Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

28 de mayo de 2014

La Leyenda del Conde

La leyenda del conde Jeremy Rollins es muy popular en todo el pueblo, en el cual vivió, y en las comarcas circunvecinas. Aunque quizá sería más acertado decir «las leyendas», ya que con el transcurso de los lustros desde su fallecimiento, hace un siglo, la leyenda se fue transformando con el boca a boca en varias, y no solo una. Como naturalmente ocurre, por supuesto.
Sobre el conde Jeremy Rollins se habló mucho, se habla aún todavía y se seguirá hablando, probablemente, hasta el fin de los tiempos. Pero, ¿quién era el conde Jeremy Rollins? Bien, según la tradición popular Jeremy Rollins fue el último sobreviviente de la otrora excelsa, y ahora extinta, dinastía Rollins, que regentó en nombre del Rey durante quinientos años el pueblo y las aldeas esparcidas alrededor de éste. ¿Cómo era Jeremy Rollins? Siendo honesto he de admitir que es harto difícil dilucidar la verdad de la fantasía. De cualquier manera referiré algunos aspectos del conde que aún hoy en día se comentan de él y dejo al lector la opción de aceptar alguno como real o tomar todo como simple fantasía.
Muchos creen que el conde fue un alma noble, pío y carismático. Se dice que despilfarró su fortuna en actos benignos y caritativos, no entiendo como a eso se le puede llamar despilfarrar, y que ayudaba a cualquiera, incluso a aquellos que parecían no precisar ayuda. Desde hace poco más de un siglo el pueblo cuenta con una casa hogar para niños huérfanos y un asilo para ancianos, es normal que los que piensan en el conde Jeremy Rollins como alguien bueno crean que fue el fundador de ambos centros. Estas personas creen que fue por su excepcional bondad que tras morir, muy joven pues solo contaba con treinta años de edad, se llenó su ataúd con una fortuna en oro, joyas y piedras preciosas. 
Otros piensan en él como alguien cruel, maligno y despiadado. Se achacan a su autoría infinidad de crímenes y maldades a cual más increíbles y terroríficas con el paso de los años. Se dice que siendo niño asesinó a su perrito, o su gatito, o su canario, o su lagartija, dependiendo de quién lo cuente. Más tarde, cuando estaba en la adolescencia, se dice que violó a su hermana menor y después la asesinó y la arrojó al río para que no contara lo que había hecho. Y solo unos años más tarde, cuando entró a la mayoría de edad, asesinó a sus padres para heredar antes de tiempo. A partir del momento en qué heredó las tierras y la fortuna Rollins, se cuenta que asesinó y torturó a infinidad de personas, violó a muchas muchachas, incluso muchachos… En fin, la lista de fechorías es tan larga que serían necesarias muchas páginas para mencionarlas todas. Por último, se dice que los pobladores, hartos de él, y que el Rey no hacía nada para detenerlo, lo asesinaron de forma brutal, sepultándolo con todo el oro, joyas y piedras preciosas que poseía, no se quedaron con nada, ya que corría el rumor de que todo lo que pertenecía al conde estaba maldito.
Desde luego, estas dos versiones son sólo los extremos de lo que se cuenta del conde Jeremy Rollins. Hay quienes rumorean que era un brujo, y que había puesto un hechizo sobre su oro, de manera que cuando muriera debían enterrarlo con él, de lo contrario se desataría una maldición sobre el pueblo. También circula la versión en la que es poseído por un demonio. Otros cuentan que era un aventurero y cazador nato, y que un oso lo descuartizó en una de sus cacerías.
En fin, creo que ha quedado claro que a ciencia cierta no se sabe mucho sobre el conde Jeremy Rollins. No obstante, hay un punto en que casi todas las historias concuerdan: el conde murió a los treinta años y fue sepultado con todo su oro, joyas y piedras preciosas. Estos puntos son tan reiterativos que es posible que sean ciertos.
Y aquí es donde entran nuestros protagonistas: Larry Collins y Jimmy Collins. Ambos eran primos y de alguna forma se convencieron de que eran parientes lejanos del fallecido conde Jeremy Rollins; por la semejanza en los apellidos, se entiende. Bien, pues creyéndose parientes del difunto (me es imposible asegurar si lo son o no), ambos jóvenes (Larry tiene diecisiete y Jimmy dieciséis) decidieron profanar la tumba del conde, para apoderarse del oro y las joyas que por derecho de familia les corresponde.
Respecto a este último apartado, también se ha hablado mucho en el pueblo. Al menos en esto la gente parece coincidir un poco más. Muchos han entrado a la tumba del conde Jeremy Rollins, se dice, mas nadie ha logrado su objetivo. Algunos de los que lo han entrado nunca han vuelto a salir, otros han regresado hablando discrepancias sobre demonios y espíritus malignos (sin nada de oro), para terminar después en el manicomio, otros han regresado en apariencia sanos (sin oro, joyas o piedras preciosas), pero después desaparecen o mueren de forma misteriosa.
Por supuesto que estas historias no infundieron miedo o desanimo en nuestros protagonistas. Todo lo contrario, les insufló coraje y la perspectiva de un regreso triunfante allí donde muchos lo habían intentado pero donde nadie había vencido. Después de todo, sus predecesores no eran parientes del conde como ellos.  
De manera que un buen día, soleado y con refrescante brisa, Larry y Jimmy se reunieron bajo un abeto, a escasos cien metros de la colina donde estaba el sepulcro del conde. Se saludaron, se transmitieron palabras y gestos de ánimo, y a continuación se encaminaron hacia el sepulcro.
La tumba era una cueva excavada en la ladera de la montaña y puertas dobles de hierro cubrían la entrada. Las puertas habrían sido un problema a la hora de entrar, si hubieran tenido cadenas o algún seguro que impidiera traspasarlas, por supuesto.
Larry y Jimmy se acercaron hasta la entrada un tanto ansiosos. Conforme se acercaban no dejaron de percibir un cambio en el ambiente, de alguna forma éste se había vuelto quejumbroso y ominoso. Larry pensó que se debía a que, después de todo, aquello era un cementerio. Jimmy sencillamente lo atribuyó a su imaginación. Ya frente a la entrada del sepulcro, utilizaron los hierros que llevaron para mover una de las enormes puertas (aunque no tenían candados eran muy pesadas y la herrumbre dificultaba aún más su desplazamiento) y se encontraron frente a una enorme cueva (quizá más grande que una casa) en penumbras. La lámpara de aceite que llevaban era muy potente, aún así, después de encenderla, la luz no alcanzaba todos los rincones de la cueva.
—Mira, está allí —señaló Jimmy.
—La veo —asintió Larry.
En el centro de la caverna había una mesa de piedra, y sobre ésta, un ataúd grande, pesado. Líneas doradas trazaban bellas figuras en sus lados y los bordes eran de oro.
—Vamos —dijo Larry.
Después de trasponer el umbral, un aire gélido los envolvió y, suponían, la llama de la lámpara se habría apagado de no ser por los cristales. La sensación ominosa se acentúo un poco más y por un instante, casi temieron que la puerta se cerrara de golpe tras sus espaldas. No obstante todo siguió tranquilo. Cuando al primer paso que dieron para llegar al ataúd, un murciélago descendió del techo, ambos se llevaron tremendos sustos que por poco se les para el corazón.
Llegaron hasta el ataúd, conteniendo la respiración. Sombras oscuras, abultadas o alargadas, parecían acechar desde la oscuridad, allí donde la luz de la lámpara no lograba iluminar. Se miraron, asintieron, y, conjuntamente, deslizaron la tapa del portentoso ataúd. La tapa se deslizó con suavidad, apenas con un leve chirrido. Mientras lo hacían el aire se volvió más pesado, más gélido, más sofocante, pero parecieron no notarlo. Lo primero que lograron ver fue un montón de oro, eso los envalentonó y de un sólo empujón terminaron de correr la tapa. Ésta cayó al piso con un ruido sordo. Como respuesta, un ruido, como el de un ronquido, salió de alguna parte y flotó en la caverna hasta desaparecer. Ante esto Larry y Jimmy, instintivamente se acercaron para protegerse, por un instante llegaron a creer que en efecto la cueva esta maldita. Pero al no ocurrir nada más, se asomaron al ataúd para ver a su interior.
Ambos jóvenes se quedaron estupefactos. El sarcófago efectivamente estaba repleto de un cuantioso tesoro. Había cadenas, collares de perlas, pulseras, anillos con rubíes del tamaño de huevos de paloma, coronas, utensilios de plata, esmeraldas, diamantes… todo el ataúd estaba repleto de riquezas de valor incalculable. Tanto así que el cuerpo del conde Jeremy Rollins ni siquiera era visible, excepto el rostro. Y era el rostro lo que los dejó estupefactos, no el oro, ni las joyas, ni las piedras preciosas, sino el rostro. El rostro del conde Jeremy Rollins estaba perfectamente conservado a pesar de haber transcurrido un siglo desde su muerte, tenía la piel tersa y pálida, casi blanca.
—¿Qué significa esto? —inquirió Larry, con los ojos prendidos en el pálido rostro del conde.
El ruido, como un ronquido, volvió a escucharse y el conde abrió los ojos, azules como bloques de hielo. Larry y Jimmy se asustaron, iban a gritar y a correr, pero estaban inmóviles, sus ojos fijos en los del conde.
Jeremy Rollins salió de su ataúd, con parsimonia. Acercó su boca a la de Larry Collins y le sorbió la mitad del alma, luego la escupió en la caverna para que formara parte de los espíritus y demonios que allí tenían su morada. Después fue el turno de Jimmy Collins, sorbió la mitad de su alma y la escupió a la caverna. Por último los hizo salir de su dominio y los devolvió al mundo de afuera. Se sabe con certeza que Larry y Jimmy Collins ahora son miembros permanentes del manicomio del pueblo.


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