Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

13 de mayo de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 16

El Trato con los Lobos

Poco a poco Max fue recobrando el conocimiento. Le dolían todos los huesos, pero para haberse caído de tan grande altura no sentía el dolor que había imaginado. Lo primero que vio al abrir los ojos lo dejó atónito, viéndolo a la cara había alguien que no le auguraba buenas noticias.
—¡Ya está volviendo en sí, Rolf! —anunció quien lo observaba.
—¡Qué bien, creí que nunca despertaría! —dijo Rolf levantándose de donde estaba echado, a la sombra de un árbol.
Los dos lobos estaban ahora frente a él, el pánico lo inundó, pero luego comprendió que no tenía por qué tener miedo, ya que si aquellos dos lobos le hubieran querido hacer daño se lo habrían causado mientras estaba inconsciente. Se puso de pie torpemente y tomó la espada que no estaba muy lejos de él, no estaba de más ser precavido.
—¿Qué pasa, pequeño? —preguntó Rolf acercándose a él.
—No te acerques —amenazó Max alzando la espada.
—Como quieras —aceptó Rolf—. No queremos hacerte daño.
Max escrutó el paraje en el que estaba, aún se encontraba en el lugar que había caído, en la pequeña playa que había entre el río y el acantilado. El sol se había ocultado y la luna, mostrando un tercio de su cara, pendía en el cielo, brindando apenas un atisbo de claridad.
Inmediatamente después de ponerse de pie se dio cuenta de algo que verdaderamente lo impresionó: las heridas que había tenido en sus brazos habían sanado, las garras que había tenido marcadas en el pecho habían desaparecido; todas sus heridas ya no estaban, no así la sangre que aún embarraba su cuerpo. La mochila aún estaba en su espalda al igual que la vaina de su espada. No tenía idea de lo que había pasado.
—¿Qué fue lo que pasó? —preguntó Max.
—¿Qué fue lo que pasó? —repitió Rolf— ¿Qué crees? Caíste desde arriba y ahora estás allí parado, como si nada hubiera pasado, tuviste mucha suerte.
Max tenía la ligera sospecha de que no había sido suerte.
—¿Qué pasó con Jennifer?
—No sé quién es Jennifer, pero si te refieres a la chica los gnomos se la llevaron —informó Rolf—. En cuanto al tigre, al pobre le dieron una muerte muy cruel, aunque debo admitir que se lo merecía.
—¡Qué!
—Al tigre lo mataron y a la chica se la llevaron —repitió el lobo—. No sé lo que vayan a hacer con ella, pero te aseguro que no será nada bueno. Después de todo tuviste suerte al caer, porque estás bien y ellos no te raptaron. Seguramente creyeron que habías muerto y no se molestaron en corroborarlo.  
Hubo un momento de silencio. Max no podía creer lo que estaba sucediendo. Si tan solo no hubiera permitido que Jennifer viniera con él nada de aquello habría sucedido. ¿Qué iban hacer con ella? ¿La comerían?
—No, no, —se dijo para sí mismo, aquello no podía ser posible.
—Te preguntarás por qué te dejamos con vida mientras estabas allí tirado —comentó Rolf.
—Sí. Aunque no estaba pensando en eso…
—Bueno, verás, lo hicimos porque tienes que hacer algo por nosotros —dijo Rolf—. Te tenemos atrapado y no puedes escapar. Así que tendrás que ir al otro lado del río y conseguirás comida para nosotros, además de eso la tendrás que traer hacia acá. Pero queremos comida de verdad no una ardilla como la que me dieron hace rato. Ese será nuestro pago por perdonarte la vida.
—Claro que no me tienen atrapado —señaló Max—. Ustedes solamente son dos y yo tengo una espada, me podré deshacer de ustedes fácilmente si intentan hacerme daño.
—Te lo advertí, te dije que teníamos que quitarle la espada y tirarla al río —se quejó el lobo que estaba con Rolf.
—¿Entonces cómo haría para atrapar la comida? —replicó Rolf.
—¿Creen que aún esté viva? —preguntó Max interrumpiendo la discusión que estaban iniciando los lobos. De pronto se le había ocurrido una idea.
—No lo sé, pero es una posibilidad —meditó Rolf—. Si la quisieran muerta la habrían asesinado aquí mismo.
—Ustedes me llevarán a la aldea de los gnomos.
—Claro que no.
—Por favor, tienen que ayudarme —casi suplicó Max—. Jennifer está en problemas y es mi responsabilidad mantenerla a salvo.
—Lo haremos si tú nos consigues comida… comida de la buena —negoció Rolf.
—Pero si tú dijiste que ya no quedan animales…
—Te dije que aquí no había comida, pero con ello no me refería también al bosque que está al otro lado del río —expresó Rolf—. Ese lado del bosque no es visitado por los gnomos, por lo que hay un poco más de comida.
—Tendría que cruzar el río —meditó Max.
«¿Cómo se supone que mate un alce con una espada?»
—Y traer la comida también —repuso Rolf.
—Aunque fuera al otro lado y atrapara una buena presa no podría transportarla hasta esta orilla —se quejó Max.
«Suponiendo que atrape algo, lo cual no creo muy probable»
—No importa como lo hagas, nosotros ya te dijimos lo que queremos, de ti depende si aceptas o no. Si quieres tanto a esa humana deberías intentarlo. —dijo Rolf.
Max empezó a darle vuelta en su cabeza a aquella idea. No podía dejar que Jennifer estuviera apresada por los gnomos, mucho menos cuando no tenía idea de lo que querían hacer con ella. Con la vista escudriñó el río, tenía unos veinte metros de ancho y la corriente era suave, no representaría mayor problema el cruzarlo; atrapar algo y traerlo de vuelta sería el verdadero problema. Además, no podía confiar en aquellos lobos, Rolf ya lo había traicionado una vez. Aunque esta vez ellos ya no tenían mamada por lo que no lo podían conducir a otra trampa.
«A lo mejor —pensó—, si les prometo algo a cambio de que me lleven a la aldea de los gnomos, quizá me lleven por amor a la comida».
Pero si lo llevaban a la aldea de los gnomos ¿Qué posibilidades tenía de rescatar a Jennifer? Quizá fueran nulas. Pero él era culpable de que aquello hubiera sucedido y algo tenía que hacer para remediarlo, tenía que rescatar a Jennifer o morir en el intento.
—Está bien —habló por fin Max después de meditar largos minutos—. Les conseguiré comida siempre y cuando me lleven a la aldea de los gnomos después.
No creía que los lobos lo fueran a llevar a la aldea de los gnomos sólo prometiéndoles comida, así que tendría que cazar algo y rezar para que Rolf esta vez sí cumpliera su palabra.
—Eso será peligroso, ir a la aldea de los gnomos —dijo Rolf—. Pero si no aceptamos el trato probablemente moriremos de hambre —meditó—. Te llevaremos, pero sólo te la mostramos luego nos regresamos.
—Está bien, con eso me conformo —aceptó Max—. Pero antes de cruzar al otro lado, tengo que comer, me muero de hambre.
—Nos podrías dar de tú comida —propuso Rolf.
—No creo que les guste.
—Está bien. Come rápido porque nosotros también tenemos hambre.
Abrió su mochila y sacó unos pequeños paquetes de comida, la cual estaba aplastada a causa de las constantes caídas que había tenido. También estaba quebrado el jarroncito que Mynor le había dado para guardar los polvos del fénix. Hasta ese momento no se había percatado del hambre que tenía. Ávidamente empezó a comer.
Mientras comía pensó en la causa de que se hubiera curado milagrosamente, tenía la certeza de que se debía a los poderes del Diamante de Hezlem. Lo sabía porque algo así le había pasado al trol, aunque a éste ni siquiera le salía sangre.
—¿Cómo se dieron cuenta de lo que sucedió? —preguntó Max.
—Andamos hambrientos —dijo Rolf—, ese es motivo suficiente para que les hayamos seguido la pista con la esperanza de que algo quedara para nosotros. Cuando los duendes aparecieron permanecimos escondidos observando todo lo que sucedía. Con tristeza vimos como los duendes se llevaban todo, excepto a ti, entonces bajamos emocionados ya que por fin comeríamos. Pero nos dimos cuenta de que aún estabas con vida. Nunca hemos comido carne humano, y no sabemos si tienes buen sabor,  por lo que decidimos dejar que despertaras para luego obligarte a conseguir comida para nosotros.
—Pero yo puedo ir al otro lado y huir —dijo Max, aventurando que la inteligencia no era una de las virtudes más destacadas de los lobos, al menos no de los dos que tenía enfrente.
—Sé que regresarás —dijo con convicción Rolf—. Esa humana es muy importante para ti, por ella regresarás.
«Pues tienes razón».
Acto seguido guardó nuevamente lo que había sacado de la mochila y se dispuso listo para cruzar el río. Esperaba no encontrarse con alguien en el río, un cocodrilo no sería nada grato.
No tenía idea de cómo iba hacer para conseguir comida para dos lobos, mucho menos cómo iba hacer para regresar al lado norte del río con la presa, sí es que atrapaba algo. No tenía idea de cómo iba hacer aquello, sólo sabía que tenía que hacerlo o al menos debía intentarlo.
Decidió dejar la mochila del lado del río en el que se encontraba, por lo que la dejó recostada sobre la pared del acantilado. Creía que la mochila para cruzar el río y buscar una presa sólo podía ser un estorbo.
—¡Hay de ustedes si me percato que estuvieron husmeando en mis cosas! —sentenció.
—No te preocupes, no nos interesa para nada.
Antes de saltar al río se aseguró de tener bien asida la espada a su espalda, luego empezó a nadar lo más rápido que podía. Tenía miedo de que hubiera algo peligroso en el río, más siendo de noche, pero la idea de que algo totalmente malo le sucediera a Jennifer le dio energías para llegar en un par de minutos a la otra orilla.
Cuando salió del río toda la sangre de su cuerpo se había lavado. En la orilla opuesta dos pares de ojos lo observaban. Ojalá y pudiera encontrar algo de comida para esos carniceros.
Hace unos momentos Rolf dijo que en ese lado del bosque sí había comida. Inmediatamente Max supo que decía la verdad. Apenas después de salir del agua un  pizote se escabulló justo frente a sus narices.
«¡Genial, se me escapó mi primera presa! —pensó Max— Menudo inicio he tenido»
Desenfundó su espada, y rezando para encontrar algo empezó adentrarse en el bosque.
Unos minutos más tarde seguía buscando, después del pizote ya no había visto otro ser vivo. Lo que sí se escuchaba era el ulular lejano de un búho y el escurridizo ruido hecho por los roedores al escabullirse, pero aquello no le interesaba.
Momentos más tarde, empezando ya a desesperarse, dio con un pequeño espacio abierto. A pesar de la poca luz, pudo distinguir en el centro de éste a una familia de ciervos. Se trataba de una familia numerosa y los había de varios tamaños, había unos que tenían tantas ramas en su cabeza que Max se preguntaba cómo le hacían para mantenerse en pie. También había pequeños. Max comprendió que sí quería atrapar uno debía ir a por los de menor tamaño.
Mientras Max, escondido en un arbusto, pensaba en la forma de acercarse a los ciervos sin ser descubierto, la solución apareció frente a él como enviada del cielo. Uno de los pequeños se separó de la manada y caminó en dirección al río. Max supo que era la oportunidad que estaba esperando y quizá la única que se le presentaría, por lo que se propuso seguir al pequeño ciervo.
Diez minutos más tarde el pequeño ciervo tomaba agua en el río y Max, oculto en arbusto, se debatía en su fuero interior sobre cómo debía actuar.
En la orilla opuesta, Rolf y su compañero lobo miraban anhelantes el pequeño ciervo que tranquilamente sorbía agua frente a ellos.
—¡Mira que belleza! —exclamó uno de los lobos. Las palabras apenas eran audibles para Max.
—¡Cómo me gustaría estar del otro lado! —se quejó el otro, Max supuso que era Rolf.
—Hola muchachos —dijo el pequeño venadito, pero en su voz había un buen grado de sarcasmo—. Lástima que no estén aquí, ¿verdad? Bien que les gustaría saborear algo tan tierno como yo.
—Maldito cachorro, pero te vas arrepentir —bramó Rolf moviéndose impacientemente de un lado a otro.
—¿Ah sí? ¿Y cómo lo van hacer? —el pequeño venado seguía incitando— ¿Van a volar hacia esta orilla?
—No —replicó Rolf con una pequeña sonrisa. Luego agregó—: Pero él lo hará por nosotros.
Max había salido disparado de su escondite para caer sobre el pequeño ciervo. Al menos era un engreído, eso y la necesidad de encontrar a Jennifer eran aliciente suficiente para cazarlo. El pequeño ciervo, al oír las palabras de Rolf volvió la vista atrás, intentó correr, pero ya era demasiado tarde: Max cayó sobre la espalda del ciervo, aunque no logró cortarle el cuello como al principio había previsto. El ciervo, que no era mucho más grande que los lobos, se desplomó y forcejeó para liberarse, pero Max, con las rodillas y su peso, aprensaba su cuerpo, con una mano sujetaba su cabeza y con la otra le rajó la garganta, la sangre empezó a brotar a borbollones.
—¡Qué bien! ¡Qué bien! —exclamó Rolf en la orilla opuesta, al tiempo que su compañero daba saltitos de felicidad.
El ciervo pateó algunos segundos antes de morir. Luego Max limpió la espada en el río y la devolvió a su funda.
Mientras cavilaba sobre la mejor manera de llevar el cuerpo del venadito al otro lado, escuchó el resonar de varios pares de cascos avanzando hacia el río. Tenía la sensación de saber quiénes eran, pero no estaba dispuesto a quedarse para confirmarlo, así que tomando el ciervo se lanzó al río. Le era difícil avanzar, hasta que se lo echó sobre la espalda y sólo con los pies y una mano siguió nadando.
Apenas había avanzado unos cuatro o cinco metros cuando tres ciervos aparecieron de entre el bosque, sus cabezas coronadas por una ramazón de cuernos. Sus ojos se nublaron de ira cuando vieron lo que Max transportaba sobre la espalda.
—¡Que no escape! —bramó uno.
Los tres ciervos se lanzaron al río. Max temió por su vida y por un instante estuvo tentado a soltar el cuerpo inerte sobre su espalda para nadar más rápido. Afortunadamente no lo hizo, ya que sus perseguidores al llegar a la parte en la que el agua cubría sus cuerpos, desistieron en su intento y se conformaron con blasfemar solamente.
Creyó que todo aquello iba a ser difícil. Pero estaba resultando fácil, o al menos más fácil de lo que había pensado en un principio. No había pasado ni una hora desde que despertó cerca del acantilado, y ahora cruzaba el río con un pequeño ciervo sobre su espalda.
Esta vez tardó más tiempo en llegar a la otra orilla, ya que no le era posible nadar más rápido. Mientras él cruzaba el río, los ciervos tras él no dejaban de gritar imprecaciones y pedir al Dios del Bosque para que se ahogara. Mientras, Rolf y su compañero le animaban a continuar, al tiempo que devolvían las blasfemias e insultos a los ciervos de la orilla opuesta.
Cuando por fin llegó a la otra orilla, lo hizo al menos cien metros río abajo. La corriente no era fuerte, pero su avanzar lento había contribuido a ser arrastrado una buena distancia. Apenas salió a la playa, los lobos se lanzaron, cuan hambrientos estaban, sobre el cuerpo del venadito. Los ciervos en la orilla opuesta seguían maldiciendo, hacía buen rato que Max había dejado de prestarles atención.
—Coman rápido —instó Max—, que aún tienen que pagar por esa comida.
«Espero que ésta vez sí cumplan su palabra», pensó.
Mientras los lobos devoraban el cuerpo del pequeño ciervo, fue a por la mochila que había dejado junto al acantilado, allá donde se había caído. Luego esperó paciente a que los lobos terminaran su banquete. Al otro lado del río, los ciervos se aburrieron de maldecir y regresaron por donde habían llegado.
—¿Está lejos la aldea de los gnomos? —preguntó Max.
—No lo sé —contestó Rolf.
—¿Cómo que no sabes? —dijo Max sobresaltándose.
—Nunca he estado allí —replicó Rolf—. Lo único que sé es la dirección que hay que tomar para llegar.
—Si no saben que tan lejos está, será mejor que nos pongamos en marcha —dijo poniéndose de pie  de un salto—. Puesto que en este bosque no hay vida, tampoco hay peligro de que salga algún depredador en nuestro camino —agregó.
Un par de minutos después caminaban por la playa en busca de un sendero para salir al bosque, sendero mismo que los lobos habían utilizado para bajar a la playa pensando que se darían un banquete con Max.
Cuando por fin salieron al bosque, el cielo estaba completamente estrellado, aún así la luz era difusa y tenue. El bosque estaba más silencioso que en el día, y eso ya era decir mucho. No se oía ningún ruido, ni siquiera el susurro del viento rozando los árboles. El silencio era total, tanto así que hasta parecía aterrador.
Media hora después, Max ya se había caído al menos cinco veces. Los lobos avanzaban tranquilamente y Max, en su intento por no quedarse atrás, chocaba con las ramas y raíces de los árboles, ya que en el interior del bosque la claridad era casi nula. Rolf y su compañero lo miraban pasmados cada vez que se caía, sin duda alguna no sabían que los humanos no pueden ver en la oscuridad. Pero después de la primera media hora, las caídas fueron más escasas, extrañamente veía más claro, no sabía a qué se debía pero lo agradecía en su fuero interior.
Caminaron durante largo rato, sin pronunciar siquiera palabra. Fue hasta después, cuando Max creía que había pasado una eternidad, que Rolf habló.
—¿Vez aquella luz? —preguntó Rolf señalando hacia delante, lo que Max creía el oeste.
Max aguzó la vista en la dirección que Rolf señalaba, y en efecto, allá a lo lejos se veía una pequeña luz.  En un principio habría jurado que se trataba solamente de una luciérnaga a un metro de sus narices, pero tras escrutarla durante varios segundos pudo distinguir un pequeño marco alrededor de la luz. No había duda, estaba observando la ventana de una pequeña casa.
—Sí, la veo —dijo al fin.
—Entonces chico, aquí te dejamos, nosotros no damos ni un sólo paso más —sentenció Rolf—. Una cosa más —agregó—, no es que sea un aguafiestas, pero es seguro que tú terminarás encerrado igual que tú noviecita, si es que aún la tienen encerrada. En fin, buena suerte —concluyó. Cinco segundos después ya se perdían entre el bosque dejando a Max sólo, en medio del bosque y a las puertas de una aldea de gnomos.
—Gracias —susurro Max—. ¿Noviecita? nunca lo había pensado —se dijo extrañado y muy a su pesar la idea lo hizo sonreír.

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