Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

2 de abril de 2014

Relato de un Condenado

Me encuentro encerrado en la celda más oscura que se pueda imaginar. Oscura creo que es una palabra que se queda corta. En realidad es negra, completamente negrísima. Agito mis pecadoras manos frente a mi rostro, siento el aire que se agita con su paso, pero no veo nada. A veces, en mi casa, cuando se iba la energía eléctrica y todo se quedaba oscuro, bastaba con quedarme sentado un rato, esperando que los ojos se acostumbraran a la falta de luz, luego era posible distinguir las siluetas de lo que me rodeaba. Pero aquí no es posible eso. Llevo muchas horas acá, arrebujado contra la pared de mi prisión, pero todo sigue igual, tan negro como los crímenes que me trajeron acá.
Porque soy un criminal. Lo soy. También un pecador. Aunque creo que ambas cosas son lo mismo. Lo que hice pudo haber sido obra de la locura. Si me hubiese dejado atrapar, y hubiera confesado estar loco, probablemente me hubieran creído, y mi castigo habría sido un par de años en un manicomio. Pero los hubiera no existen, o al menos eso escuché alguna vez, allá, en el mundo de los hombres.  Y lo que hice, lo hice en pleno poder de mis facultades mentales. Por eso es que estoy aquí.
Aquí, en la negrura de mi celda, rememoro lo que hice en el mundo de arriba, en el mundo de los humanos. Mi sentido del tiempo me dice que llevo en esta celda horas, un día cuando mucho. Apenas he abandonado el mundo de los humanos, de los hombres, sin embargo lo siento como algo lejano, como algo que jamás volveré a ver ni tocar. Corazonadas que presiento no están del todo desencaminadas.   
Recuerdo que allá era un hombre solitario, hosco y resentido con la vida. Casado hasta hacía tres años, pero que las golpizas que le propinaba a mi esposa después de cada borrachera, hicieron que el matrimonio se disolviera poco a poco hasta concluir en divorcio. Lo que más me dolió del divorcio fue la pérdida de mis dos pequeñines, Mike contaba con cinco años en el momento de la separación, y Carina solamente contaba con tres añitos de edad.
Hacía un par de años que había dejado de amar a mi esposa, más concretamente; ex esposa. Más sin embargo, cuando me enteré que tenía un amante, fue como una bofetada, como un mazazo en mi decaído corazón. Días después me enteré que su amante no era nadie más que Ben, mi mejor amigo. ¡Oh dolor tan atroz! Cómo el corazón humano puede sufrir tanto y no sucumbir instantáneamente. Me sentí traicionado (y que pocas son las emociones que hacen sufrir tanto como el sentirse traicionado), no sólo por mi mujer, sino también por mi mejor amigo. Yo sabía que tarde o temprano mi mujer tendría que rehacer su vida, pero lo que no esperaba es que pensase rehacerla con mi mejor amigo. Ex mejor amigo.
De manera que resolví matarlo. Que rehiciera su vida con quien quisiera, menos con un amigo.
También sopesé durante largas noches asesinarla a ella. Pero desistí en tales pensamientos por el amor que profesaba a mis pequeñines. Los quería más que nada en el mundo, y no sería yo quien los dejara sin madre.
El día que cometí el más horrendo de los pecados, ayer probablemente, amaneció sombrío y lúgubre. Como si fuese un presagio de mis macabras intenciones. Recuerdo que pasé medio día sentado en un banco, en mi habitación, mientras con un paño húmedo de aceite, frotaba una y otra vez mi 38, portadora de muerte. Sonreía con malicia mientras en mi mente mataba una y otra vez a Ben. Sí. Primero le miraría a la cara y le gritaría que nunca de los nuncas debió haberse enredado con mi ex esposa. Después le dispararía en el corazón.
Después de medio día salí a dar una vuelta. El revólver escondido en mi cintura. Estaba nervioso, es cierto, pero era más por ansiedad que por miedo. Ansiedad por que llegase la noche y pudiese ajustar cuentas con el amante de mi mujer. Recuerdo que pasé la tarde deambulando por todos lados. Fui a comer a un pequeño restaurante. Me tomé unos tragos en la cantinita de don Sergio. Charlé un rato con Vicky, la hija de doña Marta, la señora del almacén de la esquina, y dejé entrever que mis sentimientos por ella eran menos fraternales de lo que parecían.
Hasta que por fin llegó la noche. El momento que estaba esperando. Entré al coche alquilado y fui a estacionarme frente a la casa de Ben, esperando que regresase del trabajo. Esperé con creciente nerviosismo el arribo de mi ex amigo. Pero éste no se produjo. Transcurrió una hora sin rastros de él. Ya impaciente salí del coche y le pregunté a un vecino por Ben.
—Regresó algo más temprano del trabajo —informó—. Pero sólo estuvo un rato en casa. Después volvió a salir, imagino que a ver a su novia, la que era mujer de… —de pronto me reconoció— ¡Perdón! —balbució, la vista clavada en la punta de sus zapatos.
—Descuide —recuerdo haberle dicho.
Volví a subir al coche y me alejé de allí.
Primero pensé en regresar el coche a la empresa de alquiler, y dejar la muerte de Ben para después. Pero algún absurdo se apoderó de mí y en lugar de conducir hacia cualquier lado, conduje directamente a la casa que el juez había decretado debía pagar a mi ex mujer. De alguna manera estaba decidido a asesinar a Ben esa misma noche.
Efectivamente el coche de Ben estaba aparcado frente a la casa de mi ex mujer. Decidí esperar a que saliera, después le daría muerte allí mismo. Esperé, esperé y esperé. Mis nervios se acrecentaban con el paso de los minutos. Del interior de la casa salían risas y conversaciones alegres. Algunas de aquellas risas eran inconfundibles, y me taladraron el corazón de forma horrorosa, eran las risas de mis pequeñines. Mike y Carina se estaban divirtiendo con aquel imbécil que planeaba suplantarme.
Tomé la decisión de colarme por el jardín y asomarme a una de las ventanas. De manera que salí del coche y me acerqué como lo haría el más sigiloso de los ladrones. Allí estaban los cuatro. Mi mujer y Ben, sentados en el sofá, un brazo alrededor del otro. Entre las piernas de mi ex amigo estaba metida Carina, sonriente, mientras jugaba con una de sus enormes manazas. Mike, corría por la sala, riendo, gritando. Parecía perseguir algo. Era una pequeña pelotita que rebotaba por todos lados. Cuando la cogió, corrió hacia Ben mientras gritaba “¡La atrapé, papi! ¡La atrapé!”.
La traición de mi mujer me dolió, la de mi amigo un poco más, pero la que desgarró mi corazón y me cegó de locura fue la de mis dos pequeñines. ¡Así que hasta ellos me habían cambiado! Dos gruesas lágrimas descendieron por mis mejillas. Recuerdo haber dado media vuelta y echarme a correr hacia el coche, pero de alguna forma me las ingenié para llevar a cabo la peor insensatez que un hombre puede hacer. Eché abajo las persianas de una de las ventanas y me metí a la sala hecho una furia.
—¿Qué demonios significa esto? —rugió mi ex mujer plantándose frente a mí.
Me llevé la mano a la cintura, cogí el arma y le disparé dos veces en el pecho.
Los niños se pusieron a gritar como posesos. Ben echó a correr.
Tres balas impactaron en su espalda y cayó muerto.
—¿P-p-or q-ué? —logró balbucear mi mujer, ya a las puertas de la muerte.
—¿Por qué? —repliqué hecho una furia— ¿Por qué? —le di una fuerte patada en las costillas— ¿Todavía te atreves a preguntar por qué? —volví a golpearla una y otra vez, hasta que murió. Sin embargo yo la seguí pateando.
—¡Deja a mi mamá! —chilló Mike. Se me prendió en una pierna y me la mordió. Me lo desprendí de un pescozón y antes de que pudiera darme cuenta de lo que hacía le disparé la última de las balas que tenía el revólver.
Me arrodillaba a su lado para intentar auxiliarlo cuando oí que Carina gemía junto al cuerpo sin vida de Ben, lo sacudía y gritaba ¡Papi, despierta! ¡Papá! ¡Por favor! No lo pude soportar. Me estaba traicionando. También merecía morir. Apunté con el arma y halé el gatillo, pero no se produjo ningún disparo. Se habían terminado las municiones. Pero para terminar con la vida de una niña de seis años no se necesitaba gran cosa. Así que me acerqué a ella, la cogí del cabello y la estrellé contra la pared, una y otra vez hasta que las paredes quedaron cubiertas de sangre y sesos.
La policía debió andar rondando cerca, porque irrumpieron en aquellos momentos en la casa. Me apuntaron con sus armas y me gritaron que dejara a la niña y alzara las manos. Pero yo aún oía gemir a Carina. Todavía estaba viva. Hice caso omiso de la policía y la volví a estrellar contra la pared.
Se oyeron dos disparos. No estoy seguro, pero creo que uno me dio en el corazón y el otro en la cabeza. Irremediablemente morí.
Y ahora estoy aquí, en esta negra celda, esperando que vengan a buscarme para dictarme sentencia.
Pasan las horas y la negrura de mi celda parece acentuarse aún más. El miedo a lo que harán conmigo crece a cada segundo y estoy temiendo que vengan a buscarme, porque temo que no lo harán para algo bueno. Casi preferiría pasar toda la eternidad en esta oscura celda. Pero sé que no será así.
Escucho pisadas. Sí. Son pisadas suaves sobre la dura roca del piso. Ahora veo una pequeña luz en la negrura que me rodea. Es una luz débil, anaranjada y titilante. Se está acercando a mí. Creo que es una antorcha. Sí, es una antorcha. La porta un hombre con cabeza de carnero que se ha plantado frente a mí celda y maneja una gruesa llave para abrirla. De pronto han aparecido gruesas cadenas en mis tobillos, muñecas y cuello. El hombre con la cabeza de carnero tira de ellas y me guía por interminables pasadizos. Le preguntó qué sucede, qué piensan hacer conmigo, dónde estoy, pero el extraño personaje ni siquiera se digna verme.
Después de horas y horas de caminar por oscuros pasillos, llegamos ante unas puertas enormes, de decenas de metros de altura y una anchura similar a la de una autopista. Las puertas se abren. El hombre con cabeza de carnero me conduce al interior. Es una sala enorme, gigantesca. Está repleta de gente, pero sólo los encadenados, igual que yo, parecen humanos. El resto tienen cabeza de carneros, de toros, de gallos, de serpientes, de loros… se sientan en interminables bancas que se pierden de vista y aplauden cuando el diablo, sentado en un gran escritorio al frente de la sala, condena a uno de los encadenados a una eternidad en el infierno.
Pero no todos son condenados. En otro escritorio, junto al diablo, hay un ángel, con las alas doradas, creo que es Jesús, o algún representante, así como tampoco estoy seguro que el otro sea el diablo. La otra mitad de la sala está repleta de ángeles, con vestiduras blancas, impolutas y alas como de algodón, sentados también en bancas que se pierden de vista, y aplauden cuando alguno de los encadenados es elegido para ir al cielo por una eternidad.
Después de días y días de espera, y de presenciar miles de juicios, llega mi turno. No me hago ilusiones, sé cuál será el resultado. Monstruos horribles enumeran en orden cronológica todos mis pecados, el último, el asesinato de cuatro seres humanos. Ángeles de blancas ropas y rostros sin macula enumeran de igual manera mis acciones buenas. La diferencia es apabullante. El diablo, si es que es el diablo, me condena a una eternidad de sufrimientos en el infierno. El otro juez parece triste por la decisión.
Me guían a una poterna, la abren y me dejan ver durante un minuto lo que me aguarda allá abajo. Lagos de fuego, plagas, monstruos, dolor, miseria, hambre, odio, torturas… Grito pidiendo perdón, pero ya es muy tarde. Me empujan y me precipito hacia mi sufrimiento eterno.    

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