Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

10 de mayo de 2014

Día de las Madres

Tommy, de apenas seis años de edad, sabía que el día siguiente sería el día de las madres. Había pensado largo y tendido sobre qué regalarle a su querida progenitora. Tenía que ser algo grandioso, inolvidable, algo que la hiciera estremecerse de emoción. Tenía algunas ideas en mente, pero aún no conseguía sacar nada en claro. Bueno, le plantearía ese tema a su tutor, a casa de quien se dirigía, sin duda él sabría esclarecer sus ideas y lograr que cogiera la más idónea.
El chófer lo llevó hasta la casa de Freddy, su tutor, y lo dejó en la puerta. Lo dejó tocando el timbre para volver un par de horas después, cuando las lecciones de Tommy hubiesen concluido. Su joven maestro salió a recibirlo y lo llevó al cuarto que ocupaba para impartir sus clases al chico. Freddy tenía el físico y el aspecto de un hombre joven, incluso sus papeles de identificación decían lo mismo, pero Tommy sabía que era viejo, muy viejo.
Inmediatamente abordó el tema que le carcomía la cabeza: el día de las madres. Mientras su tutor le explicaba detalladamente una bonita sorpresa para su madre, la sonrisa de Tommy se fue ensanchando cada vez más.

٭٭٭٭٭٭٭
Beatriz estaba en el spa del club con su amiga Carol, dos mozos bien cuidados les masajeaban la espalda con manos suaves y flexibles.
—¡Qué bien se siente! —comentó Carol.
—¿Sabes qué más se siente bien? —inquirió Beatriz.
—No. Ni me interesa de todas formas. ¡Esto es vida Beatriz!
—De todas formas de te lo diré. Mi Tommy me hizo salir de casa muy temprano porque quiere prepararme una sorpresa.
—¿En serio? —Carol alzó la cabeza. Beatriz vio un fugaz destello de celos en los ojos de su amiga. Carol tenía un niño de diez años y una niña de siete, pero ninguno había pasado de regalarle una flor del jardín de la casa, una tarjetita o como mucho, una caja de chocolates—. ¡Pero sí solo tiene seis años!
—No me negarás que es un niño bastante inteligente. Además, le ayudará Freddy y los empleados de la casa.
—¿Freddy? ¿Ese guapetón que imparte cursos en su casa?
—El mismo.
—No me importaría pedirle que me imparta uno o dos cursos a mí —hizo una pausa mientras ambas reían—. ¿Le tienes suficiente confianza para dejar a tú hijo en sus manos?
—¿Por qué no? Después de todo, le conozco desde hace varios años.
—Supongo que es válido. Pero no me imagino a un niño de seis años preparándote una fiesta.
Beatriz pensó que eso se aplicaba a casi todos los niños del mundo, no así a su Tommy. Tommy, a sus seis años, era capaz de hacer complicadas sumas y hablaba con claridad, leía con fluidez y hablaba francés y estaba aprendiendo italiano. Sabía que su hijo era un prodigio, y eso la henchía de orgullo. Prepararle una fiesta no era cosa de otro mundo para su superdotado hijo.
—¿Te gustaría que te preparara una sorpresa, madre? —Le había preguntado esa mañana con su acostumbrado tono educado.
—¡Oh, claro! ¡Me encantaría, cariño! —por un instante le pellizcó las mejillas al niño, hasta que éste se las apartó de un manotazo. Era un niño, pero no le gustaba que lo trataran como tal.
—Bien. Necesitaré entonces que te ausentes por la mañana. Aunque ya sabes que planeo algo para ti, quiero que ese algo sea una sorpresa —le explicó.
—De acuerdo. De todas maneras pensaba dejarme consentir en el club.
—Consiéntete mucho, porque después todo será emociones fuertes —sonrió.
—¿Quieres que me lleve también a la servidumbre? —le había preguntado pícaramente. Desde luego, la servidumbre tenía que estar allí, sino ¿cómo podría prepararle la sorpresa? Pero su hijo simplemente respondió:
—No, déjala, servirá para adornar. Freddy me dijo que necesitaremos bastantes cuerpos.
—¡Oh! ¿Esto es idea de Freddy?
—De ambos.
—¿Te dijo a qué horas deberías regresar? —le preguntó Carol, devolviéndola a la realidad.
—Quedó en mandarme un mensaje de texto.
—Entiendo.

٭٭٭٭٭٭٭
Beatriz recibió el mensaje de texto de su hijo justo cuando empezaba a aburrirse del club. Eran las tres de la tarde. Incluso Carol parecía aburrida.

Ven a casa, madre.
Todo está listo.
Ven sola.

—¡Tengo que irme! —anunció, emocionada.
—¿Puedo acompañarte? —pidió Carol—. Me gustaría ver qué tan fantástico es lo que ha preparado tú hijo como para tenerte fuera de casa casi todo el día.
«Ven sola», la última frase del mensaje de su hijo resonó como un eco en su cabeza. Pero se trataba de Carol, su mejor amiga, sería egoísta si le negaba el acompañarla.
—No veo ningún inconveniente —respondió.  

٭٭٭٭٭٭٭
Beatriz tocó varias veces la bocina de la camioneta, pero Jaime, el portero, no apareció por ningún lado.
—¿Siempre acostumbra hacer eso? —preguntó Carol, con una expresión que decía claramente: si mi portero no está para abrirme la verja, lo despido inmediatamente.
—No —respondió Beatriz—. De seguro mi hijo lo inmiscuyó en su dichosa sorpresa.
Tuvo que bajar del coche para abrir con sus propias manos la pesada verja. Como supuso, el seguro estaba corrido, su hijo se había encargado de que estuviera abierta para cuando ella llegara.
Volvió a subir a la camioneta y condujo por un sendero escoltado por setos pulcramente recortados e hileras de piedras pintadas de blanco. La mansión de su esposo se encontraba trescientos metros delante de la verja, grande, magnífica e imponente, como correspondía a un importante político del país. Estacionó la camioneta y caminó, cada vez mas emocionada, a la puerta de la mansión.
Tocó el timbre. Otra vez. Nadie respondió. Empujó la puerta, esta se deslizo un centímetro.
—¡Está abierta! —de alguna forma se encontraba nerviosa y el corazón le palpitaba algo más veloz de lo que era normal en ella—. Creo que Tommy quiere que entre.
—Pues anda, empuja —la animó su amiga, también expectante.
Beatriz empujó la pesada puerta de madera, primero lentamente, después con más fuerza, hasta que estuvo abierta de par en par.
La enorme mancha de sangre roja en el centro de la alfombra del salón recibidor la hizo palidecer.
—¿Qué demonios es eso? —masculló Carol.
Dieron tres pasos hacia adentro.
La escena que las envolvió las hizo llevarse las manos a la cara y gritar. El estómago de Carol no lo soportó, de modo que terminó vomitando en el piso.
La sala estaba tapizada de sangre, vísceras, y partes humanas. Una pierna, de hombre a juzgar por el vello y la robustez, pendía del alto candelabro. La cabeza de Jaime, con una expresión de terror petrificada, estaba clavada junto a una réplica de la Mona Lisa. Había otra cabeza en uno de los sillones, de una de las sirvientas, una mano en un taburete, un torso en la mesilla, el pene de un hombre estaba sobre una lámpara, hígado, tripas y sangre yacían esparcidos en el piso… una escena sacada de una película de terror.
Ambas mujeres giraron en redondo para salir pitando de allí, pero la puerta se cerró en sus narices y por más que tiraron del pestillo, ésta no cedió.
—¡Dios, estamos encerradas! —aulló Carol.
Una sombra se movió a sus espaldas. Las mujeres volvieron la vista, pero no había más que la misma escena sangrienta.
—Las ventanas —volvió a chillar Carol—. Podemos salir por las ventanas.
Beatriz negó con la cabeza.
—Imposible —dijo—. Todas tienen verjas de hierro. 
—Entonces, ¿qué hacemos?
—Mira —señaló Beatriz con voz y manos temblorosas. En la pared de enfrente habían aparecido unas palabras, hechas de oscura sangre. Estaba segura que hace cinco segundos no habían estado allí.

Hijo
Sótano

Beatriz comprendió inmediatamente que se referían a su hijo, lo tenían en el sótano y querían, quienes quieran que fueran, que fuera por él. El miedo le atenazaba las entrañas, pero vislumbraba una luz, su pequeño hijo aún estaba bien, tenía que estar bien.
—Beatriz, ¿qué hacemos? —gimió Carol—. Y tengo miedo, mucho miedo.
—No sé tú, pero yo voy por mi hijo.
Con decisión cruzó la sala y tomó un pasillo. El pasillo también estaba tapizado con restos humanos y habían utilizado la sangre de las víctimas para dibujar figuras y símbolos diabólicos. Jamás en su vida había sentido siquiera la mitad del miedo que sentía en ese instante.
—¡Oh, George! ¿Dónde estás? —gimió para sí misma. Su esposo las más de las veces pasaba fuera de casa, era un importante político del país y a menudo tenía que ausentarse, pero en aquellos momentos solo deseaba que estuviera con ella.
—Espérame, no me dejes —chilló la voz de Carol a la vez que sus tacones pisaban el piso para darle alcance.
Una sombra negra se movió a velocidad de vértigo por el pasillo. Cuando desapareció había otra palabra escrita con sangre en una de las paredes.

Sola

—Quieren que vaya sola —explicó a su amiga—. Por tú seguridad, quizá sería mejor que te quedaras aquí.
—No —gimió su amiga—. No me quedaré aquí, sola, en medio de tanta muerte.
—Pero, Carol…
—He dicho que no. Te acompañaré gustes o no.
Avanzaron de prisa por el pasillo. Sí, tenían miedo, y no sabían lo que podrían encontrar más adelante, pero tenían claro que no querían estar demasiado tiempo en un lugar repleto de sangre, muerte, dolor y sufrimiento.
Giraron a la izquierda un poco más adelante. Allí en la mansión se bajaba al sótano desde una habitación que hacía a veces de bodega. Hasta allí llegaba el rastro de muerte. Beatriz se encontró preguntándose cuántas personas necesariamente tuvieron que morir para que hubiera tantos restos humanos en todo el lugar. En la casa había servidumbre en buen número, vio partes de la misma en aquel sangriento tapiz, pero estaba seguro que había muchas más personas.
Beatriz, con el corazón en un puño, se disponía a abrir la trampilla para descender al sótano cuando la sombra negra volvió aparecer. Todo sucedió en un instante. Momentos después, el cuerpo de su amiga yacía literalmente descuartizado junto a ella. El aullido aterrador que brotó de su garganta parecía provenir de otra persona. En una pared volvía a aparecer la palabra anterior:

Sola

Beatriz comprendió que aquella cosa quería que bajara sola, por eso había matado a su amiga. Trago saliva e inició el descenso.
Abajo estaba tenuemente iluminado por unas pocas velas. Para su alivio, no había restos humanos, ni siquiera sangre. Tommy estaba sentado en un taburete, sin daño aparente y vestido con pantalones formales y un saco. Se puso de pie en cuanto la vio descender.
—¡Sorpresa, mami! —dijo su hijo.
—¡Tommy, cariño, estás bien! ¡Gracias a Dios! Por un momento temí que… —la ancha sonrisa, malévola, en los labios de su hijo la hizo detenerse. En esos momentos lo comprendió todo—. ¿F-f-fui-fuis-tes t-tú?
—¡Feliz días de las madres!
Cuando su hijo empezó a acercarse a ella, empezó a gritar como loca y a mesarse los cabellos. Le escurrió sangre de los ojos, la nariz y los oídos. Podía sentir un efluvio maligno brotar de su hijo. La tortura del día de las madres, para ella, apenas estaba empezando.

٭٭٭٭٭٭٭
George fue a recoger a Tommy a un hospital privado. No tenía ningún daño físico, y sorprendentemente, los doctores decían que tampoco tenía secuelas emocionales. George daba las gracias al cielo por eso, no obstante, lo otro era otra cosa.
La policía lo había contactado la noche anterior para relatarle la masacre que se había llevado a cabo en su casa. Habían muerto quince personas, incluida su esposa y una amiga de ésta, así como toda la servidumbre y otras personas ajenas por completo a la familia. No se tenían pistas sobre el autor del homicidio múltiple. Cuando la policía llegó a la casa, alertados por el pequeño Tommy, encontraron a éste bajo la cama y les relató los horrores que había vivido mientras afuera asesinaban a toda esa gente.
—¡Fue horrible! —le dijo momentos más tarde al padre en el hospital— ¡Los gritos! ¡La sangre! ¡El horror! Todo.
—Ya, ya pasó —trató de consolarlo George—. Encontrarán a los que hicieron esto, te lo prometo.
—Era el día de las madres —comentó el chiquillo—. Quería prepararle una sorpresa a mamá, pero como ves, no pude hacer nada.
—Eso es lo de menos, Tommy. Ahora lo importante es que tú estás bien.
—Sabes, en un par de meses es tú día —dijo, su rostro se iluminó—, el día del padre, aún tengo deseos de preparar una sorpresa, ¿te gustaría?
El padre sonrió, como negarle eso a su hijo después de lo que había vivido recientemente.
—Sí, me gustaría. Te prometo que ese día estaré contigo para que me sorprendas.
—Así será, estoy seguro.
El pequeño abrazó al padre. Mientras lo hacía, su sonrisa se fue ensanchando más y más.

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