Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

1 de mayo de 2014

La Casa de la Bruja

Los cuatro amigos se tambaleaban por la adoquinada calle iluminada por antiguas farolas en medio de conversaciones ebrias, risas ahogadas y suaves pisadas en el silencio de la noche. Era la una de la madrugada y en un kilómetro a la redonda sería imposible encontrar un alma en pie aparte de ellos. Venían de la cantina de Don Orlando, y allá seguirían de no ser porque el oriundo señorón los mandó a dormir.
Después de charlar un rato sobre las cosas sin importancia que acostumbran discutir los borrachos, se pusieron a cantar un canción que haría enrojecer a una doncella; otra de las cosas inútiles que acostumbran hacer los borrachos. Entonaban muy alegremente la canción, muy desafinados por cierto, cuando un grito agudo, desalentador, hendió la soledad de la noche.
Los cuatro amigos se detuvieron, con más curiosidad que miedo. Fue hasta entonces que se dieron cuenta que estaban frente a la llamada Casa de la Bruja. Era una casa antigua, de estilo colonial, con amplios ventanales de vidrio y techo de adobe. La llamaban así porque se rumoreaba que allí vivía una bruja y que por eso, pese a estar bien ubicada en el pueblo, nadie había vivido allí desde hacía más de diez años.
—¿Escucharon lo mismo que yo? —preguntó Herber.
—Creo que sí —asintió Lucas.
—Era un grito, ¿verdad? —inquirió Juan.
—Un grito aterrador —matizó Martin.
Los cuatro amigos escudriñaron con sus borrosos ojos, pero nada vieron, y nada raro volvieron a escuchar. De pronto a Lucas se le ocurrió una idea para nada innovadora. 
—¡Una botella de aguardiente al que tenga valor de entrar! —apostó—. ¿Quién se atreve?
Herber, Juan y Martin se miraron durante largo rato. Una botella de aguardiente era un premio jugoso, pero las historias que corrían en torno a la Casa de la Bruja eran inquietantes, más teniendo en cuenta que era la una de la madrugada.
—Dos botellas —dijo Lucas.
Aquello decantó a un lado el asunto.
—Yo voy —dijeron Juan y Martin al unísono.
—Ganará el premio aquel que vaya solo —aclaró Lucas.
De manera que Juan y Martin jugaron a piedra, papel o tijera para decidir quién entraba a la vieja casa. Martin sacó papel, Juan tijera, así que le tocó al primero entrar a La Casa de la Bruja. Herber sacó su infaltable lámpara de mano y se la prestó después de consultar a Lucas si era válido por lo de la apuesta. Por último le palmearon la espalda y lo empujaron a la entrada de la casa.
Martin no sentía miedo ni nada que se le pareciera, al menos no todavía. Caminó sin rodeos hasta la puerta, exceptuando los pequeños pasos que daba hacia atrás y a los costados a causa de la borrachera, y empujó la vieja y maciza puerta con fuerza. Como era de suponer, la puerta estaba cerrada por dentro. Empujo de nuevo. Otra vez. Nada, la puerta seguía fija en su lugar. En lugar de dar media vuelta y olvidarse del asunto, se dirigió a una de las amplias ventanas y ayudado por una piedra de regular tamaño quebró el vidrio.
El interior era todo penumbras. La luz de las farolas de la calle llegaba tenuemente a través de las ventanas, dándole al lugar un aspecto ominoso, viejo, solo. Martin encendió la lámpara para poder ver mejor. Se encontraba en lo que parecía ser la sala. Había viejos sillones, mesas de madera, estantes y lámparas, alfombras de tonos opacos y retratos de personas que daban la impresión de llevar muertas mil años; todo lleno de polvo. La figura humana que vio al pie de las escaleras cuando paseó la luz de lámpara por allí lo hizo caer de culo. Un nuevo paseo de la luz por allí demostró que era solo una estatua. Respiró aliviado.
Deambuló largos minutos por los pasillos, sosteniéndose muchas veces en las paredes para no caer; la borrachera no había cedido ni un ápice. La casa además de vieja y polvorienta no mostraba indicios de que algo anduviera mal allí. Eso hasta que tras la puerta de una habitación escuchó suaves sollozos y gemidos suplicantes.  
Durante un minuto estuvo indeciso. No sabía si entrar y averiguar la causa de aquel suave llanto o girar sobre los talones y echarse a correr hacia la calle. Pensó en echar un vistazo. La puerta cedió con un leve crujido y empezó a abrirse con un agudo chirrido a medida que él la empujaba. Alumbró con la lámpara la habitación y la borrachera se disipó de un plumazo cuando la vio: una joven, con la ropa hecha jirones y sangre seca por doquier gimoteaba junto a la pared del fondo. Era retenida por negras y gruesas cadenas que parecían surgir de la misma pared. Cuando la chica alzó el rostro con las cuencas de los ojos vacías, Martin soltó un chillido agudo y aterrador y corrió como un poseso hasta la ventana por la que había entrado.
Sus amigos lo esperaban sentados en la acera.
—¿Qué tal todo allí? —preguntó Lucas.
Había considerado contar lo que había visto, pero tras un segundo de meditación, concluyó que quizá todo había sido a causa del miedo y el alcohol. De manera que se lo guardó para sí.
—Oscuro y polvoriento —dijo en lugar de lo otro—. Me parece que he ganado dos botellas de aguardiente.

٭٭٭٭٭٭٭
Cuando unos martillazos en la cabeza lo hicieron despertar, supo que la borrachera de anoche había sido de las buenas. Le dolía la cabeza y el cuerpo lo sentía tan cansado como si hubiese escalado una cumbre sin más ayuda que sus pies y manos.
 Mientras se tomaba un vaso de agua mineral en la cocina y su madre lo regañaba por la hora y el estado en que había llegado la noche anterior, Martin empezó a recordar la visita realizada a La Casa de la Bruja. No había sido un sueño, tampoco efecto del alcohol, lo que había visto era real, tan real como los leves martilleos en su cabeza.
Recordó el rostro sin ojos de la joven, el cabello rubio y tan revuelto que parecía un nido de ratas, la sangre seca y los harapos con que estaba vestida. Las cadenas negras que la sujetaban de pies y manos tintineaban en su mente como había sucedido en la realidad. Y los sollozos y lamentos le rompían el alma. Había sentido miedo, mucho miedo, pero ahora estaba calmo y todo le parecía algo irreal, una ilusión. Hasta que la reminiscencia de su cerebro le hizo recordar aquel rostro sin ojos, ya lo había visto en anteriores ocasiones, estaba seguro de ello. Si la memoria no le fallaba aquella chica era Adela.
Adela era una joven que vivía a tres calles de su casa, hasta hacía una semana. Era una bonita chica de aspecto decente que había desaparecido hacia siete días junto con su novio. Todo el mundo, incluidos los padres de la joven, eran de la opinión de que se había fugado con el joven, alguien llamado Jairo. Pero si lo que había visto era real, entonces aquella suposición era falsa.
«La Casa de la Bruja», jamás aquellas palabras le causaron tanto terror como ante aquella inquietante idea. Recordó haber roto la ventana de la casa y colarse por ella. Sin ser valiente, sin ser un héroe, se encontró con que había tomado la decisión de entrar nuevamente a la casa. «Sólo para echar un vistazo y corroborar si lo que vi es real —se dijo—. No soy un jodido héroe que va al rescate de la damisela en peligro. Sólo veré si aún está allí y correré ante las autoridades».
A media mañana se encaminaba a la vieja casa. Se había guardado una navaja en el cinturón, por si acaso, y en la bolsa colgada al hombro llevaba una linterna y unas tenazas, por si era posible cortar las cadenas de la prisionera. «¡Dios, qué estoy haciendo!»
La antigua casa de estilo colonial se alzaba imponente, silenciosa, vieja, misteriosa. Los ventanales lucían opacos por la cantidad de polvo acumulada durante años. Los vidrios que él había roto estaban diseminados en el suelo, fieles testigos de que efectivamente anoche había perpetrado la casa.
Echó un vistazo en derredor, para comprobar que nadie lo miraba, luego se escurrió al interior.
La claridad allí era opaca, casi inexistente, pero a medida que los ojos se acostumbraron a ésta, fue capaz de discernir su entorno con mayor nitidez. Allí estaban los sillones, con gruesas capas de polvo, igual que las sillas y las mesas. Los estantes, los retratos, la estatua al pie de las escaleras, todo seguía igual. Pero no todo se sentía igual, ahora sabía que en una habitación lo esperaba una chica sin ojos, y podía percibir, casi sentir, como que algo o alguien lo observaba desde algún lugar recóndito. Tampoco estaba con él la borrachera, su lugar lo ocupaba ahora el miedo y la sensación de que no debería estar allí.
No obstante, se disfrazó de coraje y linterna en mano empezó a recorrer los pasillos que hacía tan solo unas horas había recorrido por primera vez. Las telarañas colgaban de las paredes como gallardetes de un señor, el silencio parecía ser el rey y el polvo sus dominios. De vez en cuando volvía a sentir que alguien lo observaba, mas cuando con la linterna alumbraba todos los recovecos no veía más que lo mismo.
De pronto se encontró frente a la habitación de la noche anterior. El corazón redobló sus latidos y una corazonada le empezó a decir que aún podía dar media vuelta, alejarse de allí y olvidar el asunto. Sin embargo, la mano de Martin fue a la puerta, y para que el miedo no lo dominara, la abrió de un empellón.
El rostro sin ojos se volvió hacia él. De pronto ya no sentía miedo, sino rabia y lástima. ¿Quién era el actor de semejante atrocidad? Martin empezó a acercarse a la joven con lentitud. Adela, estaba seguro que era ella, trataba de balbucir algo, pero de su boca solo salían quejidos y sonidos incongruentes. Con horror se dio cuenta que la joven tampoco tenía lengua, ¡se la habían cortado!
Martin casi corrió hasta llegar a ella. Fue hasta entonces que comprobó que lo de los ojos y la lengua no era lo único: también la habían desollado. Parte de las manos y los brazos estaban en carne viva, allí donde su carcelero le había arrancado tiras de piel.
—Tranquila, vine a ayudarte —dijo.
Tanteó con las manos los cierres de las cadenas y se desilusionó cuando se convenció de que eran muy sólidas, las tenazas que había llevado no le servían para nada.
—Volveré con ayuda —le prometió.
Se puso de pie, pero antes de conseguirlo, algo lo golpeó en la cabeza.

٭٭٭٭٭٭٭
Despertó confuso y desorientado. Estaba en un pequeño cuarto, sin luz ni ventanas y completamente desamueblado. Empezó a temblar y a sudar copiosamente cuando vio las cadenas en sus pies y manos. Tiró una y otra vez; sabía que era inútil, el resultado se lo confirmó.
Empezó a gritar pidiendo ayuda. La casa estaba dentro del pueblo, tarde o temprano lo oirían y alguien acudiría en su ayuda. Quien apareció en respuesta a sus gritos fue la bruja. Porque era una bruja, tenía que serlo. Aunque no usaba sombrero puntiagudo y no tenía una enorme verruga en la mejilla, Martin sabía que lo era. La mujer no parecía una bruja, quizá incluso era guapa, pero el rostro de asco y los utensilios de tortura bajo su regazo le confirmaron que esa era la bruja de la casa, su captora.
Sin posibilidad de moverse y salir huyendo, Martin continuó gritando a todo pulmón, poniendo sus esperanzas en que la gente de afuera lo oyera.
Dejó de gritar momentos más tarde, cuando la bruja le sacó la lengua con unas pinzas y se la cortó con una gruesa tijera.
La tortura recién estaba empezando.

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