Bienvenidos a mi tapiz de historias de terror. Acá iré publicando las historias que vaya escribiendo, pero desde ya os advierto que no publicaré en un día concreto. Los cuentos los subiré apenas los haya terminado y considere que son dignos de ser leídos. Así que no os desesperéis, porque la desesperación lleva a la desesperanza y la desesperanza al abandono. Así que ya sabéis!

Bienvenido y a leer!

29 de abril de 2014

La Búsqueda del Fénix Dorado: Capítulo 14

Llosty

Todos los lobos empezaron a acercarse a ellos, babeando y con la lengua saliendo a remojar sus bigotes. Los más grandes al frente y los más pequeños atrás. A pesar de que solamente eran lobos, Max sentía tanto miedo como cuando estuvo enfrente del trol o como cuando el dragón lo atacó junto al anciano Sam.
—Buen trabajo, Rolf —alabó un lobo al culpable de todo aquello.
—No tienes por qué agradecer —dijo Rolf—. Es nuestro trabajo traer comida a la manada siempre que sea posible.
Max sentía rabia, tanto hacia él por tonto, como hacia Rolf por haberlos llevado hacia una trampa ¿Cómo había sido tan tonto para caer en una trampa como aquella? Si era lógico que no se podía confiar en un lobo, y ellos, los dos, habían confiado ciegamente en Rolf.
Max empuñaba con furia la espada entre sus manos. Aquella espada ya había demostrado ser de gran utilidad, esperaba que en aquella oportunidad le pudiera servir igual o más que en las otras ocasiones. De reojo miró a Jennifer, la niña ya tenía una flecha en el arco, las otras sobresalían de la mochila listas para ser usadas.
De improvisto todos los lobos se fueron encima de ellos.
Max no sabía qué hacer. El miedo lo invadió y sintió en su interior que de aquella sí era imposible salir airosos. Cerró los ojos ante la terrorífica visión y colocó la espada en forma horizontal frente a él, sin saber que pasaría después. Al principio sintió el pesor de los cuerpos de los lobos que chocaban contra la espada, después sintió como las pequeñas garras de aquellas bestias desgarraban su ropa y piel. Un segundo después trastrabilló y cayó de espaldas, la mochila en su espalda amortiguó la caída.
 Cuando abrió los ojos, lo primero que vio fueron las fauces abiertas de un lobo a escasos centímetros de su rostro. Aquella visión y el escozor que le provocaban las heridas recientes lo hicieron recuperar el brío y el coraje. Con rápida reacción movió la mano en la que sostenía la espada y logró golpear a su agresor con el pomo de la espada, que perdió el equilibrio y cayó, pero en un instante ya estaba de pie. Max también se puso de pie rápidamente y retrocedió un par de pasos para distanciarse de su agresor.
Inmediatamente vino a su mente Jennifer, pensó con horror que, probablemente la niña estaba siendo devorada por los lobos en aquellos instantes. Volvió la vista en busca su amiga, ella estaba de pie, unos pasos tras él, con el arco tensado y una flecha lista para disparar. Frente a ella un lobo agonizaba con una flecha en el pecho, otros más la miraban expectantes y parados frente a ella rugiendo de coraje, pero no se atrevían a avanzar porque ya habían visto lo que le había pasado a su compañero. Frente a Max estaban el resto de la manada, algunos tenían heridas en las piernas y en el pecho, sufridas probablemente cuando en su momento de terror él cerró los ojos y sólo sostuvo la espada frente a las bestias. Rolf, hasta atrás, miraba fascinado todo lo que sucedía, seguramente pensaba en el banquete que se iba a dar.
—¿Estás bien? —preguntó a Jennifer sin apartar la vista de los lobos que tenía enfrente.
—Creo que sí.
Max asintió.

Dos lobos se abalanzaron sobre Max, pero extrañamente él ya se encontraba más calmo, por lo que pudo retroceder un paso y esquivar las embestidas de las bestias. Mientras éstos franqueaban su costado intentó golpear a uno de ellos, no tuvo éxito.
Inmediatamente dos lobos más se abalanzaron sobre él, de igual forma logró esquivarlos, y ésta vez sí logró hacer un corte a uno de sus agresores. El agredido aulló de dolor.
Jennifer continuaba de pie, tensa, con el arco en sus manos y la vista fija en los lobos que se cernían en derredor de ella.
Por muy extraño que pareciera, varios miembros de la manada se mostraban agotados, jadeantes. Después de todo, quizá sí era cierto que llevaban varios días sin probar bocado.
No vio venir el ataque a su espalda. Pero sí lo sintió, las garras de un lobo se clavaron en su espalda, el ardor punzante fue inmenso. No pudo mantener el equilibrio y cayó boca abajo con el lobo en su espalda.
—¡Max! —escuchó gritar a Jennifer.
Un instante después dejó de sentir el peso del lobo en su espalda. Apenas milésimas de segundos después escuchó un grito lleno de terror proveniente de Jennifer.
Con la ayuda de la espada se puso de pie. A un costado yacía el lobo que lo había herido, una flecha atravesaba su vientre. Jennifer estaba en el suelo, gritando despavoridamente, con más de cinco lobos sobre ella. Intentó ir a socorrerla, pero mientras daba el primer paso hacia ella un montón de sombras negras se abalanzaron sobre él. Agitó su espada desesperadamente, hirió a más de alguno, pero no a todos. Varios lobos cayeron sobre él, clavando sus garras en su cuerpo y lanzando dentelladas que afortunadamente no lo atraparon. El pesor de los lobos lo llevaron al suelo.
 En el suelo, con los ojos cerrados, empezó a agitar la espada de forma desesperada. Por un segundo creyó que había alcanzado a todas las bestias porque dejó de sentir sus garras desgarrándole la piel, abrió los ojos y vio que se alejaban de él, no lo entendía. Los que se habían abalanzado sobre Jennifer también retrocedían, inseguros y con cierto brillo de temor en los ojos.
Jennifer se encontraba bastante maltrecha, tenía la ropa rasgada y heridas en todo el cuerpo, incluso tenía unas garras marcadas en su mejilla derecha. «Malditos», pensó Max. Pero él no se encontraba en mejores condiciones, también tenía rasgaduras por todo el cuerpo, las cuales le escocían tremendamente.
Seguía sin comprender lo que estaba sucediendo, los lobos retrocedían a pasos pequeños, todos con la vista clavada en un lugar, lugar que al parecer quedaba tras él. Max comprendió que algo habían visto, y ese algo estaba atrás de él. Mientras trataba ponerse de pie, volvió la vista hacia atrás, y allí, parado a pocos metros de ellos había un tigre, no era un tigre cualquiera: era Llosty.
De repente Max sintió una alegría inmensa, nunca se había sentido tan alegre de ver a un animal. Llosty estaba parado majestuosamente al lado de un árbol, la cicatriz en el rostro más grande y brillante que nunca. Y lo mejor de todo es que era el Llosty que los había guiado a la cueva del trol, no el Llosty que se había transformado y había intentado asesinarlos.
—¡Llosty! ¡Creímos que habías muerto! —dijo Jennifer poniéndose de pie, estaba toda ensangrentada, pero al parecer las heridas eran superficiales.
—¿Cómo fue que escapaste con vida del trol? —preguntó Max.
—Quedé inconsciente —respondió Llosty—. El trol creyó que había muerto, pero como pueden ver no fue así —su voz era átona—. Cuando desperté ya había vuelto a mi forma original —agregó.
—¿Recuerdas todo lo que pasó? —preguntó Max, de pronto preocupado.
—Claro que sí —sentenció Llosty empezando a caminar hacia los lobos.
—¡No se acobarden! —rugió Rolf desde la retaguardia de la manada, de la que dos ya habían muerto y otros tantos sangraban.
Rolf empezó a caminar con cautela hacia el frente, furioso, gruñendo y rechinando los dientes. Tigre y lobo se detuvieron a escasos metros uno del otro.
—Éste maldito tigre no nos va a quitar nuestra comida —rugió por lo alto, intentando devolver el coraje a su manada—. Nosotros la vimos primero, así que vete —dijo dirigiéndose a Llosty—. Si no te has dado cuenta somos mayoría, si no te marchas también formarás parte de nuestra cena —concluyó amenazante.
El tigre ni se inmutó.
—Lárguense —fue lo único que dijo Llosty.
—Él no nos va a quitar nuestra comida —siguió Rolf exhortando a su manada—. Vamos camaradas, no sean cobardes, luchemos por nuestra cena o de verdad moriremos de hambre.
—Pero él es más grande —dijo alguien atrás.
—Sí. Además él debe de estar bien comido y fuerte, y nosotros no hemos comido en días —agregó otra voz.
—Por eso es que tenemos que luchar, porque tenemos hambre —incitó Rolf.
—Nuestro amigo Rolf tiene razón —dijo una voz, llena de rabia—. Tenemos días sin comer. Ésta puede ser la última vez que tengamos comida frente a nosotros. Yo sí peleo por ella.
Hubo un momento de silencio. La manada estaba indecisa, no sabían si pelear o huir.
Max por su parte empuñaba la espada, listo para entrar en combate. Jennifer también sostenía el arco, listo para usarlo.
—Yo también pelearé —dijo al fin otro lobo, colocándose al lado de los dos que ya estaban al frente.
—Yo también —dijo otro.
En menos de un minuto todos los lobos presentes habían formado una fila enfrente de Llosty, ni uno sólo huyó, todos pelearían.
—¿Así que no van a huir? Entonces prepárense para una muerte dolorosa —sentenció Llosty, en sus palabras había seguridad y también odio.
Rolf encabezó la embestida al tigre, tras él, toda la manada lo acompañaba.
Max empuño la espada con fuerza, y se colocó a un costado de Jennifer, listo para el ataque.
Llosty esperó que los lobos se acercaran, luego saltó sobre ellos, los salvó a todos, cayendo a sus espaldas. Los lobos se volvieron hacia el tigre, pero éste ya había saltado sobre ellos y repartía zarpazos a diestra y siniestra a una velocidad vertiginosa. Uno de los lobos cayó con la cabeza sangrando, otros intentaban esquivar las poderosas garras del felino, y el resto intentaba arañar y morder al tigre. Era una escena increíble, el tigre saltaba de un lado a otro repartiendo golpes por doquier, algunas veces los conectaba, otras veces no.
Entonces uno de los miembros más grandes de la manada logró hincar los dientes en las ancas del tigre. Llosty rugió de dolor, pero logró saltar más alto que las veces anteriores, aún con el lobo prendido de sus ancas. En medio del salto dio un giro brusco y el lobo que pendía de él salió disparado hacia unas rocas puntiagudas. Los alaridos de dolor no tardaron en dejarse oír, el lobo murió casi en el acto al ser atravesado por una roca de lado a lado.
Rolf rechinó los dientes y antes de que Llosty pusiera los pies en el suelo se abalanzó sobre él. Fue muy rápido y logró clavar los dientes en el cuello del tigre, el cual cayó al suelo con las mandíbulas de Rolf en su garganta. El resto de la manada se abalanzó sobre él.
Max supo que era el momento de entrar en la batalla.
—Dispara —dijo a Jennifer mientras corría en apoyo del tigre.
Antes de que Max llegara en apoyo del tigre, éste salió disparado de entre los lobos, cayendo a una distancia prudente de los lobos. Sangraba en varias partes del cuerpo, pero no fue eso lo que preocupó a Max, que se detuvo y retrocedió junto a Jennifer, quien no llegó a disparar ni una flecha.
Algo estaba sucediendo con Llosty. Max ya había visto aquello. Claramente recordó que algo así le había sucedido a Llosty cuando se transformó en aquella criatura gigante y poderosa que fue capaz de presentarle batalla al trol.
Efectivamente estaba sucediendo lo que Max temía; Llosty se estaba transformando. Estaba creciendo a ojos vista y el color de su pelaje estaba cambiando. Nadie se movió mientras el tigre cambiaba de aspecto. Max y Jennifer estaban atemorizados, aquello no eran buenas noticias ni para ellos ni para los lobos. Éstos gruñían y miraban expectantes la transformación sin atreverse a hacer un movimiento.
Un minuto después el viejo Llosty había desaparecido, su lugar lo ocupaba una gran bestia de pelaje oscuro e incisivos gigantescos. Los lobos gruñían consternados, pero no tenían aspecto de querer salir huyendo, indudablemente estaban dispuestos a presentar batalla a aquel enorme felino.
Max no pudo evitar recordar que la última vez en que Llosty se transformó en aquella bestia, había intentado asesinarlos. De no haber sido por la intervención del trol seguramente hubieran sido víctimas de él, esperaba y rezaba que nada de aquello volviera a repetirse.
Momentos después, los lobos, los que aún eran capaces de luchar, se dejaron ir en manada sobre Llosty, los ojos de éste relampagueaban de ira y delirio. Si antes los lobos eran más pequeños que Llosty, ahora eran unos verdaderos enanos, ni siquiera alcanzaban el tamaño de las enormes y poderosas piernas del felino. Todos los lobos brincaron sobre el tigre. Llosty no se movió y todos los lobos cayeron sobre él, y lo empezaron morder y a clavarle las garras en donde pudieran, hilillos de sangre empezaron a salir de las heridas del tigre.
Max miraba extrañado lo que estaba sucediendo, ¿qué estaba haciendo Llosty? ¿Por qué dejaba que lo lastimaran? ¿O sería que la transformación no se había completado y el tigre no podía moverse? No lograba comprender lo que sucedía. Pero luego se dio cuenta que todo era un alarde del enorme poder del que ahora gozaba el tigre, los zarpazos y dentelladas de los lobos apenas penetraban su gruesa piel, probablemente sólo se divertía. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Max.
El ataque de los lobos no duró mucho. Llosty saltó y se agitó vigorosamente, haciendo que los lobos cayeran. Apenas tocó el suelo, el tigre saltó sobre los lobos. El salto fue largo y rápido, cayó sobre la espalda de uno cuya columna crujió ante el impacto. El resto de la manada, furiosos, se abalanzaron nuevamente sobre el felino, pero ésta vez ninguno tuvo éxito, varios fueron repelidos con unos poderosos zarpazos, el resto cambió de idea y se mantuvieron a una distancia prudente. De los que recibieron un zarpazo, sólo uno se puso de pie, el resto expiró.
La furia y el valor que hace momentos tenían los lobos parecía haber desaparecido, ahora todos mostraban pánico. Ya sólo había cinco de pie, entre ellos Rolf.
Rolf fue el primero en salir huyendo, corrió hacia el bosque para perderse en él. Los demás también empezaron a correr detrás de él, pero sólo otro consiguió seguir a Rolf, ya que Llosty de un salto bloqueó el camino de los otros tres. Éstos se detuvieron de golpe y corrieron en dirección contraria, pero Llosty de un poderoso salto bloqueó nuevamente el camino. Parecía que disfrutaba de aquello. Los lobos giraron sobre sí para intentar correr en otra dirección, sólo dos corrieron porque el tercero cayó bajo las garras de Llosty. Los dos restantes tampoco llegaron muy lejos ya que Llosty, como un rayo, se abalanzó sobre ellos y acabó con sus vidas.
En apenas unos minutos Llosty casi había exterminado una manada de lobos.
Max temía lo que se venía a continuación. Observó con detenimiento el rostro de Llosty, la expresión era igual a la poseída cuando se enfrentó al trol: sus ojos llenos de ira y delirio. Max temía que sucediera lo que había pasado la vez anterior, en la que casi terminaban siendo comida del tigre. Observó a hurtadillas a Jennifer, quien por su expresión parecía temer lo mismo.
Llosty observó detenidamente un momento a los niños, luego empezó a caminar hacia ellos. En su camino encontró un lobo que aún agonizaba, aplastó la cabeza de éste para terminar con su sufrimiento. La sangre lobuna destilaba por las garras del enorme tigre. Luego, sin apartar la vista de los niños, siguió avanzando hacia ellos.
—¡Llosty! ¿Puedes entendernos? —preguntó nervioso Max.
—Claro que sí —respondió éste con voz ronca y fría.
—¡Qué alegría! —dijo Jennifer.
Max no compartía el mismo sentimiento.
—¿Sabes lo que te pasó? —preguntó.
—Sí. Los duendes, cuando me trajeron acá, me explicaron algo sobre unos diamantes —dijo sin dejar de avanzar lentamente—. Gracias a ello soy lo que soy.
Aquello despejó una incógnita de la mente de Max ¿Cómo había hecho Llosty para encontrarlos? Cuando se suponía que ellos estaban a cientos de kilómetros de la aldea de los duendes.
—La vez anterior, cuando te enfrentaste al trol ¿También estabas consciente? —preguntó Max, temiendo la respuesta.
—Sí, claro que sí —respondió—. De verdad quería saborearlos, quería comer algo de carne humana, y es justo lo que pienso hacer en éste preciso instante.
Max ya lo había temido, que los reconociera no quería decir que el tigre no les haría daño.
—No nos puedes hacer daño, no debes, nosotros te liberamos de la jaula de los duendes ¿Recuerdas? ¡Nos debes tu libertad! —dijo Max, casi suplicó.
—Sí, es cierto. Ustedes fueron de gran ayuda para salir de ese lugar. Pero por una cosa tan simple como esa no voy a dejar la oportunidad de saborear tan rico bocadillo —se relamió los bigotes y siguió avanzando hacia ellos con aire amenazador.

3 comentarios:

  1. puchaaaaaaaaaaaa!!!!!!!!!!! y ahora que pasara????? me dejas muy intrigada...buuuuuuuuuuuuuu

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    1. Jaja. Ni modo, a esperar amig@. Sigue leyéndome, gracias...

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  2. muy buen final cada vez lo dejas en algo mas interesante

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