía que tan mal estaban las cosas. Cuando yo desperté a causa de los retumbos provocados por las fuertes olas, Bryan ya no estaba. Descalzo, en pantalones de tela y camisa de mangas cortas, corrí apresuradamente a la cubierta. Lo que percibí me aterró profundamente. La lluvia caía torrencialmente y el viento sacudía la nave como uno movería una pluma con el aliento. Pero entonces vi algo que me aterró aún más si cabe, se trataba de una ola de al menos cincuenta metros de altura, que corría a una velocidad brutal hacia nosotros.
—¡Oh Dios mío! —me oí musitar.
Bryan estaba a pocos pasos de mí y también miraba con rostro demudado la gigantesca ola, algo que ni él ni yo habíamos visto en nuestras vidas. Sorprendentemente éramos los únicos en la cubierta.
—¡Tenemos que avisar al capitán y al resto de la tripulación! —le grité. A pesar de estar a escasos pasos había que gritar a causa de lo ensordecedora que era la tormenta.
—¿Estás loco? —me replicó— No hay tiempo ¡Esa ola nos hundirá en cuestión de segundos! ¡Hay que tomar un bote y tratar de salvar la vida!
Me quedé como de piedra durante unos momentos. Lo que mi amigo proponía era dejar que la tripulación muriera bajo aquella gigantesca ola. Era algo inhumano, a mi modo de pensar. No podíamos tomar un bote e irnos nada más, ¿o sí? La cuestión era que si entraba a las entrañas del barco para alertar a la tripulación, lo más probable era que ya no volviese a salir. La gigantesca ola avanzaba a velocidad de embestida hacia nosotros.
—¡Steve, date prisa! —gritó Bryan nuevamente. De alguna manera había soltado las amarras de un bote, el cual ahora pendía al nivel de la cubierta. Lo mantenía allí gracias a un ímprobo esfuerzo y a dos cuerdas que pasaban por unas poleas y que él retenía con sus brazos.
Pensé en rehusarme, dar media vuelta y regresar por donde había salido para alertar al resto de la tripulación (no me explico cómo aún no se habían percatado del pandemónium que se avecinaba), pero la cada vez más cercana ola me disuadió y eche a correr hacia el bote. Cogí una de las cuerdas que sujetaba mi amigo, y, en simultáneo, saltamos al bote y dejamos correr las cuerdas en las poleas hasta que chocamos con las aguas saladas del mar. Intentamos remar para alejarnos del barco (también de la gigantesca ola), pero nuestro esfuerzo fue infructuoso, de manera que nos dejamos arrastrar por la marea preocupándonos ya solamente por mantenernos sobre el bote que se agitaba como… como… bueno, como un bote en una tempestad.
Cuando la gigantesca ola alcanzó al barco, milagrosamente Bryan y yo nos encontrábamos a unos cien metros de él. Lo que sucedió a continuación aún me estremece y me hace dudar de mi propia cordura. La enorme ola se detuvo junto al barco, haciéndolo apenas zozobrar, y de ella emergió un calamar gigantesco, de cincuenta o cien metros de altura. Los tentáculos del monstruo envolvieron al barco y lo arrastraron hacia las profundidades del mar. La enorme ola había sido solamente producto del desplazamiento de aquella gigantesca criatura.
Bryan y yo estábamos completamente pasmados.    

3 de junio de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 19

Un Mundo Antes Mágico

Aquella noche no fue la mejor de Max, tuvo un sueño agitado y no logró conciliar el sueño de la forma que a él le habría apetecido. Varios sueños y pesadillas lo acosaron, la mayoría de ellos tenían que ver con su abuelo, con el fénix dorado o con el fénix negro. En el transcurso de la noche despertó agitado varias veces, sólo para darse cuenta que todo había sido un sueño, entonces se volvía a recostar para sumergirse en un sueño intranquilo.
Cuando Max despertó, el sol aún no se veía en el horizonte, pero la claridad reinante indicaba que aquel día iba a ser muy soleado. Medio adormitado agitó a Jennifer para despertarla. Perezosos recogieron la tienda de campaña.
Cuando iniciaron la marcha, el sol apenas estaba saliendo. Max no quería perder tiempo, el tiempo se terminaba y con él la vida de su abuelo. El pensar en aquello lo hacía sentirse triste, y una sensación de impotencia ahondaba en su ser.
Después de un par de horas de caminata se detuvieron a comer, aún tenían comida suficiente para unos dos días, no así agua por lo que convinieron racionarla, ya que no sabían cuándo podrían volver a rellenarlas.
Max no sabía si sentirse tranquilo o tener miedo, pero a partir de allí la vida silvestre empezada a cobrar fuerza. Las aves piaban por doquier y en una ocasión habían divisado un conejo, el cual, por más que lo llamaron para hablar con él, se perdió entre los arbustos. Incluso habían visto una serpiente, aunque no tan grande como la que se habían encontrado el primer día de viaje. El sol iluminaba esplendorosamente el bosque, cuyos ramajes no eran tan tupidos, lo cual permitía que los rayos del sol alcanzaran el suelo. También se habían encontrado con dos manzanos, desafortunadamente ninguno tenía frutos, las aves se habían encargado de ello. Todo indicaba que el terror del fénix negro aún no había alcanzado aquella zona.
Mientras caminaban en el bosque se encontraron con una manada de venados, el corazón de Max dio un vuelco pues a punto estuvo de creer que se trataban de los mismos a los que les había arrebatado un hijo, pero éstos se comportaron como si nunca hubieran visto un humano y siguieron comiendo hierba sin dar importancia a los chicos
Max decidió preguntar a los venados acerca del fénix dorado.