Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

4 de abril de 2014

La Desaparición de Mary

La desaparición de Mariela Rivas, conocida en su vecindario como Mary, fue un hecho muy comentado en la ciudad. Quizá no todos en la ciudad, y esto era lo más seguro, sabían quién era Mariela Rivas, pero al escuchar el nombre y el apellido en boca de los vecinos, rápidamente la relacionaron con la familia Rivas Martínez, una prominente estirpe de la ciudad. Mariela Rivas era hija del cabeza de familia, don Diego. A sus diecisiete años era una encantadora muchacha de cabello color arena, según las fotografías, ojos castaños y un cuerpo que llamaba la atención donde quiera que pasase.   
Sobre su desaparición se habían alzado diferentes teorías. La primera de éstas era que se había fugado con su novio, William, un gallardo joven perteneciente a su mismo nivel social. Pero esta teoría fue descartada al día siguiente de su desaparición, cuando el joven en cuestión se presentó en la mansión de los Rivas y negó siquiera haber pensado en semejante absurdo. La policía lo investigó, aún lo sigue investigando, pero efectivamente parece ser que el joven no tiene nada que ver con la desaparición de Mary.
—Se casarían cuando Mary cumpliera los dieciocho —dijo don Diego a un periodista—. Lo decidimos juntos, hace una semana, por lo que considero absurdo que la gente ande comentando que mi hija se fugó con su novio.
Otra de las teorías alude a un posible secuestro. Pero tras un mes de la desaparición de la joven, nadie se ha puesto en contacto con la familia para pedir un rescate. Aunque es posible que tras el secuestro algo haya salido mal y resolvieran matarla, abandonando su cuerpo o enterrándolo en algún lugar inhóspito. Pero la policía y los detectives contratados por los Rivas se han desvivido en sus investigaciones y aún no han encontrado ninguna pista que confirme o niegue esta teoría.
También circula la teoría de que algún maniático la cogió en una de sus salidas a los centros comerciales, la violó y la mantiene encerrada en su sótano, o que bien la asesinó y que ahora mismo los restos de Mary se pudren en algún rincón oscuro de los miles de sótanos de la ciudad.
Pero hay más teorías, muchas más, cada cual más absurda que la anterior. ¿Que los extraterrestres vinieron y por ser tan bella la secuestraron? ¡Absurdo! ¡Ridículamente absurdo! ¿Que se suicidó y se lanzó al mar porque los padres le habían elegido a su futuro esposo? ¡Pero si la ciudad está cien millas tierra adentro! ¿Qué se fugó con otro hombre y ahora vive en un pueblito en un país del tercer mundo? ¿Qué los padres la mantienen cautiva quién sabe por qué razón?
Bueno, lo dejaré allí.
Lo cierto es que la desaparición de Mariela causó tanto revuelo por el misterio que rodea el incidente, por la prominencia de su familia y porque ya ha pasado un mes desde su desaparición y aún no se tiene ni la más mínima pista sobre su paradero. Viva o muerta.
Hay alguien que sí sabe lo que ocurrió con Mariela Rivas. Y ese alguien era el otro hombre en la vida de la joven. Y está más cerca de la prominente familia de lo que nadie se ha atrevido a pensar. Incluso Mariela está más cerca de su familia de lo que muchos creen.
Ese alguien es Richard Monje, el jardinero de los Rivas.
El padre de Richard, don Julio, fue durante treinta años el jardinero de los Rivas. Hasta que murió un año atrás. Durante los últimos ocho años había contado con el apoyo de su hijo menor, Richard, quien tras la muerte del padre había heredado el empleo, el cual no era muy agotador, dejaba suficiente tiempo libre para continuar sus estudios y otorgaba una paga aceptable.
Así fue como Richard conoció a Mary. Se hicieron amigos, porque la joven admiraba el jardín muy bien cuidado por él, y más tarde, se enamoraron el uno del otro.
Mi intención no es contar cómo sucedió esa relación, ni lo que acaeció mientras duró, sino que llanamente quiero contarles el desenlace.
Ocurrió que Mary, sí estaba enamorada del joven Monje, pero sabía que su familia no permitiría semejante relación, así como también ella sabía que no le deparaba un buen futuro al lado de él. Por otro lado se encontraba William, joven, gallardo, de prominente familia y con un futuro maravilloso. Aceptó al joven William como novio, para dar la cara a la sociedad. Richard había aceptado la relación porque creía que al final, el amor entre ambos podría con todo y terminarían juntos.
Cuando Mary le anunció que se casaría con William, y que ya no quería tener nada que ver con él, Richard creyó morir de desolación o volverse loco por el dolor. Por más que suplicó, lloró, se arrodilló, no consiguió que Mary cambiara de parecer. Con frialdad en la voz le había dicho que ella deseaba un futuro ilustre, y que a su lado no lo conseguiría.
De manera que Richard pensó lo que millones de personas antes que él han pensado: «si no es mía, que no lo sea de nadie más», pero que solo unos pocos se han atrevido llevar a la práctica.
Un mes después de haber asesinado a Mary aún se preguntaba de dónde sacó el suficiente coraje para llevar a cabo semejante villanía.
Recostado en su cama, ubicada en el cobertizo destinado a los utensilios de jardinería, que es también su casa, recuerda con lágrimas en los ojos su crimen. Aún se pregunta cómo pudo ser capaz de cometer semejante barbarie.
Recuerda que la asesinó una noche sin luna. La tarde previa a esa nefasta noche, la abordó tan solo un par de segundos mientras la joven cortaba una rosa blanca en el jardín, le encantaban las rosas blancas.
—¡Ven a visitarme esta noche! —le susurró—. Prometo que será la última vez. Sólo quiero tener una breve charla contigo. Después dejaré el empleo y es probable que hasta me mude.
No estaba seguro si lo había escuchado, y si lo había hecho, no sabía si se presentaría a la cita. De todas maneras se preparó para acometer tan maligna empresa. Movió la cama con sumo cuidado y silencio. Removió la madera que cubría el suelo y empezó a cavar. Si no se presentaba, volvía a dejar todo en su sitio y ya.
Mary se presentó alrededor de la media noche, cuando era seguro que ya todos estaban durmiendo. Llegó cubierta con una bata de seda roja, que no resaltaba sus formas como normalmente lo hacían sus atuendos diarios. Richard bebió con sus ojos toda su belleza e inhaló con la nariz todos sus sublimes aromas.  
—¡Ya estoy aquí! —anunció—. ¿Para qué me quieres?
En aquellos momentos Richard solo quería estrecharla entre sus brazos, besarle en los labios, decirle cuanto la amaba y no apartarla de él nunca jamás.
—¿Te casarás con William? —preguntó a despecho de sí mismo.
—Sí.
Richard asintió, como sopesando.
—Ven aquí —la invitó, extendiendo una mano—, regálame un último beso y después vete.
Mary se acercó, lo miró largo rato, cerró los ojos y acercó sus labios a los suyos. En ese preciso instante Richard le rodeó el cuello con el alambre que tenía preparado y lo apretó durante media eternidad, hasta que Mary dejó de retorcerse como un animalillo. Aún lo sostuvo apretado durante un buen rato más, hasta estar completamente seguro que Mariela Rivas había muerto. Por último, con la meticulosidad de un cirujano, había procedido a enterrar el cuerpo. El resultado fue que nadie consideró siquiera la posibilidad de que el cuerpo de Mary estaba sepultado bajo su cama, ni siquiera los escrutadores ojos de la policía.
Y así pasó un mes, lejos de toda sospecha, enfrascado en los cuidados del jardín y en sus estudios. Poco a poco se iba olvidando de la crueldad cometida, y también de Mary. Pronto lo superaría y sería como si nunca hubiese existido una tal Mariela Rivas en su vida, ni un asesinato. Todo terminaría saliendo bien.
¡Cuán equivocado estaba!
La primera señal de que no todo andaba bien, se dio la noche treinta y dos desde la muerte de Mary. Richard volvía de tomarse un par de copas, atravesaba el jardín camino a su cobertizo, cuando, tras los rosales, vislumbró la silueta de una mujer… Se paró de golpe y escudriñó con atención, ya no había nadie. «¡Qué tonto!», se reprendió, era imposible que fuera la silueta de Mary. ¡Imposible!
No obstante, esa visión, que no duró más de una fracción de segundo, lo tuvo pensando en la muerta bajo su cama hasta bien entrada la noche. Mientras dormía, poco antes del amanecer, habría jurado que escuchó arañazos bajo el piso de madera. Pero cuando despertó, los arañazos, parecían cosa sucedida en un mundo distante. De manera que tuvo un día normal, pensando solamente de vez en cuando en Mary.
Esa noche se reunió en casa de unos compañeros de universidad, sí, estudiaba la universidad, para realizar una tarea grupal. Cuando volvía hacia la mansión de los Rivas, a pie, vislumbró, tras la esquina de un edificio, la silueta de Mary. El corazón aceleró el ritmo de sus palpitaciones y un miedo desbocado se cernió sobre él. ¡Era la silueta de Mary! Con la bata roja que vestía cuando la asesinó, y el cabello color arena revuelto, cayéndole sobre los hombros. Por un momento estuvo seguro que había visto un fantasma. Pero tras recobrar la compostura, un minuto después, durante el cual no se había movido ni un ápice desde que vislumbrara la silueta, razonó que tal cosa no era posible. Debía ser producto de su imaginación, después de todo, la esquina del edificio tras cual la había visto era de ladrillos rojos, color similar a la silueta que creía haber visto. Sí, su mente y el entorno le habían jugado una mala pasada. ¡Los fantasmas no existían!
A pesar de ello, regresó con ánimo titubeante y pasos temblorosos hasta su cobertizo, los ojos bailándole en las cuencas tratando de captar la presencia de otra silueta. No vislumbró nada más. Una vez en casa, se echó a la cama y trató de dormir. En un momento dado abrió los ojos y vio a Mary, de pie frente a él, escrutándolo con aquellos adorables ojos castaños que poseía. Richard soltó un chillido y se encogió en la cama. En algún momento debió cerrar los ojos, porque cuando los abrió no había nadie.
¿Estaba viendo visiones o realmente era visitado por el fantasma de Mary? Esa era la pregunta que resonaba con notoria intensidad en su cabeza. No creía en fantasmas, pero con esa última vez, ya eran tres veces en las últimas noches que creía ver a Mary. Ni qué decir que esa noche apenas pudo pegar el ojo, afortunadamente las visiones no volvieron a producirse.
Durante la siguiente semana, las visiones de Mary se sucedieron cada vez con más frecuencia. La última noche, noche en que Richard creyó que se volvería loco, contó hasta nueve apariciones de la muerta. Por la tarde la vio sentada en una piedra junto a los rosales, en la tarde-noche la vio recorriendo el jardín, en las primeras horas de la noche la vio sentada junto a la mesa cuando él se disponía a cenar… Una de dos: ¿O se había vuelto loco o los fantasmas existían realmente?
No pudiéndolo soportar más, cogió una chaqueta y se marchó a la cantina más cercana, que por tratarse aquel de un barrio de gente adinerada, se encontraba a más de un kilómetro de la mansión. Regresó ya pasada la media noche, zigzagueando en la calle y con un hipo que no sabía dónde lo había cogido. Entró silencioso a la casa, no quería despertar a los patrones para que lo vieran en aquel estado, sería probablemente el final de su trabajo.
Después de cinco minutos de intentar meter la llave en la ranura del candado, logró abrirse paso hacia el interior de su vivienda. Tanteó el apagador de la luz y lo accionó. La luz estuvo a punto de cegarlo. Pero lo que ahuyentó su borrachera y estuvo a punto de matarlo de puro y absoluto terror fue ver la cama fuera de lugar, las tablas removidas, y la tumba de Mary abierta, sin cuerpo en su interior.
¡Lo habían descubierto!
Estaba a punto de dar media vuelta y echarse a correr, cuando entre los montones de tierra removida vio que se agitaba una hoja de papel. La cogió. Era la caligrafía de Mary, no había duda.

Te espero en el Cementerio General antes del amanecer. Si no lo haces revelaré tú secreto.

No tenía destinatario ni firma, pero Richard estaba convencido de que iba dirigida a él y estaba escrita por Mary. De alguna manera aquella extraña nota no le sobrecogía tanto como mirar la tumba abierta.
Miró el desastre en su habitación. ¿Qué importaba? Lo más probable es que mañana estuviese tras las rejas. Si por algún hecho milagroso aún no lo habían descubierto, siempre podía regresar y arreglarlo hasta dejarlo como nuevo. Después de todo, nadie entraba nunca a ese cobertizo.
Cuando llegó al cementerio, aún en penumbras, la borrachera casi le había pasado por completo. Saltó el muro y se encontró en el mundo de los muertos, miles y miles de panteones. ¿Ahora qué hacía?
—Te estaba esperando —dijo una voz. ¡Era la voz de Mary!—. Sígueme.
Quizá producto aún del alcohol, o ya se había habituado a ver de forma regular el fantasma de Mary, pero lo cierto es que Richard apenas se inmutó ante la repentina aparición de su ex novia. Sintió temor, sí, pero fue leve. Acatando la orden se puso a caminar tras la joven.
—¿A dónde me llevas? —le preguntó, se sorprendió encontrar tanta calma en su voz—. ¿Eres de verdad Mary o estoy borracho, tirado en algún callejón, teniendo pesadillas muy vívidas? —el fantasma no respondió, y Richard no vio motivo para seguir preguntando.
Caminaron largo rato entre panteones y más panteones. Cuando por fin se detuvieron, Richard estaba considerando seriamente la posibilidad de dar media vuelta y regresar a casa.
—¡Esta es mi tumba! —dijo el fantasma de Mary—. No merecía pudrirme bajo tu maloliente cama.
—En nuestras noches de jueguitos no te parecía tan maloliente —comentó Richard con una sonrisa pícara.
En efecto, se habían detenido frente a una tumba recién sellada. La tierra apelmazada denotaba que había sido cerrada hacía poco tiempo. A la cabecera había una tosca cruz de madera, con el nombre de Mary y la fecha de nacimiento y fallecimiento.
—¿Tú lo hicisteis? —inquirió. El fantasma asintió—. ¿Y para que querías que viniera?
—Para que ocupes el lugar que te corresponde —respondió el fantasma, señalándole otra tumba, recién abierta, junto a la tumba de Mary. A la cabecera de la tumba había otra tosca cruz, tenía grabados su nombre, fecha de nacimiento y… y muerte ¡Ese día! —Tú aceleraste mi viaje al otro mundo, lo justo es que me acompañes.
Richard sintió el corazón a punto de desbocársele. Estaba tan aterrado que un sudor helado le bajaba por la espalda. Lentamente giró la cabeza hacia Mary. Y allí estaba, con un alambre en la mano, sonreía y su sonrisa era la muerte. Quiso huir, pero las piernas no le respondieron. Quiso gritar, pero su voz murió en su garganta. Mary se acercó a él, toda sonrisas, y enrolló el alambre alrededor de su cuello. Después apretó.
—Nos vemos en el otro mundo —le susurró. 

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