Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

22 de mayo de 2014

El Hermanito

Mayrita, como la llamaban sus papás, corría a través de hermosos jardines, entre tulipanes y rosas, margaritas y jazmines. A su alrededor revoloteaban aves y pájaros multicolores, cuyos cantos llenaban el aire de una melodía suave y acompasada que inundaba de paz todo el lugar. En el Valle Mágico había también venados y alces, linces y leopardos, leones y tigres… e infinidad de animales más. Y todos vivían en paz, así lo había dispuesto Mayrita. Llegó hasta un cerezo y tomó asiento junto al tronco. El cerezo era su árbol favorito, por lo bonito de sus flores, se decía constantemente.
A pesar de sus nueve añitos, Mayrita sabía que aquel mágico lugar era un sueño. Era un lugar producto de su imaginación en el que gustaba refugiarse mientras dormía. Lo había empezado a concebir hacía dos años. Al principio lo soñaba esporádicamente, porque lo había visto en una película, se decía. Sin embargo, con el transcurrir de los meses fue capaz de soñar con aquel bello lugar a voluntad. De manera que siempre tenía sueños felices. Lo que era un alivio, más después de la trágica muerte de su hermanito menor: Jonhy.
Sabía que era un sueño.
Fue por ello que se sobresaltó cuando el llanto de un niño se coló a través de su mundo mágico y se extendió a través de los bosques y las colinas, de los riachuelos y los campos de flores, del cielo y la tierra. Era un llanto lastimero, desesperado, que llegaba hasta el más profundo rincón del alma. Le hizo sentir tristeza y miedo, dolor e ira, pero sobre todo precaución. Los compañeros de su mundo de ensueño también percibieron el llanto, porque agitaron las orejas o los rabos, los bigotes o las patas, las alas o los picos. Se percibía la tensión y el nerviosismo en ellos. El llanto de un niño era algo que nunca había sucedido en el Valle Mágico. Menos un llanto como aquel.
Por lo tanto, aquel llanto no provenía de allí, venía del exterior. La repetición del llanto, con poder para estremecer a cualquiera, le confirmó sus sospechas. Parecía venir de lejos, muy lejos. De mala gana Mayrita salió de su sueño y volvió al mundo real.
Abrió los ojos. Lo primero que vio fue el techo de la habitación; lo primero que escuchó: el llanto de un niño.
«Hay alguien llorando allá afuera».
Irremediablemente sintió miedo. El reloj fluorescente de la pared le notificó que era medianoche. Aquella información le hizo temer aún más. Había oído por allí que la medianoche era la hora preferida de los espíritus y demonios para asustar.
Pero había alguien llorando allá afuera.
Se cubrió de pies a cabeza con la frazada y esperó. Pronto sus padres oirían también el llanto de aquel infante y se levantarían para ver qué estaba sucediendo. Pasaron los minutos. En el resto de la casa no se veía luz ni se oía ruido alguno. Sus padres deberían estar bien dormidos.
«¿Qué les pasa, es que no oyen?».
Le costó tomar una decisión, pero por fin se levantó. Caminó, trémula y como si pisase vidrios rotos, hasta la ventana; el llanto del niño provenía del jardín. Abrió con cuidado y silenciosamente la ventana, la luz de una media luna le dio de pleno en el rostro e iluminó tenuemente la habitación.
Abajo, acurrucado junto a unos rosales había un niño de pelo rojizo. Mayrita se llevó ambas manos a la boca, de lo contrario habría soltado un chillido aterrador y emocionado. No se trataba de un niño cualquiera, era su hermanito Jonhy, muerto hacía siete meses tras ser atropellado en la acera de enfrente. Sin siquiera detenerse a pensar, salió disparada hacia el jardín. No se detuvo hasta que tuvo a su hermano al alcance de sus manos. Y si lo hizo fue por el horror que experimentó cuando lo vio de cerca.
Era su hermanito, de eso no cabía duda, pero tenía el aspecto de cuando fue atropellado: una fea herida le cruzaba el rostro, y de un agujero en la cabeza manaban hilillos de sangre, tenía las piernas destrozadas y en un ángulo que revolvía el estómago. Lo peor de todo eran unos gusanos, blancos, asquerosos y viscosos, que reptaban sobre su cuerpo.
El niño dejó de llorar en cuanto Mayrita se acurrucó a su lado.
—¡Hermana! —dijo entre hipidos y se lanzó a sus brazos.
—Jonhy —la niña también lo abrazó, no le importó la sangre ni el aspecto lamentable de él, era su hermanito—. ¿Qué haces aquí?
—Tienes que ayudarme —sollozó el niño—. Me escapé hermanita, me escapé de la caja y cavé en la tierra hasta que salí…
—Ven, te llevaré con mamá y papá, se pondrán muy felices…
—¡No! —la negativa fue chillona y rotunda—. Papá y mamá no me quieren… si me ven, me volverán a matar.
—Mamá y papá te adoran—insistió la pequeña—. Ven.
—¡No! —repitió Jonhy—. Sólo tú me quieres hermanita, lo sé. Sólo tú me puedes ayudar. Papá y mamá me matarán otra vez si me logran ver. ¿No lo comprendes? Fueron ellos los que me atropellaron.
—No. Quien te arrolló fue un ebrio al volante de una camioneta.
—Te mintieron. Fue mamá quien conducía el auto que me impactó, y papá estaba de acuerdo con ella. No sé por qué no me querían. Y lo peor de todo, es que me enterraron estando yo aún con vida.
—Si eso es cierto… —Mayrita dudaba, pero era su hermanito del alma quien se lo decía, él que había vuelto de entre los muertos— ¿En qué se convierten nuestros padres?
—Ya lo verás más adelante. Mientras, tienes que ocultarme y ayudarme hasta que mis heridas sanen.
Así fue como Mayrita pasó las siguientes semanas ocultando a su hermano que creía muerto desde hacía siete meses. Puesto que casi nadie la visitaba en su habitación, compartía con él la cama, el baño y la comida. Por las mañanas y las noches limpiaba sus heridas con un paño remojado en agua tibia que hurtaba de las cocinas. Cuando trató de darle unas pastillas, el niño se puso como loco y rehusó ingerir algo tan malévolo como eso. Así se lo había dicho.
Pero no todo era cuidar de su hermanito. También había que mantener el secreto. Cosa que no le resultó tan fácil como había previsto al inicio. A veces, cuando charlaba con Jonhy, uno o ambos padres acudían a la habitación y le preguntaban con quién hablaba. Jonhy se escondía rápidamente bajo la cama, el cuarto de baño o el ropero y Mayrita se las ingeniaba para parecer inocente y decir que no hablaba con nadie. Como siempre tenía que hurtar comida del refrigerador, recibía buenas reprimendas por ello. Hasta tal punto que un una ocasión los padres llegaron a acusarla de ladrona. Cuando hurtó un poco de dinero para comprar vendas de repuesto para su hermanito, recibió tal regañina que creyó que pronto la azotarían.
El malhumor, los gestos hoscos, los regaños, solo convencían cada vez más a Mayrita que sus padres eran malvados. Incluso empezó a creer que los padres nunca habían querido a Jonhy y que, posiblemente, era verdad que ellos habían sido los causantes de su muerte.
Dos semanas después de que encontrara a su hermano en el jardín, reunió el valor suficiente para preguntarles qué había sucedido realmente con Jonhy. Lo qué recibió fue un grito airado y la orden de marcharse a su habitación. Cuando se levantó la mañana siguiente y descubrió que todo lo que había pertenecido a Jonhy o que recordase a él había desaparecido de la casa, se convenció que los padres nunca habían querido a su hermanito. Es más, incluso empezaba a creer que a ella tampoco la querían.
Mientras tanto, Jonhy mejoraba a grandes pasos. La herida de la cabeza y el rostro ya estaba cicatrizando, y las piernas, como por arte de magia, estaban volviendo a su posición original, de manera que Mayrita creía que su hermano pronto volvería a caminar para ser el niño de antaño.
Las charlas con Jonhy siempre eran entretenidas, a veces divertidas, y a ratos, ominosas. Charlaban sobre sus juguetes, sobre los videojuegos, sobre sus personajes de la televisión, pero sobre todo: sobre sus padres. Los padres eran un tema recurrente, y más concretamente, la maldad de éstos.
—Son crueles y malvados —decía constantemente Jonhy cuando hablaban de ellos—. ¡Ve lo que me hicieron a mí!
Si no era eso, siempre le recordaba lo mal que lo habían tratado cuando vivía con ellos. Siempre andaban pinchándolo con inyecciones para mantenerlo débil, una vez lo dejaron caer de un poni, se congratulaban quitándole sus juguetes sólo para verlo llorar… Mayrita empezó dándolo la razón tímidamente, pero con el transcurrir de los días y las semanas, lo hizo cada vez con más ahínco y más odio.
Jonhy tenía razón, sus padres no eran lo que aparentaban ser. Si no, ¿por qué habían atropellado a Jonhy?, ¿por qué habían retirado lo que había pertenecido a él?, ¿por qué la regañaban y amenazaban con golpearla cuando no hacía algo bien?, ¿por qué la habían castigado sin televisión ni postre sólo porque no sacó buenas notas en los últimos exámenes?... ¿Por qué? ¿Por qué?
Y cuando su Valle Mágico empezó a decaer, no encontró a nadie más a quien culpar que a sus padres. Eran ellos los culpables de que el cielo estuviera continuamente encapotado, eran ellos los que hacían que el río se estuviese secando, eran ellos los que habían vuelto negros y tétricos los árboles, eran ellos los que provocaban la muerte de todas las criaturas que vivían en su mundo de ensueño. Era increíble la malevolencia de sus padres, hasta tal grado que podían influir en un mundo ajeno a ellos y perteneciente sola ella.
Un mes después de la aparición de Jonhy, Mayrita estaba completamente convencida de que sus padres eran unos seres diabólicos y malvados, que probablemente no eran siquiera humanos. Un miedo hondo se había apoderado de ella, tenía miedo de que le hicieran daño, más aún, que se lo hicieran a su hermanito. Además del miedo albergaba otros sentimientos hacia sus padres: odio. Los odiaba hasta límites indecibles. Los odiaban por lo que le habían hecho a su hermanito, los odiaba por lo que podrían hacerle a ella.
—Tenemos que adelantarnos —dijo una vez Jonhy, quien increíblemente ya se había recuperado y podía caminar como antes, y de sus heridas ni siquiera cicatrices quedaban—, a papá y mamá.
—¿Qué?
—Sí. Míralo de esta forma hermana, ¿o son ellos o nosotros?
Mayrita sabía que Jonhy tenía razón. Sus padres tarde o temprano actuarían contra ella, y si no lo hacían, no podría ocultar por siempre a su hermanito, entonces su ira recaería sobre su él, y ella no podía permitir eso. No, no lo iba a permitir.
—¿Qué tenemos que hacer? —preguntó, titubeante. Aunque ya intuía la respuesta.
—¡Matarlos! —la respuesta fue automática y acompañada de un siseo casi inhumano.
—Suponía que dirías eso.
—Entonces, ¿estás de acuerdo?
—¿Qué opción tenemos? —replicó, vencida— ¿Son ellos o nosotros?
Su hermanito asintió, y sonrió, con una sonrisa que dejó ver una larga hilera de dientes finísimos, como sierra. Aquello aterró a Mayrita, ¿desde cuándo Jonhy tenía los dientes así? En un parpadeo la visión había desaparecido y los dientes eran otra vez normales.
—Lo haremos esta noche —informó Jonhy, que a pesar de ser un niño de tres años siempre parecía ser el que decidía—, cuando duerman.
Camino de la habitación de sus padres, poco antes de la media noche, Mayrita y Jonhy caminaban sigilosamente, con sendos cuchillos, hurtados de la cocina, en las manos. El corazón de Mayrita latía a mil por hora. Pequeñas gotas de sudor le perlaban el rostro y otras más gruesas descendían por su espalda. Un leve temblor agitaba sus manos. Pero estaba decidida a librarse de aquellos dos seres malévolos que eran sus padres. Había que deshacerse de ellos antes de que causaran más daño.
Jonhy caminaba a su lado. La oscuridad imposibilitaba una vista completa de él, de manera que Mayrita sólo lo veía como una sombra obscura, pequeña, que se movía. No obstante, intuía que su hermanito sonreía y que asía su cuchillo con un aplomo impropio de un infante. En un par de ocasiones creyó ver que su hermanito tenía las orejas grandes y puntiagudas, en otra, le vio los ojos rojos como ascuas, sin embargo, cuando parpadeaba, las visiones desaparecían.
Se detuvieron frente a la habitación de los padres. Mayrita jadeaba, y no era por el cansancio. Miró a Jonhy, en la oscuridad éste asintió. Con sigilo empujó la puerta. Estaba abierta, como suponía, sus padres rara vez cerraban la puerta con llave. Entraron más silenciosos que un ladrón que nunca ha sido atrapado.
La luz de la luna se colaba por los vidrios de la ventana que tenía las cortinas cerradas. Su padre y su madre estaban abrazados. El ritmo acompasado de sus respiraciones denotaba que dormían profundamente. Verlos así, tan tiernos, tan tranquilos, tan inocentes, hizo pensar a Mayrita que después de todo no eran más que dos personas, no parecían ser unos monstruos. Pero lo eran. Lo que habían hecho con Jonhy no tenía perdón de Dios.
Se acercaron hasta ellos, los cuchillos alzados listos para utilizarlos. Jonhy se subió a la cama y se puso a horcajadas sobre la madre. Lo hizo tan silenciosamente que la madre ni siquiera se movió. A una señal de cabeza, descargaron los cuchillos. Padre y madre despertaron entre gritos, dolor y sangre. Pero ya era demasiado tarde. Los cuchillos se alzaron y descendieron otra vez, luego otra, y otra, y otra... Hasta que todo el lecho fue un charco de sangre.
Jadeante, extasiada, Mayrita retrocedió un par de pasos para contemplar su obra. Era una escena macabra, escalofriante. Jonhy aún estaba sobre el cuerpo de la que había sido su madre. Alzó un poco la vista para verlo…
Mayrita gritó como nunca había gritado en su vida. Se llevó las manos al rostro y al cuero cabelludo y empezó a arrancarse tiras de piel y mechones de pelo.
Su hermanito ya no era su hermanito, sino un esqueleto de niño sobre el vientre de la mujer.
Al siguiente día la policía encontró al matrimonio muerto por decenas de cuchilladas. Sobre el vientre de la mujer había un esqueleto de niño, que más tarde se sabría pertenecía al hijo muerto de la pareja. Una niña, de unos nueve años, estaba tirada junto a la cama, le habían arrancado el cuero cabelludo y en el rostro no tenía piel. Un policía se acercó a ella, y se percató de algo extraño, un milagro.
—Vive —susurró—. Aún vive.  

3 comentarios:

  1. Excelente cuento me gusto mucho!! Pero el hermano de verdad salio de la tumba o fue la niña que lo saco?? Un saludo desde españa!

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  2. ay dios q miedo pero concuerdo con la pregunta de anónimo el niño salio de la tumba o ella por su imaginación sin limites lo saco de la tumba?? y por q apresar de.las heridas seguía con vidas acasoo la mala realmente era ella

    me encantoo ya muero por leer otro ;) arte.kary

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  3. Gracias a amb@s por escribir. Lo de quién sacó al hermanito, podría explicarse simplemente como un elemento fantástico del cuento. Sin embargo, una hipótesis viable es que se trataba de un demonio o un espíritu maligno quien tomó forma en los restos de Jonhy con el fin de corromper a la inocente niña hasta llevarla al extremo de hacerla creer que los padres eran malvados, y en consecuencia, asesinarlos. Saludos!

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