Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

7 de mayo de 2014

El Pajar y el Trol

La aldea a la que entraron era vieja, sucia y pequeña. Un centenar de pequeñas casas estaban esparcidas en todas direcciones. Las paredes eran de madera y adobe y los techos de paja; haciendo honor al nombre de la aldea: El Pajar. No había que ser un genio para darse cuenta que no todo andaba bien allí; el lugar daba la impresión de haber sido atacado por un vendaval. Había casas a medio camino del suelo, a otras le faltaban puertas o ventanas, o alguna sección del techo. Los vecinos se ayudaban a reconstruir las viviendas, mientras que otros, con torsos, brazos o cabezas vendadas lo observaban todo con profundo desconsuelo.
Landon y su séquito no dejaron de darse cuenta de los arqueros apostados en las ramas de los árboles, ninguno de los cuales les dio el alto, parecían vigilar más allá, hacia los bosques y las colinas.
—¿Campesinos arqueros? —comentó en tono despectivo Ennie, uno de sus dos guardias—. ¡Lo que hay que ver!
—Tienen miedo —apuntó Robert, el veterano guardia que nunca había llegado a caballero pero que gozaba de experiencia y gran percepción.
—¿Y a qué le pueden temer unos campesinos? —rió Camelot, un muchacho hijo de un rico mercader al que todo le parecía divertido. Al principio a Landon le pareció un joven agradable, con el paso del tiempo empezaba a pensar lo contrario—. ¿A un lobo, a los cuervos, al sol?
—Al causante de tales destrozos, por ejemplo —dijo Landon.
—¿El viento? —preguntó sorprendido Camelot.
—Mi señor tiene razón —intervino Robert—. No creo que el viento haya hecho esto.
—¿Qué más pudo ser?
—Lo averiguaremos ahora mismo. —Landon condujo a su moro hasta un grupo de aldeanos que trataban de reponer el techo que le faltaba a una vivienda. Lo siguieron Camelot, los dos guardias y los tres sirvientes con el carromato en el que iban las tiendas, los suministros y los enseres para cuando no hallaban una posada y tenían que acampar.
—¿Qué sucedió, aquí? —preguntó.
Un hombretón con músculos de herrero se volvió a él y lo encaró.
—Aquí tenemos por costumbre saludar antes de… —el hombre casi gritaba, pero un anciano lo haló de la camisa instándolo a callarse.
—Lo siento, mi señor —dijo el anciano haciendo una pequeña reverencia—. Mi nombre es Román y el maleducado es Ryan.
—Soy Landon Pottlir, hijo menor de Lord Cannio, vuestro señor. —Landon esperó una balbuciente disculpa de parte del herrero, hablar en aquel tono al hijo de su señor bien podría valer un pasaje a la horca. Pero esperó en vano, en su lugar recibió una réplica aguda e irónica.
—¿Mandamos pedir ayuda a Lord Cannio y es esto lo que nos mandan? —espetó— Un chiquillo al que no le ha salido ni siquiera un pelo en la barba.
—Más respeto, campesino —exigió Ennie llevando la mano a la empuñadora de la espada—. Estás hablando a tu señor.
—Debéis disculparlo, mi señor —intervino el anciano con tono conciliador—. Ayer perdió a su hijo, un día trágico.
Landon asintió, displicente.  
—Lo dejaré pasar —dijo—. Ahora contadme lo que sucedió aquí y por qué mandasteis pedir ayuda a mi padre.   
—Un trol, mi señor —empezó el anciano—. Ha atacado la aldea tres veces en los últimos siete días. Han muerto varios vecinos y muchos más han resultado heridos. Al segundo ataque, hace cuatro días, mandamos pedir ayuda a Zandari.
—¿Por qué no mandasteis pedir ayuda a Lord Baker? —demandó Landon.
Lord Baker era el señor que regentaba El Pajar y algunas aldeas vecinas en nombre de Lord Cannio Pottlir y del Rey Nakar Doverick. La Rueca, pueblo donde tenía su pequeña fortaleza, estaba situado unos cincuenta kilómetros hacia el norte, mucho menos que los más de doscientos que había hasta el castillo de los Pottlir.
—Lord Baker es un tanto descuidado, mi señor —musitó Román, frotándose las manos con nerviosismo—. No estábamos muy seguros de que nos fuera a escuchar…
—Lord Pottlir ha mandado ayuda —gritó un chiquillo a sus espaldas—. Venid a ver todos.
Landon giró a su moro para ver a sus espaldas, los miembros de su séquito lo imitaron. Aguzó la vista esperando ver un pelotón de hombres de su padre, pero lo único que vio fue hombres y mujeres, jóvenes y niños, acercarse cautelosamente hasta que formaron un corro alrededor de él y sus hombres. Susurros nerviosos, voces esperanzadoras, dedos apuntándole a él o a cualquiera de sus hombres… No era necesario preguntarle al chiquillo dónde estaba la ayuda que Lord Pottlir había mandado. La respuesta era obvia.
—Lord Cannio ha respondido nuestra solicitud de auxilio —gritó alguien entre el gentío—. Ha mandado caballeros para ocuparse del trol.
Al menos la mitad de los presentes, la mayoría jóvenes y niños, estallaron en gritos y aplausos de júbilo. El resto los miraba con recelo, como si no las tuvieran todas consigo.
Landon se planteó la posibilidad de sacarlos de su error, ninguno de ellos era caballero y ninguno de ellos había llegado como respuesta a su ruego de ayuda, pero ver los rostros esperanzados e ilusionados de los más jóvenes y también de varios adultos, pudo más que él.
Así fue como, una media hora más tarde, mientras sus criados levantaban el campamento en el extremo septentrional de la aldea, en el lugar no había ninguna posada decente y no le pareció noble sacar a una familia de su choza, se encontró junto a Robert en el interior de la casa del viejo Román, oyendo de labios de éste, la situación de la aldea.
—No sabemos de dónde salió —dijo Román—. Varias personas empezaron a avistarlo hace unos tres meses. Se cree que proviene de las cadenas montañesas del oeste. Y puesto que en ningún momento se acercó a la aldea ni atacó a aquellos que lo vieron, no creímos necesario armar jaleo respecto a él. Hasta hace siete días.
»Vino por la tarde y arremetió contra la primera casa a su alcance. Golpeó, desgajó, rugió, hirió y mató hasta que se cansó y se marchó. No hicimos nada esa vez, excepto consolarnos y empezar a reparar lo destruido.
»Tres días después volvió a aparecer. En esa ocasión no nos impresionó tanto como la primera vez. Mientras destrozaba la aldea y hacía huir aterrorizado a medio mundo, algunos cogieron sus arcos y lo acribillaron a flechas. Apenas lo rasguñaron. Tienen la piel muy gruesa esos troles. Además de que aquí no se nos da muy bien eso de manejar arcos; lo nuestro es sembrar y pastorear rebaños. Antes de que concluyese el día mandamos tres jinetes pidiendo ayuda a lord Cannio.
»Ayer nos atacó otra vez —continuó el anciano—. A pesar de que pusimos vigías en los árboles para que nos avisasen si avistaban al trol, no todos pudimos huir; hubo heridos y un par de muertos, el pequeño hijo de nuestro herrero incluido.
»Casualmente ha atacado cada tres días, nos negamos a creer que sea una rutina. Otro aspecto peculiar de su comportamiento es que ataca solo al sexo masculino, de entre catorce a veinticinco años. El hijo de Ryan es la única excepción, y los que presenciaron el percance juran que fue un accidente. Desde luego hay personas fuera de este rango heridas, pero ningún otro ha muerto, exceptuando al chiquillo antes mencionado, claro, y no han sido atacadas de forma directa por el monstruo, de lo contrario estarían muertos.
—¿A qué os refieres cuando mencionáis que no fueron atacados directamente? —preguntó Robert. Landon le dirigió una mirada ceñuda.
—Bueno, mientras huíamos, algunos cayeron y se torcieron alguna extremidad o se rompieron algún hueso —el anciano se encogió de hombros—. Otros quedaron atrapados bajo los escombros de alguna casa, sin poder moverse.
—¿El trol no los atacó? —esta vez fue Landon quien intervino.
—Hizo caso omiso de ellos —fue la escueta respuesta del anciano.
—Es algo muy extraño —comentó Robert—. Pareciera que el trol buscara algo o alguien.
Landon no pasó por alto la mirada huidiza de Román después del comentario de Robert.
—Desde luego es algo muy extraño —dijo el anciano, clavada la vista en sus sandalias de cuero viejo.
—Os agradezco vuestro tiempo y la información —Landon terminó de un trago la limonada de su vaso y se puso de pie, Robert lo imitó—. Ahora debo volver con mis hombres.
Abandonó la casa con Robert pisándole los talones. Sintió desconsuelo y rabia al ver todavía a mucha gente frente a la casa del anciano. En su camino al campamento recibió inclinaciones de cabeza, grititos emocionados, palabras de ánimo y, por qué no, una que otra mirada hosca. El Pajar era una aldea en los límites del reino de Afiran, poco acostumbrados a ver caballeros o miembros de las grandes casas, a él lo habían tomado por ambos, y también creían que era el jodido héroe que los libraría del trol.
—Ni te acostumbres —puyó Camelot cuando Landon entró al pequeño círculo que formaban las tiendas del campamento—, no creo que vayas a recibir tantas reverencias en Zandari.
Landon le dirigió una mirada gélida, capaz de cortar el acero. Los comentarios mordaces de su amigo, que al principio tanta gracia le habían hecho, últimamente sólo servían para ponerlo más furioso.
—¿Cuánto crees que tarden? —preguntó a Robert después de sentarse junto al fuego que los criados habían encendido. El crepúsculo amenazaba en el horizonte y tras este sólo venía la noche.
El guardia sabía a qué se refería sin necesidad de más explicación.
—Bueno, tomando en cuenta que los jinetes partieron de forma apresurada, no debieron tardar más de tres días en llegar a Zandari. Aun suponiendo que vuestro padre los reciba y envié ayuda inmediatamente, los que vengan no marcharán con prisa, por lo que tardarán entre cuadro o cinco jornadas. Tomando en cuenta que los jinetes salieron de aquí hace cuatro días, no se puede esperar ayuda hasta dentro de tres o cuatro días más.
Landon asintió, sombrío.
Camelot lo observaba boquiabierto.
—¿No estarás tan loco como para querer enfrentar al trol? —dijo.
—Está gente cree que soy un caballero y que los libraré de esa bestia —dijo Landon—, no les puedo fallar. Además, si quiero que me nombren caballero antes de cumplir los dieciocho, tengo que hacer algo que resalte para logarlo.
—¡Pero es un trol! —exclamó Camelot— ¿Los conoces siquiera?
Landon negó con la cabeza.
—No iré a buscar esa cosa si es lo que piensas —dijo—. Me quedaré aquí a esperar. De todo corazón deseo que no aparezca hasta que la ayuda de mi padre haya venido, si es que viene, pero si se presenta antes de eso… Ya veré qué hago.
Camelot disintió con la cabeza. Landon sabía que era un redomado cobarde, en su vida había tocado un arma y le gustaba vestirse con seda y terciopelo, se empolvaba el rostro cuando estaba en la ciudad, le gustaba visitar los prostíbulos y lanzar flores a cualquier mozuela que se le cruzara el camino, pero le rehuía a cualquier tipo de problema. En fin, nada se podía hacer.
Esa noche apenas pudo dormir. Cuando lo logró soñó que un monstruo de diez metros de altura lo estrujaba con sus manos como robles.
Durante el siguiente día y el que siguió hizo que Ennie y Robert practicaran media jornada con las ballestas, definitivamente estas tenían que lograr mejores resultados que los rústicos arcos de los aldeanos. Mientras, él se dedicó a pasar la piedra de amolar a su espada con la empuñadora incrustada de rubíes. Más tarde sacó de entre los enseres su lanza de torneo, medía diez pies de largo y tenía la punta roma. Practicó durante varias horas contra un estafermo hecho allí mismo con ropa de los criados y paja.  Por último cambió la punta roma por una muy afilada, capaz de abrir un boquete en la más gruesa de las armaduras.
A media tarde del tercer día descubrió algo que quizá explicara los continuos ataques del trol a la aldea. Sucedió cuando charlaba con Robert bajó la sombra de un cedro bastante joven. En ningún momento imaginó que alguien los estuviera espiando.
—Sólo tendréis una oportunidad, joven señor —repitió por enésima vez el veterano—. Nosotros lo acosaremos con las ballestas y vos lo empaláis con la lanza —explicó—. Sería muy raro que muriera solo con una lanza, pero con suerte lo dejará tan débil que podamos acercarnos y terminar el trabajo con las espadas.
—¿Y si erro? —Landon escuchó que su voz era trémula. Cargar contra un estafermo, inclusive contra un jinete en un torneo, era una cosa, pero hacerlo contra una bestia sabiendo que el más leve fallo podría costarte la vida, otra muy diferente. De pronto tenía miedo, mucho miedo. Después de todo no era más que un joven de diecisiete años tratando de vestirse de héroe.
—Si falla allí estaremos nosotros, joven señor —dijo Robert con voz consoladora—. Daríamos la vida por usted. Pero tenga confianza, no errará. Lo he visto cargar, aquí, en el patio de entrenamiento del castillo y en los torneos, es muy bueno en ello.
Landon asintió. Aún así tenía mucho miedo.
—No podéis titubear —una figura algo encorvada salió de unos arbustos. Robert se puso de pie de un salto y desenvainó la espada. La guardó cuando se dio cuenta que la figura no era más que la del anciano Román—. No debéis titubear, mi señor —corrigió.
Que aquel anciano descubriera que tenía miedo, peor aún, que supiera que necesitaba de palabras de aliento, hizo enfurecer a Landon.
—¿Por qué no debería titubear? —increpó Landon.
—Bueno —el anciano se retorció las manos—, si dudáis podría ser vuestra sentencia de muerte, mi señor. He visto actuar a esa cosa, si os coge será vuestro fin, mi señor. Y nadie aquí…
—¿Qué escondéis? —le interrumpió. De alguna manera el continuo cacaraqueo del anciano servía para alterarle los nervios—. ¿Qué sabéis que aún no nos has contado?
—¿Mi señor? —el gesto del anciano era el del ladrón que ha sido hallado con las manos en la masa—. Yo no os escondo nada, mi señor, ni a vos ni a nadie.
—Es algo relacionado con el trol, ¿cierto? Os aconsejo que habléis de una buena vez. No me gustan las mentiras, y por si no lo sabéis, puedo mandaros ahorcar por mentir al hijo de tú señor.
La piel del anciano perdió color y se estrujó las manos con más ahínco si cabe.
—Es relacionado a mi nieto y otros tres muchachos, señor —empezó el anciano. Landon asintió en señal de que lo atendía—. Todo empezó cuando mi nieto y otros siete jóvenes salieron a cazar, o al menos fue lo que dijeron, mi señor. En realidad habían convenido en ir a buscar al trol para cazarlo…
—¡Por Marcadav! —exclamó Robert— ¡Qué insensatez! ¿Y no hicisteis nada para impedirlo?
—Ya os dije que fingieron ir de cacería —se defendió el anciano—. Yo me enteré hasta hace una semana, mi señor. El asunto es que aunque no lograron hacer gran cosa con el trol, al parecer tenía una cría y el grupo de mi nieto la mató, mi señor.
—¿El trol vio a vuestro nieto y a sus amigos hacer semejante barbarie? —preguntó Landon.
—Me temo que sí.
—Y supongo que todos son jóvenes.
—El menor tiene quince años y el mayor tenía veintitrés.
—De los cuales solo cuatro quedan con vida.
—Sí.
—Eso explicaría por qué la criatura solo ataca a hombres de entre catorce y veinticinco años —meditó Madiel—.  Por supuesto, no coincide exactamente con las edades que me acabáis de dar, pero qué sabe el trol. Él solo sabe que los asesinos de su vástago eran jóvenes de sexo masculino.
—¿Pero es eso posible? —preguntó un sorprendido Robert—. Me refiero a que un trol piense con tanta lógica.
—Si lo piensas bien, no es una idea tan disparatada —dijo Landon.
—Mi nieto no es mucho mayor que vos, mi señor —el anciano había vuelto a la carga—. Sé que es autor de una acción estúpida, y lo castigaré severamente después de que el peligro haya cesado, mi señor, pero no podéis permitir que esa bestia le ponga sus manos encima, mi señor. —el anciano pareció encogerse ante la mirada acosadora de Landon—. Sois un caballero —continuó el anciano—, vuestros votos, proteger al débil.
—Debería obligaros a señalar a los miembros que aún viven de ese estúpido grupo —escupió Landon— y ponerlos frente al trol la siguiente vez que vuelva, tal vez así ceje en su empeño por destruir el poblado —los ojos del anciano se abrieron como platos—. Pero desde luego no haré tal cosa, ni siquiera mi padre, que es un señor drástico, vería con buenos ojos semejante acción.
—Gracias, mi señor —la reverencia de Román fue tan aparatosa que casi rozó el suelo con su frente.
—Mis hombres y yo haremos lo que pueda —señaló Landon—, pero no esperéis que arriesgue mi vida o la de ellos por defender a tú estúpido muchacho o alguno de sus amigos. Ahora largaos.
El anciano se marchó como si un dragón le estuviese escupiendo fuego por la espalda.
—¡Genial! ¡Lo que quería! —bufó Landon cuando el anciano se hubo marchado— ¡Arriesgar mi vida por culpa de unos estúpidos!
Como si hubiese dicho algo gracioso, se echó a reír, luego le siguió Robert. Al instante siguiente se carcajeaban como dos locos.
El trol apareció una hora más tarde. La alarma vino del oeste: un muchacho gritando a todo pulmón que la bestia había vuelto. Inmediatamente se desató la confusión: muchos corrían en dirección contraria a la del trol, otros decidieron quedarse, no para pelear, sino para ver a los caballeros enfrentarse al monstruo; daban por sentado que Landon y sus hombres se desharían de la bestia. Otro grupo estaba indeciso; no se decidían entre huir por salvar sus vidas o quedarse para presenciar la pelea.
Landon maldijo a todos aquellos estúpidos que se quedaron, de haberse ido, quizá hubiera podido jugarle la vuelta a la bestia, y si lo atacaba, hacerlo con ballesta igual que sus hombres. Pero así, con tantos testigos, huirle al monstruo sería un acto de cobardía, el hijo de un gran señor como lord Cannio Pottlir no podía permitirse ser cobarde. De manera que no había como eludir el combate. No le quedaba más opción que presentar batalla.
—¡Alistad los caballos! —ordenó.
Los criados ensillaron a toda prisa las caballerías mientras Camelot le ayudaba a ponerse la cota de mallas y el yelmo que dejaba el rostro descubierto. Landon tenía una excelente armadura de cuerpo completo, como correspondía al hijo de un Gran Señor, pero se encontraba en Zandari, no allí, de modo que tenía que conformarse con la cota de mallas y el medio-yelmo.
Cuando subió a su moro, Ennie y Robert, también con cota de mallas y medio-yelmos, ya estaban sobre sus respectivas caballerías, con las ballestas preparadas y municiones para divertirse largo rato. Habían discutido largo rato aquel asunto: los guardias querían estar de pie para tener mejor puntería y mayor facilidad de uso de las armas, pero Landon les había hecho ver que con los caballos les sería más fácil alejarse del monstruo si no todo iba bien.
Camelot le pasó larga lanza y le deseó suerte.
—Buscad un lugar seguro —dijo Landon—. Vamos —agregó para los otros.
El trol estaba cerca de la primera línea de casas. Era una mole de tres metros de altura, piel rugosa y color verdosa. Cada brazo era como troncos de árbol y las piernas como grueso robles. Vestía harapos de piel de oso y la barriga le colgada como masa gelatinosa.
Cuando Landon llegó a la escena golpeaba con desenfreno un árbol, haciéndolo temblar a cada golpe. Una flecha estaba clavada en la espalda de la criatura. Al parecer el centinela apostado en el árbol le había disparado y el trol quería cobrar venganza. El centinela estaba agazapado a una rama como una garrapata a un perro.
—Disparad —ordenó Landon. Muchos curiosos, a pesar del grave peligro, se habían acercado a una nada prudente distancia de cincuenta metros.  
Cogió con firmeza la lanza, espoleó a su montura y avanzó al galope hacia el trol. Éste aún no se había percatado de su presencia. Esa era su gran oportunidad, y quizá la única. Dos saetas pasaron zumbándole en los oídos, las flechas penetraron casi hasta la mitad muy cerca del cuello del trol. El rugido fue atronador. El trol se volvió en medio de furia y dolor. Landon ya estaba sobre él. Afirmó aún más la lanza y apunto al pecho. El trol lanzó un manotazo a la lanza, por poco se la arrebata de las manos.
Landon giró en un semicírculo volviendo a quedar frente al trol. Ennie y Robert se apresuraban en cargar de nuevo las ballestas. El trol se llevó las manos al cuello, arrancó las flechas que le hendían la piel y las quebró como a dos ramitas secas. Después se echó a correr sobre Landon. Los pasos resonaban como ecos en una caverna.
Otra vez. Ésta vez tenía que dar en el blanco. No estaba seguro de tener el coraje suficiente para cargar una tercera vez sobre aquella bestia. Apretó con coraje la lanza y la aprestó para embestir. Azuzó a su montura y cargó nuevamente contra el monstruo. A cinco metros de la bestia, las flechas abandonaron las ballestas de Ennie y Robert. El trol gritó. Se olvidó durante un segundo de Landon y ese fue su fin. El cuero se hundió al principio, pero después se rompió y la lanza penetró hasta cruzar de lado a lado el voluminoso cuerpo de la bestia.
Los que vieron la escena estallaron de alegría.
El monstruo se tambaleó e intentó seguir a Landon, pero el golpe había sido mortal, y sólo pudo dar traspiés. Ennie y Robert hicieron blanco con otras dos flechas antes de que el trol se desplomara provocando un ligero temblor.
Landon estaba feliz, pero también triste, se sentía sucio por haber sido el artífice de la caída de la bestia. Sin embargo, no era momento para rumiar, era momento para celebrar su primera acción heroica. Después de esto, el que lo nombraran caballero estaba más cerca que nunca.     
—Buena puntería, señor —alabó Ennie acercando su montura a la suya.
—Le dije que era muy bueno con la lanza —apuntó Robert.
Landon les sonrió. Al llegar a Zandari serían ellos y sus criados los que regarían la historia hasta que todos en el reino conocieran su nombre.
Volvió a sonreír ante tal magnifico pensamiento.


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