Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

6 de mayo de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 15

Encuentro con los Gnomos

La enorme figura de Llosty avanzaba lentamente hacia ellos. Max estaba temblando, o al menos pensaba que lo hacía. De lo que sí estaba seguro es que estaba sudando, el mango de la espada estaba mojado, aquella situación no era para nada agradable. Miró a Jennifer, ésta tenía perdida la mirada en el monstruoso felino. En los ojos de éste se veía malicia y alegría, seguramente disfrutaba aquello. Quizá ya nada podía evitar que se diera un buen banquete.
—Llosty, tú…tú no…no nos puedes hacer esto —tartamudeó Max—. Somos tus amigos ¿recuerdas?
—¡Amigos! —bufó el tigre, casi con asco—. Nunca fuimos amigos, simplemente hacíamos algo para beneficio mutuo, pero esa sociedad ya concluyó.
Cuando aún se encontraba a unos cinco metros de Max, Llosty saltó sobre él. Max haciendo uso de sus reflejos se tiró a un lado y rodó, logrando quitarse del camino del tigre justo a tiempo. Cuando se puso de pie, Llosty acorralaba a Jennifer contra un árbol, la niña temblaba aterrorizada y sin el coraje de usar el arco. Max corrió sobre Llosty, y con la espada lanzó una estocada al vientre de la bestia, pero éste con un saltito la esquivó.
—¡Eres valiente, pequeño! —dijo con una sonrisa malévola.
—Tengo que serlo —replicó Max.
Jennifer estaba de espaldas a un grueso cedro, trémula, seguramente aquello era demasiado para ella. Max sabía que no iba a usar su arco con alguien que había creído amigo, no lo haría. Pero él no iba a permitir que Llosty los usara como bocadillo, no porque temiera morir, sino porque no quería que a Jennifer le pasara algo y porque su abuelo dependía de él. De manera que estaba solo, Jennifer difícilmente lo ayudaría y no tenía a nadie más. Anteriormente siempre había tenido quien le ayudara, pero ahora, ahora estaba solo, tendría que ingeniárselas y rápido para salir de aquella situación.
Llosty rugió ensordecedoramente y saltó sobre Max. Éste vio como la enorme figura iba hacia él e intentó apartarse de la trayectoria de la bestia, pero esta vez el tigre fue más rápido. Max cayó de espaldas ante el golpe, quedando en medio de las garras del tigre. En su mano derecha aún sostenía la espada, intentó asestar un golpe al tigre pero éste inmediatamente puso una de sus enormes garras en su brazo, dejándolo sin movimiento. Acto seguido con su otra garra inmovilizó de igual forma el brazo izquierdo del chico. Intentó desesperadamente escapar pero fue inútil.
—Jennifer has algo —gritó.
Las garras del tigre se estaban clavando en sus brazos y un líquido caliente empezaba a recorrerle los codos. Max cerró los ojos y apretó los dientes soportando el dolor.
De repente el pesor de las patas de Llosty desapareció de sus brazos. Cuando abrió los ojos vio que el arco de Jennifer ya no tenía la flecha, después de todo, la niña había tenido el coraje para disparar, pero no había dado en el blanco porque éste se había movido. Max observó la expresión del rostro de Jennifer, estaba llorando, ya no había colocado otra flecha en el arco, probablemente había utilizado todo su valor y coraje en aquella flecha.
Max escrutó sus brazos, hilillos de sangre manaban allí donde Llosty había clavado sus garras. Se puso de pie ayudado por los brazos que le dolían un montón. Por último volvió a coger la espada.
Llosty seguía de pie, a pocos metros de él. Max pensó que, por su expresión, disfrutaba verlo sufrir. Quizá ahora iba a clavar las garras en sus piernas, después en la cara o quizá en el corazón, no sabía lo que a continuación sucedería.
Llosty avanzó paso a paso hasta colocarse frente a Max, con la seguridad de que éste no podría usar la espada. Max, por su parte, no lo podía creer, ¿cómo había llegado a estar en aquella situación? Ya no recordaba cómo había empezado todo aquello, sólo recordaba que no podía morir, su abuelo dependía de él y no lo iba a decepcionar.
Cogió la espada con las pocas fuerzas que le quedaban en sus brazos y lanzó una estocada a la cabeza del felino, éste solo retrocedió un paso y luego lanzó un zarpazo. Las garras le arañaron el pecho, el escozor era insoportable. Si los brazos le habían dolido, no se comparaban al dolor que ahora sentía. Ésta vez no cerró los ojos, había caído, pero trataba de mantener la vista fija en Llosty. Se llevó las manos al pecho, la sangre le emanaba de las heridas. Quitó las manos de su pecho e intentó gatear para alejarse de Llosty.
La desesperación se estaba apoderando de él. Mientras intentaba gatear para alejarse de la fiera algo lo detuvo, volvió la vista, Llosty había clavado sus garras en el pantalón impidiendo que pudiera seguir avanzando. Temió su fin. Pero entonces una flecha surcó el aire y se clavó en el vientre del monstruoso felino, éste soltó un bramido y cayó al  suelo.
Max vislumbró allí una gran oportunidad de escapar. No supo de dónde sacó energías pero se puso de pie, tomó la espada y corrió hacia Jennifer.
—Tenemos que irnos —le dijo tomándola de la mano y obligándola a correr. Siempre en dirección sur.
Se sentía agotado, pero el pensar que si moría su abuelo seguiría el mismo camino lo hacía mantenerse en pie. Siguió corriendo. Jennifer hacía lo mismo mientras él la halaba con la mano.
No tenía pensado detenerse, era obvio que Llosty no moriría con aquella pequeña flecha. Incluso era muy probable que ya fuera en su persecución, por lo que corría lo más rápido que su cansado cuerpo le permitía.
Apenas segundos después de iniciado el escape, empezó a escuchar unos suaves brincos. Tenía la casi certeza de que era Llosty quien corría tras ellos con aquel saltar sigiloso que poseía al convertirse en aquella  monstruosa criatura. Los pequeños saltos se escuchaban cada vez más cerca.
Las ramas de algunos árboles entorpecían su carrera y tenían girar constantemente para abrirse paso. Mientras corría no pensaba siquiera en volver la vista, no quería enterarse de que ya tenían a aquel demonio sobre sus espaldas, lo único que pasaba por su mente era huir. Por algunos momentos lograba pensar claramente, sabía que no tenía caso correr, Llosty no tardaría en darles alcance; pero luego su mente entraba en otro estado que le hacía pensar que lo único que tenía que hacer era correr.
Un minuto más tarde escuchó un rugido aterrador a escasos metros tras ellos; Llosty ya les había dado alcance. Sus pies ya no querían correr, aunque su mente les decía que debían esforzarse.
Un segundo después del rugido, una sombra voló sobre ellos, Llosty cayó frente a ambos chicos cortándoles el paso. El tigre se abalanzó sobre ellos, pero ya habían cambiado el rumbo y corrían hacia otro lado. Max tropezó y cayó, pero se puso de pie inmediatamente y siguió corriendo.
Max estaba desesperado, su mente y sus músculos se estaban fundiendo. Se había salvado de otro ataque de Llosty, pero éste no tenía pensado dejarlos escapar, por lo que ya iba encima de ellos nuevamente. Max escuchaba los pasos y brincos del tigre a escasos metros tras ellos.
Tuvo una sensación extraña y de súbito cambió de dirección, obligando a Jennifer a hacer lo mismo. Unas milésimas de segundos después, una sombra cayó en el lugar en que hace instantes habían estado. Se salvaron por un pelito. Aunque sabía que era inútil, Max siguió corriendo.
Siguió corriendo sin detenerse. Ésta vez no escuchaba ya a Llosty, aunque no creía que lo hubieran perdido. Sin vacilar continuó corriendo, no sabía si Jennifer estaba en condiciones de seguir su ritmo, pero si quería salvar su vida tenía que correr junto a él.
Unos cinco minutos después, el cansancio ya era agotador. Era increíble pensar que habían perdido a Llosty, ya que no parecía que los persiguiera, quizá después de todo se había resignado dejándolos escapar, idea que parecía imposible, pero que a la vez hacía que su cerebro y su corazón palpitaran de esperanza. Tuvieron que reducir la velocidad de su marcha, ya que ninguno tenía fuerzas para seguir al ritmo que traían.
Frente a ellos se podía vislumbrar un claro con luz tenue, lo que significaba que el sol estaba a punto de ocultarse. Siempre corriendo, aunque ahora a menor velocidad llegaron hacia el pequeño claro. Conforme se acercaban, Max se fue convenciendo de que no se acercaban a un claro cualquiera, sino a un río. Podía jurar que escuchaba el agua correr, además la maleza se hacía más verde y densa.
Por fin salieron a aquel pequeño claro, que no era tan pequeño como al principio había supuesto. Pero lo que vio frente a ellos no fue nada agradable: recostado sobre su panza estaba Llosty, con aspecto de estar allí desde hace rato.
Si aún hubiera tenido energías habría tomado otra dirección y habría seguido corriendo, pero ya no podía, sus músculos ya no le permitían más, correr ya no era una opción.
El rostro de Jennifer se mostraba congestionado de pánico y sorpresa al ver la silueta del tigre, que aún continuaba transformado en aquella enorme criatura oscura.
—¡Tardaron un poco en llegar! —dijo Llosty poniéndose de pie y caminando hacia ellos—. Por un momento temí que hubiesen tomado otra dirección.
Jennifer retrocedió un paso y se cubrió en el cuerpo de Max, como esperanzada de que éste la protegería del despreciable tigre. Max sostenía la espada en la mano, pero inseguro de poder blandirla. Sus brazos estaban destrozados, aún sangrando y el dolor no había cesado.
Llosty se paseaba frente a ellos, como divertido. Había adivinado que dirección tomarían y se les había adelantado. Quién sabe cómo lo hizo, pero le había dado resultado. Los había atrapado, más ahora que ellos ya no tenían energías para nada.
Llosty siguió paseándose frente a ellos, luego empezó a dar vueltas a su alrededor como examinándolos. Quién sabe por qué no los atacaba, quizá quería saborear la victoria antes de saborear la carne. Siguió caminando alrededor de ellos, sin quitarles la vista de encima, Max por su parte en ningún momento dejó de ver cada uno de sus movimientos. Por fin dejó de dar vueltas, había quedado del lado del bosque, entonces fue cuando empezó a caminar hacia ellos.
Los había acorralado.
Max empezó a dar pequeños pasos hacia atrás, hacia el río, con Jennifer siempre a su espalda. Retrocedía en pasos pequeñísimos, quería ganar tiempo para tratar de recuperar energías. Pero dudaba que pudiera recuperar energías pronto, estaba destrozado.
Llosty tenía una expresión que más bien parecía una pequeña sonrisa llena de malicia ¡Cómo tenía ganas de enterrarle su espada en el corazón! Cuando lo había conocido incluso había sentido aprecio por él, pero ahora, ahora solamente sentía odio.
Si no se hubiera transformado en aquella bestia quizás habrían podido hacer algo para escapar o incluso para asesinarlo, pero ahora estaba fuera del alcance de sus fuerzas.
En aquellos momentos una bandada de aves salió volando aparatosamente de entre el bosque, no muy lejos de donde se encontraban ellos.
Apenas un segundo después escuchó un ruido, el ruido era de pequeños pies moviéndose ágilmente por el suelo. Si fuera posible sentir más terror del que ya sentía, sin duda alguna se habría aterrado más. Max tenía la ligera sospecha de qué se trataba aquel ruido.
Llosty había apartado la vista de ellos y miraba con expresión de desconcierto el lugar del que provenía el ruido.
Apenas segundos después, unas pequeñas criaturas salieron del bosque y se quedaron allí paradas mirando un rato a ellos y luego a Llosty.
Las criaturas, sin duda alguna eran gnomos, justo como Max había temido. Eran unas pequeñas criaturas regordetas. El color de su piel era algo rosada, parecida a la piel humana, solamente que más arrugada. Eran todos calvos, tenían las orejas largas, una nariz ancha y chatay ojos grandes, muy grandes. Los pies eran anchos, desproporcionadamente muy anchos en relación a su cuerpo. Muchos de ellos tenían dientecillos como sierra, otros los tenían enormes. No medían más que un niño de seis o siete años.
Todos los gnomos iban armados. Algunos llevaban pequeñas espadas, que para un humano serían cuchillos grandes. Otros llevaban arcos, lanzas y cerbatanas.
Uno de ellos, el más grande, empezó a hablar en una lengua extraña, más parecida al chillido de un cerdo que a una lengua comprensible. Los demás contestaron con los mismos chillidos, luego rieron a carcajadas agudísimas, sin apartar la vista ni de ellos ni de Llosty.
—¡Pequeños monstruos! —bufó Llosty, parándose amenazadoramente frente a la pandilla de gnomos, que eran alrededor de cuarenta.
—Compañeros recuerden, primero a esa cosa y luego a los humanos —dijo ésta vez en lengua humana el gnomo que había hablado al principio.
—Correcto —contestaron varios gnomos al unísono.
—Que dos vigilen a los humanos para que no intenten escapar —volvió a hablar el mismo gnomo—. El resto, a por esa criatura. Aunque no se qué es.
—Debe ser una nueva especie —observó uno de los muchos gnomos.
—Nueva especie o no, hay que exterminarlo.
Los gnomos respondieron levantando y agitando sus armas.
Los grandes ojos de los gnomos relampagueaban con la cada vez más tenue luz del sol. Ahora Max no sabía si temía más a ellos que a Llosty. Lo único que podía hacer era rezar para que tigre y gnomos se destruyeran mutuamente.
 Tras ellos había un río de unos veinte o veinticinco metros de ancho, no se había equivocado al respecto. Del lado norte, que era donde ellos se encontraban, había un acantilado de unos ocho metros de altura, escarpado y completamente vertical. Entre el acantilado y el río había una pequeña playa de finas piedras negras de unos cinco o seis metros de achura. Al sur había una playa muchísimo más ancha y más adelante empezaba a crecer la vegetación hasta convertirse en bosque. Durante un breve momento había creído que podían escapar por allí, pero luego de examinar la empinada pared rocosa, sabía que a menos que saltaran era imposible descender escalando.
De repente, como movidos por una fuerza extraña, todos los gnomos, excepto dos que se quedaron vigilando a los chicos, corrieron hacia Llosty agitando amenazadoramente sus pequeñas armas. Éste rugió fuerte, como solo él lo podía hacer, no era un cobarde, iba a luchar, y también se abalanzó como la fiera que era sobre la pandilla de pequeñas criaturas.
Si el tigre se hubiera propuesto huir, seguramente lo habría logrado. De un salto fácilmente habría salvado los gnomos y se hubiese perdido en el bosque, pero no lo hizo, quizá no estaba dispuesto a perder su comida o quién sabe que lo movió a luchar.
En fin, tigre y gnomos se enfrascaron en una batalla.
Llosty era rápido y fuerte, pero los gnomos eran, en teoría, más inteligentes, numerosos y poseían armas. Si le hubiesen preguntado por quién apostaba, Max habría tenido un gran dilema por resolver.
Max sabía que para ellos probablemente ya no había salvación, quienquiera que ganara terminaría acabando con sus vidas a menos que consiguieran huir antes de que la pelea terminara. Pero de momento no veían ninguna posibilidad de escapar, ni se vislumbraba una futura. Los dos gnomos que no eran partícipes de la batalla no les quitaban los ojos de encima y sostenían sus pequeños arcos listos para ser usados de ser necesario.
Max se sentía como una presa herida que observa a dos depredadores batallar para decidir quién se queda con el botín.
En aquellos momentos Llosty tenía varias flechas incrustadas en su cuerpo, pero con su boca descuartizaba al gnomo que hace rato había dado las órdenes, al parecer el gnomo jefe. Después de, prácticamente partirlo en dos, saltó para evitar ser embestido por al menos una docena de gnomos.
Al menos cinco gnomos yacían muertos en el suelo, y muchos otros tenían heridas francamente visibles. Un reguero de sangre rojísima servía de alfombra al escenario de la batalla.
Minutos más tarde, y tras la muerte de otros tres gnomos, Max se convenció de que aquella batalla la ganarían las pequeñas criaturas narizonas y de orejas alargadas, sin duda alguna primos no muy lejanos de los duendes. La conclusión de que los gnomos ganarían la obtuvo al escrutar el desarrollo de la pelea: Llosty sangraba aparatosamente y sus movimientos eran cada vez más lentos, razón por la cual ya no acertaba tantos zarpazos como al principio sí lo había hecho, por el contrario recibía muchas más heridas que al inicio del combate. Simple y sencillamente, Llosty no tenía posibilidades de ganar aquella pelea. Lo único que podía hacer, si quería vivir, era huir. Pero no lo hizo, en ningún momento hizo ademán de pretender escapar; seguía peleando, tirando zarpazos a cuanto gnomo se le acercaba o tenía al alcance.
Los dos gnomos encargados de vigilarlos dividían su tiempo en observar la batalla y vigilarlos a ellos. En todo momento una sonrisa burlona, asquerosa y malévola se dibujaba en sus finos y casi inexistentes labios.
La batalla sucedía frente a Max y Jennifer. Por momentos se acercaba tanto a ellos, que tuvieron que ir retrocediendo hasta quedar a escaso medio metro del borde del acantilado. Una caída sería dolorosa y muy probablemente mortal, ya no podían ceder más espacio.
En aquellos momentos Llosty saltó y encontró desconfiados a los dos gnomos que los vigilaban y de sendos zarpazos les abrió las gargantas, arrebatándoles la vida casi instantáneamente. Con éstos dos, ya eran diez gnomos a los que Llosty había dado muerte, pero la batalla la estaba perdiendo. Decenas de flechas colgaban en su cuerpo, pero las heridas hechas con espada eran las que más abundaban en su cuerpo y las que más sangre le estaban haciendo perder. De no ser por su mágica transformación y su gruesa piel seguramente hacía rato que habría muerto.
«Menos mal que no se cura mágicamente», pensó Max, recordando al trol cuyas heridas se cerraban milagrosamente.
Después de asesinar a los dos vigías, Llosty se volvió para seguir luchando, pero la fatalidad llegó para él; una flecha surcó el aire y se clavó en su oscuro pecho. Medio segundo después, el tigre empezó a encogerse, el color oscuro de su piel fue tornándose amarillento y sus gigantescos incisivos fueron decreciendo. La expresión que el tigre estaba adquiriendo era de sorpresa y miedo. Apenas momentos después la oscura y gigantesca criatura había cedido su lugar a un flaco y mal herido tigre.
—¡Era solo un tigrillo! —gritó la voz chillona de un gnomo.
Llosty volvió la vista hacia Max, su rostro era una máscara de terror y con sus ojos le decía que lo sentía. Max supo que en sus últimos instantes de vida, el tigre se había arrepentido de lo que había hecho.
Inmediatamente la pandilla de gnomos se abalanzó sobre el tigre e hicieron de aquella batalla una carnicería.
—¡Llosty! —susurró Max.
El odio había desaparecido hacia aquel tigre. Ahora sabía que Llosty había sido su amigo, si los había atacado la culpa era únicamente de aquel estúpido Diamante de Hezlem. Max lo había visto en sus ojos, Llosty de verdad lo sentía. La tristeza invadió su corazón, se olvidó que estaba a la orilla del acantilado y retrocedió un par de pasos.
—¡Max! —gritó Jennifer.
Pero ya era demasiado tarde, había puesto uno de sus pies en la nada y se precipitó al vacío. Vio la expresión de terror en el rostro de Jennifer antes de empezar a caer. Ni siquiera se dio cuenta si gritó o no. Las imágenes de lo que lo llevaron hasta aquel lugar pasaron en su mente en una rápida transición, su abuelo en cama, él dándole un abrazo a su abuelo, Mynor dándole la espada que ahora caía junto con él, el mago Sam haciéndoles un hechizo para que pudieran hablar con los animales, el rostro de Jennifer cuando se desplomó hacia abajo; los momentos más importantes de los últimos días se sucedían uno tras otro en su mente. Cuando cayó no sintió dolor, quizá ya había perdido el conocimiento o quizá incluso había muerto.

2 comentarios:

  1. muy interesante , tendre q esperar hasta el proximo martes para saber q sigue =) .
    Marilu

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