Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

17 de mayo de 2014

La Historia de un Leñador

Era un hombre muy trabajador. Me refiero al vecino de mi amigo. Mi amigo se llamaba Leonardo y vivía en el extremo oriental del pueblo, junto a su esposa y una pequeña hija de siete años. Tenía vecinos enfrente, atrás y a ambos lado de la casa. Sin embargo, sobre quien quiero contarles es sobre el tipo que vivía a la izquierda de su casa. No digo que era su amigo, porque este vecino andaba muy escaso de esos, y Leonardo no era uno de ellos.
Se llamaba Raúl, tenía cuarenta años, una esposa de más o menos su edad y tres hijos, un joven de diecisiete y dos niñas de trece y ocho años. Tenía una bonita casa, muy bonita si he de ser sincero, ya que tuve la oportunidad de apreciarla durante las incontables veces que fui a casa de mi amigo Leonardo. Tenían dos autos y una motocicleta, un jardín precioso y una piscina que era la envidia de todo el barrio.
Pero había algo que no encajaba con el ambiente de prosperidad que a simple vista parecía disfrutar esa familia. Bueno, la primera es que no parecían muy felices, y la segunda es que Raúl no era más que un leñador y su auge económico había dado inicio tres años atrás. Para daros un ejemplo: mi amigo Leonardo era gerente de un banco, y su casa no era la gran cosa. Entonces, ¿cómo es que un leñador de pronto se convertía en alguien económicamente pujante? Muchos se han hecho la misma pregunta, las respuestas no han sido tantas, ni muy esclarecedoras.
Lo cierto es que hace tres años Raúl derribó su vieja casa, de madera y láminas herrumbradas, y mandó a construir una hermosa casa. Poco después vinieron los autos, la moto, los muebles caros, la televisión de cuarenta y dos pulgadas y por último la piscina. Raro, ¿no? Aún más raro es que después de todo ello el hombre siguiera siendo leñador. Sí, es cierto. En un par de ocasiones yo lo vi con un hacha al hombro dirigirse al bosque.
Después de un tiempo, creo que llegué a una respuesta bastante satisfactoria acerca del auge económico de éste leñador. Sucedió no hace mucho tiempo. Sin embargo, creo que llevaré el relato de forma cronológica.
Nos reunimos en el porche de la casa de mi amigo. Nos acompañaba también otro amigo, de nombre Rolando. Nos estábamos tomando unos tragos a la vez que jugábamos cartas, solo para pasar el rato, ya que Leonardo no era amigo de las apuestas. Era la hora del crepúsculo cuando vimos a Raúl pasar frente a nosotros, con un mohín en los labios, hacia su casa. Iba como alma que lleva el diablo. Por supuesto, la carga de leña sobre sus hombros debería influir de algún modo.
—¿Me pregunto cómo lo hace? —preguntó con aire distraído Rolando.
—¿Qué cosa? —inquirí yo.
—Ser leñador y tener una casa como esa por ejemplo, Miguel —respondió Rolando.
—A lo mejor encontró algo de valor en esos bosques donde tala la leña —comentó Leonardo, aunque no muy convencido.
—O bien algún pariente lejano le heredó una importante suma de dinero —agregué yo.
—Yo más bien creo que tiene un pacto con el diablo —comentó despreocupadamente Rolando.
Ambos lo miramos extrañados. Bueno, es que, el tiempo en que se creía en esas cosas ya quedó en el pasado.
En cuanto Raúl entró a su casa desapareciendo de nuestras vistas, también salió de nuestra conversación. Continuamos jugando, charlando y tomando unas copas.
Un poco más tarde, cuando era noche cerrada y una media luna trataba fútilmente de traspasar la gruesa cortina de nubes oscuras que la asediaban, oímos un grito desgarrador hendir la quietud de la noche. Los tres amigos estábamos tan embebidos en una mano de cartas que el grito nos sobresaltó y nos puso los pelos de punta, a mí al que más.
—¿Qué demonios fue eso? —balbució Rolando.
—No lo tengo claro, pero creo que vino de… —Encontrábame a punto de señalar la casa de Raúl cuando el grito aterrador volvió a hendir el aire, seguido de una sola sílaba, grave, profunda, interminable, atormentada:
—¡Nooooooooooo!
—Es en casa de Raúl —dijo Leonardo.
Los gritos se sucedieron a pequeños intervalos, cada uno más débil que el anterior. Después vinieron chillidos más agudos. Luego el llanto. Y por último la risa, una risa gélida, cortante, diabólica, capaz de erizar los vellos del más valiente.
—¿Qué está sucediendo? —preguntó Rolando.
Yo también quería saberlo.
—Venga, vamos a ver —invité. Mis amigos se miraron un instante antes de asentir. Cuando llegamos a la puerta de la casa vecina llamé con los nudillos a la vez que preguntaba—: ¿Está bien todo aquí? ¿Necesitáis algo de ayuda?
Por unos momentos creí que no me habían escuchado o que no atenderían, pero luego una niña abrió la puerta. Se trataba de la hija menor del matrimonio, su rostro acongojado y surcado de lágrimas me provocó deseos de sólo abrazarla.
—¿Estás bien, pequeña? —le pregunté, arrodillándome para estar a su altura— ¿Están todos bien aquí?
La niña negó con la cabeza. Después de sorberse los mocos pudo hablar.
—Mamá murió —dijo—. Un monstruo la mató. Querían a papá pero él se negó a acompañarlo. Entonces el monstruo le pidió algo a cambió y papá le ofreció a mamá.
Yo hice ademán de entrar a la casa, pero el brazo de Leonardo me detuvo.
—No —me dijo—. ¿No te das cuenta? En esta casa todos están locos, incluso la niña. Lo mejor es no entrometernos donde nadie nos ha llamado. Si de verdad ha muerto alguien déjalo a la policía.
Quería entrar, saber lo que había pasado, sin embargo, Leonardo no dejaba de tener un grado de razón. De manera que terminé asintiendo.
—Pronto vendrá ayuda —le dije a la niña, a modo de despedida.
Al siguiente día me enteré que efectivamente la madre de aquella niña había muerto, asesinada brutalmente. El único sospechoso era el marido, pero de alguna manera ni fue a la cárcel ni pagó multa alguna. Era como si el asesinato no se hubiese cometido, o el culpable no existiese.
Con el pasar de los meses llegué a olvidar aquella noche, no obstante, la risa maléfica aún resonaba en algún recoveco de mi mente. Seguí visitando de vez en cuando a Leonardo, a veces solo y en otras ocasiones en compañía de Rolando. Raúl seguía siendo leñador, y cada día parecía tener más dinero, ya que unos seis meses después de la muerte de su esposa hasta pudo comprarse un bote, que casi era yate, para navegar por el río que había a un costado del pueblo. Sin embargo, el ambiente en esa casa era cuando menos, nefasto.
Un año después de la muerte de la esposa de Raúl, nos reunimos nuevamente los tres amigos en casa de Leonardo. Esa vez ocupamos la sala, ya que la esposa de nuestro anfitrión y su hija se encontraban ausentes. Tomamos cerveza, y cuando se nos terminó, dimos cuenta de una botella de whisky. Cerca de la medianoche dejé a mis amigos medio adormilados en el sofá y yo salí para refrescarme un rato y despejar mi mente con la fresca brisa de la noche.
Paseábame en el jardín cuando vi la sombra negra meterse por la chimenea de la casa de Raúl. De algún modo supe que aquello no era normal y que algo importante iba a ocurrir. De manera que salté la valla que dividía ambos predios, y me asomé a una de las ventanas de la casa vecina.
Raúl, grande, tosco, se encontraba sentado en un sofá de la más fina estofa y en su mano tenía una copa de vino. Por su rostro congestionado solo era posible deducir que estaba borracho. No obstante, el ente de pie junto a la chimenea era quien verdaderamente me aterrorizaba y llamaba mi atención. Era una sombra, flotante, sin forma consistente, lo único notable en ella era unos ojillos rojos y una boca negra. Comprenderán entonces por qué me llamaba tanto la atención, ¿desde cuándo las sombras flotan y tienen ojos y boca? Y no era producto de mi propio estado de ebriedad.
—Así que ya pasó un año —estaba diciendo Raúl— y vienes nuevamente por mí. De haber sabido que todo tu cochino dinero me haría tan infeliz jamás habría aceptado tú propuesta, maldito… Además me has hecho trabajar como un asno…
—Pero la aceptasteis —la voz de la sombra era grave, tétrica, escalofriante—. Tres años con dinero y sin hambre fue lo que pedisteis, tres años te di, el resto es añadidura. Hace un año ofrecisteis a tú esposa por una prorroga, ¿ofreceréis algo más ahora?
—¿Quieres que te de uno de mis hijos? —la voz de Raúl temblaba de rabia— ¿Para qué? Si dentro de un año vendrás nuevamente.
—¿Entonces vendrás conmigo?
—¿Pero dejarás a mis hijos en paz? ¿No les quitarás lo que poseo?
—Tienes mi palabra.
Raúl asintió.
Ante mi sorpresa, la sombra río terroríficamente y cubrió en oscuridad a Raúl. Un chillido agudo, aterrado, resonó en la casa. Era la pequeña que hacía un año me había abierto la puerta quien descendía las escaleras justo para ver a su padre desaparecer como por ensalmo.
Así que esa era la respuesta para la repentina prosperidad del leñador y su familia.



2 comentarios:

  1. ey a mi mee parecio muy buenoo ;) otro otro jaja att kary

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    1. Jaja. Gracias por tus palabras de aliento Kary. Siempre bienvenidas... gracias.

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