Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

26 de abril de 2014

La Maestra Suplente

La noticia de que la sra. Celia había cogido tremendas fiebres que la tendrían en cama durante algunos días causó más alegría que tristeza a los alumnos. En especial a los tercer año; más concretamente a Dylan. La sra. Celia era una mujerona que rondaba la cincuentena de años, tenía el cabello más gris que negro, y su más grande pasión parecía ser torturar a los chicos con cuantiosas e interminables tareas. Fue por eso que los chicos sintieron más alegría que pena cuando el director les anunció que la profesora titular de matemáticas no llegaría al colegio durante una o dos semanas.
Algunos ingenuos creyeron que disfrutarían de ratos libres hasta que la sra. Celia volviera. Pero estaban equivocados. Inmediatamente el director les comunicó que había contratado a la srita. Emily para que supliera a la sra. Celia hasta que se encontrase en condiciones de volver. Como es normal, hubo gestos, frases y hasta silbidos de desaprobación; los chicos querían sus períodos libres. Todo esto se acalló en cuanto el director invitó a pasar a la srita. Emily. Todo mundo quedó boquiabierto, en especial los muchachos; y más que todos, Dylan. La srita. Emily era una despampanante joven que no tendría más de veintitrés años, su cabello castaño le caía en cascadas sobre los hombros, sus labios rojos invitaban al delirio y si éstos no lo lograban, su escultural cuerpo desde luego que sí.
—Ella es la señorita Emily —la presentó el director—. Impartirá las clases de matemáticas hasta que la señora Celia esté de vuelta.
—Buenas tardes, jóvenes —saludó la profesora, su sonrisa dejó entrever dos blanquísimas hileras de dientes.
Dylan pensó que mujeres como ella eran las que los poetas retrataban en sus composiciones.
—Buenas tardes, señorita Emily —dijeron los alumnos casi al unísono.
Dylan la miraba embobado. Era, sin lugar a dudas, la criatura más hermosa sobre la que jamás había posado los ojos alguna vez. Mientras la contemplaba, la srita. Emily debió percibir su mirada porque dirigió los ojos, avellanados y brillantes, a su rostro. Dylan se sintió turbado. La srita. Emily le sonrió tímidamente y, habría jurado que también con coquetería, Dylan supo que la amaba.
Esa tarde cuando salió del colegio junto a tres amigos, Dylan y los otros no podían hacer otra cosa más que hablar de las virtudes de la maestra suplente. Inclusive no les había dejado ninguna tarea. Ésa sí que era una maestra que reunía las cualidades que a ellos interesaban.
—¡Dios! —exclamó Bryan—. ¡Miren, allí está!
Los otros tres alzaron la vista unánimemente, enfrascados como estaban alabando las virtudes de la srita. Emily, no se habían dado cuenta que la guapísima profesora caminaba con un bolso al hombro una media manzana delante de ellos.
—¡Mirad como camina! —dijo Eddy.
Y Dylan pensó que Eddy tenía razón. La srita. Emily cimbreaba las caderas de tal modo que su vestido se elevaba unos centímetros dejando entrever el inicio de unas blancas y bien torneadas piernas. El delirio de cualquier hombre, sin importar la edad.
—¡Yo me caso con ella ahora mismo! —manifestó un entusiasmado Erwin.
—¡Yo le entrego todo mis bienes! —apuntó Eddy. Los demás rieron, sabían que los bienes de Eddy además de su ropa y sus libros, lo constituían una vieja bicicleta y una PC bastante pasada de moda; sus padres eran de escasos recursos.
—¡Yo le entrego mi alma al diablo a cambio de esa mujer! —adujo Bryan.
Por supuesto, todos estaban bromeando. De todas formas Dylan no se atrevió a decir algún disparate igual a sus amigos, sino que dijo algo más solemne, con voz de enamorado.
—Yo la amaría con el alma el resto de mi vida si lograra yacer una vez a su lado.
Bryan se quedó en la siguiente casa, Eddy en la siguiente manzana y Erwin un poco más adelante. Al final sólo quedó Dylan. La srita. Emily seguía caminando media manzana delante de él. ¿Hacia dónde se dirige? ¿Dónde vivirá? ¿Me atrevo a alcanzarla? ¿Luego qué le digo? De dónde sacó el coraje nunca lo supo, de lo único que se percató fue que al segundo siguiente trotaba en pos de la srita. Emily.
—¡Hola! —dijo entrecortadamente. La srita. Emily lo miró y le sonrió. ¿Y ahora qué? ¿Le planteaba alguna pregunta sobre la clase del día o simple y llanamente le decía que era la mujer más hermosa del mundo y que se había enamorado irremisiblemente de ella y que aunque sólo contaba con dieciséis años estaba dispuesto a hacer lo que fuera por besar aquellos labios carmesís y por estrechar su cuerpo y ser estrechado por sus suaves, gráciles y hermosos brazos? Afortunadamente la srita. Emily no se debatía en su fuero interior para encontrar qué decir.
—Eres Dylan —dijo, no era una pregunta—. Estás en la clase de tercer grado, ¿cierto?
—Sí —respondió Dylan, hasta cierto punto, azorado—. Tiene muy buena memoria —halagó—. Que entre tantos alumnos se acuerde de mi nombre es muestra de ello.
—En realidad sólo recuerdo los nombres de quienes me parecen interesantes.
—¿Y yo se lo parecí?
—Me lo pareces —y allí estaba de nuevo esa sonrisa mágica, rompecorazones. A punto de preguntarle de qué forma le había parecido interesante se encontraba cuando la srita. Emily manifestó que ya había llegado a casa.
—¿Vive en casa de la sra. Celia? —preguntó sorprendido.
—En efecto. Vengo del pueblo vecino y como no tenía donde quedarme, vuestra maestra me ofreció su casa. Ya habrás visto que la pobre vive sola.
Dylan asintió.
—Adiós. Nos vemos mañana en clase —se despidió la maestra suplente.
—Adiós —dijo Dylan—. Hasta mañana.
Al día siguiente puso celosos a sus amigos cuando les comentó que había alcanzado a la srita. Emily y la había acompañado hasta su casa. Aún se pusieron más celosos cuando les dijo que ella sabía su nombre y que había dicho que le parecía interesante. Por más que le preguntaron dónde vivía para pasearse por allí en sus horas ociosas, Dylan no soltó nada. 
Esa tarde Dylan se desconsoló al salir del colegio y no ver caminando delante de él y sus amigos a la srita. Emily. Probablemente aún estaba en el colegio o quizá ya se había marchado. De todas formas no importaba. Lo de ayer había sido una casualidad. Era obvio que una señorita de la talla de ella no se fijaría en alguien como él.
Después de que sus amigos se quedaran en sus respectivas casas, Dylan caminaba meditabundo, su mente en la srita. Emily. De manera que se llevó una grata sorpresa cuando ésta salió de una librería que había a un costado de la calle y le saludó.
—Volvemos a coincidir —dijo.
Dylan solo podía mirarla y reír tontamente.
—Así parece.
Charlaron alegremente durante los siguientes minutos hasta que la srita. Emily se quedó en casa de la sra. Celia. Repentinamente recordó que no le había preguntado de qué manera le parecía interesante. Pero ya le preguntaría después. De todas maneras había conseguido algo que solo había soñado: había logrado que la srita. Emily le prometiera que al día siguiente lo esperaría fuera del colegio para que la acompañara a casa.
Al día siguiente, apenas sonar el timbre de fin de clases, Dylan abandonó casi corriendo el salón y el colegio, gritando a sus amigos que los vería al día siguiente.
La srita. Emily estaba a las fueras del establecimiento charlando con el profesor de educación física, alto, fuerte, musculoso, gallardo; un hombre hecho y derecho. Dylan sintió un ramalazo de celos.
—Charlamos mañana, sr. Robert —dijo la maestra en cuanto vio a Dylan—. Tengo algunas cosas que tratar con Dylan.
Dylan se sintió extasiado y transportado a la luna ¡La srita. Emily había bateado al profesor de educación básica por él! Bueno, él tampoco era feo precisamente.
—Caminamos —le invitó.
Dylan miró con una sonrisa socarrona a sus amigos que lo veían alejarse al lado de la escultural srita. Emily.
Fue de aquella forma que consiguió que la srita. Emily consintiera en salir a comer con él el sábado por la tarde. Dylan aún no se lo podía creer. Consiguió que su padre le prestara el coche, aunque le dijo que era para salir con una chica en ningún momento osó siquiera insinuar que se trataba de su profesora ya que su padre no vería de buena manera tal cosa, y se puso sus mejores ropas. Cuando la recogió en casa de la sra. Celia no pudo menos que abrir la boca y mirar aquella preciosura con ojos desorbitados ¡Por Dios que la srita. Emily era la criatura más hermosa del mundo!
Primero la llevó a la función vespertina del cine y después a un lujoso restaurante. Tenía sus ahorritos y podía permitirse aquellos lujos, además, antes de salir había logrado sonsacarle algo más que el coche al padre. Pero las cosas no estaban yendo como Dylan había soñado, no lograba decirle a la srita. Emily cuan atraído por ella se sentía, de manera que seguían paseando como profesora y alumno, como amigos cuando mucho. Jamás imaginó que sería la srita. Emily quien daría ese paso.
—¿Y ahora qué Dylan? —inquirió. Puso una de sus suaves y delicadas manos sobre la suya— ¿Quieres llevarme a un motel?
Dylan se quedó pasmado, y aunque no podía mirarse estaba seguro que el rubor le teñía las mejillas.
—Y-yo, yo… n-no pensaba eso, señorita —balbució.
—Bien sabes que sí —dijo la srita. Emily. Parecía bastante cómoda—. A mí no me engañas. Sé que me deseas y lo que más quieres en estos momentos es llevarme a la cama —su voz era suave y melodiosa, como un susurro musical. Dylan estaba seguro que nadie de las mesas vecinas escuchaba sus palabras.
—Yo no pensaría de esa forma de usted —dijo a la defensiva. ¿Pero qué estaba haciendo? Si era lo que más deseaba en el mundo—. Usted es mi maestra y yo… yo solo su alumno —intentó apartar la mano débilmente, pero la srita. Emily se la detuvo, tiernamente.
—¿De verdad? —Dylan no respondió—. Creí que te gustaba y que éstas atenciones eran porque querías algo más conmigo. Discúlpame si estaba equivocada —parecía contrita cuando le soltó la mano.
—¡La amo! —ni siquiera supo si lo dijo conscientemente o por impulso de alguna fuerza extraña.
La srita. Emily sonrió.
Momentos más tarde Dylan, todo nervios, pero a rebozar de felicidad, conducía el automóvil de su padre camino a un hotel a las afueras del pueblo. No podía creerlo, él, un simple chico de tercer grado, estaba a punto de acostarse con la mujer más hermosa de todo el orbe.
Llegados al hotel, Dylan pagó al recepcionista, un hombro gordo y calvo, una suma más que generosa por una o dos horas en una habitación decente. Seguro el señor estaba acostumbrado a recibir parejas así porque sonrió, cómplice. Aunque cuando vio a la srita. Emily sus ojos se abrieron como platos. «Sí, es hermosa —habría querido decirle Dylan—. Y me voy acostar con ella, cosa que vos nunca conseguirás, al menos no en este mundo».
Camino a la habitación, tomado de la mano de la srita Emily, Dylan sentía temor, temor de hacerlo mal. Estaba nervioso. No era su primera vez, por supuesto, pero nunca lo había hecho con una chica la mitad de hermosa que la srita. Emily. Esperaba no estar temblando todo el tiempo.
Pero todo marchó a las mil maravillas. La srita. Emily, sabiéndose mayor que él, fue paciente y lo ayudó con su experiencia, con sus caricias, sus susurros y sus besos. Dylan le besó los labios, la nariz, las mejillas, los ojos, el cuello, sus duros y hermosos senos y hasta entre las piernas. Cuando la penetró, Dylan supo lo que era la gloria.
Vivía la mejor experiencia de su vida, cuando, de pronto, todo perdió su magia.
Estaba sobre la srita. Emily. Sintió que pronto tendría un orgasmo y cerró los ojos. Cuando los abrió no estaba sobre la srita. Emily sino sobre un demonio, un demonio que aún conservaba rasgos de la srita. Emily. Era su mismo cuerpo, solo que era rojizo y de piel escamosa como las serpientes. Sus ojos eran amarillos, con una rayita negra como pupilas. Su boca se había ensanchando, lo que recordaba la boca de un sapo. Dos pequeños cuernos, brillantes, sobresalían de su cabeza y dos alas como de murciélago estaban plegadas a su espalda. Sus manos estaban en la espalda de Dylan, pero las podía sentir rugosas y musgosas, con enormes uñas que le acariciaban la piel. Dylan se apartó rápidamente, soltando un gesto de horror.
—¿Qué pasa, querido? —seguía siendo la voz de la srita. Emily.
Dylan estaba de pie, espaldas a la pared, sin saber qué hacer. El monstruo se levantó de la cama y se acercó con parsimonia a él, con pasos gráciles y agitando una cola con púas como si fuese un abanico.
—¿Ya no me deseas?
Con sus largos y gelatinosos dedos le acarició el rostro. Dylan temblaba incontrolablemente. ¿Cómo lo más hermoso del mundo se había convertido en el ser más horrible que jamás haya pisado la tierra?
—¿Q-quién e-ere-es? —tartamudeó.
—Soy yo, la mujer a la que amas —le susurró al oído. A continuación su voz se convirtió en grave y cavernosa—. ¿O es que ya no me amas? —era una pregunta, pero Dylan no tenía la voz ni el deseo de contestar—. ¿O es que ya no me amas? —rugió de nuevo la criatura clavándole una de sus garras en el pecho. Dylan gritó y la sangre salió en finos hilillos—. Di que me amas y que siempre me amarás o te mato aquí mismo —las garras de sus manos recorrían su cuerpo desnudo y la púa de la cola se deslizaba suavemente por su garganta.
Como Dylan no contestaba le asestó tan tremenda bofetada que lo hizo caer al suelo. El restallido de la carne debió haberse oído a una manzana de allí, al igual que su grito, pero nadie parecía haberlo escuchado, y si lo habían hecho debían pensar que era parte de su rato de pasión, ya que nadie se había asomado para preguntar si todo andaba bien.
El demonio se sentó a horcajadas sobre él y empezó a hacer pequeños pero dolorosos rasguños en su pecho.
—Recuerdas lo que dijiste, Dylan —su voz había vuelto a ser suave y melodiosa—: que me amarías con tota tu alma durante el resto tu vida si te acostabas conmigo. Yo ya cumplí mi parte ¿Y tú? ¿Me amarás con el alma por el resto de tu vida?
Dylan estaba llorando. En qué momento había empezado a gimotear como un chiquillo no sabría decirlo, sólo sabía que lloraba y tenía miedo, mucho miedo… y dolor, dolor allí donde la srita. Emily le rasgaba la piel, y en el alma; su adorada srita. Emily lo estaba torturando.
—¿Me amarás? —preguntó nuevamente la criatura.
—Sí —sollozó—. Mi corazón te pertenece, ahora y siempre.
El monstruo sonrió.
—Sé que así es —dijo la criatura—. Recuerda esta noche de placer y mi belleza sin par para que puedas seguir amándome —de pronto el monstruo se había convertido nuevamente en la srita. Emily, con su bello rostro, su escultural cuerpo y sus hermosos pechos—, porque en el momento que dejes de amarme lo sabré y vendré por ti —sentenció—. Ahora vete.
Dylan salió pitando de allí, medio desnudo, pero lo único que importaba era alejarse de aquel ser del infierno; al que sin embargo amaba, no al monstruo, pero sí a la bella señorita. No había mentido.
El lunes que fue al colegio, con toscas vendas en el pecho y un moretón en la mejilla, allí donde lo había abofeteado el monstruo, descubrió con alegría que la sra. Celia había regresado. Todos los demás parecían tristes ante esa noticia, menos Dylan.
Cuando terminaba de impartir su clase, la sra. Celia le entregó una nota a Dylan.

Recuerda tu promesa, Dylan. Ámame siempre o volveré.
Creo que un amigo vuestro dijo que estaba dispuesto a vender su alma al diablo a cambio de mí, quizá lo vaya a ver uno de estos días. Si puedes, salúdalo de mi parte.
Emily

Dylan miró a Bryan, que era quien había dicho aquella fatídica frase. Sintió lástima por su amigo. Pero más lástima sentía por sí mismo: estaba enamorado de una mujer que era un monstruo. ¡Qué cruel! 

3 comentarios:

  1. muy bueno genial para un ratito de lectura

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    1. Gracias. Me le alegra que te haya gustado. Y pos sí, para un ratito tan siquiera... Jaja. Éxitos!

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  2. Sabes q llegué a pensar x un momento mientras leía?.. Pnse q la Srta Emily y la Sra Celia eran la misma persona, m imagine q Celia frustrada y sola había hecho un pacto con el principe de las tinieblas para ser x una semana jóven, hermosa, deseable y q cuando estaba en el hotel se transformaría nuevamente en la Sra Celia y xq no q el demonio iría a cobrar lo pactado delante d Dylan.. Jajaja pero esta bien asi.

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