Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

19 de mayo de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 17

En la Aldea de los Gnomos

Ya estaba bastante cerca de la aldea de los gnomos. Las casas en las que vivían aquellas criaturas eran muy parecidas a las que él conocía. Eran pequeñas casas de madera finamente labrada, techo de tejas o paja y pequeñas ventanitas de vidrio. Bastante diferentes a las viviendas de los duendes. En el corazón mismo de la aldea, como a trescientos metros de su posición, se vislumbraba claramente la silueta de una vivienda mucho más grande que las otras, cuya altura era de al menos cinco metros, que comparados con los menos de dos metros que medían las otras resultaba ser gigante. No estaba hecha del mismo material que las demás casas sino de piedra y ladrillo. Su anchura y longitud eran gigantescos comparado con el tamaño de sus habitantes. Si en algún lugar podían tener a Jennifer era en esa enorme casa.
Algo que sorprendió a Max fue el hecho de que al igual que en la aldea de los duendes había un montón de cosas destrozadas. Había casas destruidas por completo, otras sólo habían perdido el techo, una puerta o una ventana. La mayoría de los árboles que rodeaban la aldea estaban tirados en el suelo, desquebrajados y, algunos, chamuscados. La idea de otro trol le vino rápidamente a la mente, pero la desechó tan rápido como había aparecido.
Muchas voces chillonas y molestas provenían del interior de las viviendas, que a pesar de ser pequeñas de altura tenían una longitud considerable y parecían albergar a familias numerosas.
La luna y las estrellas iluminaban tenuemente la aldea. Max no logró contar el número de casas, pero estaba seguro que sobrepasaban las cincuenta.
Estaba seguro que si aún tenían con vida a Jennifer la tendrían en la construcción gigante del centro. Pero sería imposible llegar hasta allá sin ser descubierto. Los habitantes de aquellas casas eran pequeños, por lo que probablemente sus pasos resonarían como de gigante. Después de meditar durante un largo minuto se le ocurrió que una forma de llegar al pequeño castillo era mediante una distracción, hacer algo para que los gnomos se alejaran de allí. La cuestión ahora era: ¿Qué podía hacer para que por curiosidad u obligación toda una aldea de gnomos abandonara sus hogares aunque sea momentáneamente? La respuesta más factible era «Nada».
Durante varios minutos se quedó allí, de pie, intentando dilucidar alguna idea en su mente. Mientras cavilaba vislumbró dos pequeñas siluetas en unos árboles no muy lejos de su posición, atónito supo que se trataba de vigías. A buen seguro que no eran los únicos por allí cerca, por lo que se deslizó bajo la protección de un tronco. Se sintió torpe, si aún no lo habían visto había sido sólo cuestión de suerte.
Por fin… por fin llegó una idea a su mente. No sabía cuan efectiva podía ser pero era lo único que tenía y debía probarla. Aguzó la vista para tratar de ver a más vigilantes, cuando se convenció que no habían más se dispuso a caminar.
Para poner en marcha su idea necesitaba alejarse de donde se encontraba y después, con lo que haría, estaba seguro que muchos gnomos correrían a averiguar lo que sucedía, lo que él aprovecharía para correr a la construcción del centro y tratar de recuperar a Jennifer.
Apenas había avanzado unos pasos cuando una pequeña flecha se clavó en un árbol, medio metro delante de él. Ya lo habían descubierto…
—No se mueva —dijo la voz chillona de un gnomo— o lo dejamos como una coladera —concluyó.
Max obedeció. Si hubiera corrido quizá hubiera sido capaz de escapar, pero no lo hizo, si lo hacía quizá ya no tendría coraje para regresar y tendría que olvidarse de Jennifer.
Volvió la vista hacia el duende que le había dirigido la palabra, éste sostenía un arco entre sus manos.  Pero no era el único que estaba presente, había varios gnomos más, tanto en los árboles como en el suelo, y cada segundo aparecían más.
—Creímos que habías muerto, ¡humano! —dijo poniendo mayor énfasis a la última palabra.
Si creyó que antes había tenido posibilidades de escapar, ahora ya no. Prácticamente estaba rodeado de gnomos, todos con sus arcos, espadas, lanzas, cerbatanas y hachas apuntando hacia él.
—¡Ya tendremos dos humanos en nuestra colección! —dijo otro gnomo, de tantos que había presentes Max no supo quién había hablado.
—Reunámoslo con su compañera —sugirió alguien más.
—Sí —gritaron al unísono varios más.
Un par de gnomos se le acercaron y le ataron las manos a la espalda. Luego, como si fuera un cachorrito, lo guiaron hacia la aldea.
Por lo menos sabía que Jennifer estaba viva, probablemente incluso estuviera en buenas condiciones. No tenía la más mínima idea de lo que pensaban hacer con ellos, pero el corazón le golpeaba el pecho de alegría al saber que aún iba a volver a ver a Jennifer. Cosa rara ya que su mente le indicaba todo lo contrario, que debería estar aterrado, ya que encerrado él y Jennifer, las posibilidades de encontrar el fénix dorado eran nulas.
Mientras lo guiaban, en el interior de la aldea, casi todos los habitantes de la misma salían de sus casas y lo veían como quien ve un raro animal. Max doblaba el tamaño de los duendes, por lo que parecía un gigante entre ellos, y como tal se le trataba y se le temía a pesar de llevar los brazos atados por una gruesa cuerda. A su paso los aldeanos hacían ruidos de admiración, cuchicheaban en un idioma ininteligible y lo señalaban con la boca abierta y los ojos como platos, pero sobre todo retrocedían cuando él pasaba muy cerca de ellos.
Minutos después era llevado por los pasillos de la enorme construcción central, Max tuvo que admitir que era hermosa e incluso más grande de lo que un principio había creído. Caminó por unos pocos pasillos sin saber a dónde lo llevaban. En ningún momento dijo palabra alguna, se limitó a seguir a sus captores, solamente. Luego abrieron una compuerta que daba acceso a una escalera que caracoleaba hacia abajo. Igual que los duendes, los gnomos tenían sus celdas bajo tierra. Sorprendentemente no eran para nada pequeñas como en un principio había temido Max.
Cuando hubo llegado al gigantesco túnel que contenía las celdas, inmediatamente empezó a oír quejidos e imprecaciones provenientes de sus ocupantes. Ocupantes que no eran ni más ni menos que los habitantes del bosque.
—Malditos gnomos… —rugió un tigre, Max no logró oír el final de la oración.
—Cuando salga de aquí me las van a pagar, juro que me las van a pagar —ésta vez era un enorme elefante quien había hablado-
—Sáquenme, sáquenme de aquí —gritaba un mono colgado de los barrotes de la celda.
Durante su camino hacia la celda que ocuparía, Max escuchó quejidos de decenas de animales, pero todos coincidían en una cosa: cuando salieran de allí se vengarían de los gnomos. Un león fue el único que habló para decir algo diferente.
—Yo no me preocuparía por los gnomos —había empezado, arrellanado sobre el suelo de su celda—. Estoy seguro que si muero no será en manos de esas criaturitas. Ellos están en tanto peligro como nosotros. El ave negra muy pronto volverá y destruirá todo lo que hay aquí, incluido los gnomos. Con un poco de suerte quizá hasta sobrevivamos los prisioneros, aunque no lo veo muy probable.
—Cállate, gatito —gritó por respuesta un mono.
El león respondió con un rugido que retumbó en el túnel.
Si él hubiera vivido allí, seguramente ya se habría vuelto por tanta algarabía. Mas los gnomos ni siquiera se inmutaban ante el bullicio. «¿Quién será el ave negra?», se sorprendió preguntándose en su interior. Aunque ya sabía la respuesta.
Un momento después, aún escuchando el escándalo de los animales a su espalda, en una celda aislada del resto, vio a Jennifer, quien cabizbaja contemplaba el piso. Max sintió que el corazón se le desbocaba, quiso correr y abrazarla, pero no le era posible hacerlo. Jennifer seguía con la vista fija en el suelo, aún no había visto a Max.
Cuando la reja se abrió, Jennifer alzó la vista. Sus ojos eran un mar de lágrimas. La alegría por encontrarla sana y salva desapareció en Max.
—Despójenlo de sus pertenencias —ordenó un gnomo, que parecía llevar la voz cantante.
Inmediatamente dos gnomos se acercaron a Max y lo desataron. Primero le quitaron la mochila… Entonces vio la oportunidad de escapar, sólo cuatro gnomos lo habían guiado hacia la celda, cuatro criaturitas podían ser vencidas por él, además la reja ya estaba abierta por lo que Jennifer también podía escapar con él. Antes de que lo despojaran de su espada, la desenvainó y de un tajo rebanó la garganta del gnomo más cercano. Los gnomos se pusieron alerta, pero ya era tarde, el segundo gnomo murió de la misma manera, mientras que un tercero quedó inconsciente cortesía de una certera patada de él. El duende restante retrocedió hasta esconderse en las penumbras cercanas, a Max no le interesaba, lo único que quería era salir de allí.
—Hay que irnos —le dijo a Jennifer.
Jennifer, aún con los ojos llorosos, se levantó y corrió a su lado, Max la tomó de la mano y salió corriendo hacia la escalera por la que había descendido. Antes se había vuelto a trabar la mochila en su espalda.
Corriendo en medio de las jaulas de los animales se encontraban, cuando de la nada un gnomo apareció frente a ellos disparando en el acto una flecha. Fue tan rápido todo que no tuvo tiempo de esquivarla, sintió el pinchazo en el pecho, en el corazón, e inmediatamente todo empezó a volverse oscuro. El bullicio de los animales había cesado, o él no lo podía escuchar, creía ver que los animales se inclinaban a los barrotes para mirarlo. Jennifer estaba frente a él y vociferaba algo que nunca llegó a escuchar. El rostro de Jennifer se fue haciendo opaco y cada vez más lejano.
Cuando despertó, Jennifer estaba mirándolo.
—¡Max! —exclamó la dulce voz de la niña.
Estaba recostado en un catre desvencijado, dentro de una celda, la misma celda de la que había intentado rescatar a Jennifer.
—¿Qué pasó? —preguntó él, sintiéndose muy débil.
—Te hirieron —respondió Jennifer—, justo en el corazón. Quizá ya hubieras muerto pero los gnomos hicieron magia para salvarte. Dijeron que lo hacían solamente porque quieren que llegues vivo hasta mañana —agregó—. Creo que tienen pensado hacer algo con nosotros —concluyó con la voz quebrada.
Miró su torso y lo descubrió vendado, pero no sentía dolor. Sí es que le habían clavado una flecha en el corazón o cerca de él, debería estar agonizando. Se tocó en donde creía haber recibido el daño y no sintió dolor, presionó con más fuerza, todo normal. Rápidamente empezó a quitarse las vendas.
—¡Max, no! —dijo Jennifer tomándole las manos.
—No te preocupes —la contuvo él—. Estoy seguro que no tengo nada, porque cuando caí del acantilado hace rato me repuse como por arte de magia. Estoy seguro que aquí pasó lo mismo —agregó.
Jennifer lo miró con cara de asombro, nada convencida soltó sus manos. Max prosiguió en su tarea de desvendarse.
¡Justo lo que pensó! Cuando retiró las vendas completamente, no tenía ningún indicio de herida donde la flecha había penetrado su pecho.
—¡¿Cómo pasó eso?! —exclamó más que preguntar Jennifer.
—No lo sé con certeza —respondió Max con sinceridad—. Pero creo que se debe al Diamante de Hezlem. Al parecer la habilidad de hablar con los animales no fue lo único que obtuvimos de él.
—¡Vaya! ¡Es increíble! —profirió Jennifer sin aliento.
—Sí, es increíble —convino Max—. Me sorprendí muchísimo cuando en el acantilado me descubrí ileso —confesó Max.
Hubo una larga pausa, durante la cual los niños se observaron mutuamente entre contentos y melancólicos. Hasta que Jennifer preguntó:
—¿Cómo fue que te atraparon?
Max contó todo lo que había pasado. Desde el despertar en el acantilado, pasando por la pequeña aventura que vivió con el pequeño ciervo, hasta como lo atraparon los gnomos cuando intentaba hacer algo para rescatarla a ella.
—¡Al parecer era un venadito engreído! —observó Jennifer cuando Max relató lo que el pequeño ciervo había dicho a los lobos en forma de mofa.
—Sí, sí que lo era —convino él—. Pero no fue nada comparado con lo que los padres imprecaron. Incluso intentaron atraparme pero ya me encontraba fuera de su alcance.
—Entonces quizá se lo merecía ese venado —dijo Jennifer esbozando una leve sonrisa, que desde hace buen rato no mostraba.
—Sí, creo que sí.
Luego se hizo nuevamente una larga pausa. De nuevo fue Jennifer quien la interrumpió.
—Max ¿Qué vamos hacer? —preguntó con lágrimas en los ojos y abalanzándose en un abrazo sobre Max.
Por un instante Max se sintió confortado, por un segundo aquel abrazo lo hizo olvidarse de todos los problemas que tenían, pero su confort fue efímero.
—No lo sé —respondió sinceramente.
Su abrazo fue interrumpido por un estruendo que resonó en toda la estancia, haciéndola incluso temblar.  Ambos chicos se desembarazaron de su abrazo y se pusieron de pie de un salto. Fue entonces cuando resonó el ruido más chillón y terrible que en su vida había escuchado. Max sintió que los tímpanos se le reventaban. ¿Qué estaría pasando allá arriba?
Al terrible chillido le siguió un montón de gritos desesperados y asustados, Max supuso que eran gnomos. También se oían voces, apenas más graves, dando órdenes que Max no llegaba a dilucidar. Max no tenía idea de lo que sucedía allá arriba. Lo que sí era seguro es que algo había sembrado el caos en la aldea, probablemente el causante del destrozo que había en la misma.
Mientras esperaban impacientes en su celda alguna información sobre lo que sucedía allá arriba, un golpe de suerte los tocó. Un estruendo más fuerte que el primero resonó en toda la estancia e hizo que todo allí abajo temblara, tan fuerte fue el impacto que los  chicos se tambalearon y cayeron con todo su peso sobre los barrotes. Increíblemente uno de esos se desprendió de su base, dejando una abertura lo suficientemente grande para que los chicos pudieran escapar.
Mientras ayudaba a incorporarse a Jennifer, ésta sonreía incrédula.
—Es nuestra oportunidad —dijo Max.
Ambos se deslizaron fuera de la celda.
Para su fortuna las cosas de ellos estaban en el suelo, a escasos metros de la celda que recién habían abandonado. Max tomó la mochila, junto con la tienda de campaña que aún colgaba de ésta y desenfundó la espada. Jennifer cogió su arco, alistó una flecha y empezaron a avanzar. Ésta vez no iban corriendo, no querían que algo como lo sucedido anteriormente volviera a ocurrir. Pronto llegaron a la sección en la que se encontraban los animales, todos estaban alborotados y chillaban desesperadamente para que alguien los sacara de allí. El único que parecía estar en calma parecía ser el león, que lánguidamente descansaba sobre el suelo.
—Bien lo dije yo —dijo el león—, el ave negra no tardaría en venir por lo que más quiere, no se irá hasta que esa piedra brillante sea de él, no importa si para ello tiene que acabar con todos los gnomos. Sólo hay que esperar —continuó, perezoso—, con suerte lograremos escapar de aquí.
—Oye tú —chilló un mono muy cerca de Max. Comprendió que se refería a él.
—¿Qué? —respondió Max.
Muchos animales se callaron de súbito y miraron absortos a Max, sin duda no habían creído que él les podría entender.
—Por favor sácanos de aquí —chilló de nuevo el mono recuperándose de la sorpresa—. El ave negra no va a tener compasión de nadie, sólo es cuestión de tiempo para que llegue abajo, entonces estaremos todos perdidos.
—Sí, por favor —suplicó otro mono.
—Sí.
—Por favor.
—No nos dejes aquí.
Todos los animales habían empezado a pedir ayuda frenéticamente. Había decidido ayudarlos. Si no lo comían, serían una gran distracción para que él y Jennifer pudieran huir.
Tomó su espada con fuerzas y empezó a golpear los candados que mantenían cerradas las celdas. Aquello fue muy simple. Quince minutos después ya había abierto todas las jaulas, que en total eran unas treinta, los últimos en salir fueron unos venados. Los animales apenas se veían libres salían corriendo escaleras arriba. Después de concluida la tarea de liberación de animales, él y Jennifer también corrieron hacia la salida.
—No, no. Por allí no —le retuvo Jennifer halándolo de la camisa—. Allí saldremos justo en el centro de la aldea. Si vamos por aquí seguramente saldremos cerca del bosque —agregó señalando otro pasillo.
Momentos después caminaban por el nuevo pasillo. Todo el lugar era tan parecido, que no sabía si en realidad iban por un camino diferente, pero al parecer Jennifer sabía lo que hacía por lo que se limitó a seguirla.
Allá afuera todo seguía igual, los estruendos que hacían temblar los túneles subterráneos se sucedían a lapsos cortos, provocados sin duda alguna por el ave negra, que Max supuso era un fénix negro. También sospechó que cuando el león habló sobre la piedra brillante, se refería a un Diamante de Hezlem. Al parecer los gnomos guardaban uno y el fénix negro la deseaba quién sabe para qué macabros fines. A aquellas alturas habían escuchado varias veces aquel chillido aterrador, que hacía que los chicos se taparan los oídos para poder soportarlo.
Instantes después, mientras seguían deslizándose en el pasillo volvieron a escuchar aquel terrible chillido. Como acto reflejo ambos chicos se taponearon los oídos con los dedos. Después de aquel chillido, allá arriba reinó una calma tremenda, quizá los gnomos habían logrado refugiarse o quizá aquella criatura había acabado con todos. No había forma de saberlo hasta que salieran a la superficie.
Momentos después llegaron a una compuerta que cedió fácilmente ante ellos. Al subir a la superficie se encontraron más cerca del bosque que de la aldea de los gnomos, Jennifer había tenido razón. Entonces vieron algo increíble, en el centro de la aldea, volando a ras del suelo había una enorme ave negra, Max se convenció de que se trataba de un  fénix negro, aunque aquel era muchas veces más grande que un fénix normal. Sus enormes alas se extendían majestuosamente mientras unos escasos gnomos lanzaban sus flechas a la criatura, pero éstas ni siquiera llegaban a rozarlo. La tenue luz lunar iluminaba con aspecto sombrío la horrorosa escena, ya no había ninguna casa en pie, inclusive la enorme construcción del centro estaba casi completamente destrozada, si hubieran intentando salir por allí, se habrían topado con una barrera de escombros.
Cuando el fénix agitó sus alas por primera vez a la vista de Max, la ráfaga de viento fue monstruosa, los árboles se agitaron a tal punto que estuvieron a punto de desprenderse de sus bases y los gnomos más cercanos a la gigantesca ave salieron volando. El suelo estaba cubierto por una alfombra de destrozos, pedazos de madera, vidrio, los techos de las viviendas, así como de cuerpos sin vida de gnomos y al menos la mitad de los animales que Max había liberado hace poco, incluido el león que tan serenamente había tomado aquello.
—Tenemos que irnos —dijo a Jennifer. La tomó de la mano y la obligó a correr hacia los árboles más cercanos.
Nadie los vio mientras corrían al bosque. Estando en el bosque, Max lanzó una última mirada a la aldea, nunca había visto tanta destrucción, una sensación de abatimiento se internó en su ser. Los únicos gnomos que aún seguían con vida continuaban luchando con la feroz bestia, Max supo a simple vista que no tenían ninguna oportunidad de vencer.
Apartó la vista de la trágica escena y haló a Jennifer para que se perdieran entre el bosque, obviamente no se quedarían allí. Bajo la tenue luz de la luna se internaron en la profundidad del bosque.

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