Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

28 de mayo de 2014

La Leyenda del Conde

La leyenda del conde Jeremy Rollins es muy popular en todo el pueblo, en el cual vivió, y en las comarcas circunvecinas. Aunque quizá sería más acertado decir «las leyendas», ya que con el transcurso de los lustros desde su fallecimiento, hace un siglo, la leyenda se fue transformando con el boca a boca en varias, y no solo una. Como naturalmente ocurre, por supuesto.
Sobre el conde Jeremy Rollins se habló mucho, se habla aún todavía y se seguirá hablando, probablemente, hasta el fin de los tiempos. Pero, ¿quién era el conde Jeremy Rollins? Bien, según la tradición popular Jeremy Rollins fue el último sobreviviente de la otrora excelsa, y ahora extinta, dinastía Rollins, que regentó en nombre del Rey durante quinientos años el pueblo y las aldeas esparcidas alrededor de éste. ¿Cómo era Jeremy Rollins? Siendo honesto he de admitir que es harto difícil dilucidar la verdad de la fantasía. De cualquier manera referiré algunos aspectos del conde que aún hoy en día se comentan de él y dejo al lector la opción de aceptar alguno como real o tomar todo como simple fantasía.
Muchos creen que el conde fue un alma noble, pío y carismático. Se dice que despilfarró su fortuna en actos benignos y caritativos, no entiendo como a eso se le puede llamar despilfarrar, y que ayudaba a cualquiera, incluso a aquellos que parecían no precisar ayuda. Desde hace poco más de un siglo el pueblo cuenta con una casa hogar para niños huérfanos y un asilo para ancianos, es normal que los que piensan en el conde Jeremy Rollins como alguien bueno crean que fue el fundador de ambos centros. Estas personas creen que fue por su excepcional bondad que tras morir, muy joven pues solo contaba con treinta años de edad, se llenó su ataúd con una fortuna en oro, joyas y piedras preciosas. 
Otros piensan en él como alguien cruel, maligno y despiadado. Se achacan a su autoría infinidad de crímenes y maldades a cual más increíbles y terroríficas con el paso de los años. Se dice que siendo niño asesinó a su perrito, o su gatito, o su canario, o su lagartija, dependiendo de quién lo cuente. Más tarde, cuando estaba en la adolescencia, se dice que violó a su hermana menor y después la asesinó y la arrojó al río para que no contara lo que había hecho. Y solo unos años más tarde, cuando entró a la mayoría de edad, asesinó a sus padres para heredar antes de tiempo. A partir del momento en qué heredó las tierras y la fortuna Rollins, se cuenta que asesinó y torturó a infinidad de personas, violó a muchas muchachas, incluso muchachos… En fin, la lista de fechorías es tan larga que serían necesarias muchas páginas para mencionarlas todas. Por último, se dice que los pobladores, hartos de él, y que el Rey no hacía nada para detenerlo, lo asesinaron de forma brutal, sepultándolo con todo el oro, joyas y piedras preciosas que poseía, no se quedaron con nada, ya que corría el rumor de que todo lo que pertenecía al conde estaba maldito.

27 de mayo de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 18

El Bosque Oscuro

Max despertó ya cuando el sol estaba alto. Se sentía cansado, pero aún así se puso de pie de un salto. Jennifer yacía recostada en el tronco de un árbol, bien despierta. Se habían quedado a dormir después de alejarse lo suficiente de la aldea de los gnomos. Mientras corrían entre el bosque, el ruido de la carnicería se fue quedando atrás hasta hacerse completamente inaudible. Habían corrido unos diez kilómetros o cien metros, ya no lo recordaba, lo único que recordaba es que habían tratado de alejarse y evitar ser encontrados por aquella bestia o por algún gnomo. No habían tenido energías para colocar la carpa para dormir, así que se echaron solo con las mantas al lado de los troncos de unos gruesos árboles.
—Buenos días, Max —saludó Jennifer con una sonrisa medio fingida.
—Buenos días —contestó Max— ¿Ya hace rato estás despierta? —preguntó.
—No. En realidad me acabo de despertar.
Max dobló la manta con la que se había cubierto y la guardó en la mochila. Se descubrió con una gran sed por lo que bebió un sorbo de la cantimplora. Luego se puso de pie y observando al sol trató de ubicar el sur.
Instó a Jennifer a que comieran algo de la despedazada comida que había en su mochila antes de continuar, así tendría tiempo de vigilar el curso que trazaba el sol en el cielo para ubicar el sur.
La noche había sido una locura. La imagen que había visto de aquel fénix negro ya no la podía recordar claramente, y después de aquella noche de sueño ya no estaba tan seguro de que se tratara de un fénix negro, ya que estos normalmente eran pequeños, fuertes pero pequeños. En cambio aquella ave no era fuerte, sino poderosa, no era pequeña, sino enorme, quizá incluso duplicaba el tamaño del águila que tenía Mynor.
Ahora que pensaba en águilas, no recordaba haber visto ninguna de las águilas que se suponía tenían a su servicio los gnomos. Según él, tendrían que haber acudido en defensa de sus amos. Pero bueno, él sólo había presenciado la batalla durante algunos segundos por lo que no sabía con certeza si las aves de los gnomos habían acudido o no a la batalla.
Después de comer un insípido desayuno y asegurarse de qué dirección tomar, se pusieron en marcha. El bosque se encontraba silencioso, eso les hacía sentir cierta intriga. El sol se alzaba en el cielo, pero sólo era visible por momentos, cubierto a veces por las nubes o invisible a causa del tupido follaje del bosque.
Horas más tarde, alrededor del medio día, hicieron una nueva pausa para engullir un poco más de comida y tomar un respiro.
 Max no tenía idea de que tan lejos estaban de la aldea de los gnomos, ni que tan cerca estaban de encontrar al fénix dorado, eso le carcomía por dentro. Ya era el sexto día desde que salieron de Narlez, habían tenido muchas aventuras, más de las que habría imaginado al principio, pero ni siquiera habían visto al fénix dorado. Por momentos se sentía desfallecer y las ganas de continuar lo abandonaban, pero estas sensaciones eran efímeras y se esfumaban tan rápido como aparecían. Algo en su interior le dictaba que debía continuar, que su abuelo lo necesitaba, y eso era lo que iba hacer.

22 de mayo de 2014

El Hermanito

Mayrita, como la llamaban sus papás, corría a través de hermosos jardines, entre tulipanes y rosas, margaritas y jazmines. A su alrededor revoloteaban aves y pájaros multicolores, cuyos cantos llenaban el aire de una melodía suave y acompasada que inundaba de paz todo el lugar. En el Valle Mágico había también venados y alces, linces y leopardos, leones y tigres… e infinidad de animales más. Y todos vivían en paz, así lo había dispuesto Mayrita. Llegó hasta un cerezo y tomó asiento junto al tronco. El cerezo era su árbol favorito, por lo bonito de sus flores, se decía constantemente.
A pesar de sus nueve añitos, Mayrita sabía que aquel mágico lugar era un sueño. Era un lugar producto de su imaginación en el que gustaba refugiarse mientras dormía. Lo había empezado a concebir hacía dos años. Al principio lo soñaba esporádicamente, porque lo había visto en una película, se decía. Sin embargo, con el transcurrir de los meses fue capaz de soñar con aquel bello lugar a voluntad. De manera que siempre tenía sueños felices. Lo que era un alivio, más después de la trágica muerte de su hermanito menor: Jonhy.
Sabía que era un sueño.
Fue por ello que se sobresaltó cuando el llanto de un niño se coló a través de su mundo mágico y se extendió a través de los bosques y las colinas, de los riachuelos y los campos de flores, del cielo y la tierra. Era un llanto lastimero, desesperado, que llegaba hasta el más profundo rincón del alma. Le hizo sentir tristeza y miedo, dolor e ira, pero sobre todo precaución. Los compañeros de su mundo de ensueño también percibieron el llanto, porque agitaron las orejas o los rabos, los bigotes o las patas, las alas o los picos. Se percibía la tensión y el nerviosismo en ellos. El llanto de un niño era algo que nunca había sucedido en el Valle Mágico. Menos un llanto como aquel.
Por lo tanto, aquel llanto no provenía de allí, venía del exterior. La repetición del llanto, con poder para estremecer a cualquiera, le confirmó sus sospechas. Parecía venir de lejos, muy lejos. De mala gana Mayrita salió de su sueño y volvió al mundo real.
Abrió los ojos. Lo primero que vio fue el techo de la habitación; lo primero que escuchó: el llanto de un niño.
«Hay alguien llorando allá afuera».
Irremediablemente sintió miedo. El reloj fluorescente de la pared le notificó que era medianoche. Aquella información le hizo temer aún más. Había oído por allí que la medianoche era la hora preferida de los espíritus y demonios para asustar.
Pero había alguien llorando allá afuera.

19 de mayo de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 17

En la Aldea de los Gnomos

Ya estaba bastante cerca de la aldea de los gnomos. Las casas en las que vivían aquellas criaturas eran muy parecidas a las que él conocía. Eran pequeñas casas de madera finamente labrada, techo de tejas o paja y pequeñas ventanitas de vidrio. Bastante diferentes a las viviendas de los duendes. En el corazón mismo de la aldea, como a trescientos metros de su posición, se vislumbraba claramente la silueta de una vivienda mucho más grande que las otras, cuya altura era de al menos cinco metros, que comparados con los menos de dos metros que medían las otras resultaba ser gigante. No estaba hecha del mismo material que las demás casas sino de piedra y ladrillo. Su anchura y longitud eran gigantescos comparado con el tamaño de sus habitantes. Si en algún lugar podían tener a Jennifer era en esa enorme casa.
Algo que sorprendió a Max fue el hecho de que al igual que en la aldea de los duendes había un montón de cosas destrozadas. Había casas destruidas por completo, otras sólo habían perdido el techo, una puerta o una ventana. La mayoría de los árboles que rodeaban la aldea estaban tirados en el suelo, desquebrajados y, algunos, chamuscados. La idea de otro trol le vino rápidamente a la mente, pero la desechó tan rápido como había aparecido.
Muchas voces chillonas y molestas provenían del interior de las viviendas, que a pesar de ser pequeñas de altura tenían una longitud considerable y parecían albergar a familias numerosas.
La luna y las estrellas iluminaban tenuemente la aldea. Max no logró contar el número de casas, pero estaba seguro que sobrepasaban las cincuenta.
Estaba seguro que si aún tenían con vida a Jennifer la tendrían en la construcción gigante del centro. Pero sería imposible llegar hasta allá sin ser descubierto. Los habitantes de aquellas casas eran pequeños, por lo que probablemente sus pasos resonarían como de gigante. Después de meditar durante un largo minuto se le ocurrió que una forma de llegar al pequeño castillo era mediante una distracción, hacer algo para que los gnomos se alejaran de allí. La cuestión ahora era: ¿Qué podía hacer para que por curiosidad u obligación toda una aldea de gnomos abandonara sus hogares aunque sea momentáneamente? La respuesta más factible era «Nada».
Durante varios minutos se quedó allí, de pie, intentando dilucidar alguna idea en su mente. Mientras cavilaba vislumbró dos pequeñas siluetas en unos árboles no muy lejos de su posición, atónito supo que se trataba de vigías. A buen seguro que no eran los únicos por allí cerca, por lo que se deslizó bajo la protección de un tronco. Se sintió torpe, si aún no lo habían visto había sido sólo cuestión de suerte.
Por fin… por fin llegó una idea a su mente. No sabía cuan efectiva podía ser pero era lo único que tenía y debía probarla. Aguzó la vista para tratar de ver a más vigilantes, cuando se convenció que no habían más se dispuso a caminar.
Para poner en marcha su idea necesitaba alejarse de donde se encontraba y después, con lo que haría, estaba seguro que muchos gnomos correrían a averiguar lo que sucedía, lo que él aprovecharía para correr a la construcción del centro y tratar de recuperar a Jennifer.
Apenas había avanzado unos pasos cuando una pequeña flecha se clavó en un árbol, medio metro delante de él. Ya lo habían descubierto…
—No se mueva —dijo la voz chillona de un gnomo— o lo dejamos como una coladera —concluyó.

17 de mayo de 2014

La Historia de un Leñador

Era un hombre muy trabajador. Me refiero al vecino de mi amigo. Mi amigo se llamaba Leonardo y vivía en el extremo oriental del pueblo, junto a su esposa y una pequeña hija de siete años. Tenía vecinos enfrente, atrás y a ambos lado de la casa. Sin embargo, sobre quien quiero contarles es sobre el tipo que vivía a la izquierda de su casa. No digo que era su amigo, porque este vecino andaba muy escaso de esos, y Leonardo no era uno de ellos.
Se llamaba Raúl, tenía cuarenta años, una esposa de más o menos su edad y tres hijos, un joven de diecisiete y dos niñas de trece y ocho años. Tenía una bonita casa, muy bonita si he de ser sincero, ya que tuve la oportunidad de apreciarla durante las incontables veces que fui a casa de mi amigo Leonardo. Tenían dos autos y una motocicleta, un jardín precioso y una piscina que era la envidia de todo el barrio.
Pero había algo que no encajaba con el ambiente de prosperidad que a simple vista parecía disfrutar esa familia. Bueno, la primera es que no parecían muy felices, y la segunda es que Raúl no era más que un leñador y su auge económico había dado inicio tres años atrás. Para daros un ejemplo: mi amigo Leonardo era gerente de un banco, y su casa no era la gran cosa. Entonces, ¿cómo es que un leñador de pronto se convertía en alguien económicamente pujante? Muchos se han hecho la misma pregunta, las respuestas no han sido tantas, ni muy esclarecedoras.
Lo cierto es que hace tres años Raúl derribó su vieja casa, de madera y láminas herrumbradas, y mandó a construir una hermosa casa. Poco después vinieron los autos, la moto, los muebles caros, la televisión de cuarenta y dos pulgadas y por último la piscina. Raro, ¿no? Aún más raro es que después de todo ello el hombre siguiera siendo leñador. Sí, es cierto. En un par de ocasiones yo lo vi con un hacha al hombro dirigirse al bosque.
Después de un tiempo, creo que llegué a una respuesta bastante satisfactoria acerca del auge económico de éste leñador. Sucedió no hace mucho tiempo. Sin embargo, creo que llevaré el relato de forma cronológica.

13 de mayo de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 16

El Trato con los Lobos

Poco a poco Max fue recobrando el conocimiento. Le dolían todos los huesos, pero para haberse caído de tan grande altura no sentía el dolor que había imaginado. Lo primero que vio al abrir los ojos lo dejó atónito, viéndolo a la cara había alguien que no le auguraba buenas noticias.
—¡Ya está volviendo en sí, Rolf! —anunció quien lo observaba.
—¡Qué bien, creí que nunca despertaría! —dijo Rolf levantándose de donde estaba echado, a la sombra de un árbol.
Los dos lobos estaban ahora frente a él, el pánico lo inundó, pero luego comprendió que no tenía por qué tener miedo, ya que si aquellos dos lobos le hubieran querido hacer daño se lo habrían causado mientras estaba inconsciente. Se puso de pie torpemente y tomó la espada que no estaba muy lejos de él, no estaba de más ser precavido.
—¿Qué pasa, pequeño? —preguntó Rolf acercándose a él.
—No te acerques —amenazó Max alzando la espada.
—Como quieras —aceptó Rolf—. No queremos hacerte daño.
Max escrutó el paraje en el que estaba, aún se encontraba en el lugar que había caído, en la pequeña playa que había entre el río y el acantilado. El sol se había ocultado y la luna, mostrando un tercio de su cara, pendía en el cielo, brindando apenas un atisbo de claridad.
Inmediatamente después de ponerse de pie se dio cuenta de algo que verdaderamente lo impresionó: las heridas que había tenido en sus brazos habían sanado, las garras que había tenido marcadas en el pecho habían desaparecido; todas sus heridas ya no estaban, no así la sangre que aún embarraba su cuerpo. La mochila aún estaba en su espalda al igual que la vaina de su espada. No tenía idea de lo que había pasado.
—¿Qué fue lo que pasó? —preguntó Max.
—¿Qué fue lo que pasó? —repitió Rolf— ¿Qué crees? Caíste desde arriba y ahora estás allí parado, como si nada hubiera pasado, tuviste mucha suerte.
Max tenía la ligera sospecha de que no había sido suerte.
—¿Qué pasó con Jennifer?
—No sé quién es Jennifer, pero si te refieres a la chica los gnomos se la llevaron —informó Rolf—. En cuanto al tigre, al pobre le dieron una muerte muy cruel, aunque debo admitir que se lo merecía.
—¡Qué!
—Al tigre lo mataron y a la chica se la llevaron —repitió el lobo—. No sé lo que vayan a hacer con ella, pero te aseguro que no será nada bueno. Después de todo tuviste suerte al caer, porque estás bien y ellos no te raptaron. Seguramente creyeron que habías muerto y no se molestaron en corroborarlo.  
Hubo un momento de silencio. Max no podía creer lo que estaba sucediendo. Si tan solo no hubiera permitido que Jennifer viniera con él nada de aquello habría sucedido. ¿Qué iban hacer con ella? ¿La comerían?
—No, no, —se dijo para sí mismo, aquello no podía ser posible.

10 de mayo de 2014

Día de las Madres

Tommy, de apenas seis años de edad, sabía que el día siguiente sería el día de las madres. Había pensado largo y tendido sobre qué regalarle a su querida progenitora. Tenía que ser algo grandioso, inolvidable, algo que la hiciera estremecerse de emoción. Tenía algunas ideas en mente, pero aún no conseguía sacar nada en claro. Bueno, le plantearía ese tema a su tutor, a casa de quien se dirigía, sin duda él sabría esclarecer sus ideas y lograr que cogiera la más idónea.
El chófer lo llevó hasta la casa de Freddy, su tutor, y lo dejó en la puerta. Lo dejó tocando el timbre para volver un par de horas después, cuando las lecciones de Tommy hubiesen concluido. Su joven maestro salió a recibirlo y lo llevó al cuarto que ocupaba para impartir sus clases al chico. Freddy tenía el físico y el aspecto de un hombre joven, incluso sus papeles de identificación decían lo mismo, pero Tommy sabía que era viejo, muy viejo.
Inmediatamente abordó el tema que le carcomía la cabeza: el día de las madres. Mientras su tutor le explicaba detalladamente una bonita sorpresa para su madre, la sonrisa de Tommy se fue ensanchando cada vez más.

٭٭٭٭٭٭٭
Beatriz estaba en el spa del club con su amiga Carol, dos mozos bien cuidados les masajeaban la espalda con manos suaves y flexibles.
—¡Qué bien se siente! —comentó Carol.
—¿Sabes qué más se siente bien? —inquirió Beatriz.
—No. Ni me interesa de todas formas. ¡Esto es vida Beatriz!
—De todas formas de te lo diré. Mi Tommy me hizo salir de casa muy temprano porque quiere prepararme una sorpresa.
—¿En serio? —Carol alzó la cabeza. Beatriz vio un fugaz destello de celos en los ojos de su amiga. Carol tenía un niño de diez años y una niña de siete, pero ninguno había pasado de regalarle una flor del jardín de la casa, una tarjetita o como mucho, una caja de chocolates—. ¡Pero sí solo tiene seis años!
—No me negarás que es un niño bastante inteligente. Además, le ayudará Freddy y los empleados de la casa.
—¿Freddy? ¿Ese guapetón que imparte cursos en su casa?
—El mismo.
—No me importaría pedirle que me imparta uno o dos cursos a mí —hizo una pausa mientras ambas reían—. ¿Le tienes suficiente confianza para dejar a tú hijo en sus manos?
—¿Por qué no? Después de todo, le conozco desde hace varios años.
—Supongo que es válido. Pero no me imagino a un niño de seis años preparándote una fiesta.
Beatriz pensó que eso se aplicaba a casi todos los niños del mundo, no así a su Tommy. Tommy, a sus seis años, era capaz de hacer complicadas sumas y hablaba con claridad, leía con fluidez y hablaba francés y estaba aprendiendo italiano. Sabía que su hijo era un prodigio, y eso la henchía de orgullo. Prepararle una fiesta no era cosa de otro mundo para su superdotado hijo.
—¿Te gustaría que te preparara una sorpresa, madre? —Le había preguntado esa mañana con su acostumbrado tono educado.

7 de mayo de 2014

El Pajar y el Trol

La aldea a la que entraron era vieja, sucia y pequeña. Un centenar de pequeñas casas estaban esparcidas en todas direcciones. Las paredes eran de madera y adobe y los techos de paja; haciendo honor al nombre de la aldea: El Pajar. No había que ser un genio para darse cuenta que no todo andaba bien allí; el lugar daba la impresión de haber sido atacado por un vendaval. Había casas a medio camino del suelo, a otras le faltaban puertas o ventanas, o alguna sección del techo. Los vecinos se ayudaban a reconstruir las viviendas, mientras que otros, con torsos, brazos o cabezas vendadas lo observaban todo con profundo desconsuelo.
Landon y su séquito no dejaron de darse cuenta de los arqueros apostados en las ramas de los árboles, ninguno de los cuales les dio el alto, parecían vigilar más allá, hacia los bosques y las colinas.
—¿Campesinos arqueros? —comentó en tono despectivo Ennie, uno de sus dos guardias—. ¡Lo que hay que ver!
—Tienen miedo —apuntó Robert, el veterano guardia que nunca había llegado a caballero pero que gozaba de experiencia y gran percepción.
—¿Y a qué le pueden temer unos campesinos? —rió Camelot, un muchacho hijo de un rico mercader al que todo le parecía divertido. Al principio a Landon le pareció un joven agradable, con el paso del tiempo empezaba a pensar lo contrario—. ¿A un lobo, a los cuervos, al sol?
—Al causante de tales destrozos, por ejemplo —dijo Landon.
—¿El viento? —preguntó sorprendido Camelot.
—Mi señor tiene razón —intervino Robert—. No creo que el viento haya hecho esto.
—¿Qué más pudo ser?
—Lo averiguaremos ahora mismo. —Landon condujo a su moro hasta un grupo de aldeanos que trataban de reponer el techo que le faltaba a una vivienda. Lo siguieron Camelot, los dos guardias y los tres sirvientes con el carromato en el que iban las tiendas, los suministros y los enseres para cuando no hallaban una posada y tenían que acampar.
—¿Qué sucedió, aquí? —preguntó.
Un hombretón con músculos de herrero se volvió a él y lo encaró.
—Aquí tenemos por costumbre saludar antes de… —el hombre casi gritaba, pero un anciano lo haló de la camisa instándolo a callarse.
—Lo siento, mi señor —dijo el anciano haciendo una pequeña reverencia—. Mi nombre es Román y el maleducado es Ryan.
—Soy Landon Pottlir, hijo menor de Lord Cannio, vuestro señor. —Landon esperó una balbuciente disculpa de parte del herrero, hablar en aquel tono al hijo de su señor bien podría valer un pasaje a la horca. Pero esperó en vano, en su lugar recibió una réplica aguda e irónica.

6 de mayo de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 15

Encuentro con los Gnomos

La enorme figura de Llosty avanzaba lentamente hacia ellos. Max estaba temblando, o al menos pensaba que lo hacía. De lo que sí estaba seguro es que estaba sudando, el mango de la espada estaba mojado, aquella situación no era para nada agradable. Miró a Jennifer, ésta tenía perdida la mirada en el monstruoso felino. En los ojos de éste se veía malicia y alegría, seguramente disfrutaba aquello. Quizá ya nada podía evitar que se diera un buen banquete.
—Llosty, tú…tú no…no nos puedes hacer esto —tartamudeó Max—. Somos tus amigos ¿recuerdas?
—¡Amigos! —bufó el tigre, casi con asco—. Nunca fuimos amigos, simplemente hacíamos algo para beneficio mutuo, pero esa sociedad ya concluyó.
Cuando aún se encontraba a unos cinco metros de Max, Llosty saltó sobre él. Max haciendo uso de sus reflejos se tiró a un lado y rodó, logrando quitarse del camino del tigre justo a tiempo. Cuando se puso de pie, Llosty acorralaba a Jennifer contra un árbol, la niña temblaba aterrorizada y sin el coraje de usar el arco. Max corrió sobre Llosty, y con la espada lanzó una estocada al vientre de la bestia, pero éste con un saltito la esquivó.
—¡Eres valiente, pequeño! —dijo con una sonrisa malévola.
—Tengo que serlo —replicó Max.
Jennifer estaba de espaldas a un grueso cedro, trémula, seguramente aquello era demasiado para ella. Max sabía que no iba a usar su arco con alguien que había creído amigo, no lo haría. Pero él no iba a permitir que Llosty los usara como bocadillo, no porque temiera morir, sino porque no quería que a Jennifer le pasara algo y porque su abuelo dependía de él. De manera que estaba solo, Jennifer difícilmente lo ayudaría y no tenía a nadie más. Anteriormente siempre había tenido quien le ayudara, pero ahora, ahora estaba solo, tendría que ingeniárselas y rápido para salir de aquella situación.
Llosty rugió ensordecedoramente y saltó sobre Max. Éste vio como la enorme figura iba hacia él e intentó apartarse de la trayectoria de la bestia, pero esta vez el tigre fue más rápido. Max cayó de espaldas ante el golpe, quedando en medio de las garras del tigre. En su mano derecha aún sostenía la espada, intentó asestar un golpe al tigre pero éste inmediatamente puso una de sus enormes garras en su brazo, dejándolo sin movimiento. Acto seguido con su otra garra inmovilizó de igual forma el brazo izquierdo del chico. Intentó desesperadamente escapar pero fue inútil.
—Jennifer has algo —gritó.
Las garras del tigre se estaban clavando en sus brazos y un líquido caliente empezaba a recorrerle los codos. Max cerró los ojos y apretó los dientes soportando el dolor.

1 de mayo de 2014

La Casa de la Bruja

Los cuatro amigos se tambaleaban por la adoquinada calle iluminada por antiguas farolas en medio de conversaciones ebrias, risas ahogadas y suaves pisadas en el silencio de la noche. Era la una de la madrugada y en un kilómetro a la redonda sería imposible encontrar un alma en pie aparte de ellos. Venían de la cantina de Don Orlando, y allá seguirían de no ser porque el oriundo señorón los mandó a dormir.
Después de charlar un rato sobre las cosas sin importancia que acostumbran discutir los borrachos, se pusieron a cantar un canción que haría enrojecer a una doncella; otra de las cosas inútiles que acostumbran hacer los borrachos. Entonaban muy alegremente la canción, muy desafinados por cierto, cuando un grito agudo, desalentador, hendió la soledad de la noche.
Los cuatro amigos se detuvieron, con más curiosidad que miedo. Fue hasta entonces que se dieron cuenta que estaban frente a la llamada Casa de la Bruja. Era una casa antigua, de estilo colonial, con amplios ventanales de vidrio y techo de adobe. La llamaban así porque se rumoreaba que allí vivía una bruja y que por eso, pese a estar bien ubicada en el pueblo, nadie había vivido allí desde hacía más de diez años.
—¿Escucharon lo mismo que yo? —preguntó Herber.
—Creo que sí —asintió Lucas.
—Era un grito, ¿verdad? —inquirió Juan.
—Un grito aterrador —matizó Martin.
Los cuatro amigos escudriñaron con sus borrosos ojos, pero nada vieron, y nada raro volvieron a escuchar. De pronto a Lucas se le ocurrió una idea para nada innovadora. 
—¡Una botella de aguardiente al que tenga valor de entrar! —apostó—. ¿Quién se atreve?