Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

27 de mayo de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 18

El Bosque Oscuro

Max despertó ya cuando el sol estaba alto. Se sentía cansado, pero aún así se puso de pie de un salto. Jennifer yacía recostada en el tronco de un árbol, bien despierta. Se habían quedado a dormir después de alejarse lo suficiente de la aldea de los gnomos. Mientras corrían entre el bosque, el ruido de la carnicería se fue quedando atrás hasta hacerse completamente inaudible. Habían corrido unos diez kilómetros o cien metros, ya no lo recordaba, lo único que recordaba es que habían tratado de alejarse y evitar ser encontrados por aquella bestia o por algún gnomo. No habían tenido energías para colocar la carpa para dormir, así que se echaron solo con las mantas al lado de los troncos de unos gruesos árboles.
—Buenos días, Max —saludó Jennifer con una sonrisa medio fingida.
—Buenos días —contestó Max— ¿Ya hace rato estás despierta? —preguntó.
—No. En realidad me acabo de despertar.
Max dobló la manta con la que se había cubierto y la guardó en la mochila. Se descubrió con una gran sed por lo que bebió un sorbo de la cantimplora. Luego se puso de pie y observando al sol trató de ubicar el sur.
Instó a Jennifer a que comieran algo de la despedazada comida que había en su mochila antes de continuar, así tendría tiempo de vigilar el curso que trazaba el sol en el cielo para ubicar el sur.
La noche había sido una locura. La imagen que había visto de aquel fénix negro ya no la podía recordar claramente, y después de aquella noche de sueño ya no estaba tan seguro de que se tratara de un fénix negro, ya que estos normalmente eran pequeños, fuertes pero pequeños. En cambio aquella ave no era fuerte, sino poderosa, no era pequeña, sino enorme, quizá incluso duplicaba el tamaño del águila que tenía Mynor.
Ahora que pensaba en águilas, no recordaba haber visto ninguna de las águilas que se suponía tenían a su servicio los gnomos. Según él, tendrían que haber acudido en defensa de sus amos. Pero bueno, él sólo había presenciado la batalla durante algunos segundos por lo que no sabía con certeza si las aves de los gnomos habían acudido o no a la batalla.
Después de comer un insípido desayuno y asegurarse de qué dirección tomar, se pusieron en marcha. El bosque se encontraba silencioso, eso les hacía sentir cierta intriga. El sol se alzaba en el cielo, pero sólo era visible por momentos, cubierto a veces por las nubes o invisible a causa del tupido follaje del bosque.
Horas más tarde, alrededor del medio día, hicieron una nueva pausa para engullir un poco más de comida y tomar un respiro.
 Max no tenía idea de que tan lejos estaban de la aldea de los gnomos, ni que tan cerca estaban de encontrar al fénix dorado, eso le carcomía por dentro. Ya era el sexto día desde que salieron de Narlez, habían tenido muchas aventuras, más de las que habría imaginado al principio, pero ni siquiera habían visto al fénix dorado. Por momentos se sentía desfallecer y las ganas de continuar lo abandonaban, pero estas sensaciones eran efímeras y se esfumaban tan rápido como aparecían. Algo en su interior le dictaba que debía continuar, que su abuelo lo necesitaba, y eso era lo que iba hacer.
Después de sustentar sus estómagos se pusieron nuevamente en marcha. Cuando lo hicieron el sol había sido ocultado completamente por sendas nubes negras; estaba seguro que eso anunciaba lluvia, y aunque no era nada confortable imaginar la empapada que se iban a llevar, le consolaba saber que al menos podrían juntar un poco de agua porque la de las cantimploras se les estaba agotando. Tomando en cuenta que no habían dado con el río cerca del cual habían atrapado a Jennifer y Max casi pierde la vida. Max supuso que la longitud del río no llegaba hasta las tierras por las que ellos se movían o bien doblaba hacia el sur en lugar de seguir hacia el oeste, considerando que en ningún momento había dudado de la dirección que había tomado.
Justo lo que él había pensado: después de una media hora de reiniciada la marcha empezó a llover, y no era una lluvia cualquiera sino una fuerte tormenta acompañada de enérgicas ráfagas de viento que agitaban ferozmente los árboles. La idea inicial había sido coger un poco de agua, pero considerando la situación lo mejor era buscar refugiarse. Así que corrieron a esconderse bajo un árbol de tronco grueso; si un árbol no podía ser arrancado por el viento ese era aquel.
Minutos más tarde, además de la fuerte tormenta y las ráfagas de viento empezaron a caer también rayos, haciendo que el temor en los chicos fuera creciendo. Un árbol cayó a escasos metros de su posición haciendo que se sobresaltaran sobremanera. Como respuesta se arrebujaron aún más al tronco del árbol.
Tuvo que pasar al menos una hora para que la tormenta cesara. Cuando estuvieron seguros que todo había terminado fue cuando se animaron a abandonar el refugio improvisado. Aprovechando los hilos de agua que discurrían en la corteza de algunos árboles llenaron sus cantimploras. Se hallaron a sí mismos calados hasta los huesos, a pesar de que su refugió los había protegido bastante.
—Estas bien —preguntó a Jennifer.
—Sí —asintió Jennifer entre un castañeo de dientes.
—Bien, continuemos —instó y se descubrió a sí mismo también castañeando los dientes.
Mientras reiniciaban la marcha pudo contemplar mejor el paisaje que lo rodeaba, decenas de árboles yacían tirados en todas direcciones. Max se estremeció ante la imagen más que por el frío, era una suerte que resultaran ilesos de tal tormenta.
Unos kilómetros después, una imagen aterradora se formó frente a sus ojos: se trataba de una montaña colosal. La cúspide de la montaña se alzaba hasta los cielos y las nubes, oscuras como el ónice, se paseaban rozando la montaña misma. La montaña era oscura y las nubes que la rondaban relampagueaban constantemente. La sola visión hizo que Max se erizara.
—¿¡Qué crees que sea!? —exclamó más que preguntar Jennifer.
—No lo sé —respondió Max sin apartar la vista de la montaña—. Bueno, es obvio que es una montaña pero no entiendo porque está así.
—¿Y vamos a ir allí a buscar al fénix dorado? —preguntó Jennifer—. Porque más bien parece la casa de algún monstruo.
—Comparto tu idea —convino Max—. Tampoco creo que pueda vivir allí el fénix dorado. Pero hay que acercarnos más para poder ver mejor.
Jennifer asintió.
Se pusieron en marcha nuevamente. El sol aún no mostraba su faz a causa de las oscuras nubes que aún rondaban el cielo. El bosque continuaba sin mostrar signos de vida, al parecer ellos eran los únicos seres vivos que caminaban en medio de aquel bosque.
Después de un buen rato de caminar entre el húmedo bosque llegaron a un lugar extraño; el bosque por el que caminaban terminó de súbito. Había unos cien metros de distancia entre éste y un nuevo bosque. Acaecía una marcada diferencia entre ambos bosques; el bosque en el que ellos estaban era de un verde vivo, mientras que el que iniciaba cien metros más adelante era oscuro, y los árboles parecían resquebrajados y añejos. A pesar de estar a unos cien metros del nuevo bosque, se podían ver unas enormes telarañas, como si una gigantesca araña las hubiera tejido. En el interior de ese oscuro bosque se alzaba imponente, igual de oscura, la enorme montaña cuya cúspide era vigilada por nubes negras.
«De tal palo tal astilla» se sorprendió pensando Max.
—Vamos —dijo a Jennifer—. Revisaremos esa montaña.
No le hacía ninguna gracia penetrar en aquel tétrico bosque, pero no podían evadir aquella montaña sólo por temor. Buscaban un fénix dorado y por ende tendrían que buscar en cualquier lugar en el que aquella mítica ave pudiera vivir, por improbable que pareciera.
—Como tú digas —acató Jennifer nada convencida.
Apenas habían dado el primer paso cuando algo los detuvo.
—No vayan por ahí —dijo una voz tras ellos.
Niño y niña giraron sobre sus pies para averiguar de quién provenía la voz. Un mono estaba sobre una rama a escasos metros de ellos.
—Ustedes me salvaron la vida anoche —dijo el mono—, yo haré lo mismo por ustedes. Mi forma de hacerlo es previniéndoles de entrar en ese bosque. Allí es donde vive el ave negra que anoche atacó la aldea de los gnomos. Si quieren seguir hacia delante deben rodearlo, es la única forma de pasar, de lo contrario perecerán, ya sea a causa del ave negra o de alguno de los monstruos que deja vivir en su territorio.
—¿Nos estás diciendo la verdad? —preguntó Jennifer.
—Es lo que yo sé —respondió el mono—. Yo sólo sé que he visto al ave negra volar y desaparecer en esa montaña. Es mejor rodear el bosque, además no es tan grande.
—¿Y vive ella sola? —preguntó Max sin saber con certeza a que se debía la pregunta.
—Supongo que sí —respondió su interlocutor—. En el bosque viven otros monstruos pero no creo que ninguno comparta su cueva con el ave negra. ¿Con quién más iba a vivir? —agregó por último.
—No sé, tal vez con el fénix dorado —aventuró.
—¿Te refieres al ave de oro?
Max asintió, no sabía con certeza a quién se refería con eso de “ave de oro”, pero si el fénix negro era “el ave negra”, bien podía ser que se refiriera al fénix dorado.
—Están locos si piensan que ellos van a vivir juntos —comentó el mono—. Se odian. El ave de oro vive más allá —dijo señalando con su peluda mano más allá de la imponente montaña. El corazón de Max dio un vuelco de alegría—. Y quién sabe qué ha pasado con ella porque ya tiene varios días desde que se dejó ver por última vez.  Aunque quizá no la haya visto porque los últimos días los estuve en una celda —concluyó pensativo.
—¿El fénix dorado vive más adelante? —interrogó ilusionado Max.
—Fue lo que dije —respondió el mono—. Sí quieren seguir hacia delante, como ya les dije, deben rodear el bosque oscuro, porque cosas terribles les pueden suceder allí.
El mono, que colgaba de una de las ramas de un árbol vecino en aquellos instantes, desapareció después de concluida aquella oración. Había aparecido como un ángel para alertarlos de lo que sucedía dentro de aquel bosque, luego había desaparecido. El mono no tenía por qué mentirles, por lo que estaba seguro de lo que tenía que hacer a continuación, y eso era rodear el bosque oscuro.
—Bueno, entonces vamos a rodearlo —dijo Max.
—De acuerdo —convino Jennifer visiblemente aliviada.
—Entonces, en marcha.
Regresaron al interior del bosque y empezaron avanzar hacia el este, con el fin de rodear aquel tétrico bosque. El sol seguía sin asomarse, y si lo hacía, apenas era por unos segundos y la luz era débil, lo que no servía para calentar sus agarrotados músculos. Los árboles aun goteaban a causa de la tormenta caída hace rato. Todo seguía desierto, sin vida, parecía que los animales de allí habían desaparecido. No obstante, si era cierto que en esa montaña vivía el fénix negro que había atacado la aldea de los gnomos, comprendía el por qué de la desaparición de los habitantes del bosque, ya sea atrapados por el fénix o a causa de una emigración en masa para escapar de aquella ave infernal.
Mientras avanzaban, constantemente Max volvía la vista hacia la lúgubre montaña, era una imagen hermosa, aterradora sí, pero hermosa. Conforme el paso del tiempo las nubes oscuras fueron cediendo ante el sol, no así las nubes que montaban guardia en la cumbre de la montaña oscura, éstas seguían negras como la noche sin luna y relampagueaban asiduamente, al parecer allí siempre era así. El bosque se veía más tenebroso que antes, parecía que fuera un bosque para monstruos únicamente.
En aquellos momentos Max se quedó con la boca abierta, desde la cima de la montaña salió un ave negra, desapareció un segundo al atravesar las oscuras nubes para luego aparecer más abajo. A pesar de la distancia el ave se podía ver claramente, llevaba las alas plegadas y descendía en picada. También se atrevía a asegurar que veía dos ojos rojísimos en la criatura.
El ave descendió en picada, y cuando parecía que chocaría contra el suelo se elevó nuevamente e inició el vuelo en dirección a ellos.
Max tuvo un sobresalto brusco, estaba casi seguro de que el ave los había visto y que ahora volaba a por ellos. De soslayo dirigió una mirada a Jennifer, también estaba perpleja y atemorizada. Su corazón empezó a latir con más fuerza, tomó a Jennifer de la mano y la obligó a esconderse tras un árbol, mientras rezaba que estuviera equivocado y el ave no fuera tras ellos.
La enorme ave negra se acercaba a una velocidad vertiginosa. Apenas volaba a unos diez metros de altura. Instantes después, con Max y Jennifer conteniendo la respiración, la monstruosa ave pasó casi por sobre sus cabezas, los árboles se agitaron a su paso.
Por fin la monstruosa criatura desapareció, ocultada por los árboles que no permitían a los chicos ver más allá. Max sintió que el alma volvía a su cuerpo. Habría jurado que el ave los había visto e iba a por ellos, se alegraba haberse equivocado. Ya había visto de lo que era capaz aquella ave y se contentaba con haberla evitado. Ahora que la había visto tan cerca y a la luz del día, se dio cuenta de lo enorme que era. Mientras el ave volaba sobre sus cabezas, vislumbró en la criatura enormes garras como cuchillas, y no era negra sino más bien morácea, aunque a simple vista cualquiera diría que era negra.
—¡Creí que venía por nosotros! —dijo Jennifer sin salir del espasmo.
—No fuiste la única —añadió Max.
—Mejor nos vamos —instó Jennifer—. No vaya ser que regrese y esta vez sí nos mire —agregó aún pálida por el susto.
—De acuerdo —acordó Max.
Momentos después ya avanzaban nuevamente entre el bosque, recuperándose del susto y con sus corazones bajando de revoluciones. Más tarde dejaron de caminar hacia el este y retomaron el camino hacia el sur, la enorme montaña y su tétrico bosque empezó a quedar atrás.
—¿Viste sus enormes garras? —preguntó Max ya recuperados completamente del susto.
—Solo tuve tiempo para cerrar los ojos y rezar de que no fuera por nosotros —dijo Jennifer con una sonrisa.
—¡Sí que eran enormes! —observó Max.
Antes de que cayera la noche habían dejado atrás el bosque oscuro, después de todo no era muy grande, sólo unos cuantos kilómetros cuadrados. Max se alegraba profundamente que por fin quedara a sus espaldas.
Después de quedado el bosque oscuro y su montaña atrás, Max tenía la esperanza de ver alzarse ante sus ojos unas hermosas montañas de color verde vivo, las que serían el hogar del fénix dorado, para su desconsuelo esa visión no se materializó por ningún lado.
Ya cuando parecía que anochecería, y los estómagos de los niños rugían de hambre, afortunadamente se encontraron un árbol de manzanas, y se alegraron de que por fin aquel día comerían algo fresco y sin estar despedazado. Max fue quien reptó por el árbol hasta alcanzar las manzanas. No eran ni mucho menos las mejores manzanas del mundo, pero constituían un gran alivio para los chicos. Después guardaron varias más dentro de sus mochilas.
La montaña oscura aún se alzaba imponente a sus espaldas, lo que provocaba cierta intranquilidad en Max. Por otra parte empezaba a vislumbrar destellos de vida conforme se alejaban de aquella montaña, algunos pájaros piaban de vez en cuando y algún roedor se escurría entre los arbustos al captar la presencia de los chicos.
A pesar de haber sido un día poco soleado, habían agotado el agua de sus cantimploras. Después de rebuscar algunos minutos encontraron un charco, producto de la tormenta acaecida ese mismo día y no tan cristalino como hubiesen querido, pero ante la imposibilidad de encontrar algo mejor, decidieron llenar sus cantimploras allí.
Aún engullendo algunas manzanas repararon en que la claridad ya estaba desapareciendo, por lo que decidieron sacar la carpa para dormir que Sam el mago les había obsequiado. Era la primera vez que usarían el regalo del viejo mago.
Buscaron un lugar alto y seco para levantar la tienda. Ninguno había manejado anteriormente una tienda de campaña, por lo que les llevó más tiempo del planeado concluir la tarea. Cuando terminaron, la claridad prácticamente había desaparecido. Luego cortaron algunas ramas, las sacudieron para desaparecer todo rastro de agua y las tendieron para formar un colchón y evitar que la humedad del suelo los alcanzara. Esa noche no se mojarían, a menos que se desatara una tormenta similar a la anterior.
La claridad desapareció en un instante y se descubrieron sumergidos en una oscuridad abrumadora. El cielo se mostraba oscuro y no parecía que fuera aclarar pronto. Sin más que hacer se acomodaron dentro de la tienda y se dispusieron a dormir.
Mientras intentaba conciliar el sueño, Max meditaba en que ya tenían seis días desde que habían salido de la casa de su abuelo. La siguiente mañana iniciaría el séptimo día y aún no había indicios del fénix dorado. Ya le habían dicho que al fénix dorado le habían robado lo más preciado que tenía, pero Max se negaba a creerlo y continuaría buscando hasta dar con él, pero tenía que darse prisa porque los días de su abuelo estaban contados. Ya sólo quedaban seis días de los doce que había dicho Mynor, el tiempo se agotaba, pero se negaba a renunciar. Allí en silencio empezó a llorar, hasta que se quedó dormido.

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